Una rosa de invierno 14 Cae la tarde
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14 Cae la tarde

La fortaleza se me antoja distinta ahora que Lucian está en ella.

Este reencuentro es lo que llevo esperando desde que desperté en la solitaria celda de Vhalzar y, sin embargo, no siento la explosión de felicidad que pensaba que sentiría.

Supongo que tiene que ver con la forma en la que ha aparecido y lo que representa ahora.

Sin embargo, eso no significa que no pueda seguir siendo la persona que me salve de este destino.

La presencia de Lucian ha llenado los corredores de soldados entrando y saliendo de las diferentes salas, de mensajeros cubiertos de nieve, cuervos esperando en las almenaras y criados que corren con braseros encendidos.

Camino sola por una de las galerías exteriores mientras la tarde avanza.

Nadie me detiene ni me vigila. Disfruto de la libertad de sentirme invisible.

Apoyo las manos sobre la piedra helada de la balaustrada y observo el patio interior.

Abajo, varios soldados entrenan sobre la nieve.

El acero choca una y otra vez mientras los gritos de los instructores atraviesan la fortaleza.

Al fondo se alzan las murallas oscuras de la fortaleza dominando el paisaje.

—Así que es aquí donde te escondes.

La voz de Keira me sobresalta.

Aparece detrás de mí con el gesto cansado y varios pergaminos bajo el brazo.

—No me escondo.

Ella resopla.

—Claro.

Se coloca a mi lado y también observa el patio. Ninguna de las dos habla al principio.

—Es él, ¿verdad? —pregunta al cabo de un rato.

Es imposible que trate de disimular. Lo llevo pintado en la cara.

—Me parece que has elegido mal tu carta de rescate. —No hay sarcasmo en su tono.

Aprieto las manos contra la piedra de la balaustrada.

—No estés tan segura.

—¿Qué te ha prometido?

Ahora sí detecto un leve deje de condescendencia.

Abajo, en el patio, los metales siguen chocando y los gritos de los soldados se elevan hasta nosotras.

—Ya lo verás. —Sonrío de medio lado.

Me encantaría decírselo, contarle que Lucian va a detener esa ejecución injusta, que va a impedir que Cráneo siga haciéndome daño, que va a ayudarme a volver a casa… pero temo que, al decirlo en voz alta, me dé cuenta de lo imposible que suena y toda mi esperanza se desmorone.

Keira se aparta para marcharse.

—Si buscas un sitio donde pasar el tiempo hasta que nos marchemos, hay una biblioteca en lo alto de la torre.

—¿Una biblioteca?

Keira sonríe al observar mi reacción.

—Sí. Ya sabes que en el Norte también aprendemos a leer.

Le lanzo una mirada molesta y hace una leve inclinación de cabeza antes de alejarse por el corredor.

Yo permanezco unos minutos más observando el movimiento del patio y termino levantando la mirada hacia la torre.

* * *

La biblioteca ocupa una estancia circular bajo la cúpula de piedra.

Es la más pequeña de cuantas he visitado, pero conserva esa sensación de calidez que me transmiten todas. Las estanterías ascienden hasta el techo y están cargadas de volúmenes envejecidos.

El olor característico a cuero me envuelve nada más entrar y dejo de estar en Glasbow. De golpe he vuelto a ser la chica que pasaba horas escondida entre libros mientras Genoveva atendía a lecciones de política y el mundo parecía todavía sencillo detrás de la protección de nuestro padre.

Paso los dedos por algunos lomos: historia de las Casas del Norte, tratados de guerra, navegación, y alquimia.

Estos últimos siempre estuvieron prohibidos para nosotras en Lirien.

Mi padre se aseguró de que nunca hubiera lecciones sobre conjuros, materia y alquimia en palacio…

Y empiezo a entender la razón. La voluntad del hombre se quiebra con facilidad frente a estas artes.

La tarde termina deslizándose lentamente mientras permanezco allí, refugiada entre libros y silencio. Dentro de aquellas paredes, la sensación de sentirme a salvo parece casi real. Por eso apuro todo el tiempo posible, hasta que ya noto que los párpados me pesan demasiado para seguir despierta.

Cuando abandono la biblioteca, la fortaleza de Glasbow ya duerme.

Las antorchas proyectan sombras largas sobre los pasillos de piedra y apenas quedan soldados haciendo guardia.

Camino despacio hacia mi habitación y, cuando doblo en uno de los corredores, me lo encuentro de frente. Corwan avanza en dirección contraria y va solo.

Mi pie trastabilla contra la piedra y me detengo. Él también titubea. Soy consciente del instante en el que la duda cruza su rostro y considera darse la vuelta. Sin embargo, decide avanzar.

Cada paso suyo retumba demasiado fuerte en el corredor.

Yo también reanudo la marcha.

Seguimos caminando el uno hacia el otro mientras el pasillo se estrecha a nuestro alrededor.

Corwan lleva la capa oscura abierta sobre los hombros y el cabello negro todavía húmedo por la nieve. Luce un aspecto agotado.

Cuando por fin llegamos a la misma altura, ninguno de los dos dice nada, pero el dorso de sus dedos roza apenas mi mano y una sacudida brutal me agita la respiración. Noto cómo él también se remueve.

No ha sido un contacto casual, él lo ha buscado.

El corredor queda suspendido en un silencio irreal.

Corwan baja la vista un segundo hacia nuestras manos y luego aprieta la mandíbula.

Sin decir una sola palabra, reanuda el paso y sigue caminando. Pero el calor de ese roce permanece pegado a mi piel mucho después de que desaparezca al final del corredor.

Cuando llego a mi habitación, Keira todavía no ha regresado.

Me cambio despacio y me meto bajo las mantas, pero el sueño está lejos de regresar. El tacto de sus dedos lo ha espantado.