Una rosa de invierno 32 El peaje de la bestia
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32 El peaje de la bestia

Keira me obliga a sentarme junto a la chimenea mientras aparta con brusquedad la tela rasgada de mi vestido para examinar los moratones. Sus dedos son rápidos y expertos, pero nada delicados.

La habitación de la posada huele a hierbas hervidas y vino caliente.

—Yo creo que esto va a dejarte marca —murmura al observar una de las heridas que se ha abierto bajo mis costillas.

—Una más… poco importa.

Ella se queda en silencio. No sé si es indiferencia a mi sufrimiento o fidelidad extrema a su padre y a todas las órdenes que procedan de él, por muy crueles que sean. En cualquier caso, me molesta.

La luz anaranjada del fuego se refleja sobre los frascos y los paños blancos que ha colocado sobre la mesa. Fuera, el viento golpea las contraventanas con violencia. A pesar de ello, la aldea entera parece dormida.

Keira humedece un paño en agua caliente y limpia la sangre seca de mi rostro. El escozor me hace tensarme cuando pasa por encima del labio. Suelto un siseo.

—No te muevas.

—Eso quisiera.

Me mira de reojo.

—Puedo atarte, si lo prefieres.

—Creo que ya he tenido suficiente tortura por hoy. Gracias.

El silencio vuelve a instalarse entre nosotras y no volvemos a hablar hasta que termina de vendarme las costillas. Después deja el cuenco sobre la mesa y se queda de pie frente a la chimenea con los brazos cruzados.

—Ten cuidado con Corwan.

La frase llega tan directa que tardo un instante en comprender a qué se refiere.

—¿Qué te hace pensar que no lo tengo?

Keira compone una sonrisa amarga.

—He visto la forma en la que te mira… Podría confundirte. Hacerte olvidar lo que es en realidad.

—¿Y qué es?

—Una bestia, Camila. —La dureza de sus palabras hace que tenga que girar la vista hacia otro lado—. Creada para destruir, para cumplir la voluntad de mi padre.

—Quizás solo es lo que le habéis obligado a ser. Tal vez cree que no tiene alternativa.

Keira tarda en responder. Parece debatirse entre callar o arrancarme la venda de golpe.

Al final suspira.

—Te dije que Corwan había perdido a su mujer y a su hijo. —Me tenso de golpe—. ¿Sabes lo que ocurrió esa noche?

Niego despacio, sin atreverme a hablar por miedo a no poder hacerlo.

Keira se aproxima al fuego y remueve las brasas con un hierro largo. La luz naranja se intensifica y alarga las sombras sobre las paredes. El metal cruje entre las ascuas incandescentes.

Tengo un mal presentimiento reptando bajo la piel.

—Aquella noche Corwan perdió el control.

El aire parece desaparecer de la habitación.

—¿Cómo?

Keira deja el hierro a un lado.

—La transformación empezó mientras los sanadores intentaban salvar a su mujer después del parto. Él tenía a su hijo muerto entre sus brazos. Nadie entendió lo que estaba ocurriendo… Quizá él tampoco. Por entonces aún había materia suficiente para tener controlada a la bestia.

El mundo a mi alrededor desaparece. Solo está Keira y su historia.

—Fue la primera vez que el huargo tomó el control… y destrozó media fortaleza.

El sonido del fuego crepitando rellena las pausas.

—Mató a criados… guardias… sirvientas…

Traga saliva.

—A todos cuantos se cruzaron en su camino. Por Mae, había sangre hasta en los techos. —Cada palabra es un bloque de hielo que cae a plomo dentro de mí—. Cuando lograron reducirlo… seguía aferrando el cuerpo del niño entre sus fauces.

El silencio posterior resulta insoportable.

Intento reconciliar esa imagen con el hombre del bosque: el que soportaba el dolor en silencio, el que temblaba mientras luchaba por seguir siendo humano, el que me dejó vendarle las heridas pese a sentir vergüenza…

Entonces otro recuerdo me asalta: los ojos naranjas, la garganta arrancada del soldado, la violencia salvaje del huargo.

Son dos realidades conviviendo dentro del mismo cuerpo y no existe un control real sobre la bestia. Solo la contención de una materia cada vez más pobre que empieza a desaparecer.

Y el monstruo está ahí. Esperando.

Keira percibe el miedo atravesándome y asiente con lentitud, satisfecha de que al fin comience a entender.

Recoge los vendajes manchados de sangre y se dirige hacia la puerta.

—Descansa un poco. Partiremos al amanecer. Apenas quedan dos jornadas de viaje para Kulum.

—Keira…

Se detiene con la mano sobre el pomo.

—Cráneo me va a matar allí, ¿verdad?

Ella me mira por encima del hombro, pero no dice nada. Abre la puerta y la cierra tras de sí.

Me quedo sola otra vez con una opresión que me aplasta el pecho.

El fuego ilumina tenuemente la habitación. La historia de Keira me ha removido tanto que puedo escuchar mi propio corazón latiendo bajo las vendas.

Corwan, el hombre que me ha protegido de la violencia de Cráneo; el monstruo que despedazó a su propia gente.

Cierro el ojo sano y apoyo la cabeza contra la pared.

Necesito recordar quién soy, por qué estoy aquí, lo que he prometido hacer para volver a casa.

Entonces escucho un leve golpeteo en la ventana.

Frunzo el ceño. ¿Lo he imaginado?

Pero el sonido se repite.

Me levanto despacio y aparto la contraventana. Al otro lado distingo la silueta de un cuervo, tan negra que se confunde con el perfil de la noche. Sus ojos brillan atentos a la ventisca.

Es un mensajero de la Resistencia.

Abro la ventana y el animal extiende una pata. Veo el pequeño cilindro atado con hilo oscuro.

Mis dedos tiemblan de excitación e impaciencia mientras desato el mensaje. Junto a él aparece un pequeño vial de cristal. No me hace falta leer lo que pone para saber que se trata de la infusión de mandrágora.

El líquido oscuro se agita denso en su interior.

La nota es breve.

“Hazlo en Kulum. Una partida te recogerá en la empalizada exterior en cuanto lo hayas completado. Después te llevaremos al Oeste.”

El calor parece extinguirse de golpe.

El vial pesa demasiado entre mis dedos.

Esto va en serio. De verdad esperan que mate a Corwan.

Mis ojos se deslizan de forma involuntaria hacia la puerta cerrada de la habitación y el recuerdo vuelve: sus manos temblando, el calor de su piel, la contención para no perder el control.

Aprieto el vial con fuerza.

No.

No puedo olvidar quién es. Ni lo que hizo. Ni lo que sería capaz de hacer.

Yo soy quien puede pararlo. Represento la resistencia, la supervivencia, la posibilidad de volver a casa…

Soy la Rosa de Invierno. No he llegado hasta aquí para perderme dentro de un monstruo.

* * *

Me quedo sentada en un sofá contemplando el fuego. No tengo sueño ni interés en perderme en él. La cama se me antoja un objeto extraño al otro lado de la estancia.

El fuego de la chimenea se ha consumido casi por completo cuando escucho pasos fuera, en el pasillo. No son firmes, pero tampoco pausados.

La madera cruje de forma irregular.

Me incorporo sobre el sofá.

Durante un instante pienso que es Cráneo otra vez y noto cómo el cuerpo entero se me contrae de terror. Pero entonces los pasos se detienen frente a mi puerta y el silencio reemplaza su lugar.

Lo reconozco antes de que hable.

—Camila.

Mi corazón da un golpe violento dentro del pecho.

Es Corwan.

El monstruo que despedazó al soldado en el pasillo se ha calmado. Solo queda esa voz grave, rota por el cansancio.

Aun así, mi miedo no desaparece. Me descubro mirando la puerta como si esperara verla saltar hecha astillas.

Él tarda unos segundos en volver a hablar.

—No sé si estás despierta.

Su respiración atraviesa la madera.

—Lo estoy —respondo al fin.

Escucho un roce áspero al otro lado, como si apoyara una mano sobre la pared para evitar caerse.

—¿Te encuentras bien?

La pregunta me pilla desprevenida. Después de todo lo que ha ocurrido, del pasillo cubierto de sangre, de las garras, de los rugidos… él sigue preguntándose si estoy bien.

Cierro los ojos un instante.

—Sí.

Corwan no responde de inmediato. Y, cuando lo hace, su voz emerge todavía más rasgada.

—No es necesario que me mientas.

Un escalofrío me recorre despacio.

El viento golpea las contraventanas y durante unos segundos solo escucho eso… y el susurro de su respiración detrás de la puerta.

Entonces la madera cruje de nuevo. Parece que sus dedos acabaran de clavarse demasiado fuerte en el marco.

El silencio cambia. Se vuelve tenso. Peligroso.

—Corwan… —Me levanto del sofá.

Un jadeo atraviesa la puerta.

—No te acerques.

La advertencia llega con demasiada urgencia. Me deja congelada, de pie junto al sofá.

Escucho otro crujido más fuerte, como si el marco hubiera cedido bajo su agarre.

El miedo reptando dentro de mí se mezcla con algo mucho peor, porque aun sabiendo lo que habita dentro de él… una parte de mí desea abrir.

Desea verlo.

Corwan vuelve a hablar antes de que decida moverme.

—¿Te… te hice daño?

Por la diosa Mae… Ni siquiera recuerda lo que pasó.

—No —respondo deprisa.

El pecho me duele porque siento que debajo de toda esa oscuridad lo que arde es la culpa. Y entiendo que quizá Corwan no teme lo que pueda hacerme Cráneo, sino lo que pueda hacerme él.

Me levanto despacio y avanzo hacia la puerta.

Cada paso se me antoja una locura.

Cuando llego, apoyo la palma sobre la madera fría. Al otro lado, el silencio se vuelve absoluto. Enseguida la temperatura de su cuerpo atraviesa la madera como si la puerta no fuera suficiente barrera para sujetarlo.

Corwan deja escapar el aire lentamente, como si mi cercanía le doliera.

—Camila…

Nunca había escuchado mi nombre así. Tan quedo, tan íntimo… tan expuesto.

Cierro los ojos.

—¿Tienes miedo de mí?

La pregunta atraviesa la madera y se clava directamente en mi pecho.

Aprieto los dedos contra el marco.

Quiero decir que no. Mentir. Abrir la puerta.

Sin embargo, el recuerdo de la bestia me asalta y no consigo responder. El silencio lo hace por mí.

Al otro lado escucho un leve golpe, como si hubiera apoyado la frente contra la puerta un segundo.

Después se aparta y los pasos retroceden por el pasillo.

No abro la puerta. No corro tras él.

Me quedo allí, inmóvil, con la mano apoyada sobre la madera todavía caliente… tomando consciencia de que lo más peligroso de Corwan no es el monstruo que vive dentro de él. Es la parte de mí que sigue esperando sus pasos al otro lado de la puerta.