Una rosa de invierno 20 Celebración #2
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20 Celebración #2

Al otro lado del refugio, calentándose en otro brasero, Hukus me sostiene la mirada.

Las brasas chisporrotean entre nosotros. Y tengo la desagradable sensación de haber cambiado una jaula por otra, aunque tengo la esperanza de que esta sirva para protegerme.

* * *

El aullido del viento y su gélida temperatura nos golpean al salir del edificio.

El calor del kürsh sigue recorriéndome por dentro y atenúa todas las sensaciones: el frío, el crujir de la nieve bajo mis pies… incluso mis propios pensamientos.

Camino junto a Draven sin darme cuenta de que me acerco más de lo necesario. Su cuerpo actúa como un muro contra la ventisca, igual que su Bestia unas horas antes. Es… agradable.

—Cuidado —dice, sujetándome del brazo cuando resbalo sobre la plataforma de madera—. No quiero tener que recogerte del suelo.

—No estoy ebria —respondo enseguida.

Él arquea una ceja.

—Claro que no.

Su tono me molesta.

—Es que no estoy acostumbrada.

—Se nota —ríe entre dientes.

Sigo caminando más erguida, como si eso fuera a demostrar algo. Pero al dar el siguiente paso, mi pie vuelve a fallar. Tampoco llego a caer porque esta vez su mano me rodea la cintura y me sujeta.

El contacto me recorre entera.

Es menos violento que con Corwan, pero no menos intenso.

Levanto la vista. Sus ojos claros me observan desde muy cerca.

—Te tengo —dice.

Aparto la mirada para que no vea que me ruborizo de nuevo.

—Gracias.

Retira la mano despacio. No parece tener claro que deba hacerlo.

El asentamiento se va a apagando a nuestra espalda. Las voces se vuelven más lejanas, hasta que solo queda el sonido del viento y el de nuestros pasos sobre la nieve.

—Draven —digo al cabo de unos segundos.

—¿Hm?

Dudo un instante, pero el alcohol me empuja.

—¿Por qué estás aquí?

—Vivo aquí —responde sin mirarme.

—Sabes que no me refiero a eso.

Espero la respuesta, pero no llega. Sus pasos no se detienen, aunque algo en su postura cambia.

—Siempre he escuchado que los Moradores del Hielo sois muy fieles a Gorath —continúo—. Casi… radicales.

Él suelta una risa breve, sin humor.

—Se dicen demasiadas cosas sin saber.

—¿No es cierto?

Se detiene y me obliga a hacerlo también. El viento pasa silbando entre nosotros.

—Lo era, sí —dice al fin. Hay algo en su voz que me hace contener la respiración—. Todos lo éramos.

Sus ojos se pierden un instante más allá de mí. En la oscuridad del pantano que nos rodea.

—Desde que nacemos nos enseñan que el rey es quien mantiene el equilibrio. Que él nos protege y nos da nuestro poder. —Hace una pausa—. Y durante mucho tiempo… fue cierto.

Le cuesta seguir. Hay una tormenta de sentimientos rugiendo tras sus ojos blancos.

—¿Qué cambió? —le animo a seguir.

Su mandíbula se tensa.

—Ya lo sabes… La materia empezó a escasear… y Gorath dejó de ser un rey.

Sus ojos vuelven a los míos.

—Para encontrar nuevos yacimientos empezó a destinar hombres y recursos allí donde todavía no había llegado nadie —dice—. A los confines del Continente. Tan al norte que hasta la sangre se congela.

Su voz baja de intensidad. Se vuelve oscura.

—Al hogar de los Grizzlies.

Un escalofrío me recorre.

—Esas enormes bestias no atacan si no se les molesta —continúa—. Hacía milenios que ninguna de ellas se dejaba ver por los territorios habitados.

Hace una pausa.

—Pero él las molestó.

El viento aúlla entre las construcciones.

—Arrasó su territorio —dice—. Excavó. Destruyó. Mató.

Cierro los ojos un instante y dejo que su dolor cale en mí. Ya conozco esa historia. La he leído mil veces en los libros de Historia. Con otras palabras. Con otros actores. Pero el mismo resultado.

—Y entonces… bajaron hacia nosotros. —Sus palabras provocan que se me erice la piel—. Atacaron la Comunidad… y no estábamos preparados.

Me sorprende la entereza de su voz.

—Murieron muchos… Familia… Amigos.

Aprieto los puños dentro de la capa.

—Lo siento.

Draven niega con la cabeza.

—¿Sabes qué me duele más que sus muertes?

Aguardo con el corazón encogido, sabiendo que está a punto de abrirse en canal; que lo que viene a continuación no es solo la narración de lo que ocurrió, sino lo que de verdad le ha empujado hasta este asentamiento.

—Que los demás no quieren verlo —dice—. Les resulta más fácil seguir creyendo en lo que siempre han creído que aceptar que las cosas han cambiado.

Asiento despacio.

—Que se ha vuelto un tirano… —digo—. Y nadie se atreve a decirlo en voz alta.

Una sombra cruza su expresión.

—Las costumbres ciegan —añade—. Y el miedo hace el resto. Cuando hablé y dije lo que pensaba, me acusaron de estar traicionando a mi gente.

Una sonrisa amarga aparece en sus labios.

—Supongo que tenían razón.

—No —digo, firme—. Tan solo tratabas de abrirles los ojos.

Me mira con sorpresa. Parece extrañarle que piense así. Supongo que para él solo soy una princesa que no sabe nada del sufrimiento del pueblo. Por suerte para él, llevo algunas lecciones aprendidas.

Y no sé qué me asusta más, que Gorath sea así… o ver en sus actos la sombra de las decisiones de mi hermana.

—El caso es que me fui. —Reanuda la marcha.

—Y ahora estás aquí.

—Ahora estoy aquí.

No añade más. Tampoco hace falta.

Llegamos a su refugio. La Bestia se levanta al vernos y se aparta lo justo para dejarnos pasar. El calor nos envuelve de nuevo al cruzar la cortina de pieles.

Me tambaleo ligeramente por el cambio drástico de temperatura.

Draven me sujeta otra vez y me guía hasta el lecho de pieles. Me ayuda a quitarme la capa, a sentarme… y se inclina un poco para acomodar las pieles a mi alrededor. Su rostro queda muy cerca del mío. Siento su respiración en mi cuello y el calor vuelve a recorrerme.

Sé que el alcohol del krüsh tiene algo que ver, pero no es solo eso. También es su proximidad, que enciende en mi cuerpo sensaciones que estaban dormidas hasta que Keira las activó en aquella habitación en Glasbow…

—Descansa —dice.

Su voz es más suave que antes. Un ronroneo.

Algo en mí se agita queriendo salir. Explotar.

Alzo la mano y rozo su mejilla.

Él se queda inmóvil y el aire entre nosotros fluye lento… como si el mundo esperara.

Me inclino y lo beso. Es torpe. Breve. Pero suficiente para sentir el contacto de sus labios cálidos, firmes… sorprendidos.

Y entonces, la luz cambia. Ya no es su boca. Ni su rostro. Ni sus ojos. Por un instante, no veo a Draven sino a Corwan. Su mirada oscura, ardiente, hambrienta.

Retrocedo de golpe, dejando salir todo el aire de mis pulmones.

—Lo siento… —susurro, confundida.

Draven se aparta también, avergonzado.

—No, discúlpame a mí. Me dejé llevar. —Se levanta, pero tarda un segundo más de lo necesario en girarse—. Creo… el krüsh… me ha afectado.

Se aleja y desaparece tras la cortina de la estancia contigua.

Me dejo caer sobre las pieles, incapaz de aguantar nada más. El mundo da vueltas. El calor. El frío. Las miradas. Todo se mezcla.

Cierro los ojos, y lo último que siento antes de quedarme dormida no es el beso. Es esa mirada.

La de Corwan.

Siguiéndome incluso hasta aquí.