Una rosa de invierno 24 Amenazas
66%

24 Amenazas

La canción sigue resonando en mi cabeza muchos después de abandonar el refugio principal. Las voces de los hombres y mujeres allí congregados se mezclan con el viento y se elevan hacia el cielo.

Llevo un rato paseando sin saber adónde voy. No sé qué busco exactamente, pero el sol comienza a descender y en unas horas el frío aquí fuera será insoportable. Quizás es eso lo que persigo, un frío tan intenso que me anestesie para dejar de sentir el peso de esos pequeños cuerpos entre mis brazos.

La nieve cae a cámara lenta sobre la ciénaga helada. Las antorchas comienzan a encenderse en el asentamiento cuando percibo otra presencia cerca.

Es la bestia de Draven. Está tumbada en uno de los límites más occidentales del asentamiento. Parece disfrutar de la puesta de sol. Levanta la cabeza al presentir que me acerco, pero no se mueve.

Sus ojos claros me observan en silencio. No me juzga, solo hay calma en ellos.

Me detengo a unos pasos y la criatura vuelve a apoyar la cabeza sobre las patas delanteras. Termino sentándome sobre uno de los troncos cercanos. Y así permanecemos un buen rato, disfrutando de la puesta de sol.

Extrañamente, esto me ayuda, porque dentro de aquella bestia no hay guerras ni estrategias, no existe la crueldad fría de Hukus ni la ambición de Gorath. Solo instinto.

—Ojalá yo también pudiera pensar así de simple.

La criatura parpadea despacio, casi parece entenderme.

El sonido de unos pasos rompe el silencio poco después y Draven aparece entre la nieve con una expresión cansada. Se detiene nada más verme y luego mira a su criatura.

—Os habéis hecho amigos.

La criatura resopla con suavidad y una sombra de sonrisa amenaza mi boca.

—Creo que me cae mejor que la mayoría de las personas de este lugar.

Draven deja escapar una risa breve y se sienta a mi lado sobre el tronco. Los tres observamos el horizonte en silencio.

—Siento que hayas tenido que presenciar una de las peores caras de la Resistencia.

La opresión en el pecho regresa de inmediato.

—Han muerto muchos…

—Lo sé. —Draven asiente lentamente—. En días como hoy se hace muy difícil continuar.

—¿Y qué te dirás mañana para poder levantarte?

Draven desvía la mirada hacia el asentamiento.

—Que alguien tiene que pararlo —dice.

—Eso no hace menos horrible lo de antes.

—No.

La bestia se aproxima entonces y termina apoyando la enorme cabeza sobre mis piernas. El gesto me toma por sorpresa y me hace quebrarme de nuevo. Empiezo a llorar otra vez, con toda la rabia y la impotencia que llevo acumuladas desde que crucé el Norte.

Draven no intenta consolarme ni calmarme con palabras vacías. Sabe que lo que necesito en este momento es precisamente esto, vaciarme. Y, por alguna razón, resulta más reconfortante que cualquier mentira.

—El ataque de los grizzlies a mi Comunidad tampoco dejó apenas supervivientes de menos de diez años…

Lo miro y por primera vez soy consciente de que el dolor no es solo mío. Draven también sufre.

—Los escondimos donde pudimos, pero el poder de devastación de esas bestias no conoce límites y la mayoría murió aplastados bajo los escombros.

La calma con la que lo cuenta resulta mucho peor que si estuviera roto en llanto, porque evidencian un corazón que lleva demasiado tiempo endureciéndose.

—Me pides una razón para levantarme cada mañana, Camila —su voz se endurece un poco—. Lo hago porque el Norte lleva demasiado tiempo enterrando niños.

Miro otra vez a la bestia apoyada sobre mí. Su respiración es lenta y tranquila, y apoyo una mano sobre su cabeza.

—Es mejor su compañía que la de las personas —digo.

Draven sonríe un poco y apoya su mano sobre la cabeza de la Bestia, junto a la mía. Me observa entonces, como si fuera alguien que merece ternura… y quizás sea eso lo que más necesito ahora mismo.

Apoyo mi cabeza sobre su hombro y contemplamos como el sol termina de abandonar el valle.

* * *

Los siguientes días transcurren demasiado rápido para mi gusto. Sobre todo porque el avance con los grizzlies es escaso, por no decir que nulo. Apenas conseguimos camuflar la mandrágora en su comida. El olor es tan potente que ni siquiera para nosotros pasa desapercibido.

Las pocas ocasiones que conseguimos que consuman algo de infusión es demasiado efímera para surtir efecto, y todos mis intentos por introducirme a la fuerza en su mente resultan un fracaso tan estrepitoso que temo que acabe friéndome el cerebro a fuerza de sus exabruptos.

Arleen me visita a menudo y yo a ella. Nos gusta hablar de Lirien, de las anécdotas que recordamos cuando la vida era más fácil.

Cuando mi padre, el rey Aldemar, todavía vivía y el Continente respetaba su mandato.

Incluso, paso una de esas noches en su refugio.

Me enseña a cocinar con los escasos ingredientes del asentamiento y me da una receta para tratar de disimular el olor de la mandrágora. Pero tampoco funciona.

Poco a poco, mis esperanzas de formar parte de la expedición hacia el Oeste se desvanecen.

Al finalizar el cuarto día del plazo dado por Catriona, Draven, cansado de escuchar mis quejas y mi desesperación, considera que es buena pasarse por el edificio principal antes de retirarnos a descansar.

—Han sido unos días complicados —dice—. Te mereces una distracción. Quizás mañana lo veas de otra manera y encuentres la solución.

El bullicio del interior me golpea en cuanto apartamos la cortina de pieles de la entrada.

El contraste con el silencio y la inhospitalidad exterior es casi violento.

Aquí dentro el aire está cargado de risas, de vida.

Los braseros crepitan y las sombras se mueven sobre las paredes de madera y hielo.

El edificio entero respira.

Gregory y Hugho están sentados en uno de los braseros centrales, con las copas medio vacías y las mejillas encendidas. Helena está de pie, calentándose las manos con las emanaciones que ascienden del brasero.

Sonríe al vernos entrar.

—Mira quién vuelve de jugar con las bestias.

No me da tiempo a responder antes de la siguiente estocada.

—¿Siguen vivos los grizzlies? —añade, alzando la voz lo justo para que los otros dos la escuchen.

Gregory suelta una carcajada.

—A mí lo que me sorprende es que siga viva ella.

Draven y yo nos sentamos junto al brasero y enseguida siento que las pieles sobran.

—Solo hay dos resultados posibles —dice Hugo, levantando la copa—. O los doma, o la devoran.

—Mi dinero a la segunda opción —remata Helena sin mirarme, como si no estuviera presente.

Alzo una ceja.

—Podríais fingir un poco más de confianza —digo, sin acritud.

Un chico pasa con una bandeja y nos ofrece una copa de krüsh a Draven y a mí. La aceptamos.

—¿Para qué? —responde ella—. Así, si lo consigues, tendrás la satisfacción de restregárnoslo en la cara.

—No considero eso una satisfacción.

Noto que su postura se tensa. Yo tampoco estoy cómoda con sus comentarios punzantes.

Draven se inclina con suavidad hacia mí y me susurra al oído.

—Ignóralos.

Y lo hago. Tanto como puedo.

La bebida vuelve a calentarme por dentro, pero esta vez no me dejo arrastrar tanto. Escucho más. Observo más. Me integro.

Poco a poco.

La música empieza sin que me dé cuenta: un tambor, un instrumento de cuerda que no reconozco, palmas, voces.

La gente empieza a levantarse de sus sitios, a reír a carcajadas, y toman el centro del refugio donde nos encontramos. A nuestro alrededor estalla una especie de caos que, de alguna manera, tiene sentido.

Gregory se pone en pie.

—Vamos —dice, tirando de Hugho.

—Ni de broma —responde él, aunque se levanta igual.

Helena ya está danzando en medio del alboroto antes de que Hugho se levante. Se gira hacia mí.

—¿Vienes, princesa?

Niego con la cabeza.

—No sé cómo se baila aquí.

—Mejor —responde—. Así no te equivocas.

Vuelvo a negar. No me siento segura.

—Otro día.

Helena no insiste. Solo se encoge de hombros.

—Como quieras.

Y desaparece entre la gente.

El ruido y el movimiento crecen y se desplazan hacia una esquina, donde hay más hueco para moverse y menos braseros que volcar.

En nuestro sitio todo se calma. Draven se queda conmigo.

—No hace falta que lo hagas perfecto —dice al darse cuenta de cómo los miro.

Me fijo sobre todo en Helena. En su gracia natural, en su manera de moverse sin importarle que el mundo entero la esté observando, sin preocuparse de que cada movimiento sea el adecuado… quizá en eso reside su magnetismo.

—Me enseñaron a ser perfecta —respondo—. No puedo hacer algo sabiendo que no estoy preparada.

—A mí me pareces bastante perfecta.

Lo miro y, por un instante, me veo como él me ve: una delicada flor que ha aprendido a sobrevivir al invierno. Una flor a la que le están saliendo espinas.

Su mano roza la mía al apoyarla en el banco. No la aparta y yo tampoco.

—Lo conseguirás —dice. Y sé que se refiere a los grizzlies.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Vi cómo detenías a mi Bestia, ¿recuerdas? Los grizzlies tampoco podrán resistirse a tu embrujo.

Levanta su dedo pequeño y lo posa con suavidad sobre el mío. Nos miramos a los ojos durante un instante que parece contener una vida entera.

Se inclina hacia mi oído.

—Ahora vuelvo —dice—. Me temo que tengo que ir al baño.

Se levanta.

—No te pierdas.

—No podría.

Sonríe. Y se aleja entre la multitud.

Me quedo observando a los demás mientras beben, bailan y ríen. Su movimiento me distrae.

Siento que alguien vuelve a ocupar el sitio de Draven. Me giro.

—Qué rápido has vuelto…

Sin embargo, la sonrisa se me congela en el rostro. No es Draven quien ha regresado. A mi lado veo a Hukus. La cicatriz de su barbilla luce más roja a la luz del brasero.

—Bonito espectáculo. —Su voz carece de emoción.

No respondo. No sé qué quiere, pero presiento que no es nada bueno.

—Pero me ha gustado más tu actuación de hoy con los grizzlies.

Me muerdo el labio superior sin darme cuenta.

—Cuando consiga que se tomen la infusión de mandrágora…

—No hablo de la mandrágora —me interrumpe.

La sangre del labio se me filtra a la boca. Fuerte. Metálica.

—No sé entonces.

Sonríe, y su gesto lobuno me trae a la mente otro rostro igual de cruel. Cráneo.