Una rosa de invierno 20 Celebración
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20 Celebración

La bienvenida a los jinetes se convierte rápido en una especie de celebración.

En el edificio central, al amparo de la Rosa de Invierno, se han encendido varios braseros y el humo asciende en columnas densas hasta el techo de madera.

El olor a carne asada se mezcla con el de la nieve húmeda y el sudor de los caballos.

Es una fiesta por el éxito de su regreso. Por el camino que han abierto hacia el Oeste.

Yo también celebro en mi interior. Es la mejor oportunidad que tendré para volver a casa.

Solo tengo que conseguir convencer a Catriona de que me deje marchar con la partida que viaje al Oeste a pedir ayuda.

Saben que soy la hermana de Genoveva, nadie mejor que yo para interceder por ellos ante la reina.

Draven no se separa de mí mientras la construcción empieza a llenarse. Su mano permanece cerca, no sobre mí, pero lo suficiente para hacerme saber que está ahí si lo necesito. O si alguien más se acerca demasiado.

Nos movemos hacia uno de los braseros. Una mujer menuda —la primera que veo que mide menos de metro ochenta en este lugar— vierte un líquido oscuro en copas de madera que pasan de mano en mano.

Hay risas, empujones, voces que se elevan por encima del crepitar de las brasas. Durante un rato, todo parece normal.

Sin embargo, no lo es.

Cada vez que alguien repara en mi presencia, su gesto cambia. Las reacciones son diversas: curiosidad, sorpresa, desconfianza, hostilidad…

No les culpo. Yo reaccionaría igual en su situación.

—¿Quién es? —oigo a mi espalda.

Alguien me tiende una copa llena de ese líquido oscuro. La acepto por cortesía. El calor me quema las manos a través de la madera.

Me vuelvo a la vez que Draven.

Una chica de mi edad —quizás un poco mayor— está plantada detrás de nosotros. Lleva el pelo negro recogido en varias trenzas pequeñas pegadas a la cabeza. Sus ojos son oscuros, vivos, curiosos. Tiene una marca oscura en el labio inferior que aumenta su atractivo salvaje.

—¡Helena! —dice Draven con entusiasmo mientras le golpea el brazo con familiaridad—. Ya oí que la campaña fue todo un éxito.

—Todas lo son desde que te retiraste para dedicarte a cazar —responde ella.

—Rata desagradecida —Draven sonríe—. Fui yo quien te enseñó todo lo que sabes.

Ella sonríe de vuelta y entonces me mira. Sin disimulo.

—¿Esto es lo que encontraste en el hielo esta semana?

Me tenso ante su escrutinio descarado.

—Se llama Camila —dice Draven antes de que yo pueda hablar.

—De la Casa Velaryan —puntualizo ofreciéndole la mano.

Ella no pierde su sonrisa.

—Yo soy Helena —dice, estrechándomela—. Lamento no tener una Casa con la que adornar mi nombre.

Enseguida me arrepiento de mi actitud. No quería ser arrogante, solo expresar que me había molestado que Draven hablara por mí.

—He visto lo del caballo —añade—. Ha sido excepcional. ¿Os enseñan a hacer eso en las Casas nobles?

Detecto la ironía, pero decido no corresponder. Después de todo, he sido la primera en importunar con mi comentario.

—No ha sido nada —respondo.

Ella arquea una ceja.

—Claro.

El silencio que sigue es breve, pero incomoda.

—Ten cuidado —dice al final, bajando un poco la voz—. Aquí no nos gustan las cosas que no entendemos. —Después devuelve la vista hacia Draven y levanta su copa—. Voy a por un poco más de kürsh . Regreso enseguida.

La sigo con la mirada mientras se pierde entre la gente.

—No parece que le haya caído bien —murmuro.

—Te aseguro que no le caes mal —responde Draven—. Solo está pensando en cuánto podrías complicarnos la vida.

Eso no me tranquiliza.

—¿Ella y tú… sois pareja?

Draven arquea una ceja.

—¿Te interesa?

Siento una oleada de calor ascender desde el pecho hasta mis mejillas. Me ruborizo.

—No… o sea… —me trabo—. No quería entrometerme…

—Tranquila —dice, pero la sonrisa que se dibuja en su rostro hace de todo menos tranquilizarme—. Lo intentamos un tiempo, pero no salió bien.

Tampoco eso me resulta un consuelo.

El ruido aumenta cuando varias personas se acercan al brasero central.

Entre ellos distingo a Hukus. Se ha quitado parte de las pieles y ahora se le ve mejor.

Lleva el pelo cenizo recogido en una coleta con los laterales rapados.

Tiene símbolos tatuados debajo, pero en la distancia solo distingo el emblema de la Rosa de Invierno.

La cicatriz de su rostro parece aún más profunda a la luz de las antorchas.

Habla con Catriona.

Están demasiado lejos para oír lo que dicen, pero no hace falta. Sus posturas lo dicen todo. Evaluación. Estrategia. Decisiones…

En un momento dado, Hukus alza la vista y me encuentra.

Aparto la mirada. No quiero llamar su atención, aunque temo que ya sea un poco tarde para eso.

De reojo, veo cómo se vuelve hacia Catriona y le dice algo al oído. Ella también se gira hacia mí. Noto sus ojos clavarse como agujas afiladas.

Alguien empieza a cantar al otro lado de la plaza. Es una melodía que ya conozco y que me trae un recuerdo doloroso. Los demás le siguen poco a poco. Las voces se suman. Algunas afinadas y otras no tanto, pero juntas crean algo… fuerte. Unido.

Resistente.

Donde el trigo besa el viento,

y el sol cae sobre el mar,

hay un nombre que me llama…

y no me deja olvidar.

Si la noche cierra el camino,

si la nieve cubre el hogar,

Y por fin, escucho cómo termina la canción y siento que algo en mi corazón se enciende.

seguiré la voz que arde…

hasta poder regresar.

Cuando la melodía cesa, miro a mi alrededor. Veo rostros sonriendo, compartiendo bebida. Tocándose los hombros. Celebrando haber sobrevivido un día más.

La Rosa de Invierno.

Frágil… y obstinada.

—¿Siempre es así? —pregunto en voz baja.

—Solo cuando no hay bajas —dice—. Ven, sentémonos ahí un rato.

El calor de las brasas me alcanza en la cara, aunque por dentro sigo sintiendo el frío de sus miradas.

A nuestro lado hay un hombre pelirrojo, de barba densa y pecas sobre la nariz, que habla con otro más corpulento y de tez morena.

—Que el invierno sea largo —saluda Draven.

—Más que el miembro de nuestro Señor —ríe el pelirrojo—. Vienes bien acompañado.

—¿Quién eres? —me pregunta el hombre moreno sin ningún tipo de pudor.

—Mi nombre es Camila —me presento, y esta vez omito nombrar mi Casa—. Procedo del Oeste.

—Yo soy Hugho, Camila del Oeste; y el pelirrojo es Gregory. Acércate al fuego, echarás de menos el calor de tu tierra.

—Gracias.

Si alguno de los dos ha presenciado el incidente con el caballo, se cuidan de mencionarlo. Y yo se lo agradezco en silencio.

Helena regresa y se sienta con nosotros.

—¿Todavía no has bebido? —Señala mi copa.

Tomo un trago. El calor me baja por la garganta y se expande por el pecho con una intensidad inesperada. Es más fuerte de lo que parecía y el sabor a especias no ayuda a que pase mejor. Me hace entrecerrar los ojos un instante.

—Así se hace —ríe Gregory, divertido.

—Cuidado que puede dejarte en el suelo —añade Hugho.

Helena le da un codazo.

—No le hagas caso. Este tiene un aguante ridículo.

—Eso lo dices por aquella vez que me caí —protesta.

—No lo decía por el alcohol —dice ella con una sonrisa traviesa.

Las risas estallan a nuestro alrededor. Son contagiosas. Por un momento, incluso yo sonrío, aunque no estoy segura de haber entendido el chiste. El calor de las brasas, la bebida, las voces… todo crea una peligrosa ilusión de normalidad.

De pertenencia.

Draven me observa de reojo. Y sonríe también.

Helena da un trago largo a su copa y se limpia la boca con el dorso de la mano.

—Entonces, Camila —dice, apoyando los codos en las rodillas—. ¿Cómo has acabado aquí?

La pregunta parece inocente, pero, teniendo en cuenta todo lo que ha pasado, no lo es.

—Tuve que huir —respondo.

Hugho resopla.

—Entonces, bienvenida. Todos tuvimos que huir de una manera u otra.

Se produce un instante de silencio en el que todos inclinan un poco la cabeza.

—Querían obligarme a luchar —dice Gregory—. Por el rey, exclamaban. Pero para mí no hay más rey que mi hijo ni más reino que mi hogar. Tuve que escapar con mi familia para poder preservar ambos. Catriona nos dio cobijo y respetó mi decisión de no luchar. Le estaré por siempre agradecido.

Brinda al aire y vacía su copa en la garganta.

—Sois desertores —digo, y al instante me doy cuenta de lo que implica esa palabra aquí.

Gregory escupe a las brasas, que chisporrotean.

—No se puede desertar de un rey que no se preocupa por su pueblo —responde con aspereza.

Hugho se inclina un poco hacia delante.

—Desde que la materia comenzó a escasear, el único interés del rey Gorath ha sido encontrar nuevos yacimientos donde extraerla.

Ni a él ni a su hermano, el Azote del Norte, les ha importado expulsar a gentes de sus tierras, instigar guerras civiles entre Casas para controlar su tráfico, mandar incursiones a los bosques de Faerín para robarla… Están obsesionados.

—Pero… ¿por qué? —No me resisto más a preguntar.

—Porque es la base de su vida inmortal —responde Helena. Posa sus ojos en mí y no los aparta—. La materia es la sustancia fundamental para practicar Alquimia. Y es el dominio absoluto de la Alquimia lo que les ha granjeado esa larga vida de la que no quieren desprenderse.

—Pero la materia se agota —le complementa Hugho—. Y el rey comienza a ponerse nervioso… violento. Será capaz de cualquier cosa por conseguirla. Incluso condenar a su pueblo a la pobreza y la extinción.

—Llámanos desertores si lo prefieres —dice Gregory con acritud—.

Aunque hasta hace no tanto todos amábamos a nuestra tierra y a nuestro rey.

Incluso el radical Hukus fue un fiel soldado…

Pero todos abrimos los ojos a la verdad: a Gorath solo le interesa su supervivencia, aunque tenga que pasar por encima de la nuestra.

—Y haremos todo lo posible por impedirlo —Draven alza su copa y el resto lo imita.

—Por la Rosa de Invierno —dice Gregory.

—Por la Rosa de Invierno —responden los demás.

Beben. Y yo les imito.

El líquido arde esta vez menos. O quizás soy yo la que ha dejado de resistirse.

Levanto la vista.