Una rosa de invierno 5 El silencio de la noche
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5 El silencio de la noche

El resto del día transcurre tranquilo.

Se desliza entre mis dedos casi sin darme cuenta, pese a que cada hora se me antoja lenta bajo aquella luz blanca que parece no mermar.

Keira cumple su palabra.

La biblioteca es pequeña, pero suficiente para perderse.

Los libros huelen a polvo y a años, a las manos de todos los que los han sostenido antes que yo.

Me refugio allí como quien se esconde bajo una mesa durante una tormenta.

No entiendo todo lo que leo. Algunas palabras pertenecen al lenguaje antiguo, anterior al Gran Cataclismo.

Es otro mundo, pero me aferro a ellas igual.

Cualquier cosa es mejor que pensar demasiado, que recordar.

A ratos, salimos a las murallas.

El viento es más fuerte hoy. Arrastra la nieve y golpea la piedra de los muros con insistencia. El paisaje sigue siendo una extensión infinita de blanco. No hay rastro de vida. No se ven soldados con el estandarte de Taurenhold ni del reino del Oeste. Mi esperanza empieza a quebrarse.

¿Tan poco le importo a mi hermana que no manda ni un batallón a rescatarme? ¿O es que han masacrado hasta al último soldado de Taurenhold y nadie ha podido dar la noticia de mi secuestro?

No sé cuál de las dos opciones me aterra más.

Keira habla poco. Y yo menos.

Sin embargo, hay algo en su silencio que ya no me resulta hostil. Entre nosotras se ha formado un vínculo. Todavía es frágil, pero siento cierta tranquilidad cuando ella está cerca.

Cuando me conduce de regreso a la habitación, el día casi se ha apagado por completo.

Y, con la noche… todo cambia.

Intento mantenerme sentada en el camastro, pero estoy demasiado nerviosa.

Presto atención a los ruidos que proceden del otro lado de la puerta, tal y como me indicó Rufus, aunque no distingo gran cosa. El movimiento del día ha disminuido y las voces se han apagado, pero aún puedo escuchar los pasos espaciados y pesados de los soldados en el pasillo.

¿Puedo fiarme de él? Keira me ha dicho que podría haber alguien más interesado en mí. Pero ¿quién? ¿Por qué?

¿Qué es lo que todos saben de mí que yo desconozco?

Me levanto despacio.

El suelo está frío bajo mis pies descalzos. Camino hasta la puerta y apoyo la palma de la mano contra la madera. Está helada.

Durante un instante, dudo si desistir, darme la vuelta y meterme bajo las pieles a esperar que alguien venga a rescatarme. Aunque cada vez sea más improbable.

Entonces, lo oigo.

Es un redoble de campanas. No es la primera vez que lo escucho en estos dos días, pero hasta ahora no me había parado a pensar en su significado: el cambio de guardia. Pasos que se apresuran y se alejan. El ritmo se altera y mi pulso también.

Es ahora.

No sé si estoy preparada. No debería…

Abro la puerta. Como dijo Rufus, no tiene cerrojo.

El pasillo está en penumbra. Solo algunas antorchas permanecen encendidas, proyectando sombras largas que se estiran sobre la piedra.

No hay nadie.

Salgo.

Cada paso que doy resuena amplificado. Intento pisar con cuidado, pero el eco me persigue igual.

Avanzo.

Reconozco el camino a medias. Solo lo he recorrido una vez con Keira y estoy tan nerviosa que podría confundir pasillos o puertas sin darme cuenta. En la oscuridad de la noche todo es distinto. Más estrecho. Más afilado.

Encuentro el patio donde esa misma mañana soldados se resentían de sus heridas.

Por suerte, ahora está vacío. Veo el cielo cubierto de estrellas al cruzarlo y, durante un momento, me permito admirar la belleza de las constelaciones norteñas.

Pero es solo un segundo, al instante siguiente recuerdo dónde estoy y el peligro que corro.

Bajo las escaleras hacia las cocinas y, poco a poco, los olores regresan, pero ya no me resultan tan agradables.

Me detengo antes de abrir la puerta.

El corazón me late tan fuerte que me cuesta respirar.

¿Y si alguien me descubre? ¿Y si esto es una trampa? ¿Y si Rufus es peor que Cráneo? ¿Y si…

Un sonido estalla en otro lugar del castillo, no muy lejos de donde me encuentro. Es un ruido violento que hace temblar el suelo bajo mis pies. Algo metálico que se resquebraja. El estruendo se expande por el castillo como una onda expansiva.

Después se oyen carreras y gritos.

—¡Ha sido en el laboratorio de Cráneo!

—¡Rápido!

—¡Que nadie salga del castillo!

El pánico me atraviesa. Si alguien me ve allí podría pensar que he tenido algo que ver con lo que ha sucedido.

Retrocedo. Mi respiración se descompone.

No me da tiempo a pensar en nada. Me doy la vuelta y empiezo a correr.

Los pasillos se deforman a mi alrededor. Todo se vuelve confuso. Las sombras, las puertas, los recovecos… no sé si estoy yendo en la dirección correcta.

Los gritos siguen resonando cada vez más cerca. El castillo ha despertado y yo estoy en medio. Necesito desaparecer.

Doblo un pasillo y luego otro.

La puerta de mi habitación aparece al final. Nunca la había visto tan lejos.

La alcanzo. Entro y cierro. Apoyo la espalda contra la madera blanca y dejo que mi cuerpo resbale hasta el suelo.

Me abrazo las piernas y meto la cabeza entre las rodillas. Intento respirar, pero el aire no entra bien. Todo me tiembla.

Los pasos siguen resonando en el exterior. Voces. Órdenes. El eco del estruendo aún vibra en mis oídos.

Y, poco a poco, una idea empieza a abrirse paso entre el miedo.

Rufus.

No sé lo que ha hecho ni lo que está pasando, pero en lo más profundo de mi pecho siento que algo acaba de cambiar y que no hay vuelta atrás.

* * *

Pasan horas hasta que dejo de temblar.

En algún momento, el ruido en el pasillo disminuye, las voces se alejan y el castillo vuelve a cerrarse sobre sí mismo. En el nuevo silencio que nace, parece que nada hubiera ocurrido.

Sin embargo, yo sé que no es verdad.

No puedo dormir. Me tumbo en la cama y cierro los ojos, pero el sueño no llega. Mi cuerpo sigue vibrando con el estruendo, con los gritos y las voces que le han seguido. El miedo a ser descubierta no se marcha. Se ha asentado dentro de mí y lo ocupa todo.

La luz que se proyecta desde la rendija se empieza a volver violácea. Amanece.

Sigo tumbada en la cama cuando llaman a la puerta. Dos golpes secos. Mi cuerpo se tensa, Keira no llama así.

—Cubríos, voy a entrar.

Me incorporo con torpeza y me coloco la manta sobre los hombros. Tengo el cuerpo aterido por los nervios.

—Adelante —digo, pero mi voz tiene la consistencia de un graznido.

Un soldado aparece tras la puerta. No me mira a los ojos.

—Sal —ordena.

Se gira, dando por hecho que lo seguiré. Y lo hago, no porque quiera, sino porque es lo que me han enseñado. A obedecer.

Los pasillos están más concurridos que nunca. Hay soldados apostados en cada tramo, los criados caminan deprisa con la cabeza baja. Nadie habla.

El soldado me conduce hasta el patio de armas. El aire exterior me golpea en cuanto cruzamos la puerta. Es más frío que nunca, más despiadado. Me encojo bajo la manta.

Hay mucha gente aquí fuera. Forman un círculo amplio ocupando todo el patio. Soldados, sirvientes, algunos rostros que reconozco de estos días.

Nadie se mueve. Todos miran expectantes hacia el centro del círculo. Yo no quiero hacerlo, pero lo hago.

Rufus está allí, de rodillas y con las manos atadas a la espalda. Tiene el rostro hinchado y cubierto de sangre seca. Uno de sus ojos está completamente cerrado. El otro busca algo… o a alguien.

Cuando me encuentra, se detiene. Y, durante un segundo, sonríe con alivio. Es apenas un pequeño gesto, pero reconozco al Rufus de las cocinas, el que cocinó el plato más exquisito que he probado en el norte, el primero que me habló como si no fuera una prisionera…

No puedo sostener su mirada… La aparto mientras siento la impotencia de no poder acercarme.

A su lado hay una figura envuelta en pieles negras cuya aura ocupa todo el patio. El collar de espinas sigue haciendo sangrar su cuello.

—Que todos observen —resuena la voz de Gorath.

El murmullo cesa de golpe.

—Así es como se castiga la traición.

Por su tono de voz, diría que disfruta. Siento náuseas.

—Esta es la consecuencia de sabotear el laboratorio de nuestro Alquimista Mayor —continúa el rey—, y poner en riesgo algo que ninguno de vosotros es capaz de entender.

Su mirada recorre a los presentes y se detiene en mí el tiempo suficiente para que comprenda que todo tiene que ver conmigo.

—Que sirva de ejemplo.

Hace un gesto y un soldado avanza entre la multitud. Lleva una espada en la mano. El sonido del acero corta el aire.

Rufus no se mueve. No suplica ni grita. Solo me mira otra vez, y en su gesto veo una fortaleza que no tiene sentido a las puertas de la muerte. A no ser que siempre hubiera sabido que este sería su destino.

Inhala profundo… y empieza a cantar.

Es apenas un hilo de voz al principio. Roto, grave, pero claro.

La melodía se abre paso entre el silencio del patio como una grieta sobre un lago helado. No la reconozco y, sin embargo, una calidez me inunda el pecho como si me resultara familiar. Habla de campos dorados, de viento cálido, de una casa que espera… y de volver. Siempre volver.

Se me forma un nudo en la garganta.

Rufus alza un poco más la voz… Y entonces el filo cae y la canción se corta de golpe. De una forma tan brusca que me hiela la sangre.

Poco a poco, la calidez de mi pecho se desvanece, aunque el eco de la canción se instala en mi cabeza. Se niega a desaparecer.

—Retiradlo. —La voz de Gorath vuelve a imponerse en el patio.

Nadie dice nada mientras dos hombres se llevan el cuerpo del cocinero. Parecen ignorar que hace apenas unos segundos esa carne contenía vida.

La nieve se tiñe: rojo sobre blanco. Demasiado brillante para tratarse de una pesadilla.

El suelo se inclina bajo mis pies y me tambaleo. Siento que no puedo seguir manteniéndome en pie. Voy a caer.

Sin embargo, no llego al suelo. Una mano firme me sujeta del brazo, me obliga a erguirme.

Alzo la vista y veo a Corwan. No sé cuánto tiempo lleva aquí. He estado demasiado concentrada en Rufus para darme cuenta de lo que sucedía a mi alrededor.

Sus ojos no están en mí, se dirigen hacia el lugar que ocupaba el cocinero hace un momento. Oscuros. Inmutables. Hay algo contenido en ellos. Algo que no entiendo.

Su mano sigue en mi brazo. Sólida, cálida. Contraria al frío que lo envuelve todo.

—Llévatela de aquí —le dice al soldado que me ha custodiado hasta el patio.

—Pero Su Majestad ha ordenado que estuviera presente…

—Y lo ha estado —le interrumpe sin contemplaciones—. Ahora obedece y sácala de aquí.

No me mira al hablar. Actúa como si yo no estuviera presente, como si no acabara de sujetarme para que no cayera.

El soldado asiente y me arrastra hacia el interior.

Mientras me alejo, no miro atrás. No quiero ver más. Pero el eco de la canción sigue ahí. Rota, inacabada…

Donde el trigo besa el viento,

y el sol cae sobre el mar,

hay un nombre que me llama…

y no me deja olvidar.

Si la noche cierra el camino,

si la nieve cubre el hogar

[…]