11 Consecuencias
El cuerpo del conde Zuma yace en mitad de la habitación, cubierto con una tela que no logra ocultar su forma. A la escasa luz que trae el amanecer, distingo sus manos, rígidas a ambos lados del cuerpo.
Esas manos que estuvieron a punto de…
Meneo la cabeza.
No levanto la vista para no ver a Corwan, que está de pie junto a la puerta, inmóvil. Cráneo observa la sábana con un malsano interés. Y Keira sigue dando vueltas por la estancia, igual que lleva haciendo desde que todo se precipitó.
Aún nadie en la fortaleza sabe que Zuma está muerto. Solo nosotros.
Yo sigo sentada sobre la cama, tratando de asimilar lo ocurrido. Desde aquí, he visto entrar a Cráneo y a Corwan. Ninguno de los dos me ha mirado. Ahora mismo, conducirme al norte es la menor de sus preocupaciones.
—Has matado a un aliado clave —escupe al fin Keira.
Corwan no responde.
—Contenía el avance de los rebeldes —continúa—. Evitaba que se acercaran a Vhalzar, que les llegaran refuerzos del Oeste.
Silencio.
—Ahora ese control se debilita. ¿Eres consciente de lo que hará mi padre cuando se entere? Por Mae, ¿no podías contenerte? Cráneo, se supone que tú te encargas de eso…
Corwan gira la cabeza lentamente hacia ella. Parece que va a responder, pero Cráneo se le adelanta.
—Lo que ha sucedido no tiene por qué ser un inconveniente.
Keira lo fulmina con la mirada.
—¿Puedes explicármelo? —pregunta, con los dientes apretados.
—Zuma estaba acumulando demasiada… relevancia —responde de forma sibilina—. Dudo que al rey le hubiera convenido esta relación de dependencia a largo plazo. Las muertes bien utilizadas… generan oportunidades.
Keira entrecierra los ojos.
—Un reemplazo por alguien más fácil de moldear —dice.
Y Cráneo asiente.
Corwan se acerca a la ventana y mira a través de ella. Hacia la estepa.
—Cuando los rebeldes se enteren de esto —dice—, se moverán rápido para aprovechar la ausencia de liderazgo.
—Debemos actuar con cautela, pero sin perder un segundo. —Keira hunde los dedos en las sienes y cierra los ojos—. Si los hombres del conde se enteran de este asesinato, pensarán que hay un motivo político detrás y podrían volverse contra nosotros.
—O contra el rey —apunta Cráneo.
—Es lo mismo.
Da dos pasos hacia un lado de la habitación y luego regresa sobre ellos. No levanta la vista del suelo.
—Debemos enviar un mensaje —dice Keira—. Controlar la narrativa antes de que se extienda.
Cráneo sonríe.
—Ah… ahora sí estamos hablando de algo interesante.
—Calla —le corta.
Se acerca al cuerpo. Se arrodilla y levanta ligeramente la tela. Durante un instante, todos guardan silencio.
—Diremos que fue un ataque rebelde.
Se levanta y se acerca a mi cama, donde el cuchillo todavía reposa sobre las pieles. Lo agarra y, volviendo al cadáver de Zuma, se agacha, apoya el filo en su cuello y traza un corte limpio.
—Que murió en un acto cobarde. A traición.
—Tiene la cara destrozada por los golpes —apunta Cráneo—. No encaja con esa versión.
—Se ensañaron luego con él —responde Keira—. Nadie dudará de la historia del hermano y la hija del rey.
Keira mira a Corwan. Y este asiente.
—Avisad a nuestros dos soldados —le pide a Cráneo—. Que vengan a por el cuerpo y lo dejen en su cama sin ser vistos. Yo escribiré a mi padre y esperaremos sus instrucciones. Nadie se va a mover de aquí hasta que el reemplazo del conde haya llegado.
No hay protestas.
En cuanto los soldados salen, Keira y Cráneo se marchan con ellos para asegurarse de que la escena refleje un ataque rebelde.
Sin embargo, Corwan se queda en la habitación, apoyado en el alfeizar de la ventana. Mirándome.
La luz violácea del amanecer incide en su perfil y agranda sus sombras.
Yo permanezco en el borde de la cama, con el camisón pegado a la piel y la herida ardiendo bajo la tela. No consigo moverme. Una parte de mí sigue atrapada en el forcejeo, en el peso de Zuma, en el sonido de la puerta al romperse.
Y en él.
Nuestros ojos se encuentran y algo en mi pecho se tensa con una fuerza inesperada. Debería apartar la mirada… y él también. Pero ninguno de los dos lo hace.
Su atención desciende despacio hasta mi hombro, hasta la mancha oscura que se extiende sobre la tela. Su mandíbula se tensa y, durante un instante, creo que va a marcharse de nuevo. Pero se contiene.
Da un paso hacia mí y luego se detiene. Duda. Como si ese simple movimiento ya fuera demasiado.
—¿Qué eres?
Lanza la pregunta al aire. No quiere que yo conteste, sabe que no tengo la respuesta.
—¿Por qué me generas esta… violencia?
Alza las manos delante de su rostro y veo que tiemblan.
—No consigo apartarte…
Vuelve a moverse y esta vez no se detiene. Se agacha hasta que nuestros ojos quedan a la misma altura. Tan cerca que puedo sentir el calor de su cuerpo. Su presencia lo ocupa todo.
Debería apartarme. Mi cabeza grita para que recuerde lo ocurrido: los golpes al conde, la falta de control, el peligro… Pero estoy demasiado absorta en su proximidad para hacerle caso.
Levanta la mano hacia la mancha de sangre de mi camisón y desliza la tela para ver la herida.
Reprimo un jadeo cuando sus dedos rozan mi piel con una suavidad que no esperaba de alguien como él. Su pulgar recoge una pequeña gota de sangre y la observa con una intensidad que me inquieta.
Y entonces, de pronto, su mano se cierra y se aparta como si se hubiera quemado.
Se levanta y retrocede hasta la puerta. Se pasa una mano por el rostro, tenso, contenido. Parece luchar contra algo que no alcanzo a ver.
Alza el índice y me señala con una mano que no deja de temblar. El gesto contraído en un rictus de esfuerzo desmedido.
—Tú. —Su voz rota—. Aléjate de mí.
Se gira sin añadir nada más y se marcha por el hueco de la puerta rota.
Yo me quedo donde estoy, con la piel aún ardiendo donde me ha tocado y el pulso acelerado.
Ahora hay algo que me asusta más que la muerte. Es un sentimiento… Y no sé qué hacer con él.