Una rosa de invierno 18 El asentamiento
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18 El asentamiento

Me coloco junto a Draven, detrás de su Bestia. El tamaño colosal de su musculatura frena el impacto del viento y nos permite avanzar con cierta facilidad.

El calor del refugio se ha ido demasiado rápido y el frío vuelve a instalarse en mis huesos como si nunca se hubiera marchado.

No puedo ver lo que tenemos delante, pero a los lados he empezado a notar un cambio. Hay algo más de vegetación. Árboles. Se alzan hacia el cielo desnudos, sin hojas; luciendo una corteza blanca y plateada que parece papel.

Bajo mis pies, la nieve deja de hundirse en la tierra húmeda. Mis botas encuentran una superficie rígida debajo. Es madera. Una pasarela. El suelo se convierte en una planicie helada sobre la que despunta vegetación salvaje. Es una especie de cenagal congelado.

La ventisca también remite y puedo asomarme para ver más allá de la Bestia.

Unos metros más adelante descubro estructuras bajas, excavadas en la nieve y reforzadas con madera oscura y pieles tensadas. No sobresalen demasiado de la isla de tierra que se yergue sobre el pantano; quieren permanecer escondidos.

El asentamiento no es grande, pero hay movimiento.

Veo figuras envueltas en capas gruesas desplazándose entre las construcciones.

Cuando la plataforma de madera acaba y nos internamos entre ellos, vuelvo a experimentar esa desagradable sensación de ser observada por todos. Miradas que se cruzan, cuchicheos, silencios forzados…

—No te separes —dice en voz baja.

—No pensaba hacerlo.

Atravesamos el asentamiento en silencio.

Draven es el único Morador. No veo más ojos blancos ni Bestias alrededor. Y me pregunto cómo ha acabado distanciándose de su pueblo.

Lo miro de reojo y contemplo su perfil. Nariz afilada, quijada fuerte, barba poblada, ojos grandes… Es un Morador, sin duda, pero ¿dónde está su Comunidad?

Llegamos a una estructura más grande que el resto. No hay ostentación en su diseño, pero está más protegida. Dos hombres custodian la entrada e impiden el paso.

—Me gustaría ver a Catriona —dice Draven en tono neutro—. La he encontrado en la estepa. Sola.

Los dos hombres me observan y componen una expresión casi idéntica. Empiezo a estar cansada de que me miren como a un ejemplar extraño.

—Pasad —dice uno de ellos.

La cortina de pieles se aparta y el calor me golpea de nuevo. Es más intenso que en el refugio, pero no veo ninguna fuente que lo irradie. No sé cómo lo consiguen.

El interior es amplio. Más de lo que aparentaba desde fuera. Y, allí dentro, el rumor del asentamiento se silencia.

La luz procede de varias lámparas de aceite dispersas por el suelo y de una oquedad central que actúa como lucernario. Hay pieles colgando de las vigas del techo y mobiliario funcional dispuesto por toda la estancia: una mesa, varias sillas, una cama, un aparador, un espejo…

Y, al fondo, con el brazo metido dentro de un puchero que todavía humea, hay una mujer.

Es grande. Corpulenta. Su cabello oscuro cae en una trenza gruesa sobre un hombro. Entre las hebras de pelo, se cuelan pequeñas cuentas metálicas que brillan como estrellas. Lleva pieles, como todos, pero en ella parecen una armadura.

Sus ojos también son oscuros.

—¿Qué quieres, Draven? —pregunta con cierta molestia—. ¿No ves que estoy comiendo?

Su voz es tosca. Rasga cuando emerge.

Draven me coge de la cintura y me obliga a dar un paso adelante.

—He traído algo que deberías ver.

Entonces sus ojos reparan en mí y me alivia percibir que su reacción no se parece a las demás. Ella me estudia con serenidad. Su atención va saltando de un sitio a otro de mi cuerpo: el pelo, los ojos, la boca, las manos, los pies… Y finalmente regresa al puchero.

—No sé cómo lo has hecho, Draven, pero te has superado —dice, y no hay ni pizca de sarcasmo en su voz—. Acabas de encontrar a la princesa Camila, de la Casa Velaryan.

Por un instante, siento que el pulso me abandona y tengo que sujetarme a Draven para no caer.

—¿Cómo…? —Soy incapaz de continuar.

—¿Cómo lo he sabido? —Alza una ceja sin dejar de comer—.

Como líder de la Resistencia, es mi deber estar al tanto de todos los movimientos políticos que se producen en el Continente.

He sabido que la hermana de la reina Genoveva desapareció hace unos días en un ataque de los hombres de Gorath a la residencia del duque de Taurenhold.

Ahora aparece aquí una chica, a todas luces de territorios del sur.

Manos finas, sin señales de trabajo físico.

Anillos con piedras preciosas en los dedos… ¿Queréis que siga?

Siento las manos de Draven titubear en mi cintura. Lo que sujetan ha adquirido ahora un valor distinto.

Catriona sigue comiendo, como si nada de lo que ha dicho tuviera la menor importancia.

Entiendo enseguida que es inútil que niegue nada. Todo encaja demasiado bien.

—Solicito asilo. —Es lo único que ahora mismo me interesa—. No me devolváis con él.

Catriona suelta una carcajada que hace temblar los cimientos de la construcción.

—¿Devolverte con él? —pregunta, incrédula—. Niña, eso sería lo último que haría. Mis últimos enfrentamientos con su alquimista mayor me han creado mala fama entre sus hombres.

Suelta la cuchara a un lado y por fin deja de prestar atención a la comida. En sus ojos veo un brillo peligroso.

—Pero puedo encerrarte en la Celda y olvidarme de que estás ahí —dice, y durante un instante estoy segura de que es eso lo que hará—. A menos que me cuentes por qué el rey Gorath ha decidido mandar su ejército al Oeste para secuestrar a su princesa.

Su amenaza no admite evasivas… ni silencios.

Mi pulso se acelera. Aquí se decide todo.

Al principio, siento el impulso de decir la verdad, de soltarlo todo: Cráneo, las agujas, la sangre, los experimentos… Pero luego me freno. Recuerdo lo que Lucian me ha dicho que soy: un arma. Aunque todavía no tenga claro de qué tipo. Y en el Continente todos parecen tener sus propios intereses.

Incluida la mujer que tengo delante.

—No puedo responder a eso —digo al final.

Catriona curva sus labios finos y chasquea la lengua.

—Venga, vuelve a intentarlo.

—No lo sé —repito, esta vez con más firmeza—. Los soldados entraron. Escapé… pero me apresaron en la nieve y me condujeron a Vhalzak.

No dejo que mi voz tiemble ni mi vista se desvíe. Estoy diciendo la verdad. Toda la verdad que puedo contar.

—¿Y una vez allí? —insiste Catriona.

—Me confinaron en una habitación, pero no me encerraron como a una prisionera. Me traían comida, me acompañaban a pasear por las murallas…

Toda la verdad que puedo contar .

Catriona ladea la cabeza. Siento que está midiendo cada palabra, cada gesto, cada respiración.

—¿Pretendes que me crea que eso es todo?

—Eso lo es todo. —La miro sin titubear. Segura de mí misma.

Y repito lo que me dijo Lucian—. Creo que Gorath espera que mi hermana responda; que ataque para rescatarme.

Esto romperá la posición neutral del Reino del Este y encontrará aliados para invadir el Oeste y llegar al Sur…

al yacimiento de materia . Mantenerme con vida es todo lo que necesita para seguir su estrategia.

La sonrisa del rostro de Catriona se ensancha hasta mostrar los dientes.

—O eres muy lista… —dice—. O estás muy bien entrenada para mimetizarte. Si descubro que mientes, la muerte será el menor de tus problemas.

Draven se remueve inquieto detrás de mí. Por un segundo, creo que va a decir algo más… algo que podría echar por tierra toda mi pantomima. Pero al final se contiene.

—No tengo más tiempo para ti. —Se levanta. Es casi tan alta como Draven—. Hay otros asuntos que requieren mi atención.

Levanta el brazo y nos señala la puerta.

—Pero no te creas que he terminado contigo. —El dedo de su otra mano me señala—. Mandaré a buscarte mañana. Hasta entonces, Draven, está bajo tu protección.

El Morador asiente y tira de mí hacia la salida.

Yo me dejo llevar. Estoy deseando abandonar el escrutinio de esa mujer inteligente.

—Una cosa más —dice antes de que salgamos—. Que nadie sepa quién es. El rey Gorath tiene oídos en todas partes y no podemos fiarnos ni de nuestros propios hombres.

* * *

El aire vuelve a golpearme en cuanto cruzamos la cortina de pieles.

La Bestia de Draven espera fuera y, al vernos salir, vuelve a adelantarse para servirnos de refugio.

Se abre paso entre la nieve con una facilidad que me resulta casi insultante.

He tratado de volver a sentirla, de establecer el vínculo, pero no lo he conseguido.

Ese… destello es caprichoso y solo parece mostrarse en los peores momentos.

Me ajusto la capa y trato de no perder el equilibrio sobre el suelo helado.

Sigo a Draven a través del asentamiento. No creo que esté muy contento de tener que hacer de cuidador de una desconocida, que además llama la atención por dónde pasa.

Una mujer aparta a su hijo al verme cruzar.

—¿Qué pasa, Draven? —dice un hombre, acercándose. El aire frío de cada palabra se condensa en una nube—. ¿Qué has pescado esta vez en la nieve?

Lleva dibujada una sonrisa de superioridad que dan ganas de borrársela a golpes.

La Bestia gruñe. Está de acuerdo conmigo.

—Un regalo para Catriona —dice sin detenerse—. Se ha mostrado más complacida que con el tuyo de la semana pasada.

La sonrisa del hombre se convierte en una mueca y se queda ahí, farfullando.

Después de eso, nadie más se acerca a hablarnos. Y yo aprovecho.

—Gracias —digo en voz baja, para que solo él pueda oírme.

Draven no responde de inmediato. Avanza haciendo crujir la nieve bajo su peso como si no me hubiera oído.

—Por no decir nada —añado—. A Catriona.

Gira entonces la cabeza, lo suficiente para que sus ojos claros me alcancen por encima del hombro.

—No lo he hecho por ti. —Parece un poco molesto, no sé si por el comentario anterior del hombre o por tener que responsabilizarse de mí—. Esa información es relevante, pero si la hubiera transmitido ahora no habría obtenido ningún beneficio.

No aparta la mirada de la mía cuando añade:

—Ya decidiré cómo usarla para sacarle partido.

No sé si sentirme aliviada o más en peligro que antes.

Atravesamos un tramo más amplio del asentamiento.

Las construcciones se separan unas de otras y desembocamos en lo que parece una plaza central.

El suelo aquí vuelve a estar reforzado con tablones anchos de madera que crujen bajo nosotros.

Varias personas se reúnen alrededor de una estructura más grande que las demás.

Mi atención se fija en ella.

Sobre la entrada, tallado en un tablón de madera oscura, hay un emblema.

Es sencillo. Casi tosco.

Una especie de tallo vertical del que nacen hojas alargadas y curvadas hacia los lados. En la parte superior, una forma cerrada, compacta, como un capullo o una espiga. No es exactamente una flor, pero tampoco otra cosa.

—¿Qué representa? —pregunto, sin apartar la vista.

Draven sigue mi mirada.

—Nuestro símbolo.

—¿Es… —dudo—, una flor?

Él suelta una risa breve, seca.

Nos acercamos un poco más a la construcción, lo suficiente para que yo pueda ver mejor el dibujo.

—Es una rosa de invierno.

La revelación se asienta en mi interior y todo encaja de golpe.

—Entonces… —susurro—. Estamos en un asentamiento rebelde.

Draven menea la cabeza mientras sonríe.

—No nos gusta que nos denominen así —dice, con la vista puesta en el emblema—. Preferimos ser la Resistencia.

Yo alzo los ojos de nuevo hacia la talla.

—Nunca he visto una —digo, con el ceño fruncido—. Una rosa de invierno.

Esta vez sí emite una risa completa. Más clara, divertida.

—Claro que no. —Se apoya en uno de los postes de madera de la construcción y se cruza de brazos frente a mí—. Porque no es una rosa de verdad. Es una idea. Un concepto.

Guardo silencio. Esperando.

—Una rosa —continúa—, es frágil, hermosa, fácil de arrancar. —Hace una pausa—. El invierno aquí, en cambio, lo devora todo. Arrasa. Mata. No deja nada en pie.

Sus ojos se deslizan por mi rostro, estudiando mis reacciones.

—Pero imagina una flor que no se destruye. Que no se marchita. Que, en lugar de morir con el frío, se aferra a la tierra y sobrevive.

El viento levanta un poco la nieve a nuestro alrededor. Subraya sus palabras.

—Eso es una rosa de invierno —concluye—. Algo que no tiene sentido que resista… pero lo hace.

Miro de nuevo el símbolo, y ya no me parece tan simple.

—Así sois vosotros —digo, casi sin darme cuenta.

Draven asiente.

—Débiles frente a Gorath —añade—. Pero lo bastante obstinados como para no desaparecer.

El silencio que sigue no es incómodo. Está cargado de significado.

Draven se separa del poste y vuelve a caminar.

—Ven. Mi refugio está por aquí.

Lo sigo otra vez, pero ahora el asentamiento se siente distinto. Ya no es solo una sucesión de construcciones levantadas sin propósito. Ahora comprendo el desafío. La resistencia.

Más allá de Glasbow hay algo que no está completamente en manos de Gorath. Ni de Corwan. Ni de nadie más. Salvo, quizás, de aquellos que se niegan a desaparecer.