Una rosa de invierno 3 Un vistazo desde las murallas
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3 Un vistazo desde las murallas

La noche cae sin que apenas me dé cuenta. Dentro de esta estancia el tiempo no existe, solo cambia la luz.

Se vuelve más débil, más fría, hasta que la rendija del ventanal deja de arrojar una franja gris sobre los muros y se convierte en una sombra apenas visible.

Estoy tumbada en el camastro, de lado, con los ojos abiertos porque soy incapaz de dormir.

Cada vez que los cierro, vuelvo allí. A la mesa, al dolor, a su voz…

Agito la cabeza y trato de alejarlo, pero no funciona.

¿Por qué me han traído hasta aquí? ¿Qué quiere el rey Gorath de mi sangre? ¿Van a volver a hacerme daño? Demasiadas preguntas y ni una sola respuesta.

—Lucian… —Una nube blanca se escapa de mi boca—. ¿Por qué tardas tanto?

El silencio opresivo de aquel lugar se asienta sobre mi pecho y no deja espacio para la respiración.

Me encojo un poco más bajo las pieles, aunque el frío se cuela igual.

No sé cuánto tiempo ha pasado cuando lo oigo por primera vez.

Al principio creo que es el rumor del viento, que se filtra por la rendija del ventanal en un murmullo bajo e irregular.

Sin embargo, enseguida comprendo que no se trata de eso.

Me incorporo despacio y mis músculos se quejan, todavía doloridos por las descargar del hombre loco.

Escucho.

Ahí está otra vez, más cerca.

No viene de fuera, procede de la puerta.

Mi pulso se acelera. Es una respiración lenta y profunda. Demasiado potente para ser humana.

El aire entra… sale… y arrastra algo en cada exhalación. Un sonido grave, húmedo, que se pega a la madera blanca de la puerta.

Me quedo paralizada. El corazón me late tan fuerte que temo que, lo que quiera que sea, pueda oírlo desde el otro lado.

Un gruñido se cuela por la rendija junto al suelo. Fuera hay algo que me ha detectado.

Siento el impulso de levantarme y acercarme. A pesar de que me muero de miedo, en mi interior palpita una sensación extraña que… tira. Una presión leve en los músculos; un latido que no es exactamente el mío.

Frunzo el ceño porque es irracional.

Cierro los ojos llevada por un instinto que no reconozco. Y entonces…

Oscuridad , pero no la de la estancia. Otra más densa. Siento movimiento. Nieve . Su crujido bajo un peso que no es el mío. Aire frío entrando en los pulmones .

Me muevo y la percepción ajena se desvanece… aunque no del todo.

Algo está ahí fuera y es grande. Muy grande. Se mueve despacio y acecha.

Pero entonces, tal y como ha aparecido, la respiración desaparece y el silencio cae, pero no durante demasiado tiempo. Un sonido lejano la reemplaza: un aullido largo y profundo. Su eco atraviesa el aire, entra por la rendija del ventanal y vibra dentro de mí.

El sonido es demasiado grande para tratarse de lobos, y el recuerdo de las leyendas me hace removerme inquieta en el camastro. Historias sobre animales salvajes, de enormes colmillos y pelaje gris. Parecidos a los lobos, pero mucho más voluminosos.

Huargos.

Niego con la cabeza. No puede ser… pero la idea ya está ahí.

Miro de nuevo hacia la puerta y, aunque ya no escucho nada al otro lado, siento que no estoy sola en la fortaleza. Que algo me ha encontrado.

Trato de convencerme de que son solo fantasmas producidos por el dolor, por el miedo, por la noche… pero, en lo más profundo de mi ser, soy consciente de lo que he escuchado.

Cierro los ojos e intento dormir.

Sigo sin conseguirlo.

Y sé que, en algún lugar dentro de este castillo, algo continúa escuchando.

* * *

La puerta se abre de nuevo entrada la mañana.

El estómago me duele, vacío. No recuerdo la última vez que comí.

Keira entra despacio, igual que la vez anterior, y cierra con cuidado a su espalda. Lleva la misma ropa que ayer, pero se ha dejado el cabello suelto, y cae en ondas castañas alrededor de su rostro níveo.

Sujeta una bandeja entre las manos. El olor llega antes que ella: pan, caldo caliente, especias, carne…

Me incomoda reconocerlo, pero necesito esa comida.

—Hoy no admito una negativa —dice, dejando la bandeja sobre el camastro.

Miro los alimentos unos segundos. Tienen buen aspecto y todavía humean.

Cedo sin pensarlo mucho más.

Cojo el cuenco con las manos, que aún me tiemblan y doy el primer sorbo. El calor me recorre la garganta. Me quema un poco, pero no me detengo. El hambre puede más. Como deprisa, con ansia, como si alguien fuera a quitármelo en cualquier momento. Si mi madre me viera comer así, se escandalizaría.

Sin embargo, Keira no dice nada. Solo observa.

Cuando termino, busco una servilleta con la que limpiarme, pero no la hay. Utilizo un trozo del puño del vestido.

—Gracias… —murmuro.

Supongo que, incluso en el lugar más horrible del mundo, hay que mostrar agradecimiento por un gesto de humanidad.

Ella asiente levemente. Se levanta, pero no coge la bandeja. La deja a los pies del camastro.

—Te han dado permiso para que puedas salir un rato.

Alzo la vista hacia ella.

¿Salir? La palabra suena extraña.

—¿A dónde?

—A pasear. —Se encoge de hombros—. Por las murallas.

Dudo porque todo en mí quiere quedarse y esconderse, como me pidió Lucian. Pero necesito sentir el aire libre. Alejarme, aunque solo sea un rato, de la opresión de estas paredes.

Asiento.

—Déjame que te peine un poco. —Se coloca en el camastro detrás de mí—. Tienes el pelo enredado.

Utiliza sus dedos para quitar nudos y colocar mechones rebeldes. Tira fuerte, pero resisto las ganas de quejarme. No estoy en la Corte. Aquí hay cosas que duelen mucho más que unos tirones de pelo.

Cuando termina, enrosca la trenza alrededor de mi cabeza y coloca algunas horquillas que saca de un bolsillo de su vestido.

—Coge las pieles —dice, agarrando las mantas del camastro—. Hace mucho frío fuera.

* * *

El aire exterior me golpea en cuanto cruzamos la puerta del torreón que conduce a lo alto de las murallas.

Es mucho más frío que en Taurenhold, pero lo agradezco. Respiro y mi pecho se abre.

Las murallas de Vhalzar son altas, imponentes. Levantadas con bloques de piedra negra que despuntan en el desierto blanco como una herida en la nieve. Desde aquí arriba el mundo se extiende en una estepa blanca que parece no tener fin.

Hasta donde me alcanza la vista, solo hay nieve.

El viento sopla constante, arrastrando pequeños remolinos que se estrellan contra los muros.

Me aproximo un poco más al borde, con cuidado. No quiero caer.

Keira se coloca a mi lado y la miro de reojo.

—No te acerques más —me dice—. El viento es traicionero en este lugar.

Su rostro permanece tranquilo, pero sus ojos no lo están. Me vigilan.

—¿Siempre has vivido aquí? —le pregunto.

—Nací sobre la nieve y la paja de las caballerizas. Toda la familia que conozco pertenece a este lugar. Uno de mis hermanos murió hace tres años en una batalla contra vuestro reino.

—¿En Derlham? —Es la única contienda reciente que recuerdo.

Ella asiente mirando al horizonte nevado.

—Mi hermana comandaba nuestro ejército —digo. No puedo evitar que una punzada de resentimiento impregne mis palabras.

Ella se da cuenta.

—¿Es cierto que os entregó al duque de Taurenhold para ganarse su favor en esa batalla?

—Ella es la reina —corto, para no dejar espacio a suposiciones—. Hizo lo que tenía que hacer.

—Conozco a Rhogar, el duque de Taurenhold. No parece un buen marido.

Guardo silencio. Se me antoja que aquella vida queda tan lejos, tan apartada del dolor de las últimas horas, que me siento incapaz de referirme a ella.

—¿Es a él a quién esperáis para que os rescate?

Niego con la cabeza. Evito hablar para que el nudo que se me ha formado en la garganta al recordar a Lucian no se afloje. Aun así, una pequeña lágrima se desborda por mi ojo. Es aplastada enseguida por el frío viento que sopla entre las murallas.

Un grupo de soldados acaba de irrumpir en el patio. Proceden de los establos y llevan rostros cansados. Parecen regresar de un viaje largo. Sus armaduras oscuras destacan sobre la nieve, igual que el castillo, y emiten un rumor metálico que llega hasta nosotras.

—¿Quiénes son? —pregunto.

Keira tarda un segundo en responder.

—Es el hermano del rey, Lord Corwan, y sus hombres.

Miro de nuevo.

En el centro del grupo hay un hombre que se mueve diferente. Tiene una especie de elegancia salvaje: la de permanecer siempre alerta, aunque no lo parezca. Luce un rostro menos cansado que el resto.

Su capa de pieles cae pesada desde los hombros y el viento no logra moverla del todo.

Por un instante, levanta la cabeza y mira hacia nosotras. No sé si puede vernos, pero el aire se me queda atrapado en los pulmones.

Doy un paso atrás sin darme cuenta.

—¿Ocurre algo? —pregunta Keira.

Niego de nuevo con la cabeza, aunque esta vez el motivo es distinto. Me he quedado sin palabras.

No sé qué me ha pasado. Algo que no reconozco se contrae dentro de mí.

Keira me observa.

—Ten cuidado —dice al final.

Y no entiendo a qué se refiere. Ella prosigue.

—Lord Corwan puede tener un aspecto magnético, pero sofoca rebeliones con la misma crueldad que su hermano.

—¿Rebeliones?

Keira baja la voz.

—Cuando un rey piensa solo en sus propios intereses, el pueblo acaba pasando hambre.

El grupo cruza unas bastas puertas de madera y desaparece en el interior del castillo. Sin embargo, la sensación no lo hace. Se queda dentro de mí como un eco que vibrara en mis entrañas.

—¿Y tú? —La pregunta sale sola—. ¿Estás a favor del rey?

Se gira hacia mí antes de responder.

—Yo estoy a favor de mí misma.

No es una respuesta, pero es lo único que me da.

El viento sopla más fuerte, y entonces una voz se alza sobre nosotras.

—¡Tú! —Es seca, cortante.

Un soldado se acerca por la muralla.

—Debes venir.

La orden es ruda y desconsiderada.

—¿A dónde? —pregunto, aunque en el fondo ya lo sé.

—Cráneo os reclama.

Siento un dolor en el pecho y las lágrimas empiezan a correr sin que pueda hacer ya nada por evitarlo.

Miro a Keira, pero no dice nada. No se opone ni interviene. Solo me sostiene la mirada un instante y luego la aparta.

Lo entiendo. Estoy sola.

—Vamos —dice el soldado.

No me resisto. No serviría de nada.