Una rosa de invierno 23 Los Grizzlies
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23 Los Grizzlies

—Ahora que me he ganado tu perdón —Draven me mira de reojo—. ¿Podrías contarme qué ha pasado con Catriona?

—¿Qué te hace pensar que te haya perdonado?

—Te he conseguido cotilleos de la Corte —dice, incrédulo.

Sonrío mientras caminamos sin rumbo definido. A nuestro alrededor, la gente pasa sin reparar demasiado en mí. He dejado de llamar la atención.

—Me ha dado una semana para domesticar a los Grizzlies.

Draven se detiene en seco.

—¿Qué?

—Si lo logro, me permitirá partir con la expedición que cruzará al Oeste por el nuevo paso.

—Entonces me parece que te tendremos por aquí mucho tiempo. —Se ríe.

Caminamos un poco más. El viento levanta polvo de nieve entre las construcciones y, a lo lejos, ya se escuchan los golpes sordos contra la madera.

—Sinceramente —digo—, me preocupa más morir aplastada bajo una de esas criaturas.

Draven me coge la mano.

—Ven —dice—. Te presentaré a la única persona que puede ayudarte.

* * *

La zona de los cercados huele peor cuanto más nos acercamos. Los grizzlies desprenden un olor fuerte y picante que hace que se me salten las lágrimas.

Sus gruñidos resuenan en el pecho antes que en los oídos.

Una mujer está de pie frente a una de las jaulas. Alta, espalda recta, cabello recogido en un nudo tirante. Apenas lleva pieles encima y está sudando. Sujeta una pala que tiene aspecto de pesar bastante.

Se gira al escucharnos llegar.

—Camila —dice Draven—. Ella es Griselda.

Sus ojos me evalúan en un solo barrido.

—La sureña —responde sin acercarse. Y coloca la pala delante.

Me acerco a una de las casetas. El grizzly de su interior lanza un bramido y golpea la madera con su cornamenta. La estructura cruje.

Escucho a Draven contar a Griselda mi trato con Catriona. Yo sigo con mi atención puesta en la criatura que se lamenta dentro. Su pelaje gris y blanco tiene un aspecto sedoso. Y las garras que asoman debajo son potentes. Hermosas a su peligrosa manera.

Escucho cómo Griselda lanza una risa burlona.

—Llevamos meses intentado controlarlos —dice, dirigiéndose a mí—. ¿Cómo piensas conseguirlo tú en dos días?

—Con las mandrágoras —respondo, sin girarme.

Draven y Griselda se quedan en silencio. Esperan explicaciones. Y yo se las doy. Por suerte, las horas que mi hermana pasaba entrenando con el maestro de armas, yo las empleaba en la biblioteca, con lecciones de plantas, entre muchas otras temáticas.

Al final de mi explicación, Griselda levanta la pala y se la echa al hombro.

—Por probar. —Se encoge de hombros—. Avisaré a Jonás para que nos traiga los desechos del cultivo.

* * *

Griselda pide que nos preparen la infusión con las mandrágoras. Cuando Jonás regresa con ella, el olor que desprende, acre y denso, me provoca mareos. Resulta insoportable.

Intentamos mezclarla con la carne y en la bebida, pero los Grizzlies la detectan y la rechazan. Es imposible camuflar ese olor. Les pone nerviosos y rugen y embisten. Uno de ellos está a punto de aplastar la mano de Griselda.

No funciona.

—Es tarde —oigo decir a Draven a mi espalda.

Griselda asiente mientras se limpia el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Hay que intentar esconder ese olor.

Me siento frustrada. No sé qué esperaba exactamente. Quizás que, por una vez, algo saliera bien a la primera. Que no tuviera que pelear por ello. Pero está claro que en esta vida nada se concede sin esfuerzo.

—Ahora voy —le digo a Draven.

Me acerco de nuevo a las casetas. En silencio, en soledad.

El sol es una mancha naranja al final de la estepa infinita.

Cierro los ojos y apoyo una mano sobre la pared de la caseta que tengo más próxima.

Respiro y me concentro en la última vez que sentí miedo o angustia. Retrocedo hasta el recuerdo del caballo desbocado, en la certeza de que iba a aplastarme… y el tirón me sacude.

Respiro y me cuelo por la grieta .

Hay un océano de furia al otro lado.

Rabia contenida durante demasiado tiempo.

Las sensaciones me golpean en forma de recuerdo oscuro y violento… es como sentir de nuevo a Corwan.

Mi respiración se entrecorta.

No es él, aunque se parece demasiado.

Esa misma violencia que no estalla… pero que podría hacerlo en cualquier momento.

—Tranquilo… —susurro, sin saber si hablo en voz alta o dentro de ese caos.

La bestia se revuelve con violencia. No me acepta. Un rugido estalla en mi cabeza.

—¡Fueeeraaa!

Caigo hacia atrás como si el empujón hubiera sido físico.

Escucho a Draven gritar mi nombre.

El grizzly embiste de nuevo y mi interior tiembla.

Estoy mareada. La desconexión ha sido tan salvaje que me cuesta volver a pensar como una persona.

Alguien me coge de la cintura y me levanta. La voz de Draven se cuela en mi cabeza y me devuelve a la realidad.

—¿Estás bien?

Respiro un par de veces seguidas y asiento.

Cuando alzo la vista, al otro lado de la hilera de casetas, veo otros ojos mirándome.

Hukus.

No sé lo que ha visto… o lo que ha creído ver. Su expresión es insondable, y eso me da mucho miedo.

Tampoco me da tiempo a pensar en ello mucho más, de pronto la actividad en el asentamiento se ha vuelto frenética. Veo a mi alrededor gente correr entre las plataformas de madera. Voces urgentes atraviesan el aire frío mientras manos señalan hacia el horizonte blanco de la estepa.

Lo primero que pienso es que el ejército de Gorath nos ataca, pero luego una palabra comienza a correr entre la multitud.

«Refugiados»

Las personas que corren hacia el límite del asentamiento cargan mantas y arrastran pequeños trineos. Siento el impulso de moverme yo también, de ser útil.

Sigo a Griselda y a Draven entre el gentío hasta la última hilera de casas, desde donde puede verse la inmensidad helada más allá de la ciénaga.

La comitiva va emergiendo poco a poco entre la ventisca.

Parecen fantasmas surgidos de otra realidad.

Van cubiertos de nieve: los gorros, los hombros, incrustada en cada porción de tela de sus ropas…

Arrastran trineos con niños envueltos en pieles endurecidas por el hielo. La mitad apenas puede mantener en pie.

Lo más aterrador es el silencio que envuelve su marcha, ni siquiera los niños lloran.

El primer hombre que alcanza el asentamiento, sujeto de los hombros por otros dos hombres que han acudido en su ayuda, trae las manos negras por el frío. Detrás de él, una mujer tropieza portando un bulto pequeño contra el pecho.

Creo que se trata de un saco, hasta que veo el rostro. Es un niño… y está demasiado quieto.

El horror me atraviesa de lado a lado.

—¿Qué ha ocurrido? —pregunta Griselda a uno de los hombres que llega con la suficiente fortaleza para ayudar al resto.

—Llegaron soldados del rey pidiendo hombres para alistarse —jadea él—. La mitad nos negamos… Lo quemaron todo para que no hubiera nada donde quedarse.

Otro refugiado se desploma en la nieve junto a mí. Tengo algún conocimiento en medicina básica, puedo ayudar. Corro hacia la mujer con el niño inmóvil y me arrodillo junto a ella.

—Déjame verlo.

La mujer no responde. Tiene los labios azulados y la mirada perdida. Le quito al niño de los brazos y el miedo me sacude al comprobar lo helado que está. No puede tener más de cuatro años.

—¡Necesito agua caliente! —grito—. ¡Y mantas!

Nadie me hace caso.

Levanto la cabeza y veo a Hukus llegar acompañado por varios soldados. Observa la escena con la misma frialdad que un comandante inspeccionaría las bajas después de una batalla.

—Llevad a los hombres útiles al refugio principal —ordena—. Los demás pueden esperar.

No he debido escucharle bien. Me levanto con el niño en brazos.

—¿Qué has dicho?

Hukus ni siquiera me mira.

—Necesitamos saber cuántos se podrán sumar a la causa.

El niño pesa más entre mis brazos.

—Se están muriendo. —Me pongo delante de él para que pueda verlo.

Sus ojos bajan hacia mí con una lentitud que me parece un insulto en aquella situación.

—Todos se están muriendo. —La respuesta es fría, seca. Luego señala a varios hombres tirados en el suelo que apenas pueden respirar—. Ellos primero.

Miro alrededor y solo puedo ver niños sufriendo: una pequeña tiembla abrazada a una mujer inconsciente, otro tose sangre sobre la nieve, más allá una madre grita a su hijo para que despierte… y nadie les atiende.

No estoy entendiendo lo que ocurre, debe de ser eso.

—Pero son niños —insisto.

—Los niños no defenderán este asentamiento cuando Gorath llegue, ni tampoco detendrán su barbarie.

Odio la calma con la que me habla.

—¿Pretendes dejarlos morir?

—Pretendo salvar a quienes pueden mantenernos vivos. ¿O es que no entiendes que, si no salvo a los hombres, todos, incluso los niños, acabaremos muertos?

La tristeza es tan agónica que no me deja respirar.

—Es monstruoso. —Me llevo las manos a la cabeza.

—Así es la guerra.

Busco con la mirada alguien que lo contradiga, que haya tendido su mano hacia una mujer o un niño… pero no hay nadie. Solo ayudan a los hombres más fuertes, como si aquello fuera lo normal.

La rabia explota dentro de mí.

—Pues yo no pienso hacerlo.

Hukus me mira con la indiferencia de un insecto.

Aprieto al niño contra mi pecho y corro hacia el refugio principal. Por el camino me cruzo con Griselda y le quito las mantas y el agua el caliente que lleva. Durante la siguiente hora mi mundo se reduce a una sucesión caótica de respiraciones débiles, manos pequeñas congeladas y miradas empañadas.

Intento salvarlos… por la diosa Mae que lo intento.

Recojo a cuantos encuentro en el límite del asentamiento y los llevo al refugio. Allí caliento cuerpos, froto extremidades, obligo a beber agua caliente que sustraigo de donde puedo… suplico. Pero el frío ya vive dentro de ellos.

Uno de los niños deja de respirar mientras trato de calentarlo, y luego dos más sin que haya podido acercarme todavía a ellos. Cada muerte me arranca un pedacito de mí.

La última es una niña pequeña de cabello cobrizo que tiene una muñeca hecha de tela entre los brazos. Cuando deja de respirar, me quedo inmóvil sujetando su brazo. No lloro, ni siquiera puedo, porque tengo una grieta resquebrajando la poca inocencia que quedaba en mí.

—Camila…

Es la voz de Arleen, que llega distorsionada.

No respondo.

La niña sigue inmóvil delante de mí, tan pequeña, tan ligera… apenas ha tenido tiempo de reclamar su espacio en el mundo.

—Camila…

Esta vez aparto la vista y veo al primer niño que recogí de manos de su madre exhausta. Está dormido junto al fuego bajo varias mantas. Respira con dificultad, pero sigue vivo.

Me duele tanto el pecho que siento ganas de vomitar.

Me pongo de pie de golpe y abandono el refugio antes de ponerme a llorar delante de todos. Camino sin dirección entre las plataformas de madera hasta llegar al borde de la ciénaga.

Y entonces las lágrimas empiezan a caer, silenciosas, furiosas, impotentes…

El dolor auténtico no son los golpes, ni las heridas, ni el miedo.

Es esto, saber que hay gente capaz de priorizar, de tasar una vida en función de su valía…

saber que, aunque lo desees con todas tus fuerzas, no puedes salvarlos a todos.

Escucho pasos detrás de mí.

Vuelve a ser Arleen. La escriba se aproxima despacio envuelta en pieles oscuras. Se sitúa a mi lado y ambas contemplamos la inmensidad blanca.

—¿Cómo podéis soportarlo? —pregunto al final, con la voz rota por el llanto.

Ella tarda en responder.

—No podemos… pero aprendemos a caminar con el corazón roto. A luchar para que no vuelva a repetirse una escena como la que acababas de vivir.

—Hukus ni siquiera dudó.

Arleen suspira y cierra los ojos.

—Sobrevivir y conservar el alma no siempre van de la mano.

Miro mis manos vacías, golpeadas por el viento, todavía siento el peso de su brazo en ellas.

—Esto no está bien…

—No. —La voz de Arleen también se quiebra—. Pero Gorath tampoco lo está. Tienes que convencer a tu hermana de que haga algo… solo ella puede ayudar a esta gente.

—Estoy tratando de llegar hasta ella.

El silencio nos envuelve de nuevo. Y entonces escuchamos la canción, que se alza dentro del refugio principal. Una voz comienza a entonarla suavemente, y después se unen las demás.

Hoy la melodía suena más triste que nunca. Es una plegaria rota.

Arleen baja la cabeza.

—Es para ayudarlos a cruzar el invierno.

Me da la mano y regresamos de vuelta hacia el refugio. Los cuerpos de los pequeños muertos se han dispuesto alineados junto a un brasero, como si ya fuera a servir de algo.

Me arrodillo junto a la niña de la muñeca y, cuando la canción vuelve a elevarse alrededor del asentamiento… cierro los ojos y me uno a ella.

Si la noche cierra el camino,

si la nieve cubre el hogar,

seguiré la voz que arde…

hasta poder regresar.