Una rosa de invierno 6 El horror del Norte
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6 El horror del Norte

Permanezco de pie frente a la puerta de mi habitación, con las manos entrelazadas sobre el regazo.

Espero que Keira entre en algún momento para contarme qué ha pasado, para decirme que todo tiene una explicación…

y que no ha sido culpa mía. Así podré librarme de este peso que me aplasta el pecho y no me deja respirar…

Sin embargo, no lo hace.

Y el silencio de aquellas cuatro paredes es cada vez más insoportable.

Aunque trato de vaciar mi mente, la imagen vuelve una y otra vez, nítida, inalterable: Rufus, su sonrisa, la canción, el golpe seco que acabó con todo…

La estancia está impregnada con el olor metálico de la sangre que mancha mis manos.

—Lo siento… —susurro, aunque ya no haya nadie que pueda oírme.

El vapor se escapa de mi boca en nubes blancas. Estoy helada.

No paro de pensar en por qué lo hizo, qué pretendía conseguir…

Las preguntas se amontonan, pero ninguna encuentra respuesta. Solo crecen, se retuercen, se clavan.

Me llevo las manos a la cara para contener las lágrimas.

Aún escucho la canción. Es algo más que un recuerdo, se ha instalado en mí.

Palpita en mi interior. Incompleta. El acorde cercenado por la espada resuena en mis oídos como un lamento que se niega a morir.

Y siento la urgencia de averiguar cómo termina la melodía.

Un aleteo en la estrecha ventana de la alcoba me sobresalta.

Alzo la cabeza y veo una silueta negra moviéndose en el alféizar. Sus garras arañan la piedra con un sonido seco.

Su sombra se proyecta sobre las baldosas del suelo, a escasa distancia de mis pies. No hay duda, se trata de un cuervo.

En el Reino del Oeste tenemos la firme convicción de que estos animales no auguran nada bueno. Son mensajeros de muerte, de desgracia, de finales… Sin embargo, en el Norte se usan como aves mensajeras… Puede que se haya desorientado.

Me aparto un paso de su sombra, pero entonces él se cuela por la ventana y se posa sobre el camastro.

Ahogo un grito de sorpresa.

El ave se gira para observarme. Sus ojos son oscuros y brillantes. Inclina la cabeza hacia un lado como si fuese capaz de entender mi turbación y se riera de ella. Lo cierto es que no me provoca el miedo que debería.

Trago saliva y, aunque no tendría que acercarme, siento que algo en mi interior me empuja a hacerlo. Es la misma sensación que tuve hace dos noches, cuando escuché husmear al otro lado de la puerta. Ese tirón del pecho.

Doy un paso hacia el camastro sin pensar demasiado en lo que hago, solo me dejo llevar por mi instinto. Luego otro y me acerco más.

El cuervo no se mueve. Parece aguardar con paciencia.

Siento que mi respiración cambia… que mi visión se vuelve brillante, que mi cuerpo pierde peso.

—¿Qué haces aquí…? —murmuro.

Durante un instante, me siento estúpida por haber lanzado la pregunta a un cuervo, pero entonces… lo noto.

No es un sonido exactamente. Es una especie de roce suave que se abre paso dentro de mi cabeza con una calma que contrasta con todo lo demás. Y luego aparece una imagen, fugaz y distorsionada.

Sangre .

Y después la idea de una caída, de pérdida… de muerte.

Me llevo una mano a la sien, ahí donde siento que el roce es más intenso.

—¿Qué me quieres decir? —susurro, confundida.

El cuervo emite un graznido potente, pero no me asusta. Entiendo su intención pese a no ser pronunciada de forma explícita: urgencia, peligro. Algo se avecina.

El animal da un salto y baja al suelo. Avanza hacia mí y yo me arrodillo para estar más cerca. Sus alas se estiran como si estuviera a punto de alzar el vuelo.

La sensación se intensifica y una idea se forma nítida en mi cabeza: huida . Esa es la palabra.

Me incorporo de golpe, sobrecogida por la situación: por la advertencia, por la forma en la que la he recibido, por el peligro que se avecina…

El cuervo abre las alas y alza el vuelo.

No me da tiempo a más, unos golpes en la puerta acaparan mi atención. Sea lo que sea… ya está aquí.

El eco de la advertencia sigue resonando en mi cabeza —huida— mientras dos soldados me sacan de la habitación y me escoltan por unos pasillos del palacio por los que nunca he pisado antes.

Mis piernas se mueven sin que me dé tiempo a pensar cómo escapar de esta situación.

Subimos por unas escaleras cubiertas de una alfombra mullida de color azul. Es el primer vestigio de calidez que observo en la decoración del castillo. El pasillo en el que desembocan es más amplio que todos los que he visto hasta ahora y las antorchas más grandes. Su fuego arde con fuerza.

Nos detenemos frente a una gran puerta de madera oscura con un elaborado grabado. En la parte superior, luce el blasón de la casa Excelsius: el dragón de dos cabezas.

Uno de los soldados empuja la puerta y parte el blasón en dos. Se abre en silencio y entro.

La sala es amplia y está dominada por un trono de oro macizo envejecido por los siglos. No hay más tapices ni adornos que la alfombra azul que muere a los pies del trono. Ahí sentado está Gorath.

Tiene los ojos cerrados y los brazos apoyados sobre el trono. Respira despacio y profundo. Lleva una capa de pieles sobre los hombros, unas botas de aspecto pesado y el collar de espinas alrededor del cuello.

A su lado está Keira. No esperaba verla allí. No entiendo qué hace en este lugar, junto al rey. ¿Para qué es todo esto?

Un poco más allá, bajo la sombra que proyecta el trono, de pie e inmóvil, está Corwan. Observando. Sus ojos pasan por mí apenas un instante, pero es suficiente para que ese extraño latido despierte de nuevo en mi pecho.

—De rodillas. —Su voz, rasposa, retumba en el salón.

Uno de los soldados me empuja hacia delante, me agarra del cuello y me fuerza a inclinarme. Las botas del rey quedan a dos palmos de mi cara. Estoy tan aterrada que soy incapaz de quejarme.

—No dejo de sorprenderme de lo poca cosa que es.

El comentario me atraviesa por su crueldad, por el tono de decepción y desprestigio.

Alza la bota y empuja mi mentón hacia arriba. Me obliga a levantar la cabeza y a mirarlo. Lo que veo en sus ojos no es solo ira, es locura. Una necesidad feroz de someter, de quebrar, de dominarlo todo.

En la sombra, los ojos de Corwan también están puestos en mí. Su postura es tensa. Contenida. No parece disfrutar de estar aquí.

—Ha sido un completo inconveniente que ese malnacido destruyera la máquina de Cráneo —dice sin permitirme apartar la cabeza.

El cuello me empieza a doler—. Sobre todo para ti, porque has perdido todo el valor que tenías.

Pensé que tal vez servirías para darme hijos, pero esas estrechas caderas jamás podrían albergar mi sangre.

Levanta más la bota y mi cuello cruje. Mi respiración se entrecorta. Al aire le cuesta fluir por la tráquea forzada. Gimo, pero apenas sale sonido alguno.

—Te has convertido en un estorbo… y ahora me pregunto qué hacer contigo.

La vista se me nubla. Mi cuerpo pierde sensibilidad y el suelo se vuelve de cartón bajo mi peso.

Entonces Keira da un paso hacia delante.

—Recordad, mi rey, que es la hermana de la reina del Oeste. —Suena tan firme delante de él, que me descoloca.

Gorath gira la cabeza muy despacio hacia ella y por fin baja el pie. El aire vuelve a entrar por mi garganta y toso. No demasiado fuerte, no quiero volver a llamar su atención.

—¿Crees que necesito que me recuerdes quién es? —espeta—. Pero si Genoveva no está aquí ya con sus ratas embutidas en brillantes armaduras y sus come-hierbas de Faerín es porque debe importarle bien poco esta chusma.

—Quizás no haya venido porque sabe que la mantendréis con vida —insiste Keira—.

Si la matáis, se querrá cobrar su venganza.

Genoveva ya controla también el Reino del Sur, y nuestros informadores dicen que quedaba allí más gente y más recursos de los que imaginábamos.

Su poder no deja de crecer. No es prudente provocarla.

Gorath se levanta de un salto, incómodo. Hay algo en su expresión que cambia. Es irritación.

—¿Desde cuándo te preocupa la prudencia?

Keira no se aparta pese al avance impetuoso de Gorath hacia ella.

—Desde que las decisiones imprudentes empiezan a costarnos más de lo que ganamos.

Cae un silencio denso, peligroso. Yo tiemblo sin poder contenerlo. Me horroriza el atrevimiento de Keira, temo que acabe como Rufus y pierda mi único lugar seguro en esta horrible tierra.

Entonces, Gorath sonríe. No es un gesto agradable; es lento y cruel.

—Todavía no me has perdonado que mandara a aquel necio soldado a pelear en Bröswick, ¿verdad?

Los labios de Keira se tensan.

—Bröswick era una misión suicida —dice entre dientes—. Lo mandaste a morir.

—Era la única manera de alejarlo de ti. —Su voz adquiere el tono de una sentencia—. No era la compañía adecuada para mi hija.

La palabra me golpea con tanta fuerza que tengo que aferrarme al suelo para no caer.

Su hija.

Parpadeo. No puede ser.

Miro a Keira, pero no reacciona. Sigue ahí, de pie, manteniendo su postura frente al imponente rey del Norte. Y entonces comprendo de dónde viene su atrevimiento.

—Eso es lo que ocurre cuando alguien me estorba. —Gorath vuelve a girarse hacia mí—. Y ahora es ella quien lo hace.

El desprecio en sus palabras es absoluto. Y comprendo que, si no intento remediarlo, voy a morir aquí mismo.

—Dejadme marchar, os lo suplico. —Mi voz sale antes de que pueda detenerla. Temblorosa, desesperada, débil… Odio cómo suena—. Si ya no os sirvo para nada, dejadme ir y os prometo que mi hermana no tomará represalias.

Jamás me atrevería a lanzar una amenaza, pero me doy cuenta, por la forma en la que Gorath ensancha los orificios de su nariz, que ha tomado mis palabras como tal. Regresa hacia mí y, con cada paso, el suelo tiembla.

—¿Creéis que temo a vuestra hermana? —grita, preso de la ira—. Ella y sus huestes no durarían ni diez minutos asediando esta fortaleza.

Comienza a pasear de un lado a otro del salón. Su pesada capa de pieles sisea arrastrada sobre la piedra del suelo. Murmura para sí, aunque capto palabras sueltas.

—Ha visto demasiado… podría informar… es un peligro en manos enemigas… no tiene nada que ofrecer…