26 Exhibición
El asentamiento entero está allí.
La ciénaga, extensión blanca y congelada, se ha convertido en un escenario improvisado. Las pasarelas de madera crujen bajo el peso de la gente que se agolpa para ver mejor. Reina un silencio tenso, expectante.
No sé en qué momento se ha corrido la voz, pero me siento demasiado expuesta. El centro de todas las miradas.
Reconozco a Arleen, que me sonríe con cariño cuando nuestras miradas se cruzan.
Tene las manos apoyadas sobre los hombros de un niño.
No me dio tiempo a verlo bien el día que llegó al asentamiento en brazos de su madre moribunda, pero estoy convencida de que se trata del niño al que ayudé en primer lugar.
También sonríe, y eso me reconforta un poco y me infunde valor.
Camino junto a Griselda y uno de los grizzlies avanza detrás de nosotros. Es él quien despierta los murmullos de admiración y de sorpresa. Nosotras somos meras acompañantes.
El simple hecho de que nos siga, sin atacar ni embestir a nadie, es mucho más de lo que la mayoría creía posible.
Catriona y Hukus están sobre una de las pasarelas más elevadas, separados del resto. Su sola presencia impone respeto. Trato de imitar a Griselda y no fijarme demasiado en ellos. Nuestra concentración tiene que estar en el animal.
Respira con tanta fuerza que nos agita el pelo con el vapor que sale por los orificios de su nariz. Su tamaño es aún más imponente al aire libre. Da la sensación de que en cualquier momento podría destruir todo el asentamiento.
Nos detenemos en mitad de la ciénaga, bajo la atenta mirada de Catriona y Hukus. Poso una mano sobre la cabeza del animal. Siento su inquietud, su alerta… Y trato de reconfortarlo mientras Griselda coloca una silla de montar rudimentaria sobre su lomo.
El grizzlie se tensa un poco más, pero resiste.
Griselda ajusta la última correa y me mira.
Asiento con la cabeza. Es el momento.
Apoya el pie en una de las cinchas y se impulsa con agilidad. Durante un instante, todo el asentamiento contiene la respiración.
Y se sienta sobre el grizzly.
El animal se remueve, incómodo ante la nueva situación. Está acostumbrado a no obedecer a nadie, a regirse solo por su instinto. Pero la supervivencia exige adaptación. Y eso me incluye a mí.
Sus músculos se tensan bajo la piel, pero no derriba a su jinete.
Griselda le da un leve golpe con el talón.
—Vamos, amigo.
Y el grizzly avanza. Un paso tras otro.
El hielo cruje bajo su peso. La criatura camina sobre la ciénaga guiada por Griselda. Es un desfile imposible.
El estallido de voces no tarda en llegar. Se mezcla la incredulidad con el asombro. También hay esperanza.
Griselda da una vuelta amplia, controlando cada movimiento con las bridas. No hay violencia ni lucha. Solo una tregua.
Desde el centro de la ciénaga, percibo la belleza de esta simbiosis.
Miro hacia la plataforma elevada y veo el gesto impresionado de Catriona. Sus ojos brillantes no pueden apartarse de la criatura.
Sin embargo, Hukus no aplaude ni se emociona. Solo me mira y da un paso al frente.
—Es un bonito espectáculo —dice, con voz lo bastante alta como para imponerse al resto de conversaciones—. Muy útil cuando todo está en calma.
El alboroto se silencia poco a poco.
—Pero estas bestias no acudirán a un campo de batalla en calma, ¿verdad?
Hace un gesto hacia un grupo de leales colocados detrás de la plataforma.
Varios soldados se posicionan frente al grizzly, formando una línea. Espadas envainadas, pero manos cerradas sobre las empuñaduras.
El animal siente la amenaza y yo con él.
El pulso se acelera bajo la piel. El recuerdo del miedo… de los que quieren quitárnoslo todo, reducirnos a meras herramientas.
—No… —susurro cerrando los ojos.
Griselda también lo nota. Tira ligeramente de las riendas improvisadas.
—Sooo… Tranquilo.
El grizzly se remueve en un instante de duda, de debate interno. Las uñas emergen bajo la piel de sus patas y se clavan en el hielo.
Sin embargo, no ataca. Atisbo en aquella noble bestia la inteligencia suficiente para comprender que lo están poniendo a prueba.
Y esa resistencia provoca un murmullo aún mayor. Está cercano al éxtasis del éxito.
Hukus es el único que no celebra. Parece… decepcionado.
Entonces hace algo inesperado. Salta de la plataforma al hielo y avanza hasta la primera línea.
—Atacad —ordena.
—¿Qué?
Sus hombres se miran unos a otros, desconcertados.
—Ya es suficiente, Hukus. —Catriona tiene las manos apoyadas sobre la barandilla de madera. Los nudillos blancos.
—¡Atacad! —insiste con más voracidad. Pero nadie se mueve. No están tan locos como para enfrentarse a esta criatura que además está demostrando gran nobleza y capacidad de contención.
Y soy consciente de cómo la ira enrojece sus ojos.
Y entonces, avanza. Y desenvaina la espada.
El sonido del acero al salir rompe el aire como un latigazo. Y todo cambia.
El grizzly ruge. Recupera un temor que procede de otro tiempo. De otro territorio. Del fuego y la destrucción.
Veo lo mismo que él vio. La misma imagen. La misma figura. El hombre con la espada arrasándolo todo.
—No… —susurro. Pero ya es tarde.
El animal se encabrita.
Griselda pierde el equilibrio y salta al suelo antes de ser derribada. Cae mal y su tobillo se tuerce. El crujido y su alarido recorren la ciénaga y me ponen los pelos de punta.
El grizzly carga directo hacia Hukus. Y él no se mueve. Sonríe satisfecho. No parece comprender que esa mole de músculo y garras va a destrozarlo.
No me da tiempo a pensarlo mucho. Sé que no voy a llegar a tiempo. Y aun así corro. El hielo cruje bajo mis pies. El aire se me atasca en los pulmones… y consigo interponerme entre ambos.
El tirón no llega como las veces anteriores. Estalla. Me atraviesa y me destroza: furia, dolor, violencia, muerte.
Todo a la vez.
—¡Basta! —Mi voz se quiebra en un alarido que no reconozco como mío.
El grizzly se frena… apenas un instante.
Sus garras se clavan en el hielo y abren surcos. Su cuerpo entero tiembla, detenido a la fuerza por una mano invisible que tira de su mente hacia atrás.
La multitud retrocede. Comprendo que mi don acaba de quedar expuesto. Y ese miedo, esa mínima duda, es suficiente para que el grizzly se libere.
El animal ruge, y esa imagen vuelve: el hombre, la espada, el fuego…
La contención del grizzly se rompe en un estallido de violencia.
Una de sus zarpas se lanza hacia mí. No consigo apartarme a tiempo y el impacto me alcanza de lleno en el rostro.
Un latigazo de dolor me atraviesa. Caliente. Cortante. La sangre me cubre un ojo y la visión se me fragmenta en negro y blanco.
El mundo se inclina y caigo.
El rugido vuelve a alzarse, esta vez sin que nadie lo reprima.
No lo veo con claridad, pero siento su rabia liberada. Sin freno.
Intento incorporarme para alcanzar su mente de nuevo, pero fallo.
El pulso. Mi cabeza. El vínculo. Todo está roto.
Entonces escucho el silbido del acero y un golpe seco. El rugido se interrumpe de forma abrupta. Y un silencio pastoso se extiende sobre el cenagal.
La sangre me nubla la vista, pero consigo enfocar lo suficiente.
El cuerpo del grizzly se desploma sobre el hielo. Inerte. Una espada sobresale de su cuello. Hukus la arranca con un movimiento limpio y la sangre brota en un chorro oscuro, manchando de rojo el blanco sedoso de su pelaje.
Una inquietud latente recorre el asentamiento. Pero no es por lo que ha hecho Hukus, sino por mí.
Yo sigo en el suelo, con la respiración descompuesta y la sangre resbalando por mi mejilla.
Y un eco de dolor que vibra dentro de mí.
No tiene nada que ver con la herida, sino con la noble bestia que yace muerta en el suelo.
Ella confió en mí, me creyó cuando le mostré que aún quedaba bondad en el mundo… tal vez me equivocaba.
Hukus limpia la hoja de su espada en el pelaje del grizzly luego desvía la mirada hacia mí.
Sus ojos son fríos. Calculadores.
—El espectáculo ha terminado.
El mundo se vuelve borroso… las voces se alejan.
Y mientras el mundo desaparece a mi alrededor, lo último que veo no es a Hukus.
Es la sangre oscura del grizzly extendiéndose sobre el hielo.
La prueba de que incluso confiar en una buena intención puede terminar matándote.
* * *
Despierto envuelta en dolor.
Un latido constante detrás del ojo izquierdo. Violento. Como si alguien estuviera clavándome una aguja al rojo vivo dentro del cráneo.
Intento levantarme, pero un mareo me obliga a detenerme.
—Despacio.
La voz de Gregory surge a mi derecha.
Enfoco. Bueno… lo intento. Solo uno de mis ojos responde con normalidad. El otro está cubierto bajo varias capas de tela áspera.
Por la distribución de camastros y el olor a hierbas machacadas y sangre seca deduzco que estoy en una especie de enfermería. Está en penumbra y apenas distingo si hay otras camas ocupadas.
A mi lado, Gregory está sentado en un banco demasiado pequeño para su tamaño. Hugho está un poco más atrás, apoyado contra la pared trasera, con los brazos cruzados sobre el pecho y la espada cruzada a su espalda.
Ambos me observan en silencio. Y es precisamente esa contención lo que me hace comprender que las cosas van mal.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —pregunto.
La voz me sale ronca.
—Casi un día —responde Hugho.
Lo intento de nuevo. Incorporarme. Pero el movimiento provoca un fogonazo de dolor detrás del ojo vendado.
Aprieto los dientes.
—Te ayudo. —Gregory se levanta y se vale de su fuerza para enderezarme en el camastro—. La curandera estuvo maldiciendo un buen rato mientras te cosía.
Mi mano sube de forma instintiva hacia el vendaje.
—¿Voy a perderlo?
Ninguno de los dos dice nada y eso me sirve como respuesta.
Bajo la mano despacio y me sorprende que las lágrimas no me desborden. Quizás porque todavía no soy capaz de comprender las implicaciones de todo esto… o porque una parte de mí sigue atrapada allí fuera, sobre el hielo, junto al cuerpo del grizzly.
La sangre. El rugido. La espada de Hukus atravesándole el cuello.
El recuerdo me revuelve el estómago.
—Todo el asentamiento habla de lo que hiciste —dice Hugho.
Me estremezco.
—No hice nada. —La respuesta sale demasiado rápido, demasiado automática.
Gregory y Hugho intercambian una mirada.
A lo lejos, alguien tose y se queja en otro camastro.
—Detuviste a un grizzli desbocado —dice Gregory con calma—. Delante de todos.
—Eso no es cierto. —Mi mano vuelve al ojo. A la evidencia de mi fracaso.
La culpa me araña por dentro. A pesar de todo, no fue suficiente.
—Pues hay quien piensa que fue algo… extraordinario —insiste Hugho—. Pero en el mal sentido. Hay mucha gente nerviosa.
No necesito preguntar a quién se refiere. Sé que Hukus es uno de ellos.
Tampoco me preocupa en exceso. Voy a mantener mi versión: negarlo, reducirlo a algo casual, convertirlo en un accidente como hasta ahora…
Es lo único que puedo permitirme. Si acepto delante de ellos lo que soy capaz de hacer, dejaré de ser dueña de mi destino.
Y me ha costado demasiado conseguir el control como para cederlo ahora.
Desvío la mirada hacia el techo. Vigas de madera sosteniendo placas de hielo.
Nadie habla.
Escucho el crepitar suave de algún brasero lejano. El viento aullar contra los muros de la enfermería.
Y una ausencia.
Draven.
Frunzo el ceño sin darme cuenta. ¿Significa que está enfadado? ¿Qué mi rechazo lo ha herido? La idea me incomoda más de lo que estoy dispuesta a reconocer.
El cansancio empieza a hundirme otra vez. Cierro poco a poco el ojo sano.
—Descansa —oigo decir a Gregory.
Y esta vez estoy a punto de conseguirlo, pero la cortina de pieles de la entrada se aparta de golpe y el aire frío inunda la estancia.
Helena aparece recortada contra la luz blanca del exterior. Tiene nieve sobre los hombros y la mandíbula tensa.
—Por fin despiertas.
Su mirada se suaviza un poco al posarse sobre el vendaje de mi ojo. Pero enseguida vuelve a endurecerse.
—Catriona y Hukus quieren verte.