31 El regreso
La noche avanza sobre la estepa mientras el huargo corre.
He perdido la cuenta del tiempo.
El viento me golpea el rostro sin descanso. Mis dedos permanecen enterrados en el espeso pelaje oscuro de la criatura… y el calor de su piel sigue adherido a ellos. Debajo de mí, el cuerpo del huargo se mueve con una potencia descomunal. Cada zancada devora metros de nieve y bosque.
Trato de entrar en su mente de nuevo, pero el muro sigue ahí. Infranqueable.
La herida del costado sigue abierta bajo el pelaje. A veces noto que la debilidad se apodera de él y un leve temblor atraviesa sus músculos. Pero intento no pensar demasiado en ello.
Ni en él.
Ni en lo que pasó junto a la roca.
Me obligo a recordar quién es, lo que es. Lo que he venido a hacer.
La ventisca empieza a disiparse cuando aparecen las primeras luces a lo lejos. Pequeños puntos anaranjados en mitad de la oscuridad.
Una aldea.
El huargo reduce la velocidad.
Varias casas bajas emergen entre la nieve, protegidas por empalizadas de madera. Algunas ventanas permanecen iluminadas pese a lo avanzado de la noche. El olor a humo y comida caliente flota en el aire helado.
Antes de alcanzar la calle principal, el huargo se inclina para que lo desmonte y desaparece entre las sombras antes de que nadie pueda verlo. Unos segundos después, Corwan reaparece caminando entre la nieve.
Cubre su cuerpo con una capa. Está más pálido que antes.
Se dirige a una construcción de doble altura. Sobre su puerta, un cartel anuncia «camas y comida».
El interior está en penumbra. No hay nadie en la recepción y, en la sala que se abre a la derecha, las brasas de la chimenea alumbran a la única persona que aguarda sentada en los sillones.
Keira se pone en pie y corre hacia mí. Yo apenas tengo tiempo de reaccionar antes de que su mano impacte contra mi mejilla.
El golpe me hace girar el rostro.
—¿En qué estabas pensando?
Sus ojos brillan llenos de furia… y algo mucho más potente. Miedo.
—Creíamos que habías muerto.
Y acto seguido me abraza con fuerza. Tanta que por un instante me quedo inmóvil entre sus brazos. Suspira, y ese alivio me desarma más que la bofetada.
—Yo también me alegro de verte —murmuro.
Ella se aparta enseguida y su mirada se detiene en el vendaje sobre mi ojo.
—¿Qué te ha pasado?
—Es una larga historia.
Keira me conduce hasta el centro de la pequeña salita y me señala uno de los sillones. Corwan, pese al cansancio, permanece de pie cerca de la puerta. En silencio, pero en alerta.
—Necesito que nos lo cuentes. —Hay urgencia en su tono—. ¿Dónde demonios has estado?
Bajo los ojos hacia mis manos y repito lo que he ensayado durante el trayecto.
—La Resistencia me capturó y averiguaron quién era.
Los ojos de Keira se oscurecen.
—Quisieron saber por qué Gorath me mantenía con vida, qué quería de mí…
—¿Y qué les dijiste?
—Nada. Porque no sé nada.
Y es verdad. Solo que no es toda la verdad.
—Pero no me creyeron. Pensaron que les estaba ocultando algo, que le era leal a Gorath y decidieron librarse de mí.
El silencio se instala en la estancia y aprovecho para preguntar.
—¿Cómo supisteis dónde estaba?
—Nos llegó un aviso —responde Keira—. La princesa del Oeste reaparecía en el asentamiento de Catriona Le Far e iba a ser ejecutada.
Princesa. La palabra suena tan lejana que me parece que se refiere a otra persona.
Me remuevo incómoda.
—Corwan era el único que podía llegar a tiempo.
Giro la cabeza de forma imperceptible hacia él.
Sigue inmóvil junto a la puerta. Observándome desde las sombras.
El recuerdo de su piel caliente me asalta de nuevo. El férreo abrazo de su mano sobre mi muñeca. Sus dedos deslizándose por la herida de mi rostro…
Aparto la mirada antes de pensar demasiado.
Keira suspira.
—Deberías descansar.
Eso es exactamente lo que necesito. Tumbarme en una cama caliente, bajo el peso reconfortante de las mantas y olvidarme de todo durante unas horas.
Empiezo a levantarme cuando una voz que creía olvidada atraviesa la habitación desde la puerta.
—¡Alabado el dios del Fuego Antiguo! Estás de vuelta.
Un escalofrío me recorre entera. La insidiosa voz de Cráneo se filtra por mis poros como un veneno.
Bajo la tenue luz de las brasas, su calavera brilla como una aparición espectral.
No soy la única que reacciona a su presencia. Me doy cuenta de algo que hasta ahora me había pasado desapercibido. Corwan también se tensa, como si el huargo hubiera levantado la cabeza dentro de su piel.
—Podemos retomar los experimentos donde los dejamos.
Me sonríe y yo siento que el pánico lacera cada terminación nerviosa.
—Estoy herida —trato de justificarme.
—Eso es perfecto para la investigación. Como comprenderás, vamos bastante atrasados con el trabajo.
El sudor frío amenaza mi frente.
Entonces Corwan habla por primera vez desde que entramos.
—¿Es necesario hacerlo esta noche?
La sala entera queda en silencio.
Cráneo gira la cabeza hacia él despacio.
—Dímelo tú, Corwan. ¿O es que te has olvidado de cuál es su función en toda esta historia?
Las palabras se clavan como alfileres.
Y, por el modo en que Corwan aprieta la mandíbula, me queda claro que, aunque me haya salvado la vida hoy, sigue siendo una pieza más dentro de la misma maquinaria que quiere utilizarme.
* * *
Cráneo me conduce escaleras arriba sin molestarse en comprobar si lo sigo.
Sabe que lo haré. Ya he averiguado lo que hay cuando escapas y la respuesta es frío, hielo y muerte.
La ventisca arrecia fuera mientras la posada duerme. Apenas un resplandor fugaz de velas encendidas en los pasillos y el crujido de la madera vieja que acompaña nuestros pasos. Los mismos dos soldados que partieron con nosotros del Vhalzar no siguen detrás.
Los mismos que me sujetaron y me desnudaron mientras Cráneo me vaciaba la sangre.
El pasillo del piso superior es estrecho y oscuro. Al fondo, una puerta permanece entreabierta, y una luz anaranjada se derrama desde el interior.
Las cicatrices de mi cuerpo empiezan a picar.
No necesito entrar para saber el aspecto que tiene lo que hay dentro.
El olor es lo primero que percibo: alcohol, metal caliente, humo… Y también el aroma lechoso de la materia.
Cráneo empuja la puerta con un entusiasmo infantil.
—Nuestro pequeño santuario.
La palabra nuestro me provoca una náusea. La idea de que pueda considerar algo de todo esto parte de los dos me horroriza y me repugna a la vez.
La habitación ha sido transformada de nuevo en un laboratorio improvisado. Ya conozco los utensilios alineados sobre una mesa, el orden con el que todo está colocado. Como si los actos demenciales pudieran volverse aceptables si se clasifican bien.
La devoción con la que Cráneo se mueve entre los objetos es enfermiza.
—He tenido que improvisar con lo que ofrece esta aldea, pero creo que podremos continuar el trabajo sin demasiados inconvenientes.
No me muevo de la puerta y uno de los soldados tiene que empujarme para que entre.
—¿Qué vas a continuar exactamente, Cráneo?
Él sonríe sin levantar la vista de los instrumentos que está seleccionando.
—La investigación, mi lady.
—¿El intento de convertir mi sangre en sustituto de la materia?
La habitación queda en silencio.
Cráneo se detiene muy despacio y alza la cabeza hacia mí.
La calavera parece más blanca bajo la luz de las velas.
—Parece que tu incursión en terreno rebelde no ha sido en vano. ¿Qué saben ellos de todo esto?
Se aproxima con las manos entrelazadas a la espalda.
—Lo mismo que Corwan. Nada. ¿No es así?
Por primera vez, la sonrisa de Cráneo vacila.
—Lord Corwan conoce perfectamente cuál es tu utilidad. —Sus ojos brillan debajo de la máscara ósea.
—No es verdad.
Cráneo ladea ligeramente la cabeza y su rostro queda en sombras.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Si lo supiera, me trataría de otra manera.
—¿Y cómo te trata, mi lady?
El alquimista permanece inmóvil, y aunque no puedo verle el gesto, siento que ha tocado algo importante. Algo que no debía.
Rompe el silencio con una pequeña risa seca.
—Tu empatía con el hermano del rey resulta… fascinante.
No respondo. No sé qué decir a eso.
Se vuelve hacia la mesa.
—Tumbadla.
Los soldados se aproximan y uno de ellos intenta agarrarme del brazo, pero me aparto de golpe.
—Vas a matarme antes de llegar a las instalaciones de tu mentor.
—¡Oh! No tengo intención de hacerlo. Sé exactamente el punto en el que tengo que parar.
Pero necesito saber qué teclas tocar para extraer el mayor potencial de tu sangre.
—Se pone unos guantes—. Ahora que sabes la verdad sobre tu linaje, recordarás de los libros que la sangre de Aethryon solo se activa bajo sensaciones extremas: tensión, miedo… Dolor.
Se gira y me mira, y siento que es la mismísima encarnación del mal la que lo hace.
Toma una de las jeringuillas y la observa contra la luz.
—Sujetadla —repite, y esta vez su tono no admite demora.
El primer soldado me inmoviliza los brazos por detrás.
El miedo intenta abrirse paso dentro de mí, pero algo ha cambiado desde mi paso por el asentamiento de la Resistencia.
Desde las historias de Draven.
Desde Hukus y Arleen.
Desde el ojo perdido.
Ya no soy la chica aterrada que fue sacada a la fuerza de Taurenhold.
Cráneo me clava la aguja y extrae la sangre, pero su tono es apagado. Sin fuerza.
Chasquea la lengua.
—Golpeadla —ordena.
El segundo soldado no lo duda y lanza el puño contra mi estómago.
El aire abandona mis pulmones y me doblo con un jadeo, pero sigo sin sentir el calor en las venas. El tirón en el pecho que provoca la sangre reaccionando.
—Otro —dice.
Esta vez es en las costillas.
El dolor me atraviesa, pero aprieto los dientes.
Sigo sin notar nada.
El siguiente impacto me abre el labio. La sangre cae al suelo de madera. Y, aun así, no reacciono, porque ahora este tipo de dolor ya no es suficiente para afectarme.
He sobrevivido a cosas peores.
El soldado que me sujeta me lanza contra la pared. Mi cabeza golpea la madera y un pitido me perfora el oído.
Entre la neblina del golpe, creo distinguir una sombra al final del pasillo. Una mandíbula tensa… unas manos cerradas con rabia. Un gruñido grave y gutural que se escapa tras unos dientes apretados.
—¡Más fuerte! —insiste Cráneo.
Un puño impacta contra mi rostro. Y luego otro. La habitación empieza a inclinarse. Escucho mi respiración arrastrándose y el sabor metálico inunda mi boca.
Cráneo se acerca de nuevo y me extrae sangre. No me hace falta ver su color en el émbolo, la frustración en los ojos del alquimista es suficiente.
—¿Qué te hicieron allí?
Sonrío a pesar del labio partido.
—Enseñarme que el verdadero dolor no procede de los golpes.
El rostro de Cráneo se tiñe de rojo. La furia le alcanza los ojos y sus dientes crujen.
—Quitadla de mi vista.
Uno de los soldados me agarra con violencia y me arranca parte del vestido. La tela cede desde el hombro hasta la cintura. El aire helado me golpea la piel desnuda. Trato de zafarme, pero me empujan con fuerza hacia la puerta.
Caigo de rodillas en el pasillo.
Medio desnuda. Sangrando. Humillada.
Los soldados salen al pasillo detrás de mí. No sé si piensan seguir golpeándome allí.
Pero, entonces, una sombra alargada crece sobre las paredes. Un gruñido profundo sacude la posada entera.
Los soldados se congelan y Cráneo se detiene bajo el umbral de la puerta.
Levanto despacio la cabeza y ahora sí lo veo con claridad al final del pasillo.
Corwan está de pie junto a las escaleras y aprieta la barandilla con tanta fuerza que la madera cruje.
—Salid de aquí —dice.
Sin embargo, la voz ya no parece la suya. Sus ojos negros han desaparecido bajo un brillo naranja abrasador. Todo su cuerpo está en tensión. Puedo ver los tendones de su cuello sobresalir de la camisa como cables de acero.
Su mirada me recorre: la sangre, el vestido roto, las mejillas marcadas… Y el crujido de huesos inunda el pasillo.
Los soldados retroceden entre maldiciones.
Corwan cae de rodillas mientras su cuerpo empieza a deformarse. La espalda se arquea, los músculos se expanden bajo la piel, los dedos se convierten en garras. La transformación es mucho más salvaje que en el bosque. Más violenta. Parece haber perdido el control.
El huargo emerge entre sangre y sombras.
Enorme. Más que en la ciénaga. Su cabeza casi toca el techo del pasillo.
Uno de los soldados desenvaina la espada y la bestia se lanza contra él. Le arranca la garganta de un mordisco. La sangre salpica las paredes.
Yo estoy paralizada por el miedo. Porque Corwan no está ahí. Lo que veo detrás de los ojos del huargo es puro instinto.
Y entonces, lo noto. El muro ha desaparecido. La parte racional no está y solo queda una mente animal. Una consciencia con la que sí puedo conectar.
El tirón del pecho se convierte en un impacto que me atraviesa.
Furia.
Dolor.
Muerte.
Pero también soledad, protección… nostalgia.
El huargo avanza hacia la habitación y obliga a Cráneo a retroceder. Es la primera vez que no veo una sonrisa de hiena en su rostro. Está asustado.
Antes de que pueda atacar, un silbido atraviesa el aire y un dardo se clava en el cuello de la bestia. En la boca de Cráneo ha aparecido una cerbatana.
El huargo ruge y trata de avanzar, pero otro dardo se lo impide. Y un tercero.
El cuerpo gigantesco se tambalea. La furia sigue ahí, luchando, pero el veneno es más rápido. La bestia cae con estruendo sobre el suelo de madera y hace temblar toda la posada.
El silencio posterior resulta monstruoso.
Cráneo observa a la bestia dormida desde el interior de la estancia. Y, luego, con curiosidad, vuelve la cabeza hacia mí. Sus ojos reparan en la sangre que todavía gotea de mi labio partido.
Es roja. Vibrante.
Una sonrisa malsana se ilumina en su rostro.
—Interesante —susurra—. Por fin entiendo qué enciende tu sangre.