12 Calma tensa
El patio de la fortaleza guarda un silencio expectante cuando salimos.
Los hombres del conde Zuma se han reunido frente al portón principal a petición de Keira. Algunos llevan las armas colgadas al cinto, como si aguardaran el anuncio de una contienda.
El aire corta la piel. El viento arrastra nieve desde los muros y la hace girar en pequeños remolinos antes de asentarse.
Keira se adelanta.
Corwan permanece a su lado, unos pasos por detrás.
Yo aguardo bajo el umbral del portón. Semioculta entre sus sombras. Aun así, noto sus miradas clavarse en mí, preguntándose quién demonios soy y qué hago allí…
—El conde Zuma ha muerto esta noche. —La voz de Keira se alza firme, clara, sin titubeos.
Un murmullo bajo y contenido recorre al grupo. Hay gestos de sorpresa, de consternación, de desánimo…
—Ha sido un ataque estudiado —continúa—. Un acto cobarde, ejecutado por los rebeldes mientras descansaba en sus aposentos.
El murmullo crece. Se intercambian miradas. Hay quien frunce el ceño.
El capitán de la guardia se adelanta, alto, de hombros anchos; con una cicatriz que le cruza el pómulo izquierdo y desaparece bajo la barba.
—¿Por qué estáis tan segura de que han sido los rebeldes? —Su voz se oye clara desde la primera fila.
—Había una rosa de invierno junto al cadáver.
El murmullo rompe en voces mal contenidas. Esta vez sí hay sorpresa.
—¿Podéis enseñarla? —insiste el capitán.
—¿Por qué motivo? —Keira alza la frente—. ¿Dudáis de nuestra palabra?
—No, mi señora. —Aunque sus ojos dicen otra cosa—. Pero los asentamientos rebeldes están controlados. No se ha visto movimiento que justifique este ataque.
Keira levanta la barbilla, altiva.
—Entonces tenemos un traidor en Glasbow.
La palabra queda suspendida en el aire. Peligrosa.
El capitán endereza la espalda y pone la mano sobre la empuñadura de su espada.
—Eso es imposible —replica, con los labios apretados.
—En Vhalzar también ocurrió —dice, clavando la mirada en él—. Un infiltrado destruyó parte del trabajo de Cráneo.
El capitán no se mueve.
—Con todos los respetos, mi señora, esto es Glasbow. Y aquí no pasa nada sin que lo sepamos.
—Eso creíamos en Vhalzar —corta Keira.
Se produce un silencio tenso durante el cual el capitán sopesa las palabras de Keira. Al final, baja la mano de la empuñadura y asiente muy despacio con la cabeza. De momento, concede a Keira el don de la duda.
—El rey ya ha sido informado —continúa alzando la voz hacia la multitud—. En breve nombrará a un nuevo conde de Glasbow. Hasta entonces, vamos a revisarlo todo: servicio, soldados, oficiales… capitanes. Nadie se queda fuera.
Se produce un revuelo nervioso en el patio.
—Si alguien ha traicionado esta fortaleza —añade—. Lo encontraremos.
El capitán aprieta la mandíbula. Su mirada se endurece y se desplaza. Su línea de visión cambia lo suficiente para que me alcance.
Siento el veneno antes de que lo lance.
—Curioso —dice despacio—, que los rebeldes ataquen justo cuando llegan forasteros.
No hace falta que diga nada más ni que señale. Todas las miradas se vuelven hacia mí. Afiladas.
Doy un paso hacia atrás, por instinto, para refugiarme más en las sombras de la fortaleza.
Es Corwan quien reacciona. Se adelanta. El sonido de sus botas sobre la piedra rompe la quietud.
—Cuidado con lo que insinúas, capitán —dice sin alzar la voz.
El soldado le sostiene la mirada durante unos instantes y luego inclina la cabeza. Apenas una insinuación.
—Mi lord.
Sin embargo, no es sumisión. No del todo.
Keira retoma el control.
—El conde será velado como corresponde —dice—. Y vengado.
Su voz no tiembla.
—Hasta entonces, nadie abandona la fortaleza. Nadie entra. Nadie sale sin mi autorización. —Hace una pausa—. Y todos seréis examinados.
El grupo se dispersa poco a poco, sin orden. Sin embargo, la tensión no se va con ellos, se queda pegada a mí. Permanezco inmóvil unos segundos más, sintiendo aún esas miradas, esa hostilidad real.
Espero a que alguien venga a buscarme para escoltarme a mi habitación, como lleva sucediendo desde que llegué al Norte, pero no sucede. Todos están demasiado ocupados con lo que ha ocurrido para preocuparse por mí.
Cuando por fin me atrevo a moverme, alzo la vista y veo que Corwan sigue allí, con la atención puesta en el lugar donde el capitán estaba hace un instante. Después se gira, dispuesto a entrar, pero su mirada me encuentra. Entonces, retrocede y se marcha en dirección contraria.
Yo me quedo allí parada unos segundos más. Perdida. Sin saber qué hacer ni a dónde dirigirme, hasta que el chirrido de una voz conocida se escucha a mi espalda.
—¿Podéis acompañarme, mi lady? —Su tono grimoso se me pega a la piel.
Me giro y veo a Cráneo acompañado de los dos soldados. No es una petición, es una orden.
—¿Qué queréis?
—Lo que he querido siempre —sonríe de esa forma tan horrible que altera mis nervios—, vuestra sangre.
* * *
La estancia a la que me conducen ha sido alterada para servir a sus necesidades.
Es pequeña, con paredes de piedra desnuda y una única mesa de madera en el centro. Ha desplazado la escasa decoración de la superficie y ha dispuesto sus instrumentos con una precisión obsesiva: frascos de vidrio, cuchillas finas, pequeños recipientes que contienen líquidos en tonos turbios…
Aquí no hay máquina, pero parece que no la necesita para lo que se propone hacerme… sea lo que sea.
—Túmbate.
Miro alrededor. No hay nada donde hacerlo.
—En el suelo.
La indiferencia con la que me habla me resulta dolorosa.
Obedezco porque sé que resistirme no cambiaría nada. Los dos soldados, apostados a ambos lados de la puerta, se asegurarán de hacer cumplir sus órdenes.
El suelo está helado bajo mi cuerpo cuando me tumbo.
Cráneo se aproxima sin prisa, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo.
Se me escapa una lágrima. En ella viaja mi humillación, mi angustia, el miedo por lo que viene a continuación.
—A ver cómo reaccionas al dolor psicológico. Desnudadla.
Los dos soldados se miran. Hay un instante de duda. Incluso para ellos, la orden es desmedida.
—¿A qué esperáis? —les arenga—. Esto es un asunto del rey.
Hasta que no los veo avanzar no tomo conciencia de lo que está a punto de suceder.
Trato de levantarme para escapar, pero uno de ellos me sujeta por las muñecas y me ancla al suelo mientras el otro me despoja del vestido sin miramientos. Se detiene cuando me deja en ropa interior.
Vuelve a dudar.
—Toda la ropa —insiste Cráneo.
El soldado traga saliva y, durante un segundo, creo que no lo hará… pero lo hace.
Sus manos regresan a mí. Más rápidas esta vez, más torpes. Quiere acabar cuanto antes.
La tela cede. Primero las calzas, luego la túnica de lino blanca… hasta que no queda nada.
El frío es apenas una ligera molestia. Lo que duele es la exposición, la vulnerabilidad… la sensación de estar siendo invadida.
Ni siquiera me permiten encogerme para proteger mi desnudez. Un soldado me sujeta de las muñecas y el otro de los tobillos.
Cierro los ojos con fuerza para no ver sus miradas, pero las siento sobre mi piel. Sobre cada parte de mí que no debería estar a la vista… Lascivas… Sucias.
Y, de golpe, he regresado. Las manos bruscas hurgando en mi cuerpo, el aliento agrio sobre mi espalda, el peso sobre mi cuerpo.
Mi respiración se acelera.
—Parad… —susurro, apenas.
Intento moverme, pero sigo anclada al suelo. Mi cuerpo se bloquea… igual que anoche. No quiero volver ahí, revivirlo de nuevo… Un temblor oscuro, primitivo, me recorre entera.
Siento que Cráneo se agacha a mi lado. Creo que va a terminar lo que Zuma no pudo. Grito y él se ríe complacido.
Sin embargo, lo que noto es un pinchazo en el brazo.
Abro los ojos para ver la excitación de Cráneo a mi lado. Sin embargo, no observa mi cuerpo, sino mi sangre llenando un frasco.
Brilla tan intensa que arroja sombras sobre las paredes.
No se detiene cuando rebosa el frasco. Llena otro. Y otro.
El mundo comienza a diluirse. El frío se vuelve insoportable.
—Más… —lo oigo murmurar.
Ya no puedo pensar.
El cuerpo pesa.
Los sonidos se alejan.
A través de mi visión borrosa, creo atisbar un movimiento rápido y pequeño a ras del suelo.
Unos bigotes grises… unos ojillos rojos… una cola larga y rosada…
Creo que me mira.
Va a matarte .
Cráneo no la ve. Está demasiado concentrado en drenar mi sangre. La rata se acerca y desaparece entre sus piernas. Entonces un chillido rompe el aire y Cráneo se aparta de forma abrupta, sacudiendo una mano.
—¡Maldita alimaña!
Se levanta y mi sangre deja de fluir. Pero ya no siento nada. El vacío es lo único que me rodea.
Todo se disuelve, menos el dolor. Físico. Mental.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que aparecen los brazos que me levantan.
Siento el movimiento… el calor… la cama. El peso de las mantas y la oscuridad.
* * *
Los días se deshacen unos dentro de otros. No sé cuántos pasan.
Duermo.
Despierto.
Vuelvo a caer.
Pero esa presencia siempre está ahí. Al principio es solo una sombra, después toma la forma de un lobo enorme. Un huargo.
Se mueve alrededor de la cama, como si me velara.
Me observa. Sus ojos naranjas… no quieren devorarme. Solo muestran tristeza… y una soledad que duele.