Una rosa de invierno 28 Despedidas
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La humedad de la Celda se me mete en los huesos. El espacio es un agujero excavado en los límites del asentamiento, donde la ciénaga cede algo de espacio a la tierra firme.

Las paredes están formadas por troncos húmedos y hielo compacto. Huele a moho, a hierro oxidado y a nieve sucia.

Hukus no exageraba cuando dijo que había que hacerlo creíble.

Todo el asentamiento debe pensar ahora mismo que soy una traidora.

Me abrazo las rodillas bajo la manta de pieles y cierro los ojos un instante. El vendaje sobre mi ojo palpita acompasado con mi corazón.

Entonces escucho pasos rápidos que se acercan.

La luz me ciega cuando el acceso a la Celda se abre de golpe. El aire helado entra como una cuchilla.

—¿Camila?

Reconozco la voz de Draven.

Vuelvo la cabeza.

Está respirando deprisa. Ha venido corriendo. Lleva nieve sobre los hombros y la mandíbula tensa.

Cuando sus ojos me encuentran dentro de la celda, su rostro palidece.

—¿Qué demonios haces aquí?

Se acerca a los barrotes que me mantienen cautiva.

—Me han dicho que Hukus te arrastró fuera del refugio de Catriona gritando que te negabas a colaborar con la Resistencia… y desvelando que eres la princesa Camila del Oeste. Ha ordenado ejecutarte al amanecer.

La rabia vibra bajo cada palabra.

—¿Qué has hecho?

Durante un instante no sé qué responder porque, de todas las personas de este asentamiento, él es la última a la que quería involucrar.

Avanzo yo también hacia los barrotes, despacio.

—Todo forma parte de un plan.

Draven frunce el ceño.

—¿Qué?

Toda su rabia se transforma en confusión.

Me acerco un poco más a los barrotes.

—Hukus quiere valerse de los espías que Gorath tiene en el asentamiento —explico en voz baja—. Quiere que Gorath piense que van a ejecutarme… para que venga a por mí antes de que ocurra.

La confusión de Draven deja paso a la incredulidad.

—¿Y por qué demonios querría lograr eso?

Esta es la parte que más me cuesta decir en voz alta.

—Tengo que volver con lord Corwan.

Sus ojos se endurecen de golpe.

—¿Por qué?

Dudo un segundo, pero ya no tiene sentido ocultárselo.

—Quieren que lo mate.

El mundo parece detenerse. Incluso el viento del exterior deja de existir.

Draven no responde, solo me mira con una expresión que no atino a descifrar.

—Que aproveche mi cercanía para verter veneno de mandrágora una noche en su copa.

Las palabras suenan horribles fuera de mi cabeza.

Draven aparta la mirada. Se pasa una mano por la nuca y empieza a caminar de un lado a otro frente a los barrotes.

—Eso es una locura.

—Lo sé.

—Corwan no es un hombre cualquiera, Camila.

—También lo sé.

Se detiene.

—Entonces entiendes que esto puede matarte.

La crudeza de su voz me atraviesa, porque no habla como un miembro de la Resistencia, sino como alguien asustado por quien le importa.

—Catriona ha prometido mantener el contacto —digo—. Usaremos cuervos mensajeros para transmitir información e instrucciones.

Draven suelta una risa amarga.

—¿Y eso te tranquiliza?

No. Pero necesito creer que no estoy completamente sola.

Bajo la mirada hacia mis manos.

—Si lo consigo, me escoltarán hasta el Oeste.

El silencio regresa otra vez. Cada vez es más profundo.

Draven vuelve a acercarse despacio a los barrotes.

—Veo que la decisión está tomada.

Levanto la vista. Sus ojos blancos están clavados en mí.

—Solo me queda disculparme… —Traga saliva—. Por lo estúpido que he sido estas últimas horas contigo.

Comprendo enseguida que se refiere a su ausencia, a la manera en la que ha evitado encontrarse conmigo desde el beso.

—Draven…

Niega suavemente con la cabeza.

—No. Déjame continuar.

Su voz emerge más apagada ahora, más vulnerable.

—De verdad pensé que entre nosotros había nacido algo importante. —El pecho me duele porque yo también lo pensé, o quise pensarlo—. Pero luego te vi apartarte como si besarme hubiera sido un error.

Cierro los ojos un instante. La culpa me aplasta.

—No fue un error, Draven.

Él compone una sonrisa triste.

—No, tienes razón. No lo fue. Al menos para mí. Y me ayudó a comprender lo que pasaba… que hay alguien más.

Mi primer impulso es negarlo. Asegurar que Corwan no significa nada. Que solo es miedo, confusión… Pero entonces su recuerdo me acecha otra vez. La forma en la que mi cuerpo reacciona incluso cuando intento apartarlo de mí. La violencia de ese vínculo.

Y el silencio se convierte en mi respuesta.

Baja la mirada despacio y toma mis manos entre las suyas. Están frías, pero el gesto es cálido y hace que el nudo de mi garganta apriete más fuerte.

—Draven… yo nunca quise hacerte daño. De verdad, quise intentarlo.

Él alza la vista de nuevo y sonríe con una dulzura que me destroza.

—Lo sé.

Entonces se lleva mis manos a la boca, entre los barrotes, y las besa con cariño.

—Solo desearía haber llegado antes que él.

El nudo aprieta tan fuerte en la garganta que termina soltándose, y las lágrimas desbordan mis ojos.

—Ten mucho cuidado, Camila.

Se da la vuelta para marcharse, pero antes de desaparecer por la abertura de luz, se detiene un instante.

—Me equivoqué cuando dije que las rosas de invierno no existían.

La luz de la entrada le recorta la silueta entre la nieve y la oscuridad de la Celda. Sus ojos blancos se clavan en los míos una última vez.

—Solo que nunca fueron una flor, sino alguien capaz de seguir levantándose en un mundo empeñado en destruirla.

Y entonces se marcha, dejándome sola en la oscuridad, con el corazón roto y la extraña sensación de que, por primera vez en mi vida, alguien me ha visto de verdad.