Una rosa de invierno 9 La fortaleza de Glasbow
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9 La fortaleza de Glasbow

La aldea aparece cuando el sol empieza a caer.

No es más que un puñado de edificaciones agrupadas alrededor de una elevación rocosa.

Las piedras de las paredes, de color ocre, contrastan con el blanco de la nieve.

En la cima se alza una fortaleza modesta.

Nada que ver con Vhalzar. La construcción, de muros gruesos y oscuros, solo cuenta con una torre.

—Glasbow —susurra Keira.

Y me da la sensación de que no suena muy aliviada.

Atravesamos una calle estrecha que asciende hacia la cima. Las casas se agolpan a un lado y a otro, sin demasiado orden. Las ventanas son muy pequeñas para evitar la pérdida de calor, y el aire está cargado de un agradable olor a leña y brasas.

El soldado que abre la marcha se asegura de apartar a los aldeanos para que no obstaculicen nuestro paso. Todos se quedan mirando. Primero a Cráneo, luego a Keira, y se detienen en mí. Tengo algo distinto que hace que ningún ojo me pase por alto.

—Es el pelo —dice Keira, como si me hubiera leído el pensamiento—. La gente rubia es extraña en el norte. A menudo se les relaciona con la brujería y los malos augurios.

—Es una suerte, entonces. —No sé si bromear o preocuparme.

La calle finaliza a los pies de un puente levadizo. En este momento se encuentra bajado, abierto al paso.

Hay un par de soldados custodiando la entrada, pero ninguno sale a nuestro encuentro. Cruzamos el puente como si perteneciéramos a este lugar, sin necesidad de presentaciones ni justificaciones.

Al llegar al patio central, nos detenemos.

Un hombre desciende por las escaleras principales. Es alto, corpulento, con el rostro agrietado por el frío y una barba mal recortada. Lleva pieles. Muchas. Demasiado ostentoso para un lugar como este.

Sonríe.

—Lord Corwan —saluda, abriendo los brazos—. Pensé que el viento os había enterrado bajo la nieve.

Corwan desmonta sin responder al gesto.

—Todavía no.

Sus voces son distintas, pero hay algo común en ellas. Algo áspero, sin adornos ni contemplaciones.

El hombre ríe.

Luego pasea la mirada por el resto de la comitiva y se detiene en mí; como todos.

Su expresión cambia, muda a un interés que se desliza por mi piel como una mano sucia.

—Vaya… —murmura—. No me habían avisado de que traerías compañía del Sur.

Sus ojos recorren mi cuerpo sin disimulo pese a que vamos envueltos en pieles. Siento el impulso de cubrirme, pero no lo hago. No quiero darle esa satisfacción.

—Es un asunto del rey —responde Corwan, seco, cortante.

El hombre no parece molesto, al contrario.

—Entonces será mejor que la atendamos como se merece.

No sé qué significa eso exactamente, pero no me gusta cómo su escrutinio se demora en mi busto antes de apartarse.

Después se dirige hacia Keira.

—Lady Keira. —Hace una sutil inclinación que parece más una burla—. Habéis crecido mucho desde la última vez. Debe ser este un asunto de suma importancia si vuestro padre ha decidido enrolaros en él.

—Como siempre, veis más de lo que hay, lord Zuma —responde Keira, con la espalda rígida sobre el caballo.

El noble vuelve a sonreír, mostrando demasiado los dientes.

—Suele ser una de mis cualidades, mi lady.

Después hace una seña al servicio, que espera en lo alto de la escalera.

—Ayudadles a que se instalen.

* * *

A Keira y a mí nos ubican en la misma habitación. Es un salón amplio, con una enorme chimenea presidiendo la estancia bajo un espejo de bordes oxidados. Las dos camas están en paredes opuestas, a la suficiente distancia para no escucharnos si murmuramos entre sueños.

Hay dos bañeras llenas de agua caliente. El vapor asciende hacia el techo en volutas blancas.

Mi cuerpo, encogido por el ambiente gélido y la humedad del viaje, anhela este baño con urgencia, pero siento pudor de quitarme la ropa frente a Keira.

Ella, sin embargo, no tiene reparos en deshacerse de las pieles y los ropajes del camino.

Se queda desnuda frente a la chimenea encendida.

La luz de las llamas baila sobre sus curvas sinuosas.

Admiro sus hermosos volúmenes, tan diferentes de mi cuerpo estrecho y sin forma.

Ella no parece notar mi mirada al principio. O quizás sí… y decide no apartarse.

Se acerca al fuego con naturalidad, extendiendo las manos hacia el calor. Su piel brilla bajo la luz anaranjada, viva, fuerte. Tiene pequeños tatuajes de conjuración sobre los hombros, pero la distancia a la que me encuentro no me permite distinguir de qué son.

—Deja de mirarme así —dice al cabo de unos segundos, sin volverse.

El rubor me sube de golpe al rostro.

—No… no estaba…

—Sí, estabas.

Se gira entonces.

Sus ojos me encuentran, sin reproches. No me juzga.

—Quítate la ropa.

Dudo, pero solo un instante. Mis manos tiemblan cuando empiezo a desatar los cordones del vestido. Cada capa que retiro me hace sentir más expuesta, más pequeña. Más consciente de cada hueso, de cada línea recta de mi cuerpo.

Cuando por fin me quedo en ropa interior, me abrazo de forma instintiva.

Keira frunce el ceño.

—¿Por qué haces eso?

—Me… —titubeo—. Me da vergüenza.

Si mirada se suaviza aún más. Se acerca hasta mí.

—¿Vergüenza? —repite, casi en un susurro.

Asiento, incapaz de sostenerle la mirada durante demasiado tiempo.

—Soy… poca cosa.

Ella sonríe. Parece divertirse.

—Eres delicada.

Alza la mano y sus dedos rozan mi brazo. El contacto es suave y cálido.

—Hermosa en tu frágil manera —murmura.

Sus dedos ascienden despacio hasta mi hombro, como si me pidiera permiso, como si me diera tiempo para detenerla si quisiera. Pero no lo hago.

Después recorre la línea de mi clavícula y se detiene justo donde la piel es más fina. Siento que cada punto donde me toca despierta algo dormido.

—Tu cuerpo no es débil —continúa—. Reacciona como todos. Solo que guarda la fortaleza en lugares que no son evidentes.

Sus dedos descienden por mi costado. Lentos, medidos. Hasta detenerse en mi cintura.

Mi respiración cambia. Se vuelve más corta.

—Mírate. —Se aparta para que mi cuerpo se refleje en el espejo sobre la chimenea.

No quiero, pero lo hago.

Levanto la vista y, por primera vez, no me fijo solo en las carencias. Veo la resistencia de un cuerpo que, contra todo, me ha traído hasta aquí.

Keira se inclina hacia mi oído. Su voz apenas es un hilo.

—No tienes que ser como nadie.

El calor del fuego ya no es lo único que siento. Hay algo nuevo que no conozco. Algo que me recorre por dentro y no sé qué hacer con ello.

Keira retira la mano y el aire frío ocupa su lugar de inmediato.

—Termina de quitarte la ropa y ve. —Señala la bañera—. Te sentará bien.

Asiento, sin saber muy bien lo que acaba de pasar.

* * *

El agua está demasiado caliente al principio, pero poco a poco adquiere la temperatura perfecta.

Dejo que su calor me envuelva y relaje mis músculos tensos y doloridos del viaje. Consigo que borre —aunque sea por un instante—, todo lo demás.

Sin embargo, la sensación aún permanece. Ese hormigueo recorriéndome la piel, alborotando mi estómago, cosquilleándome en el bajo vientre…

Cierro los ojos. Respiro. Y entonces aparece.

El rostro de Lucian. Sereno.

Sus manos fuertes.

Su voz.

Siento sus dedos recorrer mi cuerpo de la misma manera que los de Keira instantes antes. Su tacto es suave, conocido, seguro. Me dejo llevar por esa imagen, por ese refugio que siempre ha sido.

Mi cuerpo responde de una forma más intensa que antes. La respiración se me acelera. El agua se agita suavemente a mi alrededor.

Mis manos descienden… o tal vez son las suyas, que recorren mi cuerpo con urgencia.

Gimo sin poder evitarlo.

Sin embargo, cuando alzo la vista, no es Lucian.

Es Corwan.

Su mirada oscura. Fija. Ardiente. La boca entreabierta, contiene un suspiro.

Me incorporo de golpe y retrocedo como si pudiera alejarme de una imagen que solo está en mi cabeza. El corazón me golpea con fuerza en el pecho.

El agua se derrama por los bordes de la bañera.

Salgo con torpeza mientras Keira me observa.

—¿Estás bien? —Su rostro refleja sorpresa.

—No… sí…

Me envuelvo con una toalla, sin apenas darme cuenta, y me siento al borde de la cama. Intento recuperar el ritmo normal de la respiración, pero me cuesta. La visión de Corwan vuelve una y otra vez a mi cabeza, eclipsando la imagen de Lucian, removiéndome por dentro.

Y me pregunto qué es lo que significa… aunque no estoy segura de querer averiguarlo.

* * *

El servicio nos conduce a un gran salón para la cena.

La piedra desnuda de las paredes absorbe la luz de las antorchas, que arden con una llama potente y constante.

Una mesa larga ocupa el centro de la estancia, cubierta con telas de colores y platos humeantes.

El calor de la chimenea contrasta con la ventisca que golpea con fuerza las ventanas.

El conde Zuma ya ocupa la cabecera. Sobre él, se exhibe un cuadro de sí mismo a caballo. La intención es que resulte imponente e intimidatorio. Y, en parte, lo consigue.

—Comed —dice, señalando la mesa—. He pedido a los cocineros que se esmeren. No todos los días recibo visitas tan… distinguidas.

Su mirada se desliza hacia mí al pronunciar la última palabra. Y tengo la seguridad de que es intencionado.

Me siento al lado de Keira. Cráneo se sitúa enfrente de nosotras y Corwan ocupa el extremo opuesto de la mesa. Está lo suficientemente lejos para no rozarnos, pero no por eso dejo de sentir su presencia.

No levanto la vista. No quiero encontrarme con sus ojos. Temo que sea capaz de adivinar el motivo de mi turbación…

Aprieto los dedos alrededor del tenedor.

Concéntrate.

—… las rutas siguen cerradas. —Está diciendo Zuma mientras se lleva un trozo de carne a la boca—. Ningún grupo rebelde ha conseguido cruzar mis dominios en semanas.

Cráneo sonríe con condescendencia.

—Puede que grupos no —dice—, pero sin duda no estáis al tanto de acciones individuales.

Zuma gruñe y enseña los dientes manchados de comida.

—¿Qué quieres decir, Cráneo? —pregunta, ofendido—. No me vengas con tus frases a medias ni tus insinuaciones…

—Uno se os escapó y consiguió infiltrarse en Vhalzar —dice mientras parte un pedazo minúsculo de carne y se lo mete en la boca—. Por suerte, ya hemos resuelto el problema.

Zuma da un golpe en la mesa con el puño y la vajilla salta. Mi copa se cae y el vino se derrama por mi regazo. Un sirviente acude raudo a secarme los brazos y el pecho con una servilleta.

Demasiado despacio.

Noto que los ojos de Corwan no se apartan de mí, de la forma en la que la servilleta se desliza por mi cuerpo…

—¡El maldito Javar! —dice Zuma, y sé que se refiere a Rufus—. Se esfumó de nuestros radares de la noche a la mañana. Tuvo que contar con ayuda de la materia …

—¿De la materia ? —Cráneo vuelve a hacer gala de toda su ironía—. Pues deben de ser los únicos en el continente con acceso privilegiado a ella. Quizás hayan encontrado un nuevo yacimiento…

—¡Ya basta, Cráneo! —le reprende Corwan—. Conde Zuma, el rey Gorath y yo entendemos que lo de Javar fue un error aislado que no volverá a repetirse. Os estamos muy agradecidos por la labor de contención que lleváis a cabo sobre las acciones rebeldes.

El noble se recuesta sobre la silla y coloca las dos manos sobre la barriga, complacido.

—Más que contenerles —añade—, les estoy asfixiando.

Su tono es orgulloso.

—Ahogaremos esa rebelión.

Un silencio breve. Denso.

—¿Y no creéis, conde, que esa presión podría volverles más desesperados? —interviene Keira—. ¿Conducirlos a cometer acciones más peligrosas, como la de Javar?

Zuma sonríe.

—La desesperación también me conviene. —Sus dedos tamborilean sobre la mesa—. Un enemigo desesperado comete errores.

Bebe un trago largo. Se vuelve hacia Cráneo.

—¿Recordáis a vuestra amiga Catriona?

El alquimista se toca el agujero en la cabeza de forma instintiva y asiente. En sus ojos se ha encendido un brillo de furia inesperado y algo oscuro asoma en su expresión.

—Mis informantes me dicen que ya no es una simple insurgente más.

Cráneo arquea una ceja.

—Ha tomado el control de la facción oeste.

Corwan se inclina hacia delante en la silla.

—¿Estáis seguro?

—Lo suficiente. —Vuelve a tomar la copa y su rostro desaparece un instante detrás del líquido burdeos—.

El incidente con Cráneo le otorgó reconocimiento y apoyos importantes dentro de la organización.

Es lo que le ha valido para alzarse con el gobierno.

A mis espías no les extrañaría que acabaran nombrándola líder del movimiento.

Corwan aprieta los dedos alrededor de la copa.

—No es una buena noticia.

—No, no lo es —coincide el noble—. Catriona es más partidaria de acciones violentas que de diálogo. Con este nombramiento parece que la deriva de los Rebeldes ha cambiado. El tiempo de las palabras ha terminado.

Coge un pedazo enorme de carne con las manos y se la mete en la boca. La sangre le resbala por la comisura de la boca.

Dejo el cubierto sobre la mesa. Apenas he comido, pero no tengo apetito.

Noto que sus ojos retornan a mí.

Yo mantengo la mirada en el plato, con la cabeza inclinada. Trato de no llamar su atención, pero no sirve de mucho.

—¿Y no vais a contarme nada de ella? —Su pregunta retumba en el salón.

—Ya os lo dije, conde. —Los tendones del cuello de Corwan se tensan. Su mandíbula se marca bajo la piel—. Es un asunto del rey.

—Un asunto bastante interesante…

Sus ojos siguen puestos en mí. Siento el tacto viscoso y sucio de su mirada adherido a mi cuerpo.

Vuelve a recostarse sobre la silla.

—Hace mucho que el rey no me agasaja con nuevos incentivos. Pareciera que empezara a acostumbrarse a que mis hombres mueran por él conteniendo rebeldes.

Es Keira la que se adelanta.

—Permíteme recordarle, conde, que el rey os adjudicó recientemente las tierras de los Claríos. Este terreno os da acceso al mar y a las rutas comerciales sin necesidad de pagar tributos de paso. Es un claro reconocimiento a vuestro esfuerzo y así os lo hicimos saber.

Zuma suelta una risotada desagradable.

—Ya entiendo un poco mejor por qué el rey ha decidido manteneros cerca… No me malinterpretéis, lady Keira. Me siento complacido por el regalo, pero estoy muy solo en estas tierras y a veces echo en falta pequeños agasajos…

Se ha inclinado hacia delante y proyecta toda su atención en mí, por si sus palabras no habían sido lo suficientemente claras.

Yo siento el calor subir por mi cuello. No sé si de vergüenza o de rabia.

—Ella no está aquí para eso —interviene Corwan.

Su voz seca corta la conversación.

Levanto la vista sin poder evitarlo y comprendo demasiado tarde mi error. Nuestros ojos se encuentran el tiempo suficiente para que el calor vuelva a encenderme por dentro. Mi respiración se entrecorta y aparto la mirada de inmediato.

Zuma sonríe, divertido.

—No pasa nada. Solo era una sugerencia.

Devuelve su atención a la comida, relajado. Como si nada hubiera pasado.

El cuchillo chirría contra el plato. Un sonido seco, incómodo.

Todos vuelven a coger los cubiertos y a concentrarse en sus platos. Todos menos Corwan, que sigue mirando al noble. Algo en su postura ha cambiado. Algo que me dice que esto aún no ha terminado.