Una rosa de invierno 8 La partida
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8 La partida

Aún es de noche cuando llaman a la puerta.

No hace falta que nadie me anuncie nada, sé que ha llegado el momento.

El frío entra conmigo en cuanto abro, parece haber estado esperando al otro lado. Se cuela bajo la tela de mi ropa interior, hasta los huesos.

Keira está en el pasillo.

—Partimos —dice.

Me entrega un bulto que apenas distingo en la oscuridad.

—Es ropa limpia. Creo que te quedará bien.

—Gracias.

Ella asiente.

—Date prisa. Nos esperan.

* * *

El patio de armas está sumido en una penumbra azulada. El alba todavía no ha roto, pero el cielo empieza a clarear en el horizonte. Una línea pálida que apenas logra imponerse a la noche.

El aire corta, pero ya me he habituado.

Las ropas que me ha prestado Keira me quedan bien. El vestido azul es cómodo y pese a su grosor, no pesa. Lleva cristales incrustados formando pequeñas estrellas de nieve. Es muy bonito. Lástima que no pueda lucirlo en los salones de Lirien… que no brille bajo la mirada de Lucian…

Los caballos resoplan, inquietos. Su aliento se condensa en nubes blancas que se disipan demasiado rápido. Hay pocos hombres, pero tampoco espero un séquito de despedida. Apenas se habla; no es necesario.

Todo está preparado.

Miro hacia arriba. Las torres de Vhalzar se alzan oscuras contra el cielo. Inmóviles. Imponentes. Durante un segundo, me parece imposible que haya pasado solo unos días entre esos muros. Siento que ha sido una vida entera.

O varias.

Keira se acerca a mí y me ofrece las riendas de un caballo. Tiene el pelaje blanco y las crines grises.

—Moveos. —La voz de Cráneo rasga el aire.

Hostiga desde atrás, a lomos de su caballo. Va envuelto en una capa carmesí, con las manos ocultas. Su mirada pasa por mí sin detenerse. Para él no soy más que un objeto dentro de un proceso que solo él y Gorath conocen.

Keira le dirige una mirada que no llega a convertirse en reproche.

—Ya vamos.

Corwan está al otro lado del patio, junto al portón de salida. Prepara su caballo, un semental negro de ojos brillantes.

La luz incierta del amanecer dibuja su silueta con bordes bastos. Lleva una capa de pieles sobre los hombros. Sus manos firmes sujetan las riendas mientras su gesto se mantiene concentrado.

Todo en él es control.

A mi mente regresa el recuerdo de sus ojos recorriéndome la noche anterior, de su espalda desnuda… Mi respiración se entrecorta. No entiendo lo que me pasa.

Agito la cabeza para alejar de mí esos pensamientos.

Me aproximo a mi montura para subir, pero el corcel se agita nervioso. No me reconoce. Trato de calmarlo susurrándole al oído, como hacíamos Genoveva y yo en las clases de equitación en Lirien… pero eso lo empeora.

Se encabrita y está a punto de tirarme al suelo.

Retrocedo un paso por instinto y mi espalda choca contra algo.

Corwan.

No sé en qué momento se ha aproximado. Agarra las riendas y tira con fuerza y determinación. No de forma brusca. Solo sin titubeos. El animal se calma bajo su mano.

—Aquí las bestias no responden a palabras suaves —dice con la vista puesta en el caballo. Su voz es tormenta en mi interior—. Subid.

No me ofrece apoyo para montar, solo me sujeta la silla.

Cuando pongo el pie en el estribo y me aúpo, mis dedos rozan un instante los suyos. Ambos llevamos guantes, pero siento como si el mundo se redujera a ese leve contacto.

Frío.

Calor.

Palpitación.

Retiro la mano, asustada.

Él no dice nada. Solo se asegura de que la silla está bien colocada y se aleja sin haberme dirigido la mirada.

—Partimos —ordena.

Su voz atraviesa el patio sin necesidad de alzarse.

Las puertas del castillo se abren con un sonido grave y lento. La nieve acumulada en los bordes cae en pequeños bloques que se rompen al tocar suelo.

Delante de nosotros se extiende… el infinito.

La estepa se prolonga más allá de donde la vista me alcanza a ver. Blanca y hostil. Sin refugio. Sin camino definido.

Keira se coloca a mi lado en otro corcel blanco. Cráneo avanza unos metros por delante y Corwan cierra la formación. Se unen dos soldados más, uno protege el frente y otro la retaguardia.

Parece la comitiva de un reo peligroso al que conducen al cadalso. En cierta medida, puede que seamos eso.

Salimos.

Los caballos avanzan, sus cascos se hunden en la nieve. Y, con cada paso que me aleja del castillo, la esperanza de que Lucian me encuentre se desvanece.

El viento se levanta más fuerte y frío. Se cuela entre las costuras, en cada pensamiento. Y, poco a poco, todo lo que conozco desaparece.

Solo queda la estepa.

Y ese latido, que no es del todo mío, y que ahora me acompaña.

* * *

El ritmo del viaje se impone pronto.

No hay lugar para las pausas ni para la conversación.

Solo se escucha el sonido constante del crujir de la nieve bajo nuestro peso y el silbido del viento, que no deja de aumentar desde que nos alejamos del castillo.

Intento acompasar mi respiración al movimiento del caballo, pero me resulta imposible. Cada paso del equino es un golpe seco e irregular que asciende por mi columna y se instala en la base del cráneo.

No estoy hecha para esto.

Nunca terminé las lecciones de equitación. Me dolía el cuerpo demasiado al día siguiente para que mereciera la pena. Además, ¿por qué iba a tener una princesa que montar a caballo? Ya estaban las carrozas para los desplazamientos largos.

Nunca pensé que me vería obligada a emprender un viaje así, falto de lujos, de comodidades… falto de todo a lo que estoy acostumbrada. Incluso en la fría Taurenhold me trataron con más respeto que aquí.

Al menos Keira me acompaña. Cabalga a mi lado, envuelta en pieles, como todos, y la vista siempre al frente.

Delante de nosotras, la figura encorvada de Cráneo se recorta contra el blanco infinito como una sombra deformada. De vez en cuando murmura algo, pero el viento arrastra las palabras antes de que pueda comprenderlas.

—Afloja los dedos —oigo decir a Keira—. Si te agarrotas, será peor.

Me miro las manos y tomo consciencia de la fuerza con la que mis nudillos se enroscan alrededor de las riendas. Tanta, que mis manos tiemblan.

Intento hacerle caso, pero estoy demasiado nerviosa para que funcione del todo.

* * *

El terreno cambia sin previo aviso.

La nieve deja de ser uniforme. Bajo la capa blanca se esconden placas de hielo que reflejan la luz mortecina del día. El caballo duda, y yo también. No sé leer el suelo como los demás, y menos anticiparme.

Uno de los cascos resbala.

El mundo se inclina.

Intento sujetarme a la silla, pero mis manos están demasiado entumecidas para que el agarre sea firme. Mi cuerpo pierde el equilibrio… y, de pronto, el suelo se acerca.

Caigo.

El golpe contra la nieve es menos brusco de lo que esperaba, aunque su frío me atraviesa la ropa como si estuviera desnuda.

Durante un instante, no puedo moverme.

—Camila.

La voz de Keira se cuela entre el gemido del viento.

Siento sus manos cogerme por los brazos y tirar de mí hacia arriba antes de que consiga reaccionar por mi cuenta.

—¿Te has hecho daño?

Niego con la cabeza, aunque el cuerpo entero protesta. No está de acuerdo.

—Estoy bien —miento. No quiero que nadie lo note.

Keira me sacude la nieve de los hombros con rapidez.

—Tienes que mirar bien el terreno —dice en voz baja—. Si brilla demasiado, esquívalo.

Asiento mientras intento recomponerme, ignorar el ardor en las mejillas.

El caballo se ha apartado unos pasos, inquieto.

—Si no sabes guiar a tu montura, dilo antes de provocar un accidente.

La voz de Corwan llega desde atrás. Sigue a lomos de su caballo, sin moverse.

Levanto la cabeza con la dignidad que me queda, que no es mucha, y me atrevo a mirarlo, a pesar de todas las alarmas que se desatan en mi interior.

—No es necesario que os preocupéis, mi lord —respondo, con más firmeza de la que siento—. No volverá a ocurrir.

Sus ojos oscuros me sostienen la mirada. Impenetrables. Aun así, parece incómodo.

—No todos nacimos en la nieve —finalizo.

Él inclina la cabeza hacia delante.

—No —dice—. Pero ahora cabalgáis sobre ella, así que aprended a hacerlo.

Suena a reproche, pero hay algo más. Algo que se asemeja demasiado a la preocupación. Enseguida me lo quito de la cabeza.

Keira me mira de reojo, como si esperara que responda, pero no lo hago.

En realidad, no sé qué decir. Por un lado, creo que me ha menospreciado, pero por otro…

hay algo en cómo me ha mirado, en cómo no ha apartado los ojos, que se queda dentro de mí.

Molesto. Persistente. Igual que una herida pequeña que no deja de escocer.

Camino hacia el caballo y Keira me ayuda a montar de nuevo.

Esta vez agarro las riendas con más firmeza. No por seguridad, sino por orgullo.