17 El hielo
El viento aúlla a mi alrededor.
No es un sonido constante. Va y viene, como si el Norte me respirara en la cara, como si la propia estepa tuviera vida y decidiera cuándo dejarme avanzar… y cuándo recordarme que no pertenezco a este lugar.
Cada paso es más difícil que el anterior.
La nieve se hunde bajo mis pies, traicionera, ocultando el hielo afilado que amenaza con hacerme caer en cualquier momento. Las botas están empapadas. No siento los dedos de los pies… tampoco los de las manos.
Ni siquiera sé cuánto tiempo llevo caminando.
El mundo se ha reducido a blanco y gris. A ráfagas de viento que me golpean el rostro para arrancármelo. Tengo la sensación constante de que, si me detengo, aunque solo sea un instante, no volveré a levantarme.
Cada respiración es un cuchillo helado que me quema los pulmones.
Sigo un poco más… durante lo que me parece una eternidad. Hasta que las piernas empiezan a temblar. Y a fallar.
Caigo de rodillas sobre la nieve.
El impacto apenas duele. El frío lo anestesia todo, incluso el miedo.
Apoyo las manos en la nieve para incorporarme, pero no me sujetan. Se hunden, torpes. No parecen mías.
La ventisca arrecia. Me rodea. Me envuelve. Me borra.
Y entonces tomo consciencia de lo que se avecina. Aquí termina todo.
Cierro los ojos y me abstraigo de todo lo demás… Busco dentro de mí y, por primera vez desde que salí de Lirien, usada como moneda de cambio por mi hermana, no siento pánico.
Atrás quedó la angustia de ver cómo me sujetaban, cómo me abrían la piel, cómo decidían por mí… El pensamiento se asienta en mi interior con una calma extraña: si muero aquí, será porque yo lo he querido.
Nadie me habrá utilizado. Nadie habrá decidido por mí.
Una risa débil se escapa de mis labios agrietados.
Qué ironía. He tenido que llegar al borde de la muerte para sentir, por primera vez, que soy libre.
Mis fuerzas se agotan.
El cuerpo se inclina hacia delante y la nieve me recibe. Fría, silenciosa. Final.
Sin embargo, antes de apagarme… siento una presencia. Algo totalmente diferente a todo lo que he presentido hasta ahora. Es pesada, violenta, antigua… Como si el más puro instinto de supervivencia cobrara forma y se acercara.
Abro los ojos.
Al principio no distingo nada. Solo formas que se mueven en la ventisca. Sombras dentro del blanco.
Pero, poco a poco, va tomando forma.
Es enorme. Mucho más que el huargo que he visto estos días. Su silueta detiene el viento como un muro. Avanza hacia mí con una rapidez que no es natural. No parece de este mundo… y me pregunto si no será el ángel de la muerte que viene a reclamar mi alma.
Intento incorporarme, pero es imposible.
Da igual. No da tiempo. Llega hasta mí antes de que pueda pensar una manera de escapar.
Veo dos puntos rojos en la tormenta. Dos ojos fijos en mí. Esperando… y el tirón responde. Mi mente se escabulle hacia esa presencia. Y la alcanza.
Brutalidad.
Salvajismo.
Calor.
Un latido inmenso.
Y hambre.
—Yo no soy tu comida.
La bestia ruge y se aparta. Su aliento forma nubes densas en el aire. Su tamaño bloquea la ventisca.
Lo que tengo delante es la Bestia de un Morador del Hielo. Podría matarme, pero no lo hace, porque puede sentirme igual que yo la siento a ella. Y la curiosidad es más fuerte que su instinto de caza.
Un sonido rompe el momento.
Una voz a mi espalda.
—Por el Dios Helado, ¿qué demonios…?
Elevo despacio la cabeza. Todo lo que puedo, que no es mucho.
Una figura emerge entre la tormenta. Es alta y va envuelta en pieles. El viento agita su capa, pero no consigue ocultar su silueta firme.
Se acerca y se inclina sobre mí. Una expresión de sorpresa contrae su rostro al verme.
—Si es una chica… y está viva.
Yo solo puedo fijarme en sus ojos.
Azules. Tan claros que parecen blancos. Como la nieve. Como el hielo en el que sobreviven.
Me ven. Me atraviesan.
Yo intento decir algo, pero no lo consigo.
El mundo se oscurece y lo último que veo es su expresión: el asombro ha dado paso a una curiosidad extraña.
Luego, todo se desvanece.
* * *
Un segundo antes de despertar, creo que he vuelto a Glasbow. Ya no hay ventisca, ni aullido del viento, ni nieve helada arreciando contra mi rostro.
Huele a pelo de animal mojado y a carne en salazón.
Abro los ojos y me incorporo de golpe.
Durante un instante no entiendo lo que veo. Todo es difuso. Sombras que se mueven en paredes que no son de piedra… ni de madera.
Parpadeo y el mundo se ordena.
Me encuentro en una estancia excavada en el hielo. Las paredes son translúcidas, con vetas blanquecinas que atrapan la luz de pequeñas piedras lunares amontonadas en el centro. Sus reflejos danzan en el techo del refugio.
Estoy cubierta con pieles. Son pesadas y calientes.
Mi cuerpo protesta cuando intento moverme. Un dolor sordo se extiende por mis extremidades, pero es soportable. Al fin y al cabo, estoy viva.
Una voz se alza en el silencio.
—Por fin despiertas.
Me incorporo y alzo la vista. Él está sentado al otro lado del fuego. Reconozco al instante los ojos tan azules que rozan el blanco. Aquí, en la penumbra, parecen aún más irreales.
Está inclinado hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas. Y me observa.
Su bestia yace detrás. Dormida. El calor que desprende calienta el refugio.
—Creí que no ibas a hacerlo —añade.
Su voz es grave, baja. Tiene algo áspero, como el hielo cuando se quiebra.
Las pieles resbalan ligeramente cuando me muevo. Las sujeto para mantener el frío lejos de mí.
—Gracias —digo.
Mi voz suena más fuerte de lo que esperaba.
Él no responde, solo me mira durante demasiado tiempo. Me incomoda.
—¿Quién eres? —pregunta sin adornos. Tiene un acento cerrado que suena hostil—. ¿Por qué mi Bestia no te ha devorado?
No puedo decir la verdad. No sé a quién tengo delante ni lo que podría hacer si se entera de lo que soy en realidad.
Pienso rápido.
—Iba en el cortejo del nuevo conde de Glasbow y me perdí en la ventisca.
Las palabras salen más fluidas de lo que esperaba. Suenan casi creíbles.
Casi.
Él ladea un poco la cabeza. Hay algo en su expresión que me dice que no le convence mi explicación.
—¿Nadie te vio desaparecer?
—No.
Sostengo su mirada, no puedo permitirme un gesto de duda ahora.
—Los perdí.
La Bestia resopla a su espalda y las paredes del refugio tiemblan ligeramente.
—Ya. —Se incorpora.
Es alto. Mucho más de lo que parecía sentado. Las pieles que lleva sobre los hombros se mueven con él, pesadas, curtidas. No hay ostentación en su forma de vestir. Todo en él es práctico y funcional.
Los ojos blancos son un rasgo distintivo de los Moradores del Hielo, y la Bestia que lo acompaña, una especie de rata gigante y musculada que camina a dos patas; están unidos por un vínculo complejo: mitad biológico, mitad alquímico.
Las Moradoras los gestan a la vez, y dan a luz por partida doble: un humano y una bestia, que viven en simbiosis hasta la muerte de uno de ellos.
—Eso sigue sin responder a mi pregunta. —Sus extraños ojos se clavan en los míos.
—¿Qué pregunta?
—¿Por qué mi Bestia no te devoró?
Un silencio tenso se instala entre nosotros.
—¿Qué le hiciste? —No hay acusación en el tono de su voz, pero tampoco es una curiosidad inocente.
Niego con la cabeza, intentando aparentar incredulidad.
—Nada.
Entrecierra los ojos.
—No sabes mentir bien.
Aprieto los puños debajo de las mantas. No sé qué decir. No me sale nada.
—No lo sé —insisto en mi versión—. Yo solo… estaba a punto de morir.
Sus ojos me recorren en silencio. Observan mi postura, mi pelo rubio, mi piel fina… Trata de adivinar lo que estoy ocultándole.
—No eres una simple extraviada —afirma.
Vuelvo a apretar los puños para liberar la tensión.
—Tú tampoco pareces un simple Morador —respondo antes de pensar—. ¿Dónde está tu manada?
Se produce un silencio breve y luego sus labios se curvan un poco. No es una sonrisa, pero se le parece mucho.
—Draven —dice al fin.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo?
—Mi nombre —aclara, y la forma en la que lo dice no suena del todo a presentación—. Es Draven.
Se gira y recoge algo del suelo. Se trata de una lanza corta, de madera oscura. La ajusta a su espada con naturalidad.
—No puedo dejarte aquí —dice—. Y menos sin saber qué hiciste ahí fuera.
El estómago se me contrae.
—No hice nada.
—¡Oh! Ya lo creo que sí, pero no lo decidiré yo.
Se dirige hacia la salida del refugio. Una apertura baja, cubierta con pieles gruesas que se mueven con el azote del viento exterior.
—Vamos. —Me tiende la mano.
—¿A dónde?
Su mirada vuelve a atravesarme.
—A ver a Catriona. —Pronuncia el nombre con orgullo—. Ella decidirá qué hacer contigo.
Luego silba con fuerza y la Bestia se mueve.
Cuando pasa por mi lado, me reflejo un instante en sus ojos rojos. Su atención pasa por mí sin detenerse, aunque siento que me reconoce. Que me acepta.
Draven vuelve a dibujar un gesto confuso. Parece que le cuesta asimilar lo que está viendo.
—Increíble. —Es lo último que musitan sus labios antes de desaparecer al otro lado de la cortina de pieles.
Yo me levanto y le sigo. No tengo más opción que esa o probar suerte de nuevo en la muerte helada de la estepa. Y, de momento, sigo eligiendo vivir, aunque eso signifique enfrentarme al futuro incierto de no saber quién soy en realidad.