Una rosa de invierno 30 Corwan
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30 Corwan

El bosque amortigua el sonido de mi respiración.

Todo parece irreal.

Los árboles blancos se alzan a nuestro alrededor como fantasmas inmóviles y, entre ellos, Corwan permanece de rodillas sobre la nieve, desnudo y cubierto de sangre.

Su pecho sube y baja con la misma violencia que el huargo. El vaho escapa entre sus dientes apretados. Una de sus manos está hundida en la nieve, con los dedos crispados como garras aferrándose al suelo.

No puedo dejar de mirarlo.

El animal ha desaparecido, pero, de alguna manera, todavía sigue ahí… en el tatuaje de su espalda. El enorme lobo que vi dibujado en Glascow es más nítido ahora. Parece haberse completado un poco, aunque sigue inacabado.

Retrocedo un paso sin darme cuenta y él reacciona al instante. Sus ojos negros se clavan en mí y un gruñido leve vibra en su garganta.

Mi corazón se dispara.

Intenta levantarse, pero un gesto de dolor le cruza el semblante. Se lleva una mano al costado y empieza a temblar.

Entonces veo la herida.

La sangre se cuela entre sus dedos y cae lentamente sobre la nieve, oscura y abundante. Si no hago algo, va a morir allí. Eso debería facilitarme las cosas. Sin embargo, el pensamiento me atraviesa como una cuchilla y me obliga a moverme.

Me quito la capa de pieles con dedos torpes y avanzo despacio hasta él.

—No voy a hacerte daño.

La frase suena absurda en cuanto abandona mis labios, porque él podría partirme en dos con las manos desnudas.

Aun así, me aseguro de que permanece inmóvil antes de dar el siguiente paso.

Corwan sigue cada uno de mis movimientos con la intensidad de un depredador. Parece estar conteniéndose para no atacar.

Me acerco hasta una distancia prudencial y, cuando intento colocarle la capa sobre los hombros, su mano se cierra alrededor de mi muñeca. Tan fuerte que el dolor me obliga a gemir.

Sus ojos negros se alzan hacia los míos y, durante un instante aterrador, vuelvo a ver al huargo. Su instinto salvaje, su furia, su violencia…

—No… te acerques. —La voz sale grave, rota.

Sin embargo, no me suelta. Permanece aferrado a mi muñeca, temblando. Como si necesitara ese contacto para seguir anclado a la realidad.

Su mirada se fija en la venda de mi ojo y algo parecido al horror cruza su rostro. La presión sobre la muñeca desaparece de golpe y aparta la mano, abrasado por el contacto.

—¿Qué te han hecho?

El viento atraviesa los árboles y levanta copos de nieve entre nosotros.

No sé qué responder porque no estoy segura de qué parte de todo esto empezó por él.

—Fue un error de cálculo.

Sus ojos se oscurecen todavía más. Mira las marcas de las garras del grizzly que asoman bajo la venda y luego desvía la vista hacia la nieve, como si no soportara verlas.

Aprovecho ese instante para colocarle finalmente la capa sobre los hombros. Corwan no se aparta esta vez. Permanece inmóvil mientras las pieles cubren parte de su cuerpo y el vapor se eleva desde su piel caliente.

Entonces veo algo que hasta ahora había pasado desapercibido: las decenas de cicatrices que surcan su cuerpo. Marcas finas, quemaduras, cortes, símbolos extraños grabados cerca de las clavículas.

Heridas antiguas y recientes.

Su cuerpo ha sido usado tantas veces que puede que haya perdido la cuenta.

No necesito preguntar de dónde vienen esas marcas. El nombre de Cráneo surge en mi cabeza de manera espontánea.

Corwan percibe mi mirada y tensa la mandíbula.

—No me mires así.

—¿Así cómo?

—Con compasión.

El dolor en sus palabras me atraviesa de lleno.

Me arrodillo frente a él pese al frío que atraviesa mi vestido al instante.

—Déjame ver la herida.

—No.

—Te estás desangrando. Si no detengo la hemorragia, vamos a morir los dos en el hielo.

La manera en la que me mira hace que el mundo entero desaparezca.

Parece evaluar cuánta razón hay en mis palabras. Finalmente aparta la mano del costado.

La herida es horrible.

La espada le abrió un tajo profundo bajo las costillas y la sangre brota sin detenerse.

Arranco un trozo de tela del interior de mi vestido y lo apoyo sobre la herida. Corwan se tensa de golpe y su brazo atrapa mi cintura por puro reflejo. Un jadeo escapa de sus labios.

El calor de su contacto me atraviesa entera en mitad del frío de la estepa.

Levanto la vista.

Estamos demasiado cerca. Puedo sentir su respiración contra mi rostro.

Su olor me envuelve por primera vez: tormenta, humo, nieve y sangre fresca… Sus dedos siguen aferrados con fuerza a mi cintura. Los siento crispados, como si estuviera haciendo un esfuerzo enorme para no perder el control.

—Lo siento… sé que duele —susurro.

Una sombra de sonrisa amarga cruza su boca.

—No tienes idea.

Presiono la tela contra la herida y Corwan aprieta los dientes. El músculo de su mandíbula tiembla bajo la piel, pero no se aparta ni me suelta.

Intento concentrarme en detener la hemorragia y no en el calor de su mano atravesando la tela de mi vestido. En el modo en que me mira… luchando consigo mismo.

—¿Cuánto tiempo llevas siendo… eso?

La pregunta queda suspendida entre ambos. Corwan tarda en responder.

—El suficiente para olvidar que una vez fui solo humano.

Un escalofrío me recorre la espalda. Observo sus cicatrices.

—¿Te hizo Cráneo todo esto?

—Él solo obedecía órdenes.

—¿De tu hermano?

Él asiente y yo recuerdo mis propias cicatrices…

El viento vuelve a soplar entre los árboles mientras comprendo una verdad incómoda: Corwan no nació monstruo, lo crearon.

Ahora empiezo a entender su actitud, su violencia, la oscuridad que siempre parece desgarrarlo por dentro. Es todo supervivencia.

Mis dedos rozan de forma accidental su piel cerca del pecho. Corwan se queda paralizado. El aire cambia entre nosotros. Se vuelve eléctrico.

Mi pulso se acelera. El tirón nace en mi pecho con una violencia que no había experimentado hasta ahora. Es porque no procede solo de mí, también viene de él. Es algo invisible que nos arrastra el uno hacia el otro…

Sus pupilas cambian y se encienden en tonos naranjas, como los del huargo.

Corwan aparta la mano de mi cintura de inmediato y se incorpora de forma brusca. Se aleja.

La pérdida de su calor me deja helada.

—Corwan… —Gira apenas la cabeza hacia mí—. ¿Por qué me dejaste marchar en Glasbow?

Arruga el gesto, lo suficiente para que sea consciente del conflicto brutal que habita dentro de él.

—No sé qué eres Camila… ni por qué le importas tanto a mi hermano…

Me quedo paralizada.

No lo sabe. No le han dicho que procedo del linaje de Aethryon. ¿Por qué? ¿No se fía Gorath ni de su propio hermano?

—Pero deberías tenerme miedo, porque lo que despiertas en mí no se puede controlar… Y lo peor es que no quiero alejarme.

El viento vuelve a soplar entre los árboles blancos. Sin embargo, ninguno de los dos se mueve.

Quizás debería haber huido en este momento, porque comprendo que el verdadero peligro no es Corwan, sino el interés que empieza a surgir en mí.

* * *

El bosque se vuelve más oscuro conforme avanza la noche.

La nieve cae lenta entre las ramas blancas y el viento silba entre los troncos como un animal herido.

Hemos encendido un fuego pequeño, apenas suficiente para combatir el frío sin delatar nuestra posición.

Corwan permanece al otro lado de las llamas, sentado sobre una roca cubierta de escarcha y bajo la protección de un árbol.

No habla.

Me ha pedido unas horas para reponerse, pero no me parece que mejore.

Tiene la capa cerrada alrededor del cuerpo, pero aun así percibo cómo tiembla de vez en cuando. Su respiración se ha vuelto irregular y el sudor le humedece el cabello negro a pesar del frío.

Apoya los antebrazos sobre las rodillas y agacha la cabeza. Durante un instante creo escuchar un gruñido contenido vibrando en su garganta.

—¿Estás bien? —pregunto.

Él tarda en responder.

—Sí.

La mentira resulta tan evidente que me ofende.

El fuego crepita entre nosotros. Corwan aprieta la mandíbula y se lleva una mano al costado herido. La capa de pieles se abre y contemplo su torso desnudo, brillante por el sudor. La herida ha dejado de sangrar, pero su aspecto empeora por momentos.

Entonces se pone de pie sin decir nada. El movimiento parece costarle más de lo que quiere evidenciar.

—No te muevas de aquí —murmura.

Y se interna entre los árboles con paso desigual.

Frunzo el ceño.

No sé a dónde va, pero no llegará muy lejos en ese estado.

Aguardo unos segundos, pero la inquietud y la preocupación terminan venciendo. Corwan se ha convertido en mi única opción para sobrevivir en la estepa. No me puedo permitir que muera ahora.

Me levanto y sigo sus huellas.

El susurro de la nieve bajo mis botas me persigue mientras avanzo entre los árboles. El bosque es más espeso a medida que me interno en él y la oscuridad se acumula entre las hojas heladas.

Lo encuentro junto a una roca partida. Está inclinado hacia delante, con la respiración entrecortada.

En el hueco, oculto bajo la piedra, veo el brillo de una caja metálica. Corwan saca algo de su interior y el brillo blanco destaca sobre la nieve.

Materia líquida. Dentro de una jeringuilla de cristal.

Corwan no repara en mí. Está demasiado concentrado intentando controlar el temblor de sus manos.

Saca el brazo de la capa de pieles y veo las marcas. Pequeñas cicatrices alineadas a lo largo de las venas. Recientes y antiguas.

Mi estómago se contrae.

Corwan intenta clavarse la aguja, pero el pulso le falla. Maldice entre dientes y vuelve a intentarlo, pero no lo consigue.

El temblor empeora y clavar la jeringuilla en su vena empieza a antojársele una misión imposible.

Grita. Se desespera. Y golpea con fuerza la roca. Un crujido de huesos reverbera en el bosque.

Salgo de mi escondite y me acerco. Él se gira tan rápido que el reflejo animal vuelve a aparecer en sus ojos. Durante un instante creo que va a atacarme.

—Te dije que no te movieras.

La advertencia se eleva en nubes de vaho desde su boca.

Miro la jeringuilla. Luego sus manos temblando. Y, por último, las cicatrices.

—Déjame ayudarte.

—No. —Responde demasiado rápido. Brusco—. Vuelve al fuego.

—No puedes ni sostenerla.

Sus ojos negros relampaguean.

—He dicho que no.

Bajo la agresividad hay algo que reconozco demasiado bien. Vergüenza.

Aprieto los labios y me acerco sin esperar su consentimiento. Él no se mueve, aunque todo su cuerpo se tensa.

Le tiendo la mano.

—Dámela.

Corwan mira la jeringuilla como si fuera un enemigo. Luego vuelve la vista hacia mí y, finalmente, me la entrega.

La materia líquida brilla dentro del cristal como una estrella atrapada.

—¿Dónde?

Corwan aparta la mirada.

—En la vena.

Saca un poco más el brazo. Los músculos están tensos bajo la piel.

Me aproximo todo lo que puedo y le sujeto el antebrazo. El contacto me golpea de lleno. Está demasiado caliente. Tiene fiebre.

Corwan contiene el aliento. Sus ojos permanecen clavados en mi rostro mientras apoyo la aguja contra su brazo.

—¿Estás enfermo? —pregunto en voz baja.

Él sonríe con pesadumbre.

—De una enfermedad que no se cura.

Levanto la vista hacia él.

—Es la sangre de huargo… mi cuerpo lucha contra ella. Intenta destruirla todo el tiempo.

El horror me recorre despacio.

La fiebre, los temblores, la violencia contenida… Corwan vive librando una guerra constante contra su propia sangre. Su cuerpo intenta destruir aquello en lo que lo convirtieron.

—La materia ralentiza el proceso —continúa—. Me ayuda a mantener el control. A llamar a la bestia y someterla a mi voluntad.

—¿Y si no la tomas?

Una leve brisa se cuela entre los árboles y agita su cabello oscuro.

—La bestia me devorará —sentencia—. Terminaré convertido en eso para siempre.

Mi respiración se atasca. Miro la aguja entre mis dedos y comprendo la realidad: Corwan no usa la materia para convertirse en monstruo, la usa para seguir siendo humano.

La tragedia me golpea tan fuerte que me comprime el pecho.

Con cuidado, apoyo la mano sobre su brazo y busco la vena.

Corwan cierra los ojos cuando la aguja le atraviesa la piel. El músculo se contrae bajo mis dedos. Luego empujo lentamente el émbolo.

La materia desaparece dentro de él.

El efecto es inmediato. El temblor disminuye poco a poco. La tensión brutal de su cuerpo empieza a relajarse. Un jadeo grave escapa entre sus labios y el sonido me atraviesa entera.

Mis dedos siguen sobre su piel, conscientes de su contacto, que arde bajo mis dedos. Y el modo en que me mira hace que apartarme parezca mucho más difícil de lo que debería.

Cuando abro la mano para apartarme, Corwan me atrapa la muñeca.

No es un gesto violento. Es casi desesperado.

Sus ojos negros vuelven a abrirse despacio y, durante un instante, parecen menos salvajes, aunque igual de peligrosos.

Su mano sube hasta la herida que asoma bajo el vendaje de mi ojo. La acaricia despacio y mi piel se eriza.

—Siento no haber llegado antes —susurra.

Sé que el anhelo que percibo en él es debido a mi sangre. A aquello en lo que Gorath lo convirtió. A la necesidad enfermiza de materia que vive dentro de él.

Eso es todo.

Tiene que serlo.