19 Draven, el Morador del Hielo
La abertura del refugio se cierra detrás de nosotros y el viento queda fuera, convertido en un murmullo lejano que golpea las pieles tensadas. El cambio es inmediato. El aire aquí dentro es denso, cálido, cargado de ese olor a animal y carne en salazón que ya empiezo a asociar con la supervivencia.
Avanzo unos pasos hasta el centro del espacio mientras Draven desaparece tras otra cortina, en una estancia aledaña. Su Bestia se tumba en la puerta para evitar que el frío se cuele dentro.
El espacio es más pequeño que el de Catriona. El techo es bajo. Íntimo. El mobiliario está reducido al mínimo: apenas una mesa tosca, un par de bancos y pieles amontonadas en un rincón que hacen las veces de lecho.
—No tienes que quedarte de pie —dice cuando regresa a la estancia principal.
Se ha quitado las pieles de la travesía. Debajo luce una especie de casaca cobriza con tachuelas de metal y unos pantalones negros de cuero. Lleva un cinturón sobre la casaca del que cuelga una daga y una bolsa de arpillera.
Su musculatura es fuerte, y me sorprendo a mí misma comparándolo con Corwan. El último forcejeo con él vuelve a mi cabeza y siento que el calor incendia mis mejillas. ¿Por qué esto ahora?
Tomo asiento en uno de los bancos y entrelazo las manos sobre las piernas.
—Será mejor que te quites eso —dice, señalando la capa.
Frunzo el ceño.
—Estoy bien.
—No —responde—. Está húmeda. Si te quedas así, enfermarás.
Decido hacerle caso. Después de todo, ellos son los que llevan toda su vida sobreviviendo en el hielo. Me desabrocho la capa y la dejo a un lado. El frío muerde un instante antes de que el calor del refugio lo sustituya.
Draven me mira de arriba abajo y luego sonríe.
—¿Se puede saber qué es eso tan gracioso? —pregunto, molesta.
—Es increíble que hayas aguantado en la estepa con ese cuerpo tan… pequeño.
Me remuevo en el asiento y alzo un poco el mentón.
—Te sorprenderías de las cosas que he resistido —digo, con cierto orgullo.
—Me encantaría escucharlas.
Se acerca a coger mi capa para tenderla y su mano roza sin querer la mía. Tarda en retirarla un instante más de lo necesario. Es un contacto breve, pero que me acelera el pulso. Sin embargo, no es como con Corwan. No es ese choque brutal que me arrasa por dentro. ¿Por qué vuelvo a pensar en él?
—Apenas te conozco —le respondo mientras él todavía está muy cerca—. No voy a contarte mi vida.
—Te la he salvado —dice, como si eso fuera suficiente para exigirme respuestas.
—No —le corrijo. Sus ojos blancos se oscurecen un poco. No parece acostumbrado a que le lleven la contraria—. Tú solo me sacaste de la estepa. Mientras siga en el Norte, mi vida corre peligro.
Draven se aleja hacia el centro del refugio. Hay un agujero horadado en el suelo. Se inclina y golpea las piedras lunares entre sí para activar su brillo. Empieza a anochecer, y las tinieblas se comen el mundo.
—Has dicho que Gorath quiere mantenerte con vida. —Agarra el otro banco y lo gira para sentarse frente a mí—. Eso es más seguridad de la que ninguno de nosotros tenemos.
—¿Y qué crees que pasará si mi hermana no responde y dejo de serle útil?
El silencio se extiende entre nosotros, como la penumbra que comienza a conquistar el refugio.
—¿Lo haría? —En su expresión se dibuja una sombra.
—Mi padre le enseñó que el trono exige sacrificios y que, por encima de todo, ha de ser reina… aún a costa de sus propios intereses.
—Eso es un sí.
Asiento con dolor. Por suerte, el interés de Gorath en mí va más allá de querer quebrantar el equilibrio político del Continente. Si no fuera así, yo ya estaría muerta.
—Lo siento. —Parece sincero—. No hay soledad más grande que cuando la familia te falla.
La Bestia se remueve en la entrada y la mirada de Draven vuelve a nublarse. Deduzco que sabe de lo que habla, pero no es el momento de preguntar. Necesito jugar mis cartas primero.
—Tenéis que ayudarme, Draven. —Me inclino hacia delante, buscando la complicidad de sus ojos—. He de regresar al Oeste. Es la única manera de quitarle a Gorath la iniciativa en la guerra que se avecina.
Él esquiva mi mirada.
—Eso lo decidirá Catriona.
Se levanta del banco y se aparta. Y comprendo que mi oportunidad ha pasado.
—Estarás hambrienta —dice—. Prepararé algo de cenar.
* * *
Draven coloca un cuenco entre nosotros. Humea. Algo espeso, oscuro, y con un olor fuerte que me recuerda a carne colgada del techo. Me ofrece una cuchara. Creo que quiere que ambos comamos del mismo cuenco.
Experimento una sensación de rechazo, pero luego mi estómago ruge y comprendo que ahora estoy lejos de los finos modales de la corte. Que, si quiero seguir sobreviviendo, tengo que adaptarme.
Mete él primero la cuchara y luego sigo yo. Me sorprende lo sabroso que está. En las condiciones tan extremas en las que viven, tiene que resultar complicado conseguir materias primas con las que llenar las ollas.
—Está muy bueno.
Él alza la cabeza y sonríe.
—Si crees que alabando mis platos vas a conseguir que te ayude, estás muy equivocada.
Sonrío también.
—Me has pillado. —Tomo un par de cucharadas con avidez. Ya casi se me ha olvidado que compartimos cuenco—. No, en serio. De lo mejor que he probado últimamente.
—Teniendo en cuenta que vienes de Vhalzak, me lo tomaré como un cumplido.
El rumor apresurado de unas voces en el exterior interrumpe la conversación.
La Bestia de Draven se incorpora de golpe en la entrada. Sus músculos se tensan, en alerta.
Draven ya está de pie.
—Quédate aquí.
Por supuesto… no lo hago.
Cuando él aparta la cortina de pieles, el frío entra de golpe… y yo salgo tras él.
El movimiento del asentamiento ha cambiado y ahora converge hacia la plaza central. Sombras que se desplazan deprisa portando antorchas, voces que se alzan, expectación…
—Han vuelto —murmura alguien a mi lado.
Avanzo junto a Draven.
Entonces los veo. Una partida de jinetes emerge entre la nieve, atravesando la pasarela de madera sobre el pantano congelado.
Caballos oscuros, cubiertos de escarcha, resoplando vapor.
En sus lomos van hombres y mujeres tan envueltos en pieles que es difícil avistar una parte de sus cuerpos.
Solo se distingue el brillo de sus armas: cimitarras curvadas.
Frenan sus caballos en la plaza y el sonido de los cascos se apaga.
Catriona aparece desde su refugio. Se acerca sin prisa. Todos se apartan cuando ella pasa. Y se planta frente a los jinetes.
Uno de ellos desmonta.
No es excesivamente alto, aunque sí ancho de hombros.
Cuando se desprende de la capucha y de la tela gruesa que le protege la mitad inferior del rostro, veo la cicatriz que le cruza la mejilla y desaparece bajo el cuello de la casaca.
Sus ojos pequeños recorren el asentamiento con rapidez antes de detenerse en Catriona.
—Hukus —dice ella.
Él inclina apenas la cabeza.
—Catriona.
No hay muestras de afecto en el saludo.
Hukus se limpia el vapor condensado de la respiración de su rostro.
—¿Cómo fue la incursión? —pregunta la líder.
—Creo que hemos conseguido sortear la vigilancia de Glasbow.
Catriona levanta las cejas. Parece que no acaba de creerse lo que oye.
—Si nos damos prisa, podemos enviar una comitiva al Oeste. —El corazón me da un vuelco. Tengo que convencerles para que me dejen ir con ellos—. Ahora están demasiado ocupados con otra cosa.
—¿Qué cosa? —Catriona entrecierra los ojos.
Hukus sonríe y el destello que se enciende en sus ojos no es agradable.
—Gorath ha perdido algo.
El murmullo que se enciende no consigue acallar el latido nervioso que resuena en mis oídos.
—¿El qué? —pregunta alguien entre la multitud.
—No lo sé —responde Hukus—. Pero es importante. Sus hombres están por todas partes. Registrando, destruyendo, rebuscando… pero nadie sabe de lo que se trata realmente. —Hace una pausa—. Se dice que está desesperado.
Siento la mirada de Draven posarme un instante sobre mí. Luego creo que Catriona le va a hablar sobre mí, pero no lo hace.
—Esta distracción puede ser nuestra oportunidad de enviar un mensaje de ayuda al Oeste —añade Hukus.
Catriona asiente.
Una potente ráfaga de viento agita el asentamiento. Draven me ofrece su capa para que me proteja, pero no es suficiente. Las estalactitas que cuelgan de los aleros tiemblan y varias de ellas caen. No dañan a nadie, pero una de ellas se clava a un centímetro de los cascos de un caballo.
El animal se asusta y se encabrita. El jinete cae al suelo, sorprendido, y el caballo sale disparado hacia adelante. Desbocado.
Y viene directo hacia mí.
El pánico se extiende en oleadas por mi cuerpo. Si nadie lo detiene, me aplastará. Y esta vez no habrá manos que me sujeten. No habrá nadie que me aparte de un empujón. El mundo se reduce al sonido de sus cascos golpeando la madera y a la masa de músculo que se precipita hacia mí.
Antes de conseguir pensar siquiera en apartarme, el tirón estalla en mi pecho. Esa grieta que me conecta con el cosmos y que aún no entiendo de dónde viene.
Suspiro profundo, con toda la calma que soy capaz de encontrar, y cierro los ojos.
Entonces, lo alcanzo. Entro en él.
Como si su miedo y el mío fueran el mismo.
Confusión.
Un latido salvaje.
—Tranquilo —susurro, aunque no sé si lo digo en voz alta o solo dentro de mí.
El impacto no llega.
Abro los ojos.
El caballo está a escasos centímetros de mí. Sus cascos se han clavado en la madera. Su cuerpo tiembla. Su respiración sigue agitada, pero ya no está descontrolada.
Sus ojos me miran con calma.
Un silencio expectante cae sobre la plaza. Nadie se mueve. Nadie respira.
—¿Qué…? —murmura alguien.
El caballo baja la cabeza, despacio, y se acerca. Como si quisiera tenderme sus riendas.
Yo retrocedo, en parte asustada por lo que acaba de pasar. En parte no.
Entonces el mundo vuelve en forma de un estallido de murmullos. Las miradas caen sobre mí, una tras otra.
La más afilada siento que procede del centro de la plaza. Hukus me observa con una curiosidad que se clava en mi retina.
La voz de Draven se cuela en mitad del caos, cerca de mi oído.
—Si lo que querías era salir de aquí —dice—. Acabas de lograr justo lo contrario.