Una rosa de invierno 22 Ecos del Oeste
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22 Ecos del Oeste

—Vaya cara.

La voz de Helena me devuelve a un mundo más liviano. Un sitio donde moverse o decir algo fuera de lugar no tiene una repercusión política.

Está sentada en una especie de caja de madera, enfrente del refugio de Catriona. Parece que lleva esperando ahí todo este tiempo.

—¿Has oído lo que hemos hablado?

Tiene una manzana verde en la mano. Se la lleva a la boca y le da un sonoro mordisco.

—Solo lo que me interesaba.

Se incorpora y me lanza otra manzana. Pero temo que no soy demasiado hábil para estos juegos y acaba en el suelo. Me agacho a recogerla.

—No todos los días Catriona apuesta por alguien que acaba de llegar —le oigo decir—. Salvo cuando cree que puede ganar algo a cambio.

No tengo claro si es un cumplido o una especie de advertencia.

—No creo que sea una apuesta.

Me acerco la manzana a la boca y también le doy un mordisco. Está bastante insípida, pero mi estómago lo agradece. Aún no he desayunado.

Un ruido de pasos urgentes interrumpe la conversación.

Draven aparece entre las construcciones, con los dientes apretados y la tensión marcada en cada músculo de su cuello. No se detiene hasta plantarse frente a Helena.

—No puedes llevártela así. —El tono con el que le habla a Helena no deja lugar a dudas. Está furioso—. Está bajo mi protección.

—Tranquilo, león —. Arquea una ceja—. Es toda tuya.

Draven se vuelve hacia mí mientras Helena se aleja.

—¿Estás bien? —Su mirada me recorre el rostro buscando alguna brecha.

—Lo estoy —respondo—. Pero que conste que no soy ningún objeto ni estoy bajo la vigilancia de nadie. Solo yo decido dónde quiero ir.

Draven se endereza y esconde su preocupación bajo una máscara inexpresiva.

—Tienes razón. Disculpa.

La tensión de su cuerpo se disipa casi por completo. Luego se pasa una mano por la nuca.

—Si me lo permites, me gustaría presentarte a alguien —dice.

—¿A quién?

Una leve sonrisa cruza su rostro.

—Es una sorpresa.

* * *

Lo sigo hasta otra parte del asentamiento más apartado. Está menos transitada. Las construcciones aquí se levantan más separadas, más bajas, más protegidas del viento.

—¿Es alguien peligroso? —pregunto—. ¿Tengo que ir preparada para algo?

—Depende —responde, y alza una ceja—. ¿Tienes malas intenciones conmigo?

Me descoloca. ¿Está bromeando? ¿Va en serio?

—No —digo, insegura.

Draven chasquea la lengua.

—Es una pena —dice—, pero te llevarás bien con ella.

Nos detenemos frente a una pequeña estructura, casi enterrada en la nieve. Está formada por una pequeña cúpula central hecha de hielo y un túnel de varios metros que la conecta con el exterior.

Draven hace un gran esfuerzo para inclinarse y entrar en el túnel. A mí me cuesta menos.

Camino encorvada, detrás del Morador. El terreno desciende de manera abrupta y, según avanzamos; empiezo a percibir un agradable olor a comida. Algo se me remueve en el estómago y no es hambre.

Cuando el túnel termina, Draven se aparta para que pueda acceder a la cúpula. Desde fuera, parecía baja, pero lo que ocurre es que, dentro, el terreno está hundido para aprovechar el calor geotérmico de la tierra. En realidad, el techo se alza varios metros por encima de mi cabeza.

Noto una calidez acogedora… y familiar.

Hay telas adornando las paredes. Estanterías cubiertas de libros. Macetas con plantas que no crecen en este lugar…

También hay un pequeño altar en una esquina. Sé que es una costumbre norteña para recordar a los que ya no están. No hay muchos charms encima. Lleva poco tiempo construido.

Una mujer, de cabello canoso y anudado en un moño, teje en una hamaca junto al brillo que desprenden las rocas lunares. Alza el rostro al escucharnos llegar. Tiene menos arrugas de las que imaginaba por el color de su pelo.

—¡Querido muchacho! —Se levanta y deja caer las agujas de tejer—. Ya es hora de que te pasaras a verme.

Entonces repara en mí y yo en ella. Y la sensación de que la conozco se vuelve evidente.

—¿Alteza Camila? —Entrecierra los ojos y ladea la cabeza.

—Nos conocemos, ¿verdad?

Ella inclina la cabeza de inmediato y hace una reverencia.

—Sí, majestad. —Mantiene la cabeza inclinada—. Mi nombre es Arleen. Fui una de las escribas de la Corte. Primero de vuestro padre, y luego de vuestra hermana. Seguro que me habréis visto en la biblioteca baja alguna vez.

Un vago recuerdo se cuela en mi retina, pero ha pasado tanto tiempo y tantas cosas que apenas es una sombra.

Me acerco hacia ella.

—¿Cómo has llegado hasta aquí?

—Ya sabes que los escribas tenemos acceso a información privilegiada por nuestro trabajo… tanta, que tuve que huir para salvar la vida.

Una sonrisa amarga cruza su rostro

—Lamento oír eso —digo.

—La rescatamos hace un año —añade Draven—. Estaba medio muerta en mitad de la estepa. Igual que tú.

Arleen coge la mano de Draven y la estrecha con dulzura contra su pecho.

—No solo me salvaron la vida, también me acogieron y me dejaron seguir siendo útil. Pero sentaos, os serviré un poco de infusión.

Arleen se mueve de sitio a otro de la estancia: sacando cuencos de un lado, hierbas de otro, jarras con agua… Yo la observo con la envidia de ver a alguien que ha encontrado su sitio.

Al cabo de un rato, se inclina junto a una pequeña mesa baja y vierte un líquido oscuro en tres cuencos de barro.

—No calienta igual que el kürsh —dice—, pero esto no os hará perder el equilibrio.

Draven y yo nos sentamos en la alfombra de pelo grueso que se extiende bajo la mesa.

Rodeo el cuenco con ambas manos y dejo que el calor se filtre despacio entre mis dedos, reconfortante.

Durante un rato nadie habla, pero no me resulta incómodo. Al contrario. Hay algo en el ambiente que me transmite seguridad. Es la primera vez en mucho tiempo que siento que no tengo que estar en guardia constante.

Alzo la vista hacia Arleen.

—Si te marchaste hace un año, conservas un recuerdo de Lirien más fresco que el mío. —No puedo evitar el deje de tristeza en mi voz.

—Quizás prefieras mantener el tuyo.

Frunzo el ceño.

—¿A qué te refieres?

Arleen deja el cuenco humeante sobre la mesa y me mira con atención.

—Nadie se pone de acuerdo en qué hacer con las Tierras del Sur. Tras la caída del Señor Oscuro, la reina Genoveva asumió su control, pero son muchas las voces que dicen que ese territorio no le pertenece, que debería devolverse a su legítimo heredero.

—¿Y quién es?

Arleen se encoge de hombros.

—Tampoco hay acuerdo en eso. —Vuelve a dar pequeños sorbos a su cuenco—. Pero todos tienen algo que decir al respecto. Hay muchos intereses en juego.

—La materia —deduzco, por todas las conversaciones que he tenido hasta ese momento.

Ella asiente.

—Y eso que no está muy claro la viabilidad de esa materia . Ha pasado mucho tiempo bajo la corrupción del Señor Oscuro y nadie está seguro de que pueda volver a usarse para ejecutar conjuros. Pero mejor hacerse con el control del territorio, por si acaso…

Puedo imaginar a los miembros del Consejo dando voces, especulando entre ellos, apostando a escondidas por otros herederos al trono del Sur, traicionándose…

y a mi hermana en medio de todos ellos. Luchando por hacer valer su posición como conquistadora de aquellas tierras sobre los intereses del resto.

La compadezco.

—¿Y cómo está Genoveva? —pregunto al fin—. Supongo que demasiado ocupada para preocuparse de rescatar a su hermana de las garras de un matrimonio pactado con el conde de Taurenhold.

Lo digo en tono de broma, pero la punzada de dolor me sacude igual.

Arleen sonríe.

—Lo intentó —contesta con suavidad.

La miro, extrañada por la rotundidad de su respuesta.

—¿Y qué pasó?

—Habló con la duquesa de Maredur.

—¿Con Maireen? —Aquello me deja perpleja—. ¿La vidente?

Arleen asiente de nuevo y luego clava en mí su mirada.

—Le dijo que no debía sacarte del Norte.

Por un instante, la calidez del refugio se esfuma y el frío se instala en mis huesos.

—¿Qué?

—Que tenías un papel que desempeñar aquí —continúa—. Uno fundamental para el futuro.

La confusión me golpea de lleno.

—¿Qué sentido tiene eso? ¿Qué papel podría desempeñar yo más allá de contraer un matrimonio de conveniencia?

Arleen niega con la cabeza a la vez que devuelve la vista a su infusión. Yo aprieto el cuenco con fuerza entre mis manos.

—¿Y mi hermana… le hizo caso?

—Genoveva es vuestra hermana —responde Arleen—. Pero antes de eso es reina. Ya lo sabéis.

No necesito que diga más. Decisiones. Sacrificios. El trono por encima de todo.

Bajo la mirada hacia las hierbas que nadan en la infusión.

—Así que… me dejó aquí por una profecía.

Arleen no responde de inmediato.

—La duquesa de Maredur ha demostrado ser siempre una gran aliada para la Corona —dice al fin—. Y sus predicciones acertadas.

Un extraño brillo se enciende en su mirada.

Yo no sé de lo que habla. Al no ser la heredera directa al trono, siempre me mantuvieron al margen de las intrigas de palacio.

El silencio se instala entre nosotras antes de desviarse hacia otros asuntos más mundanos.

Draven no interviene, pero noto su atención. Observa mis reacciones, escucha… comprende lo que es vivir en una Corte.

Hablamos sobre la mano dura de mi hermana, sobre nombres que creía olvidados, rincones de Lirien que ahora parecen pertenecer a otra vida. Por momentos, incluso sonrío al escuchar los últimos chismes de la nobleza.

Noto cómo Draven lo percibe. No dice nada, pero hay algo en su expresión que muestra satisfacción. Parece que es eso exactamente lo que buscaba conseguir.

Las horas pasan sin que me dé cuenta. Me siento a gusto y cómoda en su compañía, pero al final recuerdo que tengo solo una semana para conseguir domesticar a los Grizzlies y ganarme el derecho a viajar al Oeste.

Miro a Draven y le hago un imperceptible gesto hacia la puerta.

Asiente.

—Tenemos que irnos, Arleen —dice—. No queremos entretenerte más de tus labores. Te prometo que volveré enseguida.

—Lo sé. —Sonríe con cariño.

Nos levantamos para marcharnos y Arleen nos acompaña hasta la entrada del túnel.

Draven ya se ha adelantado unos pasos, encorvándose para salir. Es entonces cuando Arleen me retiene. Sus dedos se cierran con suavidad alrededor de mi muñeca.

—Camila.

Me giro hacia ella.

Su expresión ha cambiado. Ya no es cálida, es seria. Casi urgente.

—Que no vean lo que eres capaz de hacer.

El corazón me golpea con fuerza en las costillas.

—¿Qué…?

—No lo muestres —insiste en voz baja.

El suelo parece licuarse bajo mis pies.

—¿Cómo sabes…?

Una leve sombra de sonrisa cruza su rostro.

—Ya sabes, los escribas tenemos acceso a demasiada información.

Mi mente se llena de preguntas. Tantas que no consigo exteriorizar ninguna.

Arleen aprieta un poco más mi muñeca.

—Escóndelo… o querrán usarlo.

Suelo el aire despacio y asiento.

—Gracias.

Su mano se afloja sobre mi muñeca.

Cuando salgo del túnel y el frío de la estepa me golpea, la tímida sensación de pertenencia que empezaba a experimentar se ha esfumado. Ha sido reemplazada por otra que creía haber desterrado.

Miedo.

A que incluso los enemigos de Gorath quieran usar eso que tengo dentro en su beneficio. A quedarme sin apoyos.

Draven me espera fuera.

—¿Todo bien?

—Sí —miento.

Pero mientras echamos a andar de vuelta al centro del asentamiento, no puedo dejar de pensar en las palabras de Arleen y en lo que significan. Gorath no es el único que podría usarme. Tal vez… nunca he estado realmente a salvo en este lugar.