Una rosa de invierno 7 Susurros en la noche
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7 Susurros en la noche

—¿Estás segura?

Keira tira de mí y me ayuda a levantarme. Es hora de volver dentro del castillo. El frío se ha vuelto insoportable, incluso para ella.

Más allá de las murallas solo queda oscuridad. Vacío. Y el lamento de los carroñeros nocturnos.

—Es nuestra última noche bajo la protección de estos muros. Nos merecemos dormir en una habitación decente, sobre todo tú.

—¿Y si alguien me ve? —Me horrorizo solo con pensarlo.

—Caminas al lado de la hija del rey, que no se te olvide.

En el interior todo está en silencio y el ambiente, aunque también es húmedo y frío, resulta más agradable que el exterior.

Keira camina delante de mí y me guía hacia la zona noble. Las antorchas arden bajas, respetando el descanso de los que se permiten dormir.

—La alcoba junto a la mía está vacía —dice sin volverse—. Puedes quedarte ahí.

Se lo agradezco en silencio.

Avanzamos por un corredor estrecho que desemboca en una galería más amplia. El suelo está alfombrado y el eco de nuestros pasos se amortigua. Aquí el aire es más cálido, pero también más denso, cargado de un olor que no consigo identificar al principio.

Algo agrio. Desagradable.

Entonces pasamos frente a una puerta entreabierta. La luz se derrama desde el interior en una franja oblicua sobre la alfombra carmesí.

Keira no se detiene, pero yo sí. No puedo evitarlo. Es solo un instante, lo justo para mirar.

Dentro, Corwan está de pie, de espaldas a la puerta. Su silueta ocupa casi todo el espacio. La capa de pieles y la camisa no están, y puedo contemplar su musculatura expuesta. Nunca había visto un cuerpo así. No en un hombre, solo esculpido en obsidiana.

La mitad de su espalda está cubierta por un gran tatuaje. Se trata de un enorme lobo que acecha en la sombra… pero está incompleto. Parece la marca de un conjuro que no hubiera terminado de ejecutarse.

Cráneo está frente a él y sostiene una jeringuilla de cristal con una aguja demasiado fina. En su interior, un líquido blanco y lechoso palpita con una luz antinatural.

—No te muevas —oigo decir a Cráneo, con esa voz suya que parece arrastrarse.

Corwan no responde. No se resiste.

Cráneo clava la aguja en su brazo con una precisión ritual. El líquido desaparece poco a poco bajo la piel.

Entonces, todos los músculos de su espalda se tensan… y algo dentro de mí también responde. No sé qué es, pero me aterra.

Mi respiración se entrecorta.

Él gira la cabeza de golpe y sus ojos se dirigen hacia la puerta. Hacia mí.

Me quedo atrapada en su oscuridad.

El mundo se detiene.

No debería estar aquí, mirando, pero no puedo girarme. Y él tampoco lo hace.

Keira tira con suavidad de mi brazo.

—Vamos —susurra.

Sin embargo, no puedo, estoy pegada a sus ojos. Hay algo en ellos que no entiendo… que no me deja apartarme. Su mirada me recorre de arriba abajo, en silencio, mientras Cráneo retira la aguja.

—Con esto tendrás suficiente… de momento —dice, satisfecho.

Corwan no responde. Sigue observándome.

Keira me arrastra despacio y la puerta queda atrás.

El pasillo vuelve a expandirse delante de nosotras, pero su mirada no me suelta. Se queda bajo mi piel.

—¿Qué era eso…? —murmuro.

Keira tarda en responder.

—Algo que no te conviene entender.

No insisto, pero la pregunta se queda conmigo.

¿Para qué necesita esa inyección? ¿Para mantenerse despierto… como Gorath? ¿O es para algo peor…?

Keira abre la siguiente puerta.

Da a un dormitorio pequeño, pero más grande y cálido que el que he usado las últimas noches. Hay mantas gruesas sobre la cama, de la que cuelga un dosel con brocados de oro. Una ventana amplia se abre al exterior. Veo velas encendidas, una palangana con agua y alfombras mullidas sobre el suelo.

Al fondo distingo otra puerta… si la orientación no me falla, comunica con la habitación donde he visto a Corwan.

Keira adivina mis pensamientos.

—No te preocupes —dice—. Está cerrada por ambos lados.

Hace una pausa.

—Esta habitación perteneció a lady Mirriam, la esposa de Corwan.

Una nube me oscurece el ceño.

—¿Y dónde está?

—Murió. Junto con el hijo que esperaban.

Algo me aprieta en el pecho. Fuerte. Inesperado.

—Oh… no lo sabía. —Es lo único que atino a decir.

Entro y miro alrededor. No sé exactamente qué es lo que espero encontrar: sangre, lágrimas, vestigios del dolor pasado… Por supuesto que no hay nada de eso ahí dentro. Solo una cama con mantas pulcras, colocadas con esmero.

—Intenta dormir —dice Keira desde la puerta—. Lo que viene no va a ser fácil.

Asiento.

—Keira… —dudo. No sé si será demasiado atrevida mi pregunta—. ¿Sabes por qué Cráneo quiere mi sangre?

Ella niega con la cabeza.

—Hay asuntos de mi padre que ni siquiera yo conozco. —Parece sincera.

Después, la puerta se cierra.

Y me quedo sola con todo lo que he visto.

* * *

Me tumbo y cierro los ojos.

Intento dejarme arrastrar por el cansancio, pero no llega. El cuerpo está agotado, pero la mente no. La imagen de Corwan vuelve una y otra vez.

La aguja.

La materia .

Su mirada. Ese instante en el que…

No.

Aprieto los párpados. No quiero pensar en ello…

Imagino el rostro de Lucian… su mano acariciando mi cabello… su voz susurrándome que mantenga un poco más la esperanza…

El sueño llega tarde y, cuando al fin lo hace, no hay descanso.

* * *

Estoy sobre la nieve. Su filo me muerde en la piel expuesta.

Camino. No sé hacia dónde. A mí alrededor todo es nieve y arbustos helados. El sol está en lo alto de un cielo gris ceniza. Resplandece con fuerza, aunque no calienta.

Siento una presencia que me acecha. Sé que no estoy sola.

De pronto, un crujido seco a mi espalda.

Me vuelvo y lo veo. Es enorme. Más grande que cualquier animal que haya visto jamás.

Su pelaje es oscuro, espeso y está cubierto de escarcha. Los colmillos brillan bajo la luz pálida del sol. Sus garras podrían partirme por la mitad sin esfuerzo.

Es un huargo.

Él avanza, pero yo soy incapaz de moverme. Apenas puedo respirar.

Cada paso hunde la nieve con un sonido seco.

Obligo a mi cuerpo a reaccionar, a correr, pero no sirve de nada.

El huargo salta y me derriba contra la nieve. Su peso me aplasta. Su aliento caliente choca contra mi rostro cuando sus fauces se abren…

Voy a morir, lo sé.

Cierro los ojos y contraigo mi cuerpo, en espera de un dolor que no llega. Solo hay silencio.

Los abro y contemplo los suyos anaranjados, muy cerca. Tan cerca que debería ver hambre, debería ver furia; pero no hay nada de eso. En su lugar, distingo otra cosa. Algo que no me espero: tristeza. Profunda. Antigua. Y… soledad.

El aire se queda atrapado en mi pecho.

Parpadeo.

Y el mundo se deshace.

* * *

Me despierto de golpe con el corazón desbocado y la respiración agitada.

La habitación está en silencio y la llama de las velas casi consumida.

Tengo la sensación de que no se ha tratado solo de un sueño… de que hay alguna conexión con la realidad que todavía no alcanzo a comprender.

Me giro hacia la puerta que conecta con la habitación de Corwan y me llevo una mano al pecho.

Y entonces lo sé con una certeza abrumadora…

Él está al otro lado de esa puerta. Apoyado contra la madera. Con la respiración igual de agitada que la mía.