2 El castillo de Vhalzar
No sé cuánto tiempo pasa antes de abrir los ojos. He sentido movimiento, he oído voces, pero el pañuelo sobre mi rostro me ha impedido ver nada de lo que sucedía alrededor. Al final he caído en una especie de duermevela plagada de pesadillas… hasta ahora.
Todo está oscuro. No… no es oscuro. Es gris.
Un gris apagado que parece pegado a las paredes, al techo, al aire mismo. Me cuesta enfocar y siento la cabeza pesada.
Tardo en darme cuenta de que sigo respirando.
El aire ya no es frío, es lo primero que noto.
Lo segundo… la quietud. No es el mismo silencio del bosque de Taurenhold. Este es cerrado, oprimido.
Trago saliva y la garganta me arde.
Hago el intento de incorporarme, pero tengo el cuerpo agarrotado. Los músculos de los brazos, de las piernas, incluso los dedos, están tan tensos que me cuesta moverlos.
Poco a poco, consigo deslizar una mano. La superficie es áspera. Tela rugosa.
Abro más los ojos.
Estoy en una habitación pequeña. Las paredes son de piedra desnuda, basta, oscurecida en algunas zonas por la humedad. La ventana es una rendija alta por la que se cuela la luz pálida del amanecer.
Cuando al fin consigo levantarme, todo me da vueltas. Me llevo una mano a la cabeza para intentar contener el mareo.
Estoy viva, pero no sé si eso me reconforta.
Miro a mi alrededor.
No hay muebles, solo una especie de camastro con pieles ásperas sobre el que me encuentro. Ya no llevo el camisón húmedo con el que me atraparon. Alguien me ha cambiado y esa idea me recorre la espalda como un escalofrío y hace que me encoja sobre mí misma.
No sé quién me ha traído hasta aquí, ni por qué… ni lo que quiere.
Veo la puerta, de madera blanca, pero no me acerco. No quiero huir, no sabría cómo hacerlo tampoco y, en el fondo, tengo miedo de lo que pueda haber al otro lado.
El tiempo pasa o eso creo. Aquí dentro es imposible saberlo. No hay ruido, ni voces. Nada.
Empiezo a pensar que quizá me han olvidado. La idea debería tranquilizarme, pero no lo hace, me encoge el pecho.
—Lucian… —susurro.
No reconozco mi voz. Suena más pequeña de lo habitual.
Nadie me responde y aprieto los labios.
Me dijo que vendría… me lo prometió.
Cierro los ojos un momento y me concentro en visualizarlo. Tengo que creerlo.
Entonces, un sonido rompe el silencio. Me sobresalto y miro hacia la puerta, que se abre mientras emite un gemido lento, ensordecedor.
Me quedo inmóvil al tiempo que el corazón comienza a latirme con fuerza otra vez. Por un instante, la esperanza se enciende dentro de mí.
Lucian. Tiene que ser él.
Me levanto y doy un paso hacia la puerta con el cuerpo tenso. Sin embargo, cuando se abre del todo, me doy cuenta de que no es él.
Se trata de una chica.
Se queda bajo el umbral unos segundos, observándome. Es joven, más o menos de mi edad, quizás un poco mayor. Lleva el pelo castaño recogido en una trenza gruesa que cae por su espalda. Viste ropa sencilla: un vestido de lana verde oscura y unas botas de cuero que tienen la puntera mojada.
Su piel pálida le da el aspecto de una aparición. Sin embargo, su expresión no es hosca ni desagradable, lo que me desconcierta más que la propia interrupción.
—Has despertado —dice con voz cantarina.
Su suavidad no va acorde con el lugar.
No sé qué responder. Tampoco sé si debería hacerlo.
Retrocedo el paso que he avanzado y me vuelvo a sentar sobre el camastro.
—¿Dónde…? —empiezo, pero la voz se me entrecorta—. ¿Dónde estoy?
La chica entra despacio, teme asustarme. Cierra la puerta a su espalda con cuidado.
—Tranquila —dice—. No voy a hacerte daño.
No sé si creerla. Su frase no suena bien aquí, entre estas paredes de piedra rugosa, con la escasez de luz… No parece un lugar seguro.
—¿Dónde estoy? —repito, con más urgencia.
Parece dudar un instante, aunque luego responde.
—En Vhalzar.
El nombre no me dice nada, pero suena mal. Frío, hostil.
—Es la residencia principal del rey Gorath —añade—. En el reino del Norte.
El nombre me atraviesa y me hace recordar el ataque. Es lo que dijo Lucian.
—Pero… no puede ser. —Siento cómo el pecho se me cierra—. El rey Gorath y el duque se visitaban a menudo… ¿por qué atacarnos?
Ella no se acerca más, mantiene la distancia, y decide ignorar mi pregunta.
—Te trajeron anoche —dice cambiando de tema—. Estabas inconsciente.
Me llevo las manos a los brazos, como si pudiera sostenerme a mí misma.
—¿A cuánta distancia estamos del reino del Oeste? ¿De Taurenhold?
La chica se encoge de hombros.
—Un día. Tal vez dos.
Aún hay tiempo, entonces. Lucian llegará en un día. Dos a lo sumo.
—Él va a venir —digo, casi sin darme cuenta—. Me lo ha prometido.
Espero alguna reacción en ella, pero no llega. Solo me mira de una manera que no sé interpretar. No es pena ni burla. Es otra cosa.
—Aquí las promesas no valen demasiado —dice al final. Su mirada se clava en la mía más tiempo del necesario.
—Vendrá —repito, más bajo. Y no sé si lo digo para convencerla a ella o a mí.
El silencio se alarga.
—Sé que eres princesa del Oeste y duquesa de Taurenhold —dice—. Pero ¿cuál es tu nombre?
No entiendo por qué quiere saberlo. Aun así, respondo.
—Camila. Aunque, técnicamente, aún no soy la duquesa. Me desposo en una semana.
No sé por qué se lo cuento, quizás percibo en ella más de lo que se ve a simple vista.
Asiente despacio.
—Yo soy Keira —añade—. Te traeré algo de comer. Has estado inconsciente mucho tiempo.
Sin embargo, no tengo hambre, solo miedo y ganas de salir corriendo.
—No me apetece —susurro.
Keira no insiste.
—Él vendrá en un rato —dice, y se gira hacia la puerta.
—¿Él…? —La forma en la que lo ha dicho me hace estremecer—. ¿Quién es él?
Se detiene un segundo antes de salir.
—Por tu propio bien, no intentes resistirte.
El tono sigue siendo suave, aunque ya no se trata de una sugerencia. Es una advertencia.
Abre la puerta y la luz del pasillo entra un instante. Luego desaparece y vuelvo a quedarme sola.
La quietud regresa. Sin embargo, ya no es igual. Ahora tengo constancia de dónde estoy y eso empeora las cosas.
Me encojo de nuevo sobre el camastro e intento no pensar demasiado en lo que ha dicho.
No intentes resistirte.
¿De qué? ¿De quién?
* * *
Por el alto y estrecho ventanal entra el sonido de un viento gélido. Es un susurro constante que me recuerda el rumor del río Verde a su paso por Lirien. Cierro los ojos y me concentro en ese sonido para tratar de volver a casa, pero la atmósfera es demasiado opresiva. Nunca me sentí así en Lirien.
Estoy sentada en el camastro, con la espalda apoyada en la piedra fría y las manos alrededor de mis rodillas, cuando la puerta se abre de nuevo.
Me sobresalto, aunque me lo esperaba.
No es Keira quien entra esta vez. Es un hombre, y con solo verlo sé que algo va mal. Muy mal.
Es alto, pero no es eso lo que me hace pegarme contra la pared como si quisiera desaparecer dentro de ella.
Es su rostro… o lo que queda de él. La piel tiene un aspecto irregular: tirante en unas zonas y hundida en otras.
En la sien izquierda, donde debería haber carne, no la hay.
Se le ve el hueso del cráneo. Y, un poco más abajo, el ojo tampoco está.
No puedo dejar de mirarlo.
Él sonríe, como si se sintiera orgulloso de la reacción de rechazo y miedo que provoca.
—Celebro ver que tenéis buen aspecto, mi lady —dice, y en su voz hay un timbre desagradable.
Trato de echarme más hacia atrás, pero la pared me lo impide.
—¿Quién sois? —susurro, aunque en realidad no quiero saberlo.
—Un amigo.
Y sonríe de nuevo, pero en su gesto no hay nada amable.
Da un paso hacia mí, y yo me pego aún más a la pared.
—Ven —dice, como si fuera una invitación—. No tardaremos mucho.
Niego con la cabeza.
—No… por favor… Solo quiero volver a casa.
No parece ofenderse ni sorprenderse, más bien se muestra interesado.
—Ahora esta es tu casa, querida.
Antes de que pueda reaccionar, una mano se cierne sobre mi brazo y me levanta a la fuerza. Se trata de un soldado al que no he visto entrar. Lleva el emblema del rey Gorath en la casaca: un dragón de dos cabezas.
Nada en él se parece a Lucian. Su agarre es demasiado fuerte, doloroso, y sin vacilación. Intento soltarme.
—¡No! ¡No, por favor!
No sirve de nada. El soldado tira de mí para obligarme a andar, pero las piernas me fallan.
—Ten cuidado —le reprende el hombre del rostro incompleto—. La necesitamos entera.
El pánico me invade.
—¿Para qué? —atino a preguntar, casi sin voz.
Nadie me responde, solo me arrastran fuera de la habitación.
El pasillo es largo, estrecho, iluminado por antorchas que proyectan sombras alargadas en las paredes de piedra. No hay tapices ni mobiliario, únicamente el muro desnudo, y multitud de soldados apostados cada pocos metros.
Huele aún peor que en Taurenhold. A humedad y a hierro.
Intento memorizar el camino por si se me presentara la ocasión de escapar, pero no lo consigo. Todo se mezcla: las puertas, los giros, los pasillos… el sonido de mis propios pasos torpes.
—¿Dónde me lleváis? —Mi voz hace eco en los pasillos vacíos.
Nadie me escucha o no les importa.
Bajamos por unas escaleras y el aire se llena de un olor picante, ácido, que provoca que mi miedo descienda aún más, que enraíce más profundo.
Me conducen hasta una sala amplia. Los ventanales aquí son más grandes y están cubiertos con cristales. La luz blanca del día penetra con fuerza y puedo ver el exterior. Hay nieve por todas partes.
Sin embargo, no es la visión de lo que hay fuera lo que me horroriza. Es lo que hay dentro. Es un laboratorio de alquimia.
Los he visto antes, en los subterráneos del castillo de Lirien, dirigidos por el Consejero y alquimista Seldrin. Siempre fueron un lugar prohibido, lleno de secretos, crueldad animal… y quizás también humana.