25 Domesticando a la bestia
Despierto con una sensación de incomodidad en el pecho. Una punzada que me recuerda que he hecho algo incorrecto.
Permanezco unos segundos tumbada, mirando el techo del refugio. La luz es tenue, filtrada por el hielo. Todo está en calma.
Y entonces regresa de golpe: el beso, el calor, las manos de Draven sobre mi cintura… Y esa otra imagen oscura. Corwan.
Me paso una mano por el rostro, tratando de apartar esta sensación, pero no se va. La tengo adherida en alguna parte de donde no se puede extirpar.
Me levanto. Las pieles resbalan por mis hombros y el frío me cala profundo. Camino hasta la cortina que separa la estancia contigua.
Dudo un instante, pero tengo que intentarlo. No puedo permitir que la sombra de Corwan afecte a lo que estoy sintiendo por el Morador.
—¿Draven? —susurro.
El silencio es la única respuesta.
Aparto la cortina.
El espacio al otro lado es más pequeño y austero. Apenas hay un camastro y un sencillo altar como el que vi en el refugio de Arleen. Sé que no debería, pero me acerco a mirar.
Está ordenado con cuidado. Distingo un mechón de cabello oscuro trenzado con hilo. Un colgante sencillo en forma de medialuna. Un jubón blanco demasiado pequeño para pertenecer a un adulto.
El corazón se me encoge dentro del pecho.
No hace falta que nadie me explique lo que estoy viendo.
Una mujer. Un niño. Una familia.
Retrocedo un paso sin darme cuenta. Siento que he entrado donde no debía, que estoy viendo algo que no me pertenece.
Contengo las lágrimas.
—Lo siento… —susurro de nuevo, aunque no haya nadie para escucharlo.
No puedo jugar con esto. No puedo arreglar a alguien que ha perdido tanto cuando ni yo misma consigo librarme de la sombra que me persigue.
No es solo que no pueda amarle… es que, si lo hago, tendría que dejar de mirar atrás.
Y no estoy segura de poder lograrlo.
Me doy la vuelta y salgo del refugio con un sabor amargo en la boca.
* * *
Encuentro a Griselda frente a los cercados, igual que el día anterior. Solo que esta vez no lleva una pala, sino un cuenco de carne cruda para alimentar a los grizzlies. Las botas le cubren por encima de las rodillas y están llenas de barro y nieve.
—Ya sé cómo hacerlo —digo antes de saludar.
Se gira despacio.
—Buenos días para ti también.
Ignoro su comentario y me acerco deprisa.
—No es necesario que ingieran la mandrágora. —Señalo el cobertizo, donde el día anterior vi todas las armas que guardaban allí—. Haremos que entre en su sangre.
Griselda me mira con atención, esperando que continúe.
Recuerdo el corte del anillo de Hukus. La amenaza de que estuviera impregnado de veneno.
—Rociaremos las puntas de las lanzas —aclaro—. Será un poco doloroso, pero no será necesario profundizar mucho. Lo justo para atravesar la piel.
Ella recapacita un momento y luego dibuja una sonrisa ladeada.
—Puede funcionar.
Se gira y grita:
—¡Jonás!
* * *
El proceso es lento y más violento de lo que imaginaba.
No infusionamos la mandrágora esta vez, sino que la restregamos directamente sobre el filo de las lanzas. Suelta una especie de jugo espeso y oscuro, con un olor que se queda pegado a la garganta y obliga a toser cada pocos minutos.
El primer aguijonazo es sencillo. Desde la seguridad de fuera del cercado, el mozo llamado Jonás consigue clavar la punta a la primera en el costado de un grizzly.
Pero eso no basta para adormecer a estos animales enormes.
Cuando lo intenta por segunda vez, la bestia se revuelve, esquiva y parte la lanza antes de que pueda clavársela.
Tras varios intentos y tres lanzas rotas, Griselda decide entrar en el cercado.
—Es muy peligroso —le advierte Jonás, como si no fuera evidente.
Sin embargo, Griselda hace gala de una destreza que solo había visto en los espadachines más hábiles de Lirien. Los que hacían exhibiciones frente a mi padre.
Esquiva y finta un par de veces, y se tira al suelo para evitar ser golpeada por el grizzly, antes de conseguir insertar bajo su pelaje dos cabezas de lanza.
Aún tenemos que esperar diez minutos más para que las toxinas de la mandrágora hagan su efecto. Entonces, el animal se tumba y el brillo salvaje de sus ojos se amortigua.
Griselda se gira hacia mí y me abre la puerta del cercado.
—Tu turno.
* * *
No encuentro el océano de furia de los días anteriores. El veneno de la mandrágora ha contenido esa parte. Lo que hoy percibo es angustia. Desarraigo. Dolor acumulado por el territorio perdido.
Un instinto que no entiende por qué ha sido arrancado de su lugar.
El sentimiento no es tan distinto al nuestro.
Poso una mano sobre su cabeza. El tacto de su pelaje es tan suave como aparenta. Seda blanca y ligera. El grizzly se remueve y trata de defenderse. No está acostumbrado al contacto humano. Gruñe.
Retrocedo y tomo aire.
Me arrodillo y le miro a los ojos. A ese brillo apagado que ya no enciende la furia. Contemplo lo que hay detrás y…
…su dolor me traspasa. Veo máquinas derribando árboles, agujereando el suelo… fuego devorándolo todo. El cielo encendido en rojo sangre, eclipsando el brillo de las estrellas. Y tras toda esa destrucción, la figura de un hombre con una espada.
—Lo habéis corrompido todo.
—Pero no somos todos así.
Noto su resistencia a confiar en mí. Entonces pruebo con algo a lo que llevo días dándole vueltas. Aunque no sé si va a funcionar.
Me concentro y trato de proyectar mis sensaciones en él.
Lo transporto a Lirien. A sus calles empedradas.
A las lilas y los rododendros adornando las ventanas y embriagando cada rincón con su aroma.
Después lo llevo a palacio. Al calor de la chimenea.
A la calidez del abrazo de mi madre, la reina viuda Alisée…
A las muestras de amor que recuerdo entre ella y mi padre.
Siento que una lágrima se desliza silenciosa por mi rostro.
—Aquí no estás en peligro —le susurro.
Entonces la bestia hace algo que no creo que nadie haya visto antes: repliega las garras. El filo salvaje se esconde bajo la piel y solo quedan unos dedos peludos que ya no resultan intimidatorios.
—Por todos los dioses… —escucho a Griselda murmurar a mi espalda—. Lo ha conseguido..
El resto se repliega igual. Uno tras otro, los cinco grizzlies dejan de embestir, de intentar matar a quienes se acercan. Siguen siendo peligrosos, pero ahora… han decidido confiar.
Cuando el sol empieza a caer, Griselda y Jonás siguen a mi lado junto al cercado. Parecen contener la respiración, como si creyeran que cualquier movimiento puede romper la serenidad de los grizzlies.
—¿Nos obedecerán? —pregunta Griselda con voz contenida.
—Siempre que los tratéis con respeto.
Se gira hacia mí y me observa un rato en silencio. Yo mantengo mis ojos en el interior de las casetas. En esas garras que ahora descansan.
—¿Qué has hecho? —me pregunta al final.
Yo suspiro y clavo la mirada más allá del cercado, en el horizonte lejano.
—Demostrarles que aún queda algo de humanidad en este mundo en llamas.
Ella asiente y se gira hacia el muchacho.
—Avisa a Catriona y a Hukus —dice—. Tienen que venir a ver esto.
Yo miro a las bestias. A la nieve. Y, por último, al cielo que se tiñe de naranja.
Y sonrío. Sonrío de verdad, porque a pesar de las profecías estoy muy cerca de conseguirlo. Voy a volver al Oeste.
A casa… si el mundo no decide arrebatármelo de nuevo.