Una rosa de invierno 2 El castillo de Vhalzar #2
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2 El castillo de Vhalzar #2

Distingo mesas de metal cubiertas de instrumentos que no reconozco, pero cuyo aspecto hace que mi estómago se revuelva.

Frascos, probetas, líquidos de colores apagados…

Algunos burbujean con suavidad, otros permanecen en estanterías con objetos flotando en su interior.

Objetos que recuerdan demasiado a los dibujos de órganos que he estudiado en los manuales de Anatomía.

En una esquina hay algo cubierto con una tela. No miro demasiado, no deseo saber lo que es.

—Hemos llegado, mi lady —dice él, satisfecho.

El soldado me empuja hacia el centro de la sala, donde hay una gran mesa vacía. Sin embargo, al mirarla mejor, comprendo que no es solo eso. Tiene bridas… para sujetar.

Doy un paso atrás, pero el soldado ubicado detrás de mí no titubea. Me empuja contra la superficie fría.

Trato de resistirme. Grito. Me retuerzo.

—¡Por favor! ¡Dejadme!

No sirve de nada. Él es grande y fuerte y yo… yo soy una princesa que solo ha sido educada para sonreír y ser complaciente. Me inmoviliza con facilidad y me suelta sobre la mesa. Mi espada golpea el metal con un crujido que me retumba por dentro.

Me sujeta las muñecas y luego los tobillos.

No puedo moverme.

El corazón me late tan fuerte que me duele.

—Tranquila —dice el hombre del cráneo al aire, acercándose—. Cuanto más te agites, más incómodo será.

—No me hagas daño… —suplico, como si fuera a servir de algo, como si en el rostro de aquel hombre pudiera ver algo que no fuera crueldad.

Se inclina sobre mí y descubro que de cerca es mucho peor. El único ojo que le queda está surcado de pequeñas venas rojas que forman un entramado similar al de una tela de araña. Su iris, negro, no brilla. Alrededor de la herida del cráneo, la masa de carne late roja, supurante.

—Estate quieta y será más sencillo para todos.

Se dirige a la mesa de los instrumentos y coge una jeringuilla. La aguja es larga. No puedo apartar la mirada.

—De momento, solo será un poco —añade.

Me agito, desesperada. El soldado se inclina sobre mí y me sujeta más fuerte. Siento el dolor del pinchazo. Agudo. Breve.

Cierro los ojos mientras las lágrimas caen a ambos lados de mis sienes.

¿Por qué me está sucediendo esto? ¿Qué es lo que hice mal? Por Mae… ayúdame.

Oigo el sonido del líquido caer sobre vidrio. Luego se agita y algo borbotea.

—Interesante… —lo oigo murmurar.

Abro los ojos sin querer y veo que está observando una probeta. En su interior hay parte de mi sangre mezclada con algo más. Algo que reacciona y forma burbujas… hasta que, de pronto, una chispa estalla y la sangre se vuelve negra. Colapsa y se desintegra en una pequeña voluta de humo.

Frunce el ceño.

—¿Qué ha pasado?

Su tono cambia, se vuelve irritado y me asusta.

—No puede ser.

Golpea la mesa con el puño y varios frascos se vuelcan y ruedan hasta acabar en el suelo. No parece importarle, solo presta atención a la probeta de ensayo vacía, con los restos de humo pegados a las paredes.

Entonces la puerta se abre con ímpetu y los dos hombres se paralizan.

No me hace falta mirar para saber que alguien importante acaba de irrumpir en el laboratorio.

Lo siento en la forma en la que el soldado se tensa, en la manera de inclinar la cabeza del hombre de rostro incompleto.

—Majestad.

Avanza y entra en mi campo de visión. Y cuando mis ojos lo encuentran, desearía no haberlo hecho.

El rey Gorath, de la casa Excelsius. He visto su rostro dibujado en los Anuarios. Libros que tienen más de cien años de antigüedad… y él sigue ahí, igual que en las imágenes. Oscuro. Depravado. Obsesionado con la inmortalidad.

Sus ojos se posan en mí y siento que me atraviesan. Tienen un brillo de locura difícil de ocultar.

—¿Esta es? —pregunta. Su voz es grave, controlada; pero hay una inquietud de fondo que no está contenida del todo.

—Sí, mi señor —responde—. Pero hay un problema.

Una sombra cruza su rostro.

—¿Qué ocurre, Cráneo?

—Su sangre no es estable.

Gorath me mira como si no fuera más que un trozo de carne que puede manejar a su antojo. Soy insignificante.

Me fijo en que lleva una especie de collar de púas en el cuello. Algunas de ellas se le han clavado en la carne y la sangre brota de las heridas como rubíes carmesís.

—Entonces lo estás haciendo mal —dice sin alzar la voz.

—He seguido el procedimiento documentado en los libros. —Se justifica con cierta arrogancia.

—¿Tuviste en cuenta el catalizador? —pregunta, cortante—. ¿El dolor?

No entiendo lo que quieren decir, pero mi cuerpo reacciona igualmente. El miedo crece y comienzo a temblar.

—Hazla reaccionar.

En la boca de Cráneo aparece una sonrisa que muestra todos los dientes.

—No quería hacerlo sin vuestro permiso, Majestad —dice, y su voz ha adquirido un matiz agudo, chirriante.

—Procede de una vez.

Se inclina sobre la mesa de instrumentos y, cuando se vuelve, veo lo que sostiene en la mano. No sé lo que es, pero su aspecto amenazador no necesita presentación.

Vuelvo a suplicar, esta vez con un hilo de voz ahogado por las lágrimas.

Necesito despertar de esta pesadilla y volver, aunque sea a Taurenhold.

A la opresión de unos muros que conozco, de una oscuridad que controlo…

a un lugar donde todavía queda algo de esperanza de regresar a Lirien. Pero aquí no hay nada, ni esperanza.

Cráneo agarra el instrumento del horror y lo coloca sobre mi piel.

Noto frío un segundo. Y entonces… el dolor.

Es un estallido que recorre todo mi cuerpo de golpe. Un latigazo que me parte en dos. Grito sin poder contenerlo.

El aire vibra, arde… No puedo pensar, no puedo respirar. Siento que me desintegro…

Y, de repente, se detiene y la calma regresa… pero no a mi cuerpo. Estoy temblando de arriba abajo, sin control. Las lágrimas saltan de mis ojos sin que me dé cuenta.

—Otra vez —dice Gorath.

No.

No.

Soy incapaz de abrir la boca.

Otra descarga y el dolor vuelve mucho más fuerte, más profundo. Grito otra vez, sin parar, hasta que ya no sé si sigo gritando o solo creo que lo hago.

Cuando todo se detiene, ya no siento el cuerpo. Solo la angustia.

—Prueba ahora.

La voz llega lejana, como dentro de una pecera.

Siento la aguja penetrar en mi piel otra vez, pero no tengo fuerzas para resistirme. No me queda energía para nada.

Entre la neblina, veo algo que me asusta: mi sangre destella en la probeta. Brilla como si llevara dentro pequeñas esquirlas de oro. La observo gotear por el cristal hasta mezclarse con una especie de polvo rojo.

Se produce un momento de silencio en el que ambos elementos se mezclan. Cráneo contiene la respiración.

—Sí —dice con éxtasis—. Ahora sí…

No veo bien. Todo está borroso, pero parece que ahora mi sangre no explota. Se une al polvo rojo y la mezcla se estabiliza.

Gorath sonríe y eso me altera.

—El dolor siempre es la solución a todo —dice.

Y, en mi interior, algo se retuerce. Una sensación punzante que siempre había estado dormida y ahora, por fin, despierta.

—Puede que no tenga la potencia que necesitamos —dice Cráneo—, pero mi máquina lo solucionará.

Se acerca a la tela de la esquina y acaricia lo que hay debajo con un gesto que roza la lascivia. No hace falta que la levante para percibir la amenaza de lo que esconde.

—Pues date prisa. —Gorath se da la vuelta, dispuesto a abandonar el laboratorio, pero a medio camino parece recordar algo—. ¿Llegó el cargamento de materia ?

—Sí —responde Cráneo—. Pero los barriles cada vez entran más vacíos. Habrá lo justo para las raciones de este mes.

—Preparadlas sin demora. —Ahora sí cruza el umbral de la puerta—. Mi hermano llega mañana.

Yo cierro los ojos y me abandono a la inconsciencia. No quiero ver ni sentir nada. Sin embargo, eso no evita que tome consciencia de que no tengo escapatoria.

Ni de aquí. Ni ahora. Ni de esto.