Una rosa de invierno 6 El horror del Norte #3
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6 El horror del Norte #3

Estamos sentadas sobre las murallas, con las piernas colgando en el hueco entre almenas. Tengo las manos entumecidas por el frío y por el miedo, y la mirada perdida en ese horizonte que no cambia nunca. Blanco, infinito, silencioso… sin rastro de estandartes del Oeste.

El viento sopla constante y levanta pequeños remolinos de nieve que se deshacen antes de tomar forma. Me azota el rostro y arrastra mechones de mi cabello, pero no me muevo. Necesito sentir algo que no sea el eco de esa sala. El recuerdo de su voz…

Matadla.

Me revuelvo incómoda y Keira se gira hacia mí.

—Y esto es todo, ¿verdad? —la oigo decir.

Frunzo el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Has aceptado su voluntad sin pelear.

Me froto las manos, heladas.

—¿Qué querías que hiciera? Es lo que llevo aceptando toda mi vida. Soy la segunda en la línea de sucesión al trono. Un instrumento político. He acatado siempre lo que los demás decidían sobre mí: mi padre, mi hermana, el Consejo. Y ahora… tu padre es uno más.

Suspiro con resignación.

—Solo soy la que se casa con quien conviene, la que se mueve cuando lo ordenan, la que… acepta.

Keira guarda silencio durante un rato. Luego pone su mano sobre la mía en un gesto que pretende ser cálido, pero está demasiado fría también.

—Eso no significa que tenga que seguir siendo así —dice al final.

—Es que no sé hacerlo de otra manera.

La confesión pesa y, a la vez, libera. Llevo toda mi vida sintiéndome así, pero es la primera vez que lo expreso en voz alta.

—Entonces aprende.

Me giro hacia ella.

—¿Es lo que tú hiciste?

Keira esboza algo parecido a una sonrisa que no llega a serlo.

—Yo lo tuve claro desde el principio. —Sus ojos se desvían hacia el horizonte, hacia algo que no puedo ver—. Si no me revolvía, acabaría sirviendo a otros. Por eso no puedo dejar de demostrarle lo que valgo.

Sigo su mirada.

—¿Cómo es… ser su hija?

La pregunta es osada para mí, pero sale antes de que pueda detenerla.

Ella tarda en responder.

—Es como caminar sobre el filo: aprendes a convivir con el miedo de caer en cualquier momento, pero luchas cada instante por no hacerlo nunca.

El frío parece intensificarse.

—He visto el collar que lleva… —Mi mano asciende de manera instintiva hacia el cuello.

Su cabello castaño se agita.

—Es una herramienta —dice—, para mantenerse siempre despierto, siempre alerta. Su cabeza nunca para de maquinar. Cree que eso le da ventaja sobre sus enemigos, pero lo único que consigue es ver fantasmas por todas partes.

—¿Cuánto tiempo…? —Un escalofrío me recorre la espalda—. ¿Cuánto tiempo lleva sin dormir?

Keira se encoge de hombros.

—Siempre lo conocí así.

La idea me horroriza. ¿Cómo es posible que una persona aguante tanto tiempo despierta? Solo hay una respuesta posible y tiene que ver con la materia .

—¿Y tu madre? —pregunto.

Ella niega con la cabeza y decido no insistir.

—Tengo hermanos —dice al cabo de un rato, y observo que sus dedos se tensan, apoyados sobre la piedra—. Más de los que podría recordar, pero soy la única que sigue aquí.

La miro.

—¿Por qué?

—Porque aprendí a serle útil.

La palabra suena cruel y, en cierta medida, me siento identificada. Útil es la palabra que ha definido mi existencia y mis obligaciones durante la mayor parte de mi vida.

—Ha visto en mí algo que podría servirle. —Sus labios se aprietan—. Estrategia, inteligencia, anticipación… Quiere que sea su mano derecha cuando comience la guerra.

Por un instante, mi pecho se contrae.

—¿La guerra…?

Ella asiente, muy despacio, mientras el viento arrastra nieve entre nosotras.

—Planea asaltar tu Reino, Camila.

Siento que la contracción del pecho aumenta. Empieza a doler.

—¿Por qué? —pregunto de nuevo.

—Porque es el único sitio del continente donde aún queda lo que él necesita. —Se gira para mirarme—. Materia .

La palabra queda suspendida en el aire. El sol hace tiempo que se ha ocultado, pero pese a la oscuridad que nos rodea, soy capaz de percibir la sombra de consternación que le deforma el rostro.

Miro hacia la estepa y, de pronto, ya no parece solo desolación.

—Lo hemos agotado todo —dice ella, y su voz se endurece—. Tierra, recursos… gente. Pero a él no le importa. Invertirá lo que le queda al reino en esa ofensiva. Aunque eso signifique dejar morir a los suyos aquí.

—Y… ¿Rufus?

Sus ojos se elevan hacia el cielo estrellado.

—Ellos son la última resistencia —dice—. La lucha activa por decidir, por no ser solo piezas…

Las palabras se clavan dentro. Afiladas.

—Como tú.

Pausa.

—Y como yo.

Un cuervo atraviesa el cielo nocturno sobre nosotras. Su silueta negra apenas se recorta a la moribunda luz de las antorchas del patio. Puede que porte mensajes de estrategia de guerra, de ofensivas, de muertes…

—Aún no es tarde para convertirnos en aquello que deseamos ser.

Me mira, pero yo soy incapaz de desviar los ojos de mis manos temblorosas.

—¿Y si estoy tan acostumbrada a no ser —la voz se me quiebra—, que ya no sé qué en qué podría convertirme?

Ella envuelve mis manos de nuevo y calma mis sacudidas.

—Tu naturaleza te encontrará —susurra—. Solo tienes que prestar atención.

Cierro los ojos y escucho… pero lo único que percibo es el graznido de los cuervos.