16 Futuro inmediato
Abandono la habitación del nuevo conde de Glasbow con un vacío desolador en el pecho. El pasillo se deforma a mi alrededor: una boca negra que quiere tragarme. Cada palabra de Lucian sigue latiendo dentro de mi cabeza, golpeando una y otra vez contra mis sienes.
Eres nuestra oportunidad.
Me sujeto a una pared para tomar aire.
Nunca he estado más sola que ahora: ni Genoveva, ni Lucian… nadie va a poner en peligro su estabilidad por mí. Van a sacrificarme por lo que consideran un bien mayor. No soy más que la pieza prescindible del tablero. La ofrenda necesaria para la victoria…
Cojo una bocanada de aire y doblo la esquina del corredor. Me detengo en seco.
Cráneo, escoltado por los soldados, flanquea el pasillo y bloquea cualquier salida. Aún tiene una mano vendada por el mordisco de la rata.
—Perfecto —dice, sonriendo con esa satisfacción malsana—. Justo iba a mandar buscarte.
Doy un paso atrás.
—Hoy terminaremos lo que tenemos pendiente.
Los soldados avanzan… y algo dentro de mí termina de despertar. La idea brota en mi cabeza de manera natural, como si siempre hubiera estado ahí, y solo esperara el momento de salir a la luz.
Si no me salvo yo, no va a salvarme nadie.
—Cogedla.
—No —digo. Y esta vez no es una súplica, es una decisión.
Me doy la vuelta y echo a correr en dirección contraria. A mi espalda, escucho sus botas golpear contra el suelo y el metal de sus espadas contra el cinto.
No sé hacia dónde me dirijo, solo sé que tengo que escapar de ellos.
Veo una puerta abierta y me cuelo dentro de la estancia. Hay muchos muebles. Cierro a mi espalda y coloco una silla para bloquear la puerta. Los soldados arremeten con fuerza contra ella. Es cuestión de segundos que venzan.
Miro a mi alrededor. Hay otra puerta en el otro extremo. Me dirijo hacia ella, pero entonces noto el tirón. Esa grieta que ya he notado antes. La fisura por la que mi esencia quiere escapar.
Cierro los ojos y me dejo fluir.
Penumbra.
Bigotes temblando.
Visión roja.
Cuando abro los ojos la rata está ahí, en el otro extremo de la habitación, arañando el extremo de un tapiz gigante que cuelga de la pared.
Por aquí.
Le hago caso. No es el momento de preguntarme si estoy loca por entender lo que me ha dicho. Levanto la tela, mientras la madera cruje bajo las embestidas de los soldados, y descubro otra puerta.
Cuando acciono el manillar, se abre y deja a la vista unas escaleras que descienden.
Miro sorprendida a la rata, pero el animalillo ya ha comenzado a bajar.
Le sigo.
Dejo atrás las voces de los soldados que parecen haberse multiplicado. El corazón me golpea tan fuerte que siento que voy a romperme por dentro.
Descendemos al amparo de una oscuridad que me resulta amiga y enemiga a la vez.
La rata se detiene un instante al final de las escaleras, en una puerta entreabierta. Se asegura de que la sigo, y luego desaparece al otro lado.
Y la imito. El aire helado me golpea en el rostro. Hemos llegado a un patio lateral. En el otro extremo, el portón de entrada de mercancías me conduce a la libertad. Solo tengo que dar unos pasos más…
—¿A dónde crees que vas?
Me quedo congelada.
Corwan está a mitad de camino. Tiene una espada en la mano y el rostro sudoroso. Tan solo lleva puesta una fina camisa negra con los cordones desabrochados y unas mallas. Está entrenando.
—Apártate —digo.
La nieve cae entre nosotros con una suavidad impropia para este momento.
Su figura se recorta contra la luz gris del cielo. Imponente. Inevitable.
—¿Estás tratando de escapar?
Da un paso hacia mí. El instinto me pide que retroceda, pero me mantengo firme.
—No voy a volver —digo—. No voy a dejar que me toquen otra vez.
Algo cruza su mirada mientras se acerca. Oscuro, violento, pero contenido.
—No entiendes lo que está en juego.
—Creo que empiezo a hacerlo.
La respuesta sale sin pensar, pero es cierto. Nunca he sido tan consciente del coste político en el Continente como ahora.
Corwan se detiene a un par de pasos de mí. Su sombra me cubre y, por un instante, siento el calor de su cercanía.
—No puedo dejarte ir —dice en voz baja—. Lo sabes, ¿verdad?
Alarga la mano. Mi cuerpo me pide retroceder de nuevo, pero tampoco lo hago. Hay algo más profundo que me grita que me quede.
Sus dedos se cierran alrededor de mi muñeca y el mundo estalla. No es un simple contacto, es un choque. Mi cuerpo responde. Violento. Incontrolable.
Nuestras respiraciones se entrecortan.
—¿Qué…? —empiezo.
Sin embargo, no termino; porque su agarre se tensa y me arrastra hacia él.
Entonces todo se vuelve físico. Lucho por soltarme: empujo, araño, me retuerzo… Pero él es más fuerte.
—¡Basta! —gruñe—. Vas a hacerte daño.
—Entonces, suéltame.
Mi rodilla impacta contra su muslo. Él apenas se mueve, pero su agarre vacila un segundo. El tiempo suficiente para liberarme medio paso… pero no lo consigo. Se inclina un poco y vuelve a atraparme. Más cerca esta vez.
Su brazo rodea mi espalda y el otro me sujeta la muñeca. Mi cuerpo choca contra el suyo y todo se detiene. Está demasiado cerca. Puedo sentir su respiración en mi cuello. Su pulso en el pecho. Desbocado.
—No hagas esto —dice.
Sus ojos se deslizan por mi rostro, con la avidez de un hambriento buscando alimento.
Se detienen un instante en mi boca. Y luego suben hasta que nuestros ojos se encuentran.
Veo una grieta. Una duda. Ese instante en el que deja de ser el hombre que obedece…
y se toma la licencia de ser el hombre que siente.
—Entonces no permitas que me haga más daño —susurro.
La nieve sigue cayendo alrededor y el mundo contiene el aliento.
Sus dedos se tensan sobre mi espalda, sobre mi muñeca. Y luego… vacilan. Apenas un instante, pero suficiente para percibirlo.
Y lo aprovecho.
Me retuerzo con todo lo que tengo. Mi cuerpo se desliza entre sus brazos. Pierdo el equilibrio y caigo sobre la nieve del patio, pero no me detengo. Ruedo y me levanto.
Corro sin mirar atrás. No quiero ver si me sigue. No quiero ver si me deja ir.
Cuando la puerta del patio cede y se abre hacia la estepa helada del norte, solo mis pasos resuenan en la fría escarcha del suelo.