21 Conversaciones
No es el sol lo que me despierta, sino el frío filtrándose entre las pieles y una presencia que me incomoda. Durante un instante creo que sigo soñando, que la mirada de Corwan continúa ahí, acechando… pero cuando abro los ojos, lo que encuentro es otra cosa.
Helena.
Está de pie junto a la entrada del refugio, con los brazos cruzados y una expresión mitad curiosa, mitad evaluación constante.
No hay ni rastro de Draven. Debe seguir durmiendo en la habitación contigua.
—Catriona quiere verte.
No hay saludo. Tampoco opción.
Me incorporo despacio. La cabeza protesta por la ingesta de krüsh del día anterior.
—¿Ahora?
—Ahora.
No espera respuesta. Se gira y aparta la cortina de pieles.
No me queda otra que seguirla.
* * *
El asentamiento ya está en marcha.
El humo asciende en columnas finas desde varios puntos, las voces se cruzan dando órdenes, las botas resuenan sobre la nieve. Helena avanza sin detenerse y yo la sigo unos pasos por detrás.
Avanza con paso firme, obligándome a apresurarme para no quedarme atrás. Atravesamos un lateral del asentamiento que no había visto aún. Está menos transitado y tiene un aspecto más funcional.
A nuestra derecha hay una hilera de casetas de madera, reforzadas con hierro, de donde procede un gruñido grave, profundo.
Me detengo.
En el interior se mueven sombras enormes.
—¿Qué es eso? —pregunto, aunque en mi interior ya lo sé… Los estoy sintiendo .
Helena ni siquiera reduce el paso.
—Grizzlies.
Me acerco un poco más, incapaz de evitarlo.
Por la pequeña abertura que sirve de puerta, atino a vislumbrar parte de su contorno. Es fácil adivinar el resto. Son colosales.
Sus cuerpos son masas de músculo cubiertas de un pelaje blanco y espeso. Sus cuatro patas terminan en unas enormes garras capaces de partir a un hombre por la mitad. En sus ojos no veo el brillo de reconocimiento o de cierta inteligencia que hay en la Bestia de Draven, solo hay furia.
Aun así… los percibo. Si me concentro mucho…
Encierro.
Rabia.
Impotencia.
Uno de ellos se lanza contra el cercado que protege las puertas y me saca del trance. La estructura cruje y el impacto resuena en mis huesos.
Retrocedo un paso por miedo.
—Tranquila —dice Helena, aunque su tono indica lo contrario—. No pueden salir.
—¿Por qué los tenéis aquí? Son peligrosos.
Ella se detiene entonces y se gira hacia mí.
—Queremos usarlos.
—¿Usarlos?
—Como monturas.
Mi ceño se frunce.
—Son salvajes.
—Es obvio —responde, seca—. Pero tenemos que intentarlo.
Se vuelve hacia el cercado.
—Gorath tiene a los Moradores del Hielo y a sus Bestias. Nosotros necesitamos algo que equilibre eso.
Observo de nuevo a las criaturas. No hay nada en ellas que sugiera obediencia. Ni siquiera una mínima posibilidad.
Las he sentido. Hay demasiada furia, demasiado malestar en ellas para dejarse domesticar.
—No lo vais a conseguir —digo.
Helena esboza una sonrisa ladeada.
—Eso parece.
El grizzly vuelve a embestir el cercado. Y seguimos caminando.
Un poco más allá, cuando las casetas acaban, me sorprendo de descubrir en el suelo un color que no es el blanco.
Tierra oscura, removida. Fértil. Hay varias personas trabajando agachadas, con telas protegiendo su nariz y su boca, arrancando plantas con raíces largas y retorcidas. Me detengo de nuevo.
Percibo cierto calor que emana del suelo y también un olor fuerte y desagradable. Helena se da cuenta de mi expresión de extrañeza y curiosidad y se acerca a mi lado.
—La ciénaga de debajo —dice—. Respira.
Me giro hacia ella con el interrogante pintado en la cara.
—Emite gases —aclara—. Calor. En esta zona el suelo nunca llega a congelarse del todo.
Miro los brotes verdes que recogen las personas que trabajan en la tierra. Todo cobra sentido.
—Por eso crece algo.
Helena asiente.
—Ahí abajo las cosas siguen pudriéndose y eso alimenta la tierra.
A un lado veo un montón de raíces que han sido arrancadas y parecen a punto de ser desechadas. Me acerco un poco y distingo su particular forma, casi humana.
Mandrágoras.
—¿Por qué están aquí? —pregunto.
—Envenenan el resto de cultivos.
Parpadeo.
—Pero tienen más cualidades.
Helena se encoje de hombros.
—No nos sirven para nada.
Miro cómo otra más es arrojada al montón, sin cuidado.
* * *
El refugio de Catriona tiene más luz que la última vez, a pesar de que el ambiente que percibo al entrar es un poco más tenso.
La cortina de pieles se cierra a mi espalda y Helena se queda al otro lado. El sonido del exterior desaparece y ya solo quedo yo frente a mi destino.
Catriona está sentada en el mismo banco que el día anterior, solo que esta vez no hay olla junto a sus pies.
Hukus, apoyado en el banco detrás de ella, juega de forma distraída con una daga entre los dedos.
Me siento un poco intimidada por sus miradas. Me evalúan.
—Espero que hayas tenido tiempo de reflexionar. —La voz de Catriona llena el refugio—. Y de comprender que no puedes seguir mintiéndonos.
No digo nada. Prefiero esperar a ver hacia dónde dirige la conversación.
—Voy a preguntártelo otra vez. —Su tono no es agresivo, pero sí firme—. ¿Por qué Gorath te mantiene viva bajo su protección?
Suspiro. Esa pregunta es un callejón sin salida. No puedo darles más de lo que ya les conté ayer. Cuando empiezo a hablar, Catriona me corta.
—A Hukus le han informado de que viajabas con la hija de Gorath, el alquimista al que llaman Cráneo y lord Corwan —añade—. No es precisamente una comitiva cualquiera.
Veo que en el rostro del jinete se dibuja una media sonrisa ladeada.
—Curiosa compañía para alguien que solo es una herramienta política. ¿Por qué estabais en Glasbow?
Respiro hondo. Podría seguir esquivando preguntas con negativas y medias verdades, pero no me lo van a permitir. Tengo que darles algo que sea verdad, algo con lo que calmar su curiosidad y desviar el foco de atención.
—Querían dejarme bajo la protección del conde Zuma, pero Corwan lo asesinó.
Hukus alza una ceja.
—¿Por qué?
Aquí va mi verdad.
—El conde intentó sobrepasarse con Keira y conmigo; y Corwan se volvió loco. Lo mató a golpes.
Hukus se inclina sobre Catriona.
—Esa es una información muy valiosa —dice—. Podríamos utilizarla para desestabilizar a sus soldados.
La líder entrecierra los ojos y me mira con atención.
—¿Me crees tan estúpida como para contentarme con esto? —Suelta con aspereza—. Sigues sin responder a mi pregunta. Y sé que hay algo más que me ocultas. —Se golpea la nariz con el índice—. Lo huelo.
Inclino la cabeza hacia abajo para ocultar mi decepción.
—Lo que Gorath pretenda de mí no debería importaros —me atrevo a decir.
Alzo la cabeza para mirarla a los ojos con renovada determinación.
—Tenéis ante vosotros una oportunidad única para aseguraros el apoyo del Oeste. Si me dejáis formar parte de la nueva incursión…
Ambos reaccionan de golpe.
—No —responde Catriona de inmediato.
—Claro —añade Hukus—. La princesa aparece, nos ofrece salvarnos y encima quiere elegir cómo hacerlo. Qué generosa.
—Escuchadme…
—Ya lo hemos hecho —corta ella—. Y la respuesta es no. No podemos arriesgarnos a que vuelvas a caer en las manos de Gorath… sea lo que sea lo que quiere de ti.
Aprieto los puños bajo las pieles.
—Creo que no estáis viendo el potencial real de enviarme de regreso al Oeste —insisto—. Soy la hermana de la reina. ¿Lo olvidáis? Cuando vea que me habéis devuelto sana y salva, y que sus problemas diplomáticos han desaparecido, accederá sin dudarlo a ayudaros.
—O se olvidará de nosotros porque, tú lo has dicho, sus problemas diplomáticos habrán desaparecido —dice Catriona—. Prefiero que piense que sigues con Gorath para que lance una ofensiva contra él.
—¿Y sumir al Continente en un largo conflicto que no beneficiará a nadie?
La pregunta queda suspendida en el aire y, por la forma en la que Catriona se remueve en su asiento, sé que ha surtido efecto.
—¿Y por qué deberíamos creer que intercederás por nosotros ante Genoveva? —Hukus releva a Catriona.
—Porque comparto vuestra causa.
Hukus suelta una carcajada seca y se lleva una mano al pecho. En uno de sus dedos reluce un anillo de oro con un emblema que no distingo desde mi posición.
—Claro. La princesa sureña se vuelve rebelde. Muy convincente.
—He visto el precio real de las decisiones de Gorath. Cómo convierte a las personas en recursos… cómo valora la vida en función de lo que puede extraer de ella. Un hombre que necesita destruir todo lo que le rodea para seguir en pie no puede ser rey, y ha de ser eliminado.
Hukus ha dejado de sonreír.
—Pero si el Oeste interviene de forma directa y el Este se posiciona junto a Gorath —añado—, será una catástrofe y morirá mucha más gente. La única forma de ganar es desde dentro, sin permitir que el conflicto escale.
Miro a Catriona.
—Y para eso necesitáis el apoyo discreto de mi hermana… y yo os garantizo que seré igual de persuasiva con ella.
Silencio.
Noto que algo ha cambiado. En el gesto de Hukus ya no hay sarcasmo ni condescendencia. Catriona se acaricia el mentón, pensativa.
—Dejadme demostraros mi compromiso —digo, aprovechando la duda—. Antes de que perdáis esta oportunidad.
—O podríamos simplemente no arriesgarnos —dice Hukus—. Nadie echaría de menos a una princesa muerta en la nieve.
Sin embargo, Catriona alza la cabeza y se muestra interesada.
—¿Qué nos propones?
—Seros útil —respondo—. Los grizzlies.
Ella frunce el ceño.
—¿Qué pasa con ellos?
—No conseguís domesticarlos, ¿no es cierto?
Ambos asienten, expectantes.
—Pero podéis influir en ellos… con las mandrágoras.
Catriona alza la mirada interrogante hacia Hukus y el jinete se la devuelve.
—Las estáis arrancando —continúo—. Pero si realizáis infusiones con ellas, podríais alterar el comportamiento de las bestias. Calmarlas. Reducir la agresividad. Ensayar patrones de conducta con ellos.
Hukus entrecierra los ojos.
—¿Quieres drogar a esas cosas?
—Quiero daros una oportunidad.
El silencio se instala. Largo. Lleno de posibilidades.
—No sé si puedo confiar en ti —dice Catriona—. Pero sí me doy cuenta de que tienes ideas demasiado valiosas para ignorarlas.
Se levanta.
—Te doy una semana.
Mi pulso se acelera.
—Si en una semana has logrado que esas bestias nos obedezcan, partirás con la comitiva hacia el Oeste.
Hukus sonríe.
—Si no te matan ellas antes.
Ignoro el comentario y me doy la vuelta hacia la salida.
Cuando aparto la cortina de pieles, el frío vuelve a golpearme… pero la partida acaba de cambiar de rumbo.
Detrás de mí, ya no soy considerada una amenaza.
Soy una apuesta.
Y ahí fuera me espera una jaula llena de bestias que podrían despedazarme. O darme el billete de vuelta a casa.