Una rosa de invierno 24 Amenazas #2
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24 Amenazas #2

—A Catriona quizás lograste engañarla —dice—. Pero a mí no.

Se gira y sus ojos se clavan en mí con una violencia que me hace estremecer.

—Gorath no manda a su hija, a lord Corwan y a su alquimista personal a escoltar a alguien sin motivo.

Su mano se cierra alrededor de mi muñeca sin que me dé tiempo a hacer nada por evitarlo. Sus dedos se cierran con la fuerza de una argolla metálica.

—No necesito saber qué es. —Aprieta los dientes mientras sus ojos se inyectan en sangre—. Me basta con saber que existe.

El anillo que lleva en el dedo pulgar reluce un instante. Y luego siento un pinchazo agudo, preciso. No me quejo, pero una mueca de dolor se dibuja en mi rostro. Me zafo de su abrazo, pero el daño ya está hecho. Una línea roja se abre en la piel.

La sangre brota lenta, brillante.

—¿Te imaginas que hubiera infusión de mandrágora en su filo?

El mundo se detiene durante un segundo. Me cuesta respirar.

—Eres una ingenua —espeta con rabia—. Una princesita jugando a heroína en un tablero de guerra descarnada. ¿Cuánto tiempo crees que aguantarás? No sabes pelear. No llevas armas…

Escupe al brasero, que lanza un siseo que suena amenazante.

Se incorpora.

—¿Crees que en tus condiciones voy a consentir que emprendas ese viaje al Oeste, sabiendo que si Gorath os ataca no te defenderás?

Mi respiración se corta.

—Prefiero verte muerta que permitir que regreses a Vhalzar.

Lo dice sin énfasis, con la frialdad de una decisión lógica.

Y después se marcha sin volver la vista atrás.

Me quedo ahí, inmóvil. Mirando la sangre resbalar lentamente por la palma de mi mano. La boca también me sabe a hierro.

Mi sangre.

Alrededor la algarabía sigue latiendo, pero ya no me siento a gusto allí. La función ha terminado.

Cojo mi manta de pieles y salgo lo más rápido que puedo.

La ventisca me golpea en cuanto pongo un pie en el exterior. La luz blanca de la luna ilumina un camino que apenas recuerdo.

El aire frío entra en mis pulmones como un castigo. Camino deprisa, sin mirar atrás, con la piel ardiendo por dentro y helándose por fuera. No sé si huyo de Hukus o de la inseguridad que ha desperado en mí.

El ruido del asentamiento se apaga a medida que me alejo. Las voces quedan atrás, la música y esa falsa sensación de seguridad.

Cuando llego al refugio, la Bestia de Draven se aparta para dejarme pasar, aunque me cuesta apartar las pieles de la cortina. Tengo los dedos entumecidos. Una vez dentro, dejo caer la capa de mis hombros y el silencio me envuelve. Ensordecedor. Angustioso.

Me apoyo en la mesa y trato de regular la respiración. La mano me tiembla. La sangre sigue manando, despacio. Me llevo dos dedos a los labios y el sabor metálico vuelve a invadirme.

Cierro los ojos y entonces me sacude el temblor. No es frío. Viene de dentro.

Me dejo caer sobre el lecho de pieles y me encojo sobre mí misma. Sujeto la mano herida contra el pecho, como si así pudiera contener todo lo que amenaza con romperse; pero no lo consigo. La mirada sanguinaria de Hukus sigue clavándose en mí, recordándome que no estoy preparada para esto.

Las lágrimas llegan sin permiso. Silenciosas al principio. Desgarradoras después.

* * *

En algún momento durante las siguientes horas, las cortinas del refugio vuelven a abrirse, con violencia.

—¡Camila!

La voz de Draven retumba en el refugio. Nerviosa. Urgente.

Se detiene en seco al encontrarme, con la respiración agitada.

—¿Cómo se te ocurre…? —El tono de reprimenda desaparece al ver la sangre en mi mano, en mis labios.

—¿Qué te ha pasado? —La rabia de su expresión se disuelve y da paso a otra cosa más peligrosa. Más… íntima.

Se acerca despacio.

—Déjame ver.

Yo me dejo hacer. No tengo fuerzas ni ganas para resistirme. Para negar la evidencia de lo que ha pasado. Le tiendo la mano.

Sus dedos la rodean con una suavidad que no esperaba. La examina con el ceño fruncido. Luego se levanta, busca algo entre sus cosas y regresa con un paño y un ungüento de olor fuerte.

—Esto va a escocer.

—¿Todavía más?

Una sombra de sonrisa cruza su rostro.

—Entonces no notarás la diferencia.

Limpia la herida con cuidado. Aun así, me tenso cada vez que sus dedos pasan por encima.

—¿Quién ha sido?

No respondo.

—Camila.

—Da igual.

Aprieta la mandíbula. No insiste, pero no le gusta.

Se inclina un poco más, concentrado en la herida. Sus dedos son firmes, pero a la vez delicados. El contraste me descoloca.

Cuando termina, envuelve mi mano con una tira de tela.

—Ya está.

Asiento, pero no me aparto. Y él tampoco.

Sus ojos blancos se deslizan entonces hacia mis labios.

—También tienes heridas aquí.

Me los toco de forma instintiva.

—Esto me lo he hecho yo.

Se acerca un poco más. Percibo su olor a invierno: a pieles secas por el humo, a madera caliente… y debajo, algo más suave. Como un bosque húmedo cuando deja de nevar. Resulta extrañamente cálido. Seguro.

Su pulgar roza mi labio superior. Un latigazo de dolor me sacude, pero mi cerebro no se inmuta. Está distraído con la manera en la que limpia mi sangre, con una lentitud que hace que el tiempo se dilate.

Mi respiración se entrecorta.

Un calor nace en mi vientre y se irradia intenso hacia partes de mi cuerpo que ni sabía que existían.

—¿Te duele? —pregunta en voz baja.

Niego.

No es dolor lo que siento ahora mismo.

Sus dedos se detienen. Nos miramos.

Ya no hay refugio, ni grizzlies, ni guerra… solo este instante.

—Camila… —dice.

No le dejo seguir. No hace falta.

Me inclino yo primero. Sin dudas.

El beso es lento. Cálido. Suave.

Sus manos descienden por mis brazos, dudan un segundo… y se detienen en mi cintura. Me atrae hacia él con cuidado, como si temiera hacerme más daño. Y ese gesto, la manera en la que me sostiene, me hace darme cuenta de que yo le importo.

Respondo y me acerco más.

El beso se vuelve más urgente.

Sin embargo, cuando su boca desciende ávida por mi cuello, y siento su respiración caliente sobre mi nuca, un relámpago me parte en dos. Oscuro e intenso. Es el destello de dos ojos negros.

De nuevo Corwan colapsando mi mente.

Me separo de golpe, jadeando. No sé qué significa, pero no puedo seguir.

Draven se queda inmóvil. Confundido.

Pongo una mano sobre su pecho, imponiendo distancia. Siento su corazón latiendo con fuerza.

—Lo siento. —No me atrevo a mirarlo—. Yo… no puedo…

No sé ni qué estoy diciendo. Solo sé que, de pronto, aquello no tiene sentido.

Draven baja la mirada y se levanta. Da un paso atrás.

La distancia deja un frío inesperado sobre mí.

—No importa. —Aunque su tono dice otra cosa.

—No… no sé qué me pasa.

Y es cierto. Estoy desconcertada.

—De verdad, Camila. No importa.

Se aleja hacia la estancia contigua y cruza la cortina de pieles. Antes de desaparecer en la penumbra, susurra un «descansa» que se me queda clavado en el pecho.

Me tumbo de nuevo sobre las pieles y dejo que el cansancio me arrulle.

Pero antes de que el sueño me arrastre, una imagen regresa a mi mente.

No es el beso ni el recuerdo de ese calor que me abrasó entera.

Es esa mirada oscura, salvaje… y la sensación de que, por mucho que huya, una parte de mí se ha quedado con él.