Una rosa de invierno 27 El secreto descubierto
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27 El secreto descubierto

El trayecto hasta el refugio de Catriona se me hace más largo que nunca.

El frío golpea el lado descubierto de mi rostro y hace que el ojo vendado me palpite todavía más. Helena avanza unos pasos por delante de mí, en silencio. No intenta ayudarme ni reduce el ritmo. Supongo que esa es su manera de tratarme como a alguien fuerte.

O como a alguien que no merece compasión.

El sol aún está bajo y luce ese tono apagado propio del amanecer.

No hay demasiado ruido en el asentamiento y, lo poco que se oye, se silencia cuando me acerco. Parece que hemos retrocedido al día de mi llegada.

Tengo la sensación de percibirlo todo de forma más intensa desde el incidente con el grizzly: el viento, la nieve… el miedo. Como si perder parte de mi visión hubiera agudizado algo mucho más peligroso.

Llegamos al refugio de la líder.

Los guardias apartan las pieles de la entrada sin decir nada.

Me inclino y paso con la sensación de llevar haciéndolo toda la vida. No puede decirse que esté nerviosa. En realidad, no he hecho nada malo, no estoy aquí para que me juzguen… y, aun así, entro en este refugio como alguien que ya ha sido condenado.

Cuando los veo, tengo la sensación de estar reviviendo algo que ya ha pasado: Catriona sentada en su silla con un manto de pieles cubriéndole las rodillas.

Hukus de pie detrás, con la coleta tensa y los tatuajes vibrando a la luz de las piedras lunares.

Helena aguardando en la puerta… Hay un par de hombres más, armados, junto a una puerta.

La vez anterior salí de aquí con la posibilidad de un pase hacia el Oeste. No veo por qué esta vez tenga que ser diferente.

Sin embargo, algo en su manera de mirarme me dice que esta vez no será tan sencillo.

Catriona se levanta. Su altura sigue imponiéndome. El cuero de su ropa chirría con cada paso que da hacia mí.

—Celebro que sigas viva. —Se detiene a pocos pasos. Percibo la dureza de su piel curtida por el frío.

—Queríais verme.

Acelero. Estoy demasiado inquieta para formalismos.

—¿Necesitas sentarte?

Niego con la cabeza. El ojo me late con fuerza, pero no quiero mostrar debilidad delante de ellos.

Catriona empieza entonces a caminar en círculos a mi alrededor. No sé si es una estrategia para ponerme nerviosa e intimidarme, pero es lo que consigue.

—¿Vas a seguir negando lo que vimos ayer? —suelta de golpe.

La pregunta no me pilla por sorpresa. Sé que mi actuación frente al grizzly es el motivo principal de que me hayan convocado. Sin embargo, mis respuestas siguen siendo las mismas.

—No sé qué creísteis ver, pero…

—Si vas a insistir en esa línea, será mejor que te calles. —La voz de Catriona se ha endurecido.

Da una nueva vuelta a mi alrededor. Es un depredador estudiando el mejor ángulo para atacar.

—Habías prometido domesticar a los grizzlies —continúa—. Y no lo has hecho.

—Sí lo hice —replico de inmediato—. Pero él lo estropeó.

Señalo a Hukus con la cabeza. Me inquieta que no se altere, que mantenga en su boca esa sonrisa de superioridad del que sabe que tiene todo ganado.

—Estoy de acuerdo en que las formas no fueron las más correctas —dice Catriona—, pero Hukus solo simuló una situación real de combate…

—¡Sacó una espada delante de una criatura traumatizada!

—¿Y cuántas espadas crees que habrá en una batalla?

Su pregunta me alcanza de lleno. Fría. Lógica. Cruel.

El refugio queda en silencio.

Mi respiración se acelera al comprender que mi viaje al Oeste está en serio peligro. El vendaje me oprime la cabeza como una garra.

La líder de la Resistencia se detiene frente a mí y me observa durante unos segundos eternos.

—Voy a preguntártelo una última vez, Camila.

El tono de su voz ya está desprovisto de paciencia. Solo se percibe un hondo hartazgo.

—¿Por qué te quiere viva Gorath?

Siento el peligro del abismo abrirse bajo mis pies.

No puedo responder con la verdad. Si les soy sincera, dejaré de ser solo una persona para convertirme en un recurso; igual que pasó con Gorath, igual que lleva ocurriendo toda la vida con mi hermana y con mi padre.

—Ya os lo dije —murmuro, aunque me falta convicción—. Solo soy una herramienta política. Necesito viajar al Oeste para privar a Gorath de su estrategia.

Catriona asiente.

—Viajarás —dice, y mi corazón da un brinco en el pecho—, pero no al Oeste.

Recibo el golpe al mismo tiempo que la sonrisa de Hukus se ensancha en el rostro. Y comprendo, tarde, que estoy en el punto exacto en el que él quería tenerme. Reparo entonces en las gotas de sangre que salpican sus ropas y parte de sus manos.

Catriona se gira hacia los dos hombres armados.

—Traedla.

Los soldados desaparecen un instante en una estancia contigua y regresan sujetando a una figura que apenas reconozco.

Arleen.

La sorpresa me impide darme cuenta de lo que está pasando.

Tiene el rostro amoratado. Un corte le divide la ceja y la sangre seca mancha su cuello y su ropa. Camina arrastrando una pierna.

Sin embargo, lo que de verdad me da miedo no son sus heridas, sino la vergüenza que veo en sus ojos. Cuando me mira, se echa a llorar.

—Ay, niña… —le tiembla la voz.

Quiero acercarme a ella, consolarla, pero Catriona me corta el paso.

—No.

Arleen no deja de llorar.

—Lo siento… Lo siento muchísimo.

Es justo en este momento cuando empiezo a comprender lo que ha ocurrido, y el suelo desaparece bajo mis pies.

No, no, no.

—Les dije que no hablaría… —solloza—. Pero me amenazaron con expulsarme del asentamiento… con abandonarme en la estepa.

Su respiración se quiebra.

—No tengo ningún otro lugar al que ir… no tengo a nadie…

Una náusea me sube por la garganta.

Comprendo entonces lo que significa de verdad estar atrapada.

No era el frío, ni el Norte. Ni siquiera Gorath.

Es esto. El momento exacto en el que entiendes que ya no tienes escapatoria.

Catriona se vuelve entonces hacia una pequeña mesa situada junto a un brasero. Allí descansa un papel, manchado de sangre en uno de los bordes, en el que no había reparado hasta este momento.

—Después de ser muy persuasivos con ella —dice Catriona—, nos ha entregado esto.

La escriba rompe a llorar con más fuerza.

—No quería entregarla… —balbucea—. Os lo juro… Ya tuve que huir por culpa de ella antes de poder entregarla en Maredur… Pero ya no tengo donde más esconderme. Hice lo que pude, princesa.

Catriona despliega la carta y reconozco de inmediato el sello de la Corona del Oeste. La luna y las zarzas de la Casa Velaryan. De Genoveva.

Siento que una mano helada se cierne sobre mi espinazo.

La líder de la Resistencia empieza a leer en voz alta.

—«Querida Maireen. Una vez más, acudo a ti en busca de ayuda. Los rumores sobre nuestro linaje empiezan a sonar cada vez más fuerte y no sé durante cuánto tiempo más podré acallarlos».

Mi pulso comienza a acelerarse.

—«Yo misma he tenido que tomar la dolorosa decisión de separarme de mi hija y esconderla. Me ha podido el miedo de quienes llevamos en la sangre algo que el mundo jamás dejaría libre si llegara a confirmarse».

Frunzo el ceño. No entiendo nada.

Catriona continúa con la lectura.

—«Te suplico que olvides la profecía sobre Camila y la saques de Taurenhold.

Está demasiado cerca del Norte. Demasiado cerca de Gorath.

Si descubre lo que es, si hasta él llega el rumor de que el linaje de Aethryon corre por las venas de la Casa Velaryan, Camila se convertirá en la solución a sus ansias de poder…

especialmente ahora que la materia prácticamente se ha extinguido».

«Si alguna vez os he necesitado, Maireen, es ahora».

«Siempre en deuda con vos. Genoveva, de la Casa Velaryan. Soberana del Reino del Oeste».

La voz de Catriona se extingue y la estancia queda en silencio.

Igual que mi corazón, que se ha detenido.

El linaje de Aethryon.

Su eco resuena en mi memoria como una campaña enterrada: libros antiguos, textos de alquimia, historias sin sentido…

Los Primeros Alquimistas.

Personas capaces de jugar con los elementos antes de que empezara a extraerse la materia .

—Pero… —murmuro—. La sangre de Aethryon es solo una leyenda.

Hukus no ha parado de sonreír en todo este tiempo.

—Ya ves que no.

Me paro a pensar… y entonces las piezas empiezan a encajar: los grizzlies, el caballo, la bestia de Draven… la rata en Glasbow, el cuervo en Vhalzar… ¿Desde cuándo tengo estas sensaciones?

La respuesta viene sola. Desde el primer experimento de Cráneo. Desde que despertó la alquimia dormida en mi sangre.

Todo este tiempo… esa sensación de deslizarme dentro de ellos… era real.

Catriona dobla la carta con calma mientras sus ojos no se apartan de mí.

—La materia desaparece —dice—. Y Gorath necesita reemplazarla. Por tu sangre.

Se acerca a uno de los braseros y arroja dentro la carta. El papel se consume al instante con una breve llamarada.

—Los textos antiguos hablan de ello —continúa—. Consideran la sangre de Aethryon el único catalizador para ejecutar conjuros alquímicos sin necesidad de consumir materia .

Entiendo por qué Gorath me sacó de Taurenhold; por qué Cráneo me extrae la sangre; por qué necesitan tratarla para usarla como sustituto de la materia .

Nunca fui una rehén política.

Soy un recurso.

Siento ganas de arrancarme la piel.

—Cráneo te lleva al laboratorio de Concilius Klan, más allá de Kulum. ¿Verdad?

Es inútil que siga negando una evidencia tan grande. Asiento sin saber qué más decir.

—Y también sabes que te extraerán toda la sangre posible hasta dejarte moribunda y esperarán a que te recompongas para volver a empezar… y a eso se reducirá tu existencia a partir de entonces.

Me gustaría gritar. Explotar y dejar salir toda la angustia, pero me temo que ahora mismo solo serviría para empeorar las cosas.

Entonces Catriona hace una pregunta que consigue algo imposible. Que olvide toda la conversación hasta este momento.

—¿Cómo es tu relación con Corwan?

El corazón da un golpe tan fuerte que temo que lo hayan escuchado.

—¿Qué… qué quieres decir?

Hukus da entonces un paso adelante y se acerca a nosotras hasta situarse a la misma distancia que Catriona. Luce el gesto de una hiena. Me provoca escalofríos.

—Después de todos los experimentos a los que lo sometió Gorath para convertirlo en un arma —dice—, después de inyectarle materia durante años… tu sangre debe atraerle igual que la propia materia .

Da un paso hacia mí y percibo mejor la excitación en cada ápice de su rostro.

—Debes de estar volviéndolo loco.

Se me seca la garganta.

El recuerdo de sus ojos negros me atraviesa.

La violencia, la manera en la que luchaba contra sí mismo cada vez que me tocaba, la desesperación contenida en cada gesto…

No era deseo. Era algo mucho peor: adicción.

Hukus se inclina un poco hacia adelante.

—Y ahí es donde entras tú.

Levanto la vista.

Catriona ya no parece enfadada. Su ceño fruncido y su postura amenazante han dado paso a una calma expectante.

—Corwan es el arma más peligrosa de Gorath contra nosotros —dice con un tono mucho más relajado, casi adulador—. El Azote del Norte. Él solito ha hecho desaparecer asentamientos enteros. Es quien de verdad amenaza nuestra supervivencia.

Hukus se toca la cicatriz del mentón de forma instintiva.

—Pero incluso los hombres más peligrosos tienen un punto débil… solo que no lo habíamos descubierto hasta ahora.

Comprendo lo que van a proponer incluso antes de escucharlo, y el horror empieza a crecer dentro de mí.

—No. —Retrocedo un paso para alejarme de aquella mirada exaltada.

—Vas a utilizar lo que provocas en él para acercarte.

La frialdad de su voz me hiela la sangre.

—Una noche. Una copa. La infusión de mandrágora que usaste con los grizzlies.

Mi respiración se vuelve errática.

—Queréis que lo mate.

—Queremos que nos ayudes —corrige Catriona—. ¿No era eso lo que querías demostrar? ¿Tu lealtad a nuestra causa?

Aprieto los puños con rabia. No tienen derecho a usar mis palabras contra mí.

—Pero esto es demasiado. No funcionará.

—Lo hará —dice Hukus—. Porque te desea.

Aquella frase en su boca me provoca náuseas.

Catriona se aleja del brasero y se aproxima hacia mí hasta cogerme de las manos. No hay delicadeza en su gesto ni intención de infundir ánimos. Me aprieta con la diplomacia de quien está cerrando un trato.

—Si lo consigues —dice—, yo misma te escoltaré hasta el Oeste.

Levanto la cabeza lentamente.

—¿Qué? —Quiero asegurarme de haber escuchado bien.

—Te conduciré hasta la frontera sana y salva.

Mi corazón se encoge y duele.

Lirien.

Casa.

Genoveva. Mi madre.

La posibilidad de volver resuena en mis oídos como un canto de sirena.

Pero entonces la realidad vuelve a aplastarme.

—¿Y cómo esperáis que regrese junto a Corwan? —pregunto—. ¿Qué hago? ¿Salgo ahí fuera y espero que me encuentre en mitad de la estepa?

Hukus sonríe despacio y se limpia la sangre seca bajo las uñas.

—Eso —dice—, déjamelo a mí.