Una rosa de invierno 6 El horror del Norte #2
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6 El horror del Norte #2

Cuando por fin se detiene frente a mí, algo en su actitud me indica que ya ha tomado una decisión. Inclino de nuevo la cabeza y cierro los ojos. La advertencia del cuervo fue clara: sangre, caída, muerte.

—Has estado en mis instalaciones —dice frío y cortante—. Has visto y escuchado cosas que podrían ser utilizadas contra mí. Eres una fuente de información.

—No lo soy —niego, con un hilo de voz—. No entiendo nada de lo que he visto…

—No hace falta que entiendas —me interrumpe—. Es suficiente con que lo cuentes.

Intento tragar saliva, pero el miedo me paraliza.

—Además —añade—, tu sangre es algo que no estoy dispuesto a dejar caer en manos enemigas. Sean las que sean.

Mi pulso se descontrola.

—No… no… por favor. —Las lágrimas empiezan a caer—. No sé nada. No soy nadie…

—Basta. —La palabra cae como un mazo—. Matadla.

Entonces, el mundo se rompe. La opresión en el pecho no me deja respirar, me ahogo… Siento que uno de los soldados se acerca para sujetarme las manos. Levanto la cabeza hacia Keira, le imploro con la mirada, pero ella aparta sus ojos vidriosos. No va a interceder más.

Todo se apaga.

Oigo desenvainar una espada y el sonido de la cabeza de Rufus golpeando el suelo nevado vuelve a mí y me paraliza. Así es como va a acabar todo. No en una cama, no junto al hombre que amo, no rodeada de mi descendencia… Acaba aquí, en un salón frío y húmedo rodeada de enemigos.

El filo silba en el aire. Una sombra entra en mi campo de visión. Por un instante creo que va a detener esta locura, pero es una voz procedente de la entrada la que paraliza la mano del soldado.

—Majestad.

Reconozco al instante ese timbre desagradable.

Cráneo.

—Si no has venido a decirme que puedes arreglar tu máquina en menos de una semana, márchate —exclama Gorath.

—Puedo conseguir lo que necesitamos en menos de una semana.

Gorath cambia de postura. Parece que el alquimista ha captado su atención.

—Habla.

Los pasos de Cráneo resuenan en el salón. Considero una burla del destino que ahora mi esperanza resida en él. Se detiene frente al rey. Alzo un poco la cabeza y distingo el terrible agujero que deja su calavera al descubierto.

—Mi mentor, Concilius Klan —dice—, trabajó durante años en una instalación muy al norte del reino. A tres kilómetros de Kulum, la última aldea habitada.

Sus labios se curvan en una sonrisa que no le alcanza los ojos.

—Él desarrolló una máquina más rudimentaria, pero que servía para un propósito similar. Con algún pequeño retoque, creo que podríamos utilizarla para extraer su sangre y estabilizarla, igual que en mi laboratorio.

Mi estómago se contrae al recordar el dolor de las agujas.

—Podríamos trasladarla allí —añade—, y continuar el trabajo de forma segura. Los asentamientos rebeldes están aquí, en el sur. No se aventuran tan al norte.

Me pregunto durante cuánto tiempo más tendré que soportar esa tortura y si no hubiera sido preferible que la espada del soldado hubiese caído sobre mi cabeza.

Gorath guarda silencio. Lo está considerando.

—¿Qué probabilidades hay de que funcione?

—Muchas —responde Cráneo. En el tono afilado de su voz hay una excitación mal contenida. Me repugna.

El rey asiente lentamente.

—Entonces preparad el viaje —ordena—. Partiréis al amanecer.

El aire se escapa de mis pulmones con un gemido. ¿Cómo me encontrará Lucian ahora? Cuanto más me aleje de la frontera con el Reino del Oeste, más difícil será que una partida de rescate siga mi rastro.

Cráneo inclina la cabeza, satisfecho.

—La escoltarás tú con dos soldados —dice Gorath. Después sus ojos se deslizan hacia Keira—. Tú los acompañarás.

Si está molesta o agradecida, no lo exterioriza.

—Sí, padre.

Y, por último, se gira hacia su hermano.

—Corwan.

El nombre vibra en mi pecho. Giro mi cabeza hacia él y lo veo mirando a Gorath con la misma postura tensa.

—Irás con ellos y te asegurarás de que ningún escarceo rebelde pone en peligro la misión.

Corwan asiente, aunque no puede evitar que su gesto se contraiga en una mueca de desagrado.

—Tienes una semana, Cráneo. —Se vuelve hacia el alquimista—. Si en una semana no he tenido noticias de vuestro éxito, no os molestéis en volver. Ni tú ni ella.

Aprieto el suelo con los dedos mientras un sentimiento de rabia, que nunca había experimentado, me invade. De nuevo, otra voluntad se alza para imponerme un destino sin que yo pueda intervenir. ¿Para esto he venido al mundo? ¿Para ser solo una herramienta en manos de otros?

Mientras el sonido de las botas del rey se aleja por el salón, una certeza crece en mi interior: Lucian no va a venir a rescatarme. Estoy sola frente a un destino marcado por un hombre al que no le tiembla la voz al decidir quién vive… y quién deja de hacerlo.

Un soldado se acerca, es hora de regresar a esa habitación que se ha convertido en una celda. Sin embargo, Keira se interpone.

—Yo me encargo —le dice, y el soldado se retira.

Se inclina y me ayuda a levantarme.

—Ven —me ordena, y no lo hace para imponerse, sino para que yo reaccione—. Demos un último paseo por las murallas.

* * *

El sol se apaga lentamente sobre la estepa.

No me doy cuenta del momento exacto en el que desaparece. Solo se disuelve, retira su luz con cautela, y deja atrás un rastro violáceo que se extiende sobre la nieve.