Una rosa de invierno 4 Las cocinas
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4 Las cocinas

El daño no desaparece al día siguiente; solo cambia de forma. Se esconde bajo la piel y se enrosca en los músculos. Amenaza con instalarse. A ratos parece remitir, pero basta un movimiento, una respiración más profunda, para que vuelva a abrirse paso.

Estoy sentada en el camastro, observando el lento avance de la franja de luz que proyecta la rendija en el muro. Es blanca. Debe ser de día, aunque no recuerdo haberme dormido.

Paso los dedos por el antebrazo y palpo las marcas que ha dejado sobre mi piel la máquina del alquimista. Algunas ya no sangran; otras sí. Son pequeños puntos oscuros que pinchan al contacto.

Un golpe suave en la puerta me hace sobresaltarme.

—¿Camila? —La voz de Keira llega amortiguada desde el otro lado—. ¿Estás despierta?

No respondo enseguida. No estoy segura de que quiera que nadie me vea así: perdida, derrotada. Sin embargo, la puerta se abre igualmente y Keira entra con la misma cautela de siempre. Vuelve a llevar una bandeja de comida entre las manos.

La deja sobre el camastro y se aparta un paso, como si yo fuera un animal que necesitara su espacio.

Me observa las heridas, pero no me pregunta qué ha pasado. Supongo que se trata de la discreción del norte y yo agradezco no tener que volver a ese momento.

Agarro el cuenco. Está caliente y me arde en la garganta cuando doy el primer sorbo, pero sigo. No me doy cuenta de lo rápido que como hasta que el cuenco está vacío.

Keira permanece de pie, en silencio.

—Gracias —murmuro al final.

Sin embargo, mi estómago no parece haberse quedado satisfecho y gruñe pidiendo más comida.

Ella alza una ceja con incredulidad.

—Comes mucho para lo delgada que estás —dice, entre divertida y desconcertada—. Ven conmigo, quizás podamos solucionarlo.

Mi cuerpo protesta ante la idea de moverme, pero hay algo en su voz que me anima a hacerlo. De verdad quiere ayudarme.

Me levanto despacio. Las piernas me tiemblan al principio, pero consigo mantenerme en pie. Me pongo el vestido y vuelvo a colocarme sobre los hombros las mantas de pieles del camastro.

Si alzo el mentón aún puedo recuperar algo de dignidad. Aún puedo hacer notar que soy la segunda en la línea de sucesión al trono del Oeste.

* * *

El castillo tiene actividad, aunque no me lo pareciera al principio. Los pasillos están llenos de movimiento: soldados que van y vienen, criados de mirada huidiza y voces que se alzan y se apagan con rapidez.

Nadie me mira directamente, pero noto cómo cuchichean cuando pasamos. Como si todos supieran quién soy… menos yo.

Keira camina con paso firme entre los soldados. Parece moverse con soltura, y nadie sale a nuestro paso para detenernos. Eso también me llama la atención.

Atravesamos un patio interior cubierto de nieve.

Bajo la alfombra mullida, siento la tierra congelada.

Tal vez en primavera, con el deshielo, este lugar se vista de verde y asomen las flores.

Por un instante, imagino cómo sería, para tratar de ahuyentar esa desolación que lo envuelve todo.

Pero por desgracia no tengo tanta imaginación.

Hay hombres sentados contra un murete de piedra. Algunos lucen vendas; otros tienen la mirada perdida. He aprendido a identificar el olor a sangre, y aquí está presente.

—Han vuelto del este —dice Keira sin que yo pregunte.

—¿Las rebeliones?

Asiente.

Uno de los soldados levanta la vista cuando pasamos y sus ojos se detienen en mí. El color azul me recuerda demasiado a Lucian, y el corazón se me encoge al reparar en la venda cubierta de sangre que cubre su cabeza.

Aparto la mirada y acelero el paso.

Cruzamos el patio y atravesamos un umbral que conduce a una escalera que desciende.

El calor llega antes que el sonido.

A medida que bajamos, el aire se vuelve más húmedo y se carga de olores que al principio no reconozco. Aunque, poco a poco, empiezan a tomar forma: carne caliente, brasas, especias… el aroma de algo dulce.

Mi estómago vuelve a reaccionar.

Keira empuja una puerta de madera oscura y el mundo se transforma al otro lado.

Las cocinas están llenas de vida, y el contraste con la quietud dolorosa del patio me golpea.

Aquí no hay lamentos ni suspiros lanzados al aire; hay voces y movimiento.

Fuego crepitando en los hornos, utensilios chocando unos con otros, líquidos bullendo en las ollas, órdenes gritadas sin contemplación.

Durante un instante, me quedo en el umbral, mirando. Dudo si entrar a perturbar aquel caos organizado.

Algunos se detienen a saludar a Keira y su atención luego se dirige hacia mí. Las expresiones no son como las de arriba. Aquí no muestran recelo, solo curiosidad.

—Volved a lo vuestro —ordena Keira, tirando de mí para que la siga.

Y aunque obedecen, noto que siguen pendientes de mis pasos.

—Ven —me dice.

Caminamos entre fogones y mesas con vegetales a medio picar y carnes en salazón. El calor se pega a mi piel y tengo que deshacerme de las mantas. Mi cuerpo pierde rigidez y mis músculos se aflojan. No sabía que estaba tan tensa.

Nos detenemos frente a una mesa larga cubierta de platos y utensilios de madera. Al otro lado, un hombre levanta la vista.

Es grande y ancho de hombros. Peina su pelo blanco hacia atrás y la piel de su rostro está cubierta de sudor y grasa. Tiene las manos enormes, marcadas por quemaduras recientes y antiguas. Su delantal está manchado, pero más limpio de lo que estaría el mío en las mismas circunstancias.

Sus ojos marrones miran a Keira y luego se detienen en mí.

—¿Esta es la princesa?

Keira asiente.

—Y duquesa de Taurenhold —añade.

—Todavía no —corrijo—. Las nupcias iban a celebrarse esta semana.

—Entonces estarás contenta de estar aquí —dice el hombre—. El duque Rhogar no aparenta ser un hombre con el que una quiera quedarse a solas.

Se ríe y, aunque yo no le encuentro la gracia, el sonido extravagante de su risa me recuerda que aún pueden existir momentos de luz dentro de la oscuridad.

—Me llamo Rufus. Te estrecharía la mano, pero… —Las levanta y muestra las manchas propias de su trabajo.

—No te preocupes —respondo, y un amago de sonrisa se dibuja en mis labios.

—El caldo que le preparaste le supo a poco —interviene Keira—. ¿Tienes por ahí algo más que pueda comer?

Rufus gruñe y me mira de arriba abajo.

—Pensaba que las princesas comían poco y cotilleaban mucho.

No sé si es un simple comentario o una ofensa. Prefiero pensar lo primero.

—No en el Oeste, al menos —respondo.

—Siéntate —me dice, señalando un banco junto a la mesa—. Te prepararé algo más.

—No la entretengas demasiado —dice Keira, y se aleja para hablar con otra mujer.

Rufus empieza a moverse con presteza entre las diferentes ubicaciones de la cocina: la mesa de vegetales picados, la alacena, las estanterías con sartenes, los fogones.

Yo le observo, hipnotizada por la destreza con la que ejecuta cada movimiento.

Parece que llevara toda su vida metido entre aquellas paredes.

Al final, sirve algo en un plato y lo coloca delante de mí. No sé muy bien lo que es, pero huele… Mi estómago vuelve a rugir.

—Come. —Y me tiende un tenedor.

No lo dudo.

Cojo el tenedor y pincho unos brotes verdes que crujen dentro de mi boca. El sabor lo inunda todo. Cálido. Intenso. Real.

Cierro los ojos un instante y me parece haber vuelto a Lirien.

Una lágrima se desliza por mi mejilla.

—Gracias —digo.

Él sonríe de forma distinta. Descubro algo de tristeza y comprensión en su gesto.

Como despacio, consciente de cada alimento que me meto en la boca, degustando cada matiz, cada sabor.

Rufus me observa mientras sigue trabajando.

—Creo que nunca había visto a nadie disfrutar así de mi comida.

—No debes haber mirado mucho —respondo—. Es imposible que alguien se quede indiferente ante un plato como este.

Sin querer, apoyo mal el tenedor y cae al suelo. Cuando me agacho a recogerlo, la tela del vestido se mueve y deja al descubierto las marcas que la máquina de Cráneo ha dejado sobre mis hombros.

Al incorporarme, la expresión de Rufus ya no es la misma.

—¿Te duele? —me pregunta.

No respondo. No quiero recordarlo ahora que por fin había dejado de pensar en ello. Sin embargo, mi gesto debe ser suficiente para que él deduzca una respuesta.

Se agacha bajo la mesa, haciendo que busca entre bandejas y cuencos, pero en realidad se aproxima mucho a mí.

—Escucha bien —murmura.

Mi cuerpo recupera de inmediato la tensión perdida.

—Esta noche, en el cambio de guardia, ven hasta aquí.

Parpadeo.

No entiendo.

—¿Qué…?

Niega, casi imperceptible.

—Escucha tras la puerta de tu habitación. Estará abierta. Sabrás cuando es el momento.

Noto que mi pulso se acelera. Necesito preguntar más cosas, pero Keira regresa en ese momento.

Rufus se levanta con un cuenco de madera en la mano y golpea la cáscara de huevo sobre él. Actúa con tanta normalidad que me hace dudar de que haya ocurrido de verdad.

—¿Has comido? —pregunta Keira, y mira mi plato vacío.

—Y lo ha disfrutado —responde Rufus con orgullo.

Keira asiente.

—Bien. Tenemos que volver ya.

Me levanto y la sigo hacia la salida, pero antes de cerrar la puerta a mi espalda, lanzo una última mirada al cocinero, que sigue inmerso en su tarea, y me pregunto si no me lo habré imaginado.

* * *

En cuanto la puerta se cierra a mi espalda, el calor de las cocinas desaparece y el aire vuelve a enfriarse. Se cuela por las costuras del vestido y tengo que colocarme de nuevo las pieles sobre los hombros para protegerme.

El ruido queda atrás y el silencio opresor del castillo regresa.

No volvemos sobre nuestros pasos. Sigo a Keira a través de un pasillo estrecho que se abre antes de llegar al patio.

El sabor del plato de Rufus se resiste a abandonarme.

Intento aferrarme a esa sensación breve de normalidad…

y a sus palabras. Me han dado esperanza.

Quizás no debería aferrarme a ellas, pero lo hago. Como un náufrago a una tabla.

—¿Te gusta leer? —dice Keira de pronto.

La miro. No sé por qué me lo pregunta.

—Sí —respondo.

—Tenemos una pequeña biblioteca. Quizás pueda conseguir que te dejen venir de vez en cuando.

Me dispongo a responder, pero unos pasos interrumpen mi pensamiento y una silueta aparece en el otro extremo del pasillo. Reconozco su forma de moverse antes de verlo con claridad.

Lord Corwan avanza hacia nosotras con paso firme, sin prisa. Envuelto en el mismo aire místico y peligroso que la vez anterior.

Keira se endereza a mi lado. Es una reacción sutil, pero lo noto.

—Mi señor —dice, inclinando ligeramente la cabeza cuando se acerca lo suficiente.

Él no responde. Sus ojos están puestos en mí.

Se detiene frente a nosotras y percibo algo en su presencia que lo llena todo, que desplaza el aire y hace que el resto del mundo se vuelva secundario.

—¿Qué hacéis aquí? —pregunta al fin.

Es la primera vez que oigo su voz y algo dentro de mí reacciona sin que me dé cuenta. Me vibra en los huesos.

—Solo la he llevado a comer —responde Keira—. Se había quedado con hambre.

Corwan sigue mirándome. Sus ojos se deslizan un instante hacia mi clavícula, a las marcas que el vestido no logra ocultar del todo.

Su escrutinio provoca que el rubor incendie mis mejillas.

—No la pasees demasiado —dice al fin—. El castillo no es seguro para alguien como ella.

Keira asiente.

—Sí, mi señor.

Yo no me atrevo a levantar la cabeza. Estoy avergonzada de mi turbación.

Él mantiene la mirada un segundo más y luego se gira para alejarse. Sin embargo, mi pulso ya late acelerado y ha dejado en mi boca una sensación amarga.

—¿Estás bien? —pregunta Keira en voz baja.

—Sí —miento.

Hay preguntas que ya no puedo seguir callando. Me vuelvo hacia ella.

—¿Qué ha querido decir con “alguien como ella”? ¿Por qué estoy aquí, Keira?

Me observa un instante en el que parece dudar, pero luego se encoge de hombros.

—Solo sé que eres importante para el rey… pero lo podrías ser para alguien más. Ha ordenado la muerte de cualquiera que se acerque a ti sin permiso.

Me quedo paralizada.

Sentencia de muerte… Acercarse sin permiso…

—¿Por qué? —La pregunta nace y muere con rapidez en mis labios. La murmuro sin convicción, sabiendo que nadie va a responderla.

Retomamos el camino y siento que la inquietud en mi interior crece. Por mi futuro, por mi destino y por el extraño latido que nace en mi pecho cada vez que él está cerca.