Una rosa de invierno 33 El camino hacia Kulum
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33 El camino hacia Kulum

El viaje hacia Kulum dura dos días.

Dos días de nieve, viento y silencios largos.

La estepa ha quedado atrás y el paisaje cambia poco a poco. Los árboles vuelven a aparecer, oscuros y altos, formando bosques espesos que amortiguan el sonido de los cascos de los caballos sobre la nieve. A veces el viento agita las ramas y una lluvia blanca cae sobre nosotros.

Cabalgamos en fila porque el terreno ha comenzado a volverse escarpado. Pequeños desfiladeros se abren a un lado y a otro del camino.

Cráneo va siempre delante, abriendo la marcha y asegurándose de que no nos detenemos.

El soldado superviviente va tras él. Después cabalga Keira.

Y finalmente yo. Corwan lo hace varios metros por detrás, manteniendo la distancia.

Apenas habla, pero su presencia me envuelve en todo momento.

La noto en cada pausa del trayecto, en cada vez que reduce la velocidad de su caballo para conservar la distancia con el mío, en la forma en la que vigila el bosque a mi alrededor.

Odio ser consciente de todo ello, porque cuanto más lo observo, más difícil me resulta creer que hombre y monstruo sean la misma cosa.

—¿Quieres que paremos a descansar?

La voz grave de Corwan se abre paso entre mis pensamientos.

Apenas soy consciente del gesto que llevo dibujado en el rostro. Cada vez me resulta más difícil ignorar el dolor de las costillas.

—Estoy bien.

Él me mira un segundo.

—Sigues mintiendo fatal.

Espolea su caballo y se acerca a Cráneo. Cinco minutos más tarde hacemos una parada breve junto a un riachuelo helado.

Keira aprovecha para revisar las cinchas de los caballos. Y yo permanezco inmóvil junto al mío, tratando de encontrar la mejor postura para respirar sin sentir que un aguijón me atraviesa las costillas.

Corwan también está junto a su caballo, a una distancia prudencial. Lo observo sin querer mientras revisa las patas. Sus movimientos son tranquilos y precisos. El animal resopla y empuja ligeramente el hombro de Corwan con su hocico, y Corwan acaricia de forma distraída su cuello.

—Es raro verlo así, ¿verdad?

La voz de Keira me hace girarme.

No me había dado cuenta de que había ido acercándose.

—¿Así como? —pregunto, como si no supiera a lo que se refiere.

—En calma.

Sus ojos lo miran con una mezcla de tristeza y pena.

Y yo no sé qué responder.

* * *

El cielo empieza a oscurecer cuando hacemos la última parada antes de llegar a Kulum. Cráneo insiste en descansar unas horas antes de entrar en la aldea.

El soldado retira los caballos mientras Keira monta un pequeño fuego entre unas rocas. Yo me siento cerca de las llamas y estiro poco a poco las piernas. El cansancio del viaje me pesa en los huesos.

Corwan desaparece unos minutos entre los árboles. Odio la manera en la que su ausencia me inquieta.

Cuando regresa, lleva un conejo entre las manos.

Se sienta cerca del fuego y empieza a prepararlo en silencio. Sus dedos expertos lo despellejan y limpian la carne. Luego lo atraviesa con una varilla improvisada. El fuego ilumina parcialmente sus manos cubiertas de sangre.

Nadie habla. Todos estamos absortos en su ritual.

Entonces añade unas hierbas secas a la carne y el aroma cambia. Se vuelve más cálido, más intenso.

—Jamás habría imaginado que supieras cocinar.

El tono de Cráneo es de burla. Sin embargo, no veo descrédito en lo que hace. Al revés, me parece hermoso.

—No estoy seguro de que a esto se le pueda llamar cocinar.

Keira sonríe desde el otro lado del fuego.

—No seas humilde. No te pega.

Corwan le lanza una mirada cansada.

—Keira… —le reprende.

—¿Qué? —Se encoge de hombros—. Hubo un tiempo en el que cocinabas tú más veces que el servicio.

En el rostro de Corwan aparece una leve mueca. Casi imperceptible.

El fuego chisporrotea entre nosotros.

—Tu abuela odiaba cómo cortaban las verduras en las cocinas —le dice a Keira de pronto—. Se quejaba de que parecían enemigos destripados.

En su boca se dibuja una mínima sonrisa torcida. Rota. Terriblemente humana.

—Aprendí a cocinar por ella.

Mi corazón se contrae de una manera peligrosa porque por un instante dejo de ver al huargo, solo al hombre sentado junto al fuego hablando de la infancia que una vez tuvo.

El calor me abrasa el pecho.

El vial de mandrágora sigue escondido entre mis ropas, aguardando la llegada a Kulum.

Aprieto los dedos sobre mis rodillas y vuelvo a recordarme mi misión.

Sin embargo, cuando Corwan alza los ojos hacia mí al otro lado del fuego, su brillo me obceca el pensamiento y solo puedo pensar en ayudarle a recuperar la vida que le arrebataron.

* * *

La noche ha caído sobre el campamento y ha sumido todo en sombras.

Cráneo y Keira duermen cerca del fuego ya consumido. El soldado superviviente se ha envuelto en varias mantas junto a los caballos. Solo quedan brasas rojizas respirando débilmente entre las cenizas.

Yo no consigo dormir.

La herida de las costillas me duele demasiado cada vez que me muevo y el pensamiento de Kulum pesa sobre mí como una piedra enorme. A veces tengo la sensación de que el vial de mandrágora late pegado a mi piel.

Me incorporo un poco sobre la manta y miro alrededor.

Corwan no está junto al fuego.

La inquietud me obliga a enderezarme del todo. El bosque permanece inmóvil bajo la nieve. El viento apenas susurra entre las ramas. Durante un instante creo que ha desaparecido otra vez. Pero entonces veo su silueta.

Está apoyado contra un árbol a pocos metros del campamento, casi oculto entre las sombras. Vigilando.

La luz de la luna dibuja su perfil de forma parcial: el cabello oscuro, los hombros anchos cubiertos por la capa, la línea severa de la mandíbula… No sé cuánto tiempo llevo observándolo cuando él habla sin apartar la vista del bosque.

—Deberías estar durmiendo.

Su voz grave rompe el silencio de forma tan repentina que me sobresalto.

—Tú tampoco lo haces.

Corwan tarda unos segundos en responder.

—Alguien tiene que vigilar.

Me abrazo las piernas debajo de la manta.

—¿Qué podría asustarte a ti?

El bosque vuelve a quedar en silencio un instante antes de que el cuerpo de Corwan se tense. Su espalda se yergue y gira la cabeza apenas unos grados hacia la oscuridad entre los árboles que crecen detrás de mí.

Sus ojos negros se clavan en los míos.

—No te muevas.

Su tono me atraviesa, frío y cortante como una cuchilla.

El miedo me inmoviliza de golpe.

—¿Qué pasa…?

Pero él ya se está acercando.

Cruza la distancia entre nosotros en apenas dos zancadas silenciosas y me agarra antes de que pueda reaccionar. Una mano se cierra sobre mi cintura y la otra cubre mi boca.

El mundo estalla de golpe.

Caigo de espaldas sobre la nieve y Corwan queda encima de mí.

El aire abandona mis pulmones.

Su cuerpo está pegado al mío. Caliente. Su olor salvaje me envuelve de nuevo. Siento el peso de sus músculos tensos, su respiración agitada rozándome la frente.

Mi corazón se descontrola.

—No hagas ruido —susurra contra mi oído.

Estoy paralizada. No sé si está protegiéndome de algo o si se trata de otra lucha interna suya por no hacerme daño.

Sin embargo, escucho el siseo cerca de mi costado.

Giro la cabeza y mis ojos se abren de golpe.

La criatura emerge elegante de entre la nieve. Es fina y translúcida, casi invisible bajo la luz azulada de la noche. Su cuerpo parece formado por hielo y sus ojos blancos reflejan el resplandor de las brasas.

Es una serpiente del hielo.

La he visto dibujada en los libros de la biblioteca de Taurenhold. Su veneno paraliza el cuerpo antes de detener el corazón.

La criatura alza apenas la cabeza y siento el terror reptando por mi espalda.

Corwan no se mueve. Permanece inmóvil sobre mí, sujetándome con fuerza contra la nieve mientras observa acercarse a la serpiente.

Su lengua blanca vibra en el aire… y ataca.

Todo ocurre demasiado rápido.

Corwan aparta mi cuerpo de un tirón brutal y el vestido se me sube hasta dejar al descubierto la pierna.

El cuchillo aparece en su mano, listo para utilizarse. El acero atraviesa la cabeza de la serpiente y la clava contra el suelo helado.

El siseo se interrumpe de golpe y regresa el silencio.

La respiración de Corwan retumba sobre mí. Agitada.

Sigue encima de mi cuerpo. Una rodilla entre mis piernas. Una mano aún aferrando la empuñadura del cuchillo. La otra alrededor de mi cintura.

Mi pecho sube y baja con violencia.

Corwan vuelve el rostro hacia mí… y todo lo demás desaparece. Porque nunca lo había tenido tan cerca.

La nieve se derrite en algunos mechones de su cabello oscuro. Su respiración febril choca contra mis labios. Sus ojos negros recorren mi rostro con una intensidad que me deja sin aire.

No hay monstruo ahora. No hay huargo.

Solo él.

Y, aun así, jamás me había sentido tan vulnerable.

—¿Te ha mordido?

Niego despacio. Pero Corwan no parece convencido.

Su mano abandona mi cintura y se eleva un poco sobre mí. El frío ocupa al instante el lugar donde me estaba sujetando. Recorre mi cuerpo buscando marcas de colmillos: el cuello, el hombro, el brazo, mi mano…

El roce de sus dedos me incendia bajo la ropa.

Cuando llega a mi muslo, mi respiración se quiebra de forma involuntaria.

Corwan se detiene como si acabara de darse cuenta de lo que está haciendo.

Sus ojos regresan a los míos y la distancia se vuelve insoportable entre nosotros.

Su mano sigue sobre mi pierna y la violencia vibra contenida bajo su piel.

Y también bajo mi cuerpo; porque debería apartarlo, pero lo único que puedo pensar es que nunca nadie me había tocado como si mi vida importara tanto.

Corwan baja la mirada hacia mi boca y, por un instante terrible, creo que va a besarme. Una parte de mí desea que lo haga.

Entonces el caballo más cercano resopla y el sonido rompe la urna de cristal invisible que nos aislaba de todo.

Corwan se aparta de golpe, como si acabara de recordar quién es y lo que se espera de él. Se pone de pie con rapidez y me da la espalda. Aunque su respiración sigue estando agitada.

—Intenta dormir, Camila. —Su voz emerge grave, rasgada.

Tarda unos instantes en marcharse, como si alejarse de mí le costara más de lo que debería.

Yo permanezco quieta sobre la nieve, sintiendo todavía el calor de su cuerpo atrapado contra el mío.

Sé que tengo un problema y no es el monstruo que vive dentro de Corwan, es que empiezo a desear al hombre incluso sabiendo que ambos pueden destruirme.