3 Un vistazo desde las murallas #2
Y mientras desciendo al interior del castillo, la sensación regresa. Leve, lejana, pero inconfundible. Es un latido ajeno que se cuela bajo mi piel y se confunde con el mío.
* * *
El laboratorio huele peor que el día anterior. Algo se ha quemado, y el rastro ácido se ha vuelto más agresivo, se queda pegado a la garganta y no desaparece.
Nada más cruzar el umbral, mi cuerpo se estremece al recordar el dolor del día anterior.
El alquimista está ajustando algunos cables de la máquina que estaba oculta bajo la tela.
—Hoy tardaremos menos —dice, y debería sonar tranquilizador, pero la visión de aquella máquina lo enturbia todo.
Se alza en un rincón de la estancia con una estructura hecha a base de placas metálicas que se curvan hacia dentro, formando una cavidad estrecha.
En su interior, una maraña de pequeñas púas recubre cada superficie con una precisión enfermiza.
No son lo bastante largas para matar… pero sí para atravesar.
Conectada a la estructura hay una red de tubos finos que serpentean hasta una maquinaria compuesta por engranajes, probetas, líquidos que brillan y sustancias que palpitan como si estuvieran vivas.
Trato de retroceder, pero el soldado me sujeta antes de que pueda pensar en huir.
—No me hagáis más daño, por favor —suplico.
Cráneo sonríe, parece que mi reacción le satisface.
—Tu sangre es volátil —explica mientras se acerca—. Pierde potencia en cuanto la extraemos, por eso es necesario aumentar su potencia y estabilizarla sin perder un segundo.
Todo mi cuerpo se agita en una sacudida nerviosa.
—Le he añadido una cápsula a mi máquina. —Su expresión refleja orgullo—. Con ella conseguimos las dos cosas: estímulo con un fuerte componente de dolor y conexión instantánea con los estabilizadores.
Me horroriza que hable con esa tranquilidad del dolor. De mi dolor.
El soldado me empuja hacia la estructura.
El metal de las púas brilla bajo la luz pálida que entra por los ventanales. Frío. Inmóvil. Esperando.
Intento zafarme. Mis manos buscan algo a lo que aferrarse, pero no encuentran nada.
—Si no te resistes, será más rápido —añade.
Sin embargo, yo no quiero que sea rápido, simplemente no quiero que ocurra.
Me quitan el vestido y me introducen a la fuerza. Las puntas metálicas presionan contra mi piel a través de la camisa de lino que llevo bajo la ropa. Su contacto me arranca el aire.
Evito gritar. No deseo darles eso, pero, cuando las paredes empiezan a cercarse a mi alrededor, no puedo reprimirlo más.
Se cierran despacio, como si disfrutaran del proceso.
Siento cada una de las púas atravesarme lo justo. En todas partes. La sensación punzante se extiende, se multiplica, se convierte en algo que no puedo abarcar.
Y grito.
Sin poder controlarlo.
El aire vibra dentro de la estructura, atrapado conmigo.
—Eso es —oigo la voz de Cráneo, lejana—. No lo reprimas.
¿Cómo hacerlo? Todo arde. Me desgarra.
Siento la sangre abandonar mi cuerpo, colarse por las decenas de agujas que me perforan, y entrar en su máquina.
—Ahora sí… —le escucho susurrar en una especie de éxtasis frenético.
No sé cuánto tiempo pasa. El dolor crece, se deforma, pierde sentido… hasta que, de pronto, cesa. Las paredes se separan y el frío vuelve a entrar.
Mi cuerpo no responde. No tengo fuerzas para sostenerme y caigo. El golpe contra el suelo apenas se siente entre todo lo demás.
—Sácala de aquí —apremia Cráneo, sin mirarme—. Lord Corwan está a punto de llegar.
El soldado me arrastra fuera del laboratorio y me deja caer sin cuidado. Me arroja el vestido encima.
—Vístete —me ordena, como si fuera sencillo.
La piedra del pasillo está fría, raspa la piel. La sangre que aún brota de los pinchazos tiñe el suelo de rojo y dorado.
La puerta se cierra a mi espalda con un golpe seco.
Me encojo sobre mí misma y cierro los ojos. Solo deseo que todo se detenga. Desaparecer. Pero nada de eso ocurre. Los aguijonazos siguen ahí, recorriendo cada centímetro de músculo, de piel… retorciéndose hasta las entrañas.
Escucho unos pasos acercarse.
No me importa. Solo necesito que el dolor pare, que la humillación se desvanezca.
Se detienen frente a mí y no puedo evitar alzar la cabeza. Las lágrimas no me dejan enfocar de inmediato.
Su silueta corta la escasa luz del pasillo.
No se mueve; solo me observa. Hay algo en su forma de hacerlo que inmoviliza más que cualquier atadura.
No es como el rey, ni como Cráneo. Su mirada es afilada, sí, pero no veo en ella la ambición desmedida que he contemplado en los otros dos. Y, sin embargo, todo en él me impone.
Casi sin darme cuenta, el dolor da paso a otra sensación más sorda, más profunda… aunque todavía no sé ponerle nombre.
Su mirada recorre mi piel: las marcas, la sangre aún fresca. Yo intento cubrir mi humillación con el vestido, pero no hay tela suficiente para tapar lo que me han hecho.
Trato de incorporarme. Mis manos resbalan contra la piedra. El cuerpo me falla y caigo de nuevo.
Él da un paso, pero se detiene a medio camino. Parece luchar consigo mismo.
Entonces la puerta del laboratorio se abre de nuevo. La voz de Cráneo chirría en mis huesos.
—Adelante, Lord Corwan —dice—. El suero está preparado.
Sus ojos se mantienen fijos en mí con una intensidad que me obliga a bajar la mirada. La oscuridad de su iris me perturba.
—No se preocupe. Enseguida vendrán a por ella.
Él se gira entonces y se dirige hacia el laboratorio.
Cuando su presencia desaparece, el dolor vuelve a ocuparlo todo, como si solo hubiera estado esperando.