10 Un golpe en la noche
Keira y yo abandonamos el salón a la vez.
No soporto más las miradas y los comentarios soeces del conde y Keira se da cuenta. Nos disculpa a ambas y nos retiramos a nuestra habitación.
El fuego de la chimenea se ha reducido a brasas y su calor ya no abriga como antes. Apenas resiste frente al frío que se filtra por las paredes.
Me siento al borde de la cama. Keira camina hasta la ventana y mira hacia la oscuridad exterior. La ventisca sigue golpeando el cristal con insistencia, deseosa de entrar.
Ninguna de las dos habla al principio. Todo lo que se ha dicho durante la cena está suspendido entre nosotras.
—No me gusta ese hombre —me atrevo a decir al fin.
Yo misma me sorprendo de mi propia voz.
Keira no se gira.
—A nadie le gusta Zuma —responde—. Pero es útil.
—Me ha parecido… peligroso. Incluso para Cráneo, para… —el nombre se me atasca—, para lord Corwan.
—En este reino —dice—, utilidad y peligro suelen ir de la mano.
Me froto las manos, inquieta.
—Cuando me miraba… —No consigo terminar la frase.
Keira se vuelve entonces.
—Lo sé.
Hay algo en su expresión que no me tranquiliza.
—Necesito saber por qué estoy aquí, Keira. —Mi voz se quiebra de angustia. No sé cuánto tiempo más voy a mantener mi entereza—. Para qué me quieren.
Ella no responde de inmediato.
Se acerca despacio y se sienta a mi lado.
—Solo sé una cosa. —Sus manos se colocan sobre las mías—. Pero te ha de bastar para comprender la magnitud de lo que se avecina: el ataque al castillo de Taurenhold… no fue casual.
Entrecierro los ojos.
—¿Qué… quieres decir?
—Sea lo que sea lo que mi padre y Cráneo buscan en tu sangre, es lo suficientemente importante para haber atacado el Reino del Oeste y haber roto alianzas con Rhogar de Taurenhold. Y ambas sabemos que era una alianza poderosa, puesto que ambos quieren despojar a tu hermana de la corona.
Un escalofrío me recorre la espalda.
—Todo ha sido… ¿por mí? —Trato de asimilar lo que significa, pero las consecuencias de la revelación escapan a mi control.
El rostro de Lucian acude a mí sin que me dé cuenta.
Si murió allí, fue por mi culpa.
No puedo evitar ponerme a llorar. El dolor de haber provocado su muerte me aprieta tan fuerte que el aire deja de entrar. Sin embargo, lo peor de todo es no conocer el motivo, no saber qué es eso que tengo que resulta tan valioso.
—¿Y si se han equivocado? —pregunto de golpe—. ¿Y si no soy lo que piensan?
Keira me sostiene la mirada durante un instante que se me antoja eterno.
—Entonces dejarás de serles útil.
La boca se me seca y siento que el calor me abandona.
—Dijiste que esperabas a alguien. —Keira se da cuenta del horror que me invade—. Quizás sea el momento de que aparezca.
—Ya debería estar aquí. —Mi voz apenas se oye—. Y si no viene…
Por fin estoy dejando salir todo el miedo, toda la desesperación… Por fin puedo mostrarme tal cual soy.
—Entonces tendrás que salvarte tú sola.
Se levanta, y el apoyo en el que creía estar sosteniéndome se desvanece bajo mis pies.
—Ayúdame —le suplico en un susurro.
Ella compone un gesto que parece de dolor mientras desvía la mirada.
—No puedo. —La voz se le quiebra—. Todos tenemos nuestros propios intereses.
Y la observo alejarse hacia su cama hasta que la penumbra se la traga.
* * *
No sé cuánto tiempo llevo dormida cuando un golpe seco rompe la quietud.
Mis ojos se abren.
Veo a Keira incorporarse al instante.
La puerta se abre sin previo aviso y una figura irrumpe en el interior. Al instante distingo su voluminoso contorno.
El conde Zuma.
El olor a vino llega antes que él.
—Pensé que dormiríais mejor con compañía —dice, cerrando la puerta tras de sí.
Keira se pone en pie.
—Salid de aquí.
Su voz es firme, tensa. Pero Zuma no la mira. Su atención está en mí.
—No seáis descortés, pequeña Keira —dice, como quien reprende a un niño—. Solo quiero continuar lo que hemos empezado abajo.
Me encojo bajo las pieles de forma instintiva.
—No habéis empezado nada —responde ella, y corre a interponerse entre él y yo.
Zuma gruñe, molesto por tener que detenerse.
—Siempre pasa lo mismo —dice—. Primero os indignáis, pero luego agradecéis.
Keira da un paso hacia el conde, con seguridad. Envidio su arrojo y su valentía.
—Os he dicho que os marchéis.
El impacto es rápido y brutal. El sonido resuena en la habitación.
Keira cae al suelo, aturdida.
Salto de la cama y trato de llegar hasta ella, pero es un error. Zuma me intercepta. Su mano se cierra alrededor de mi muñeca.
—¿Dónde vas, niña? —su voz grimosa me eriza la piel—. Tú te quedas aquí.
Intento zafarme, pero mi fuerza no es suficiente.
—Suéltame —digo con más fe que ímpetu.
Él sonríe.
—Me gusta cuando suplicáis.
Me empuja contra la cama y me golpeo en las costillas. El dolor me recorre como un relámpago. Me impide incorporarme.
Quiero empujarle, pero mis manos dudan… no responden. Como si no fueran mías.
—¡Camila, defiéndete! —grita Keira desde el suelo.
Giro la cabeza y veo sus ojos. Arden de desesperación. Se arrastra unos centímetros para agarrar algo y lo lanza hacia mí.
Un destello cruza el aire y cae sobre la cama.
Un cuchillo.
No sé de dónde ha salido, quizás lo llevara ella como protección, pero ahora está ahí, a escasos centímetros de mi mano.
Lo tengo ahí, solo tengo que cogerlo.
Solo…
Sin embargo, no lo hago. Mi mano tiembla demasiado y se queda suspendida. Inútil.
Zuma lo ve y se ríe.
—Pobre niñita del Sur —se mofa—. Ni siquiera te enseñaron a defenderte.
Sus dedos tiran del camisón y desgarran la tela. El frío entra y con él una sensación peor. El tacto de sus manos viscosas tratando de abarcar mi cuerpo.
Quiero gritar, pero no sale nada. Es Keira quien pide socorro por mí.
Un dolor agudo estalla en mi hombro. Sus dientes se clavan y la sangre brota. Un hilo caliente resbala por mi clavícula.
El mundo se contrae. Ya no hay duda, va a cruzar ese límite y yo soy incapaz de detenerlo.
Trato de apagar mi cerebro para no grabar esta sensación, para que la imagen de su rostro lascivo no venga a mí una y otra vez durante el resto de mi vida…
pero mi consciencia sigue aquí, gritándome que reaccione y coja el cuchillo, aunque mi cuerpo no responda.
Me sujeta por la espalda contra la cama y levanta el camisón hasta la cintura.
Justo cuando creo que nada va a pararlo, la puerta de madera estalla. Se rompe hacia dentro.
Alzo la cabeza para ver una sombra entrando en la habitación. No necesito verle el rostro, sé de quién se trata.
Corwan mira alrededor y le basta medio segundo para entender lo que ocurre. Se lanza hacia el conde. Lo agarra por el cuello y lo arranca de encima de mí para lanzarlo contra la pared.
El impacto hace temblar la estancia.
Zuma grita.
—¿Qué demonios haces?
Sin embargo, Corwan tiene su vista fija en mí.
Me he dejado caer hasta el suelo y las lágrimas brotan de mis ojos nublados. La sangre de mi hombro tiñe el camisón de rojo carmesí.
Los ojos de Corwan se detienen ahí, y se encienden con un brillo que no es humano.
Se gira y golpea de nuevo al conde. Un impacto seco. Directo a la cabeza.
Zuma gime. No puede hacer mucho más, porque Corwan no se detiene. Golpea otra vez. Y otra. Rápido y fuerte.
El conde intenta defenderse, pero no puede. No a ese ritmo y con ese ímpetu.
—¡Corwan, basta! —grita Keira.
Pero no la escucha. No está aquí, está en otra parte.
Zuma se tambalea y escupe sangre.
El último golpe cae con una fuerza desmedida y el sonido que produce es hueco.
El cuerpo del noble cae… y ya no se mueve.
El silencio que sigue es demencial.
Keira se queda inmóvil.
—¿Qué has hecho…?
Corwan vuelve a girarse hacia mí. Su pecho sube y baja con rapidez. Una gota de sudor se desliza por su sien.
Nuestros ojos se encuentran y mantenemos la mirada el tiempo suficiente para notar que mi corazón se acelera hasta sentir su misma agitación.
Jadeo.
Él retrocede un paso, y luego otro. Como si yo fuera el peligro… o lo fuera él.
Se da la vuelta y sale de la habitación sin decir nada más. Sin mirar atrás.
La puerta rota queda abierta y el viento entra. Frío.
Yo me quedo allí, con el cuchillo aún sobre la cama, la sangre caliente en la piel y el pulso desbocado. Y no entiendo si Corwan acaba de salvarme… o ha firmado mi sentencia de muerte.
* * *
Esa noche nadie duerme.
Keira no deja de moverse. A ratos se sienta en la cama. A ratos pasea de un lado a otro. Se muerde las uñas. Murmura.
Yo estoy sentada en la cama, con la vista perdida en la oscuridad que asoma al otro lado de la ventana. En mi cabeza no deja de repetirse la escena: Zuma, el tirón de la tela, sus manos, los gritos de Keira… Corwan, sus ojos, su ímpetu, su respiración agitada…
Un aullido rompe la noche.
Me incorporo y me acerco al cristal.
Tras los muros de la fortaleza, en el límite donde muere la luz de las antorchas y comienza el acantilado, una silueta descomunal alza la cabeza mientras exhala nubes de vapor.
Se queda quieta.
Y, aunque está demasiado lejos, juraría que me está mirando.