Una rosa de invierno 29 La ejecución
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29 La ejecución

El tiempo dentro de la Celda no avanza.

Sin luz, sin referencias visuales, no sé si han pasado horas o días. Lo único que siento es la humedad, colándose en la ropa, en la piel, en los huesos. El ojo vendado late con una insistencia cruel y el frío del suelo parece alimentarse de mí cada vez que me muevo.

Hukus dijo que necesitaban hacerlo creíble, y creo que lo ha conseguido.

No viene nadie a verme. Ni Draven, ni Helena, ni Catriona. A veces escucho voces lejanas en los límites del asentamiento, el golpe lejano de alguna puerta, pero nada se acerca a mi celda.

Estoy sola. Y esta soledad tiene dientes.

Durante el primer día me aferro al plan, a la certeza de que todo es una mentira construida para los espías de Gorath. Al segundo, esa certeza empieza a flaquear.

¿Y si Gorath no manda a nadie? ¿Y si Hukus y Catriona calcularon mal? ¿Y si el rey decide que no merece la pena sacarme de aquí?

Sin embargo, hay algo peor que todo eso.

¿Y si finalmente sí vienen… y tengo que cumplir mi cometido y matar a Corwan?

Aprieto los dientes hasta que el dolor del ojo se vuelve insoportable.

No puedo pensar en eso ahora… pero mi mente no obedece.

Corwan está en todas partes. En la oscuridad de la Celda, en el frío que me muerde los dedos, en ese vacío entre latidos donde mi cuerpo parece esperar algo que mi razón teme.

La puerta se abre al amanecer.

La luz entra de golpe y me obliga a cubrirme el rostro con un brazo.

—Arriba.

Es la voz de Hukus.

No me sorprende. Aun así, no puedo evitar que el estómago se me contraiga.

Levanto la cabeza y lo veo. Está frente a la entrada, envuelto en pieles. La cicatriz de su rostro es una línea roja brillante que divide su mentón en dos. Lleva una espada al cinto y una expresión que no revela nada. Detrás de él hay varios soldados.

Demasiados para una mentira.

—Ha llegado el momento —dice.

La boca se me seca.

—¿Ya?

—¿Esperabas una despedida?

No respondo. Me niego a darle la satisfacción de mostrarle mis temores.

Dos hombres entran en la Celda y me levantan con brusquedad. Las piernas me fallan al principio, entumecidas por el frío, la humedad y el encierro. Uno de ellos me arrastra con la fuerza suficiente para hacerme daño.

Hukus observa sin intervenir.

Empiezo a pensar que todo tiene un aspecto demasiado real.

Me sacan al exterior.

El amanecer aún no ha terminado de romper. El cielo es una lámina gris y sucia sobre la ciénaga helada. La nieve cae despacio, en copos pequeños, casi delicados. Un contraste cruel con el círculo de soldados que me espera en mitad de la superficie helada.

Hay gente observando desde el asentamiento. Rostros medio ocultos tras las pieles. Muchos ojos.

Todos saben quién soy ahora. La princesa Camila del Oeste, la que se negó a colaborar con su causa. La condenada.

Hukus camina delante y a cada paso intento convencerme de que todo sigue formando parte del plan. Los espías han llevado la noticia y los soldados de Gorath solo están esperando el mejor momento para atacar.

Sin embargo, cuando los ecos del asentamiento quedan demasiado atrás, el miedo empieza a vencer a la lógica.

La extensión blanca se abre ante nosotros como una boca. No hay braseros, ni refugios, ni voces… solo hielo, niebla y el crujido de nuestros pasos.

Me obligan a detenerme en el centro del círculo de soldados. Creo que es el mismo lugar donde el grizzly murió, solo que hoy el espectáculo no es para todos los públicos.

Todavía creo ver una mancha más oscura bajo la nieve nueva.

Hukus se vuelve hacia los soldados.

—Proceded.

El sonido del acero al desenvainarse me vacía por dentro.

No puede ser.

Me giro hacia él

—Hukus. —Mi voz suena demasiado débil.

Él me mira.

—Esto es una mentira, ¿verdad?

—Lo es.

Un soldado se acerca con la espada en alto.

—Pero las buenas mentiras necesitan sangre.

El pulso me golpea en la garganta.

El soldado me obliga a ponerme de rodillas. La nieve atraviesa la tela del vestido y me muerde la piel. Levanto la cabeza hacia el horizonte, hacia la estepa que se extiende más allá del asentamiento.

Y no veo nada.

Solo el blanco de la ventisca que comienza a arreciar. El vacío. No viene nadie.

Por primera vez desde que me encerraron en la Celda, la idea me atraviesa por completo: no van a rescatarme. Hukus lo sabe y ha decidido poner fin a mi problema con esta ejecución limpia.

El soldado alza la espada.

Cierro el ojo sano.

Entonces el viento cambia y el olor llega hasta nosotros. Primitivo. Salvaje. Es el rastro de un animal enorme.

Los soldados también lo notan. La espada titubea en la mano.

Hukus levanta la cabeza hacia la ventisca.

Y entonces aparece la sombra. Una forma enorme corriendo sobre la nieve. Lo único que se distingue con cierta claridad es el brillo de dos ojos naranjas. Profundos.

Un aullido precede su aparición. Emerge entre la ventisca. Enorme, colosal.

Un huargo.

Su lomo sobrepasa la altura de los hombres. El pelaje oscuro está cubierto de escarcha. Sus colmillos sobresalen entre las fauces abiertas. Cuando el brillo naranja se posa sobre mí, siento que el aire se me escapa de golpe.

—Atrás —ordena Hukus.

Pero no hay tiempo para obedecer. El primer soldado cae antes siquiera de bajar la espada. La bestia se mueve demasiado rápido para el tamaño que tiene. Un borrón oscuro. Unas garras brutales. Sangre sobre la nieve.

Los gritos llegan después.

Los soldados atacan.

El huargo se lanza contra ellos con la violencia de una tormenta. Sin elegancia, solo fuerza salvaje, desesperación y rabia.

La punta de una espada le alcanza el costado. La bestia ruge y su sonido me sacude por dentro. Hay algo extraño en él. Algo… casi humano.

Retrocede un paso, herido. Un segundo soldado trata de clavarle su espada en el lomo, pero el huargo lo derriba de un zarpazo tan brutal que el hombre sale despedido varios metros.

Yo no consigo moverme.

No debería importarme aquella criatura. Sin embargo, siento la necesidad irracional de detener esto antes de que todos acaben muertos. De utilizar el poder de mi sangre ahora que soy más consciente de lo que puedo hacer.

El tirón me arranca del pecho, me lanza hacia la mente del huargo… y choco contra un muro desconocido.

No encuentro la furia animal, ni los pensamientos salvajes. Dentro de su cabeza hay una barrera oscura contra la que mi habilidad se estrella.

Retrocedo mentalmente con un jadeo.

¿Qué…?

Vuelvo a intentarlo, pero la pared sigue ahí. Negra. Imperturbable. Es como si la mente del huargo fuera algo más que una consciencia animal. Algo que no estoy preparada para invadir.

Entonces la bestia gira la cabeza y se lanza hacia mí.

La sangre de su herida cae sobre el hielo en gotas negras.

Un soldado intenta interponerse y el huargo lo aparta de un golpe. Antes de que pueda darme cuenta, está plantado frente a mí.

Su respiración sale entrecortada, formando densas nubes de vaho. La sangre resbala por su pelaje oscuro.

Es tan grande y está tan cerca que la vista no me alcanza a abarcarlo.

Y entonces inclina el cuerpo, como obedeciendo una orden silenciosa. Mi corazón late tan fuerte que apenas puedo pensar. No entiendo qué está pasando, pero sí sé una cosa: si no me muevo ahora, vamos a morir todos.

Me aferro a su pelaje y trato de subir, pero no deja de moverse y pegar dentelladas para defenderse de las espadas. Resbalo al primer intento. Tengo las manos entumecidas y el ojo me late con fuerza.

Lo intento otra vez.

Consigo izarme sobre su lomo justo cuando una flecha silba junto a mi cabeza.

Han llegado arqueros del asentamiento para apoyar a las espadas.

Hukus se ha esmerado en hacerlo muy real.

En cuanto me aseguro sobre su lomo, el huargo se eleva y echa a correr. El mundo desaparece bajo nosotros. La ciénaga se convierte en una mancha blanca y gris. El viento me golpea el rostro y me obliga a esconderme contra el cuello de la criatura.

Está caliente. Es una calidez agradable.

Intento contactar con él otra vez. Necesito entender qué quiere de mí, pero la barrera sigue ahí. Sin embargo, encuentro una leve grieta y percibo el agotamiento que hay detrás de ella. Una rabia contenida durante demasiado tiempo.

Y una sensación terrible de soledad.

El huargo salta sobre una grieta en el hielo y aterriza con un gruñido ahogado. Unos metros más adelante aparecen los primeros árboles de troncos blancos y sombras largas.

La criatura empieza a perder velocidad.

Su respiración sale entrecortada entre los dientes.

Da unos pasos más y cae de golpe. Yo salgo despedida de su lomo y ruedo sobre la nieve. Acabo golpeándome el costado con el tronco de un árbol.

Gimo.

Cuando consigo incorporarme, veo al huargo tambaleándose frente a mí. La sangre le cubre un costado.

—No te muevas —susurro sin pensar.

La criatura alza la cabeza y sus huesos empiezan a quebrarse bajo la piel como ramas secas.

Su cuerpo se contrae de forma antinatural. Los músculos se parten. El pelaje oscuro se deshace en sombras que se desprenden de él como el humo de una hoguera.

Retrocedo aterrada.

El sonido que sale de su garganta ya no es un aullido. Es un grito de dolor humano.

La criatura se retuerce sobre la nieve y, poco a poco, el monstruo desaparece.

Mi corazón late desbocado.

Donde antes había un huargo gigantesco ahora hay un hombre de rodillas sobre la nieve, desnudo y cubierto de sangre. Aunque todavía respira como una bestia salvaje.

Levanta lentamente la cabeza.

Y cuando sus ojos negros encuentran los míos… el mundo entero se rompe bajo mis pies.

Es Corwan.