Una rosa de invierno 13 El nuevo conde de Glasbow
39%

13 El nuevo conde de Glasbow

Keira me ha sacado de la cama pese a mis quejas. Dice que ya ha pasado demasiado tiempo, que debo estar recuperada… Lo que ella no sabe es que mis heridas no se pueden ver.

El salón está lleno de hombres y mujeres de mirada atenta. Todos pendientes de la puerta de entrada, que ahora está cerrada.

Esperan que el nuevo conde de Glasbow entre de un momento a otro. Poco se sabe sobre su identidad, por eso la expectación es máxima.

Keira y Corwan están frente a la puerta. También aguardan en silencio, con una calma construida. Forzada.

Yo no debería estar allí, pero lo estoy.

Apoyada en uno de los pilares de piedra, envuelta en una capa que no logra expulsar el frío que se me ha quedado dentro. El cuerpo aún no me responde del todo, y cada pulso es lento. Siento que algo me arrastra hacia abajo.

Unos pasos se escuchan al otro lado de la puerta. Firmes sobre la piedra. Hay algo en ese eco que reconozco antes de querer hacerlo.

Contengo la respiración sin saber muy bien por qué.

La puerta se abre y entra un soldado portando un estandarte. Un bisonte negro sobre un fondo rojo. Detrás de la tela, otra figura ha cruzado el umbral. Solo atino a ver una capa oscura. Una espada a la cintura. Una casaca roja…

Da un paso hacia delante para acercarse a Keira, y entonces veo al nuevo conde de Glasbow.

Y reconozco su rostro.

Es Lucian.

¿Qué significa esto? Él era fiel a Taurenhold. Al conde Rhogar. ¿Qué hace detrás de ese estandarte?

El corazón se me desboca.

Se detiene frente a Keira y hace una leve inclinación de cabeza.

—Lady Keira. —Su voz… es su voz—. Por orden del rey Gorath asumo el control de Glasbow hasta nuevo aviso.

Keira le devuelve el saludo.

—Sois bienvenido, lord Lucian. El rey Gorath ha sido justo con la elección.

—¿Disteis con el traidor que orquestó la muerte del anterior conde?

—Lo hicimos —responde—. Fue el propio capitán de la guardia. Encontramos más rosas de invierno entre sus pertenencias.

Me llevo una mano a la boca para ahogar un grito. Es mentira. Pero no puedo decirlo o todos los soldados se echarán sobre nosotros.

—¿Dónde está el traidor? —pregunta Lucian, paseando su mirada entre los presentes.

Sus ojos me encuentran y un latido salta en mi garganta. En las sienes. En cada rincón de mi cuerpo.

Sin embargo, no veo reacción en él. Ningún gesto. Ningún titubeo. Su mirada se desliza sobre mí como si no me conociera.

—En los calabozos de la fortaleza —responde Keira.

—Entonces sacadlo de ahí. —Su voz es firme—. Lo ejecutaremos al amanecer.

Un murmullo recorre el salón. Y yo solo puedo sentir cómo algo dentro de mí se rompe. Porque está aquí, pero no es él.

Y eso duele más que no haberlo recuperado.

* * *

Los veo abandonar el salón sin una sola palabra más.

Lucian, Keira y Corwan atraviesan las puertas y se internan en el corredor sin detenerse. Sus botas rozan la piedra con un susurro áspero que se pierde en la penumbra. Hablan en voz baja, pero sus gestos contenidos son suficientes para intuir la tensión.

Los sigo.

Sé que no debería hacerlo. Es una imprudencia, pero la presencia de Lucian es demasiado poderosa para estarme quieta.

El cuerpo todavía se queja y las piernas responden con torpeza. Sin embargo, la necesidad de saber es más fuerte que el cansancio y tira de mí.

Llegan al final del pasillo y entran en la última habitación.

Corwan se gira para cerrar la puerta y me ve.

No dice nada, solo sostiene mi mirada un instante, y tengo la impresión de que está a punto de decir algo… pero no lo hace. Luego me da la espalda y cierra la puerta en mis narices.

El golpe de la madera resuena en mi pecho.

Me quedo ahí, quieta. Sintiéndome exactamente lo que soy para ellos: algo que se usa… Nada más.

Me giro, dispuesta a marcharme, y veo que la puerta contigua está abierta.

No lo pienso demasiado y me deslizo dentro.

Es una estancia amplia, aunque vacía. Un muro grueso y desnudo la separa de la otra. Me acerco y apoyo la oreja contra la piedra con la esperanza de captar algo de la conversación.

Sin embargo, la decepción llega enseguida. Solo escucho un murmullo apagado e ininteligible.

Frustrante.

Me aprieto más contra el muro y cierro los ojos.

Y entonces siento de nuevo ese tirón extraño, ese intento de mi esencia de querer salirse del cuerpo.

El mundo se desplaza. La piedra tras mi cuerpo desaparece y empiezo a flotar…

Oscuridad.

Un sonido similar al crujir de huesos. Me siento confusa, desorientada.

Luego…

Un movimiento rápido y ligero.

La piedra fría bajo mis extremidades.

Un latido acelerado.

El olor abrumador de… todo.

Veo el mundo a través de unos pequeños ojos de color rojo.

Me detengo bajo una mesa y escucho…

—… no estaba al corriente.

Distingo la voz de Lucian, pero el tono es tan diferente al que escuchaba en Taurenhold que me cuesta reconocerla.

—No era necesario. —responde Corwan.

—Fue caótico y desorganizado —replica Lucian—. Murió demasiada gente. Si hubiera conocido de antemano el ataque habría sido más limpio.

Hay un filo en sus palabras que me deja sin aliento.

No, no puede ser él quien dice eso.

—Aun así, has cumplido con creces tu deber —interviene Keira—. Nos has informado con regularidad y discreción durante todos estos años y mi padre lo sabe.

—Es un honor servir al rey Gorath.

Las palabras me golpean con tanta fuerza que estoy a punto de perder la conexión con el interior.

—Y por tu gran labor has sido recompensado —continúa Keira.

—Por fin.

No hay alivio en su voz, solo un anhelo furioso que me asusta.

—Necesitamos esta posición bien asegurada —dice Corwan por primera vez.

—La tendréis —responde Lucian—. Pero quiero saber por qué está aquí la princesa del Oeste.

Mi respiración se corta. La conexión se pierde durante unos instantes. Después de todo, sí me ha reconocido.

Cierro los ojos y me concentro de nuevo para volver dentro.

—… asunto tuyo —está diciendo Corwan.

—Es asunto mío si está en Glasbow.

—No por mucho tiempo. Partiremos de inmediato.

Lucian se mueve por la estancia, pensativo.

—En Taurenhold se oyeron rumores —dice al fin—. Sobre el poder de su sangre.

Keira asiente.

—Cráneo está experimentando con ella, pero aún no ha obtenido los resultados que esperábamos. —Hace una pausa—. El rey cree que puede ser la clave.

—¿La clave de qué?

El silencio se extiende durante unos instantes que se me antojan eternos. Me da la impresión de que Keira no va a responder, pero sí lo hace.

—De la guerra contra el Oeste.

Las palabras retumban en la estancia.

—La materia se agota —continúa ella—. No es algo nuevo.

Sin ella, no hay alquimia. No hay poder.

La vida del rey depende de esa sustancia blanca.

La reina Genoveva ha abierto un paso a las prohibidas Tierras del Sur, y Gorath cree que en su interior se esconde un gran potencial de materia.

Hará lo que sea para llegar hasta allí… aunque implique declarar la guerra abierta a la reina del Oeste.

—¿Y cuál es el papel de ella? —pregunta Lucian, y sé que se refiere a mí.

—Su sangre; si Cráneo consigue tratarla, debería delimitar la contienda hacia nuestro lado. Pero no conozco más detalles.

El aire se espesa. La visión se nubla.

La rata se mueve y sale de debajo de la mesa.

Y la conexión se rompe.

Vuelvo de golpe. El muro. El frío. Mi cuerpo.

Caigo hacia atrás. Mi cabeza bulle con las revelaciones, trata de adivinar las consecuencias. Pero el latido en mis sienes no me deja pensar con claridad.

Algo en mi interior grita que nada de esto puede ser verdad. Sin embargo, lo es.

Lucian nunca fue quien creí, y yo… soy algo que aún no entiendo, pero que ellos están dispuestos a usar.

* * *

Hay demasiado ajetreo en la fortaleza para que alguien repare en mis movimientos. Cuando la puerta se cierra a mi espalda, el sonido seco resuena más de lo que me esperaba.

La estancia que tengo delante de mí es amplia y sobria.

Una mesa de madera maciza ocupa el centro, cubierta con mapas extendidos y pequeñas piezas que marcan posiciones.

Hay una chimenea encendida para luchar contra el frío.

Y, en una de las paredes, cuelga el estandarte que he visto en el salón principal: el bisonte negro sobre el fondo rojo.

Nadie se ha dado cuenta de que lo seguía mientras caminaba a sus aposentos y ahora Lucian está de espaldas a mí, inclinado sobre la mesa. Sus dedos se apoyan a ambos lados de un mapa para mantenerlo abierto. No se gira de inmediato. Parece que me esperaba.

—No me puedo creer que seas tú de verdad —dice al fin.

Su voz… es la misma, y no lo es.

Se gira y, en ese instante, sí lo reconozco. La suavidad de sus ojos, la forma en la que me mira, el quiebre leve en su expresión.

—Camila.

Mi nombre en sus labios deshace algo dentro de mí. Camino hacia él sin pensar. Mi cuerpo recuerda el camino mejor que mi cabeza.

—He pensado en ti todo este tiempo, anhelando que vinieras a buscarme.

—Ya estoy aquí.

Hay un matiz contenido en su voz que no termino de entender. Pero cuando se acerca un paso, cuando su mano se alza y roza mi mejilla con una delicadeza que me resulta insoportablemente familiar, todo lo demás deja de importar.

Cierro los ojos y me dejo llevar. Por fin.

—Lucian… —Mi voz se quiebra—. No sabes todo por lo que he pasado.

Su mano se detiene. No se aparta, pero tampoco avanza.

—Cuéntamelo.

Y lo hago.

Las palabras salen atropelladas al principio, luego más claras. Le hablo de Cráneo. De la sangre. Del laboratorio en Vhalzar. De cómo me han tratado. De lo que me han hecho en esta misma fortaleza.

No entro en detalles porque no quiero volver a revivirlo todo, pero no hace falta para que él entienda.

—Y el capitán… —añado al final, con la respiración agitada—. No fue él. Lo han acusado para tapar lo que ocurrió de verdad. No podéis ejecutarlo.

Busco su mirada. Necesito verla, encontrar en ella algo a lo que aferrarme.

—Tienes que detener esa injusticia.

El silencio que sigue es demasiado largo.

Algo en su expresión cambia. Es sutil, apenas perceptible, pero lo suficiente para que note que su calidez se apaga como una brasa que se enfría.

Retira la mano de mi rostro y compone una mueca de dolor.

—No puedo.

Parpadeo, sin entender.

—¿Qué?

—No puedo detenerlo.

El corazón me golpea fuerte en el pecho.

—Pero… eres el nuevo conde. Sabes que es inocente…

Lucian menea la cabeza mientras se gira.

—Esto no tiene nada que ver con la justicia —dice—. Es algo necesario.

La frase cae demoledora entre nosotros.

—¿Necesario? —repito, incapaz de reconocer mi propia voz.

Lucian se aparta. Rodea la mesa con calma, buscando distancia para pensar… o para no sentir.

—No podemos permitirnos perder el control de los hombres de Zuma —dice—. Tenemos que darles un culpable.

—Pero ¿por qué él? —digo, dando un paso en su dirección—. No ha hecho nada más que ser leal a su superior.

Lucian alza la vista, y lo que veo en sus ojos ya no es duda, es una feroz determinación.

—Si no es él, será otro. —Hace una pausa—. Pero nunca Corwan.

Retrocedo un paso.

—Este… —titubeo—. Este no eres tú. No eres el leal y fiel soldado que conocí en Taurenhold.

—Es lo que debo ser.

El silencio se espesa.

—Lucian… —Mi voz se quiebra en algo parecido a la súplica—. A mí también me van a matar, solo que más despacio.

Un brillo oscuro parpadea en su mirada. Algo que parece reflejar dolor… pero no dura mucho.

—No van a matarte —responde con seguridad.

—¿Ah no? —La incredulidad tiñe mis palabras—. Me están vaciando, Lucian. Me usan como si…

No puedo terminar la frase.

—Cráneo está haciendo su trabajo —dice.

Las palabras tardan un segundo en encontrar sentido dentro de mi cabeza.

—¿Qué…?

—Tu sangre, Camila, es muy valiosa —continúa, con una calma que me hiela la sangre—. Puede desequilibrar la balanza a nuestro favor.

Siento que el suelo se desplaza bajo mis pies.

—Me están torturando… y a nadie parece importarle. —Un vacío se me abre en el pecho—. Pero qué puedo esperar, si ni siquiera a mi hermana le preocupo.

Lucian duda un instante, pero al final toma conciencia mi sufrimiento y decide apiadarse un poco de mí.

—La reina Genoveva no está aquí porque no se preocupe por ti —dice—. Es estrategia política.

Si pretendía que fuera un consuelo, no me resulta como tal.

—El reino de Este es neutral por naturaleza —continúa—, pero se posicionará en contra de quien declare la guerra abierta. Si tu hermana mueve un solo ejército… el continente entero arde. Es lo que Gorath espera. Es lo que tu hermana está tratando de evitar.

—Es decir, no solo soy el recipiente de una sangre que me es ajena, sino un instrumento político contra mi propia sangre.

El golpe es más fuerte que cualquier bofetada.

Me quedo mirando a Lucian, intentando encontrar al hombre del que me enamoré en ese rostro que ahora me resulta extraño. Espero una palabra de consuelo, un destello que me dé esperanza de recuperarlo.

—Ayúdame a volver a casa —le pido como último recurso.

Apelo a su corazón, a eso que una vez sentimos.

Se acerca y toma mis manos entre las suyas. Hay un calor familiar en este contacto, el recuerdo de noches en Taurenhold, de miradas huidizas junto al fuego, de sonrisas veladas por los pasillos.

—Camila… —dice en voz baja—. Déjame protegerte a mi manera.

Quiero creerle tan desesperadamente que casi me duele.

—Hablaré con Cráneo —continúa—. Intentaré que detenga los experimentos durante unos días.

Un halo de esperanza me ilumina el rostro.

—¿Y el capitán?

Lucian baja la mirada un instante.

—Haré cuanto pueda.

Sé que no es una promesa, pero asiento porque necesito aferrarme a esta esperanza que acaba de nacer dentro de mí.

Sus dedos acarician mis nudillos con suavidad.

—Confía en mí.

Asiento una última vez y me aparto.

—Pasea con libertad por la fortaleza —dice Lucian—. Ya no eres cautiva de nadie en este lugar.

Ojalá tenga razón.

Salgo de la estancia y cierro la puerta tras de mí mientras el eco de sus palabras me persigue por los pasillos helados de Glasbow.