15 El capitán de la guardia
El ruido de voces inquietas me despierta. Todavía no ha amanecido, y la penumbra en la que está sumida la habitación me impide recordar dónde estoy durante unos segundos.
El murmullo asciende desde el patio de la fortaleza y se cuela a través de la ventana.
Me incorporo despacio, todavía aturdida. El roce de mis dedos con las mantas calientes me devuelve de golpe al recuerdo del pasillo.
Corwan.
Su tacto vuelve a agitarme con esa violencia incómoda.
Meneo la cabeza. No voy a permitirme pensar en él ni un instante más.
Aparto las mantas y me levanto. Cruzo la habitación y separo la cortina de la ventana. El espectáculo se muestra ante mí de inmediato. El patio interior está lleno: soldados, criados, habitantes de Glasbow… forman un círculo silencioso alrededor de una plataforma central montada para la ocasión.
Es una horca.
Un oscuro presentimiento me repta por la piel.
Busco con desesperación entre la multitud hasta encontrarlo. El capitán de la guardia está arrodillado sobre la nieve, a pocos metros del cadalso, con las manos atadas a la espalda. Tiene el rostro magullado, pero mantiene la cabeza alta.
Lucian aparece entre los soldados. Lleva una capa oscura sobre los hombros y una casaca con el escudo de su casa en el pecho. Su cabello rubio ondea mientras avanza hasta colocarse frente al capitán.
El silencio se ha adueñado del patio.
Lo único que escucho es mi pulso latir con fuerza contra mis sienes.
Lucian está ahí para detener la ejecución… tiene que ser eso.
El nuevo conde de Glasbow se detiene frente al condenado y realmente creo que va a parar todo aquello, que mis esperanzas tienen una base sólida a la que agarrarse.
Su voz se eleva en el patio. Potente. Autoritaria.
—Abusaste de la confianza que el conde Zuma había puesto en ti y lo traicionaste, no solo a él, también al rey. ¿Qué tienes que decir?
El capitán de la guardia levanta la vista hacia él. No hay miedo en sus facciones, solo orgullo y determinación.
—No traicioné a nadie.
Lucian sostiene su mirada y no responde.
Desde aquí arriba, soy capaz de intuir la lucha interior que está librando. En algún lugar dentro de él, sabe que lo que está a punto de ordenar es una aberración, una condena a su alma de la que no habrá retorno. Pero, aun así, va a permitirlo.
Dos hombres se adelantan y conducen al capitán a la plataforma. Lo obligan a situarse sobre la trampilla y colocan la cuerda alrededor de su cuello.
Desearía apartarme de la ventana y no mirar, pero no puedo, porque necesito saber si finalmente Lucian no va a intervenir, si va a quedarse de brazos cruzados mientras se ejecuta esa gran mentira.
Keira y Cráneo también están entre la multitud, observando, asegurándose de que se cumple su voluntad y la de Gorath. A quien no veo por ningún lado es a Corwan.
El capitán mira hacia la multitud y sus ojos encuentran a alguien, no sé a quién, pero sonríe. Es una sonrisa pequeña, digna. Como la que Rufus me dirigió a mí antes de que la espada le cercenara la cabeza.
Luego la trampilla se abre y el crujido de su cuello al partirse resuena seco en todo el patio.
La mayoría de los presentes aparta la vista.
Yo me separo de la ventana de golpe y siento una náusea violenta retorciéndose dentro de mí.
No ha intentado detenerlo. Ni siquiera ha vacilado lo suficiente.
Me apoyo contra la pared, respirando deprisa, y allí permanezco durante horas, rememorando una y otra vez la forma antinatural del cuello del capitán y el rostro impasible de Lucian contemplando la escena.
Al cabo de un rato decido salir. No soporto más el silencio asfixiante de esa habitación.
Recorro los pasillos con la sensación de que todo luce más oscuro, más hostil. Como si el aura de Gorath hubiera invadido la fortaleza durante la noche.
Necesito hablar con Lucian, entender cómo ha podido hacerlo.
Los pasillos están llenos de actividad desde primera hora. La nueva organización tras la muerte de Zuma debe completarse cuanto antes para evitar perder la posición frente a los rebeldes.
Encuentro a Lucian en la armería. Está solo revisando el inventario de espadas. Cuando alza la vista y me ve, su expresión se demuda en tristeza.
—Camila…
Cierro la puerta tras de mí.
—No has hecho nada.
Lucian se desploma sobre una de las sillas dispuestas por la sala.
—Intenté detenerlo.
—No lo empeores y no me mientas a la cara. No has movido ni un dedo.
Mi reproche alcanza su rostro y compone un gesto de dolor.
—No entiendes cómo funciona esto. —Se pasa una mano por la frente para quitarse el sudor pese a las bajas temperaturas—. No puedo posicionarme abiertamente en contra del discurso de Keira o de Corwan…
—¿Discurso? —No entiendo de qué demonios me está hablando—. Se trataba de impedir el asesinato de un inocente.
Lucian se levanta de la silla y se aproxima a mí despacio.
—Todavía no tengo suficiente poder para enfrentarme a ellos.
—Entonces, ¿quién gobierna realmente aquí?
El silencio responde por él. Baja la mirada.
—¿Crees que no me afecta? —murmura—. He pasado toda la noche viendo su rostro cada vez que cerraba los ojos.
Me coge de las manos y las acaricia con suavidad. He anhelado tanto este contacto que por un momento me siento tentada a dejar de pelear. Solo quiero reencontrarme con el Lucian que conocí en Taurenhold.
—Estoy intentando sobrevivir, Camila.
La tristeza de su voz me atraviesa porque entiendo exactamente lo que quiere decir.
Entonces Lucian me besa, con dulzura, y yo le respondo, porque necesito recordar que una vez fui otra persona… que una vez amé algo sencillo.
—Si me das tiempo —dice cuando nos separamos—, prometo hacerte condesa conmigo en este lugar.
Retrocedo despacio. El vértigo me sacude por un instante. ¿Condesa? ¿De Glasbow? Me quedo sin palabras, sin saber si es eso lo que quiero o si me horroriza la idea.
—¿Y Cráneo? —pregunto en su lugar—. ¿Qué pasa con sus experimentos hasta entonces? ¿Harás lo mismo que con el capitán?
El silencio cae de nuevo. Pesado. Definitivo.
—Necesito tiempo, Camila —me responde, más bajo—. Y, de momento, tú eres demasiado importante para Gorath en esta guerra.
Es entonces cuando lo entiendo. No va a ayudarme. Bajo ningún concepto.
Algo dentro de mí se rompe con un sonido limpio. Sin estridencias. Sin lágrimas. Solo… se quiebra.
Asiento despacio.
—Claro.
Me doy la vuelta antes de que vea lo que hay en mis ojos. O más bien, lo que ya no hay.
Doy dos pasos hacia la puerta.
—Camila.
Me detengo, pero no me giro.
—No eres una víctima. —Su voz me alcanza, firme—. Eres nuestra oportunidad de futuro.
Aprieto los puños hasta que se me clavan las uñas. No voy a volver a suplicar.
Luego abro la puerta y salgo sin mirar atrás.