Una rosa de invierno 1 La ruptura
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Una rosa de invierno

Una rosa de invierno

Por Ela Valdecan

© inepub.com

1 La ruptura

No recuerdo cuándo he empezado a correr, solo sé que ya no puedo parar.

El aire duele al entrar en los pulmones. Es demasiado frío y me araña por dentro. Intento respirar más despacio, pero no lo consigo. El corazón me golpea con fuerza, desbocado; no solo por el esfuerzo, también por el miedo.

La nieve me llega casi a las rodillas y cada paso cuesta más que el anterior. Mis botas se hunden y tiran de mí hacia abajo, obligándome a avanzar a trompicones.

No sé a dónde voy.

Lo único que tengo claro es que he de seguir, que no debo mirar atrás. Son sus últimas instrucciones.

Aun así, no puedo evitarlo y giro la cabeza. Sin embargo, no veo nada. Solo oscuridad. Árboles. Sombras.

Y, a lo lejos, el resplandor tembloroso de las antorchas de la fortaleza de Taurenhold. Hay mucha distancia, pero temo que no sea suficiente. El sonido de la refriega llega hasta mis oídos: gritos, golpes, choque de metales…

Me quedo quieta un instante, aunque sigo pensando que no debería hacerlo.

Mi respiración suena demasiado fuerte en el silencio.

Escucho.

No pasa nada. Nadie se acerca.

Entonces me giro y sigo avanzando. Cada vez me cuesta más mantener el equilibrio porque yo no estoy hecha para esto, nunca he tenido que moverme así.

Nunca he tenido que huir.

El pie se me engancha en algo oculto bajo la nieve y caigo.

El impacto me deja sin aire. Abro la boca, pero no sale ningún sonido. Durante unos segundos, no puedo moverme. El frío atraviesa el lino del camisón y se clava en mi piel.

Permanezco ahí, inmóvil, con la cara pegada a la nieve.

No tengo fuerzas para levantarme… y tampoco quiero.

—Vamos, Camila —me digo con voz débil—. Muévete.

Apoyo las manos en la nieve. Me tiemblan, no responden bien, y tardo en incorporarme. Las piernas tampoco quieren reaccionar, torpes, ajenas.

Trato de calmarme e inhalo profundo por primera vez.

Entonces, el mundo se desliza delante de mis ojos y el recuerdo me sacude…

* * *

Me despiertan unos golpes en la puerta. Son bruscos, urgentes.

Me incorporo de inmediato, aunque tardo un momento en entender lo que ocurre. La habitación está en penumbra, el fuego de la chimenea casi se ha extinguido.

Otro golpe más fuerte.

—¿Quién…? —Mi voz suena rara, lenta.

—Abrid, señora. Es urgente.

Reconozco la voz que habla al otro lado de la puerta y el sueño se evapora de un plumazo. El miedo a que alguien pueda descubrirlo llamando a mi alcoba a estas horas es lo primero que me pone en alerta.

—Camila. —Vuelve a llamar—. Han asaltado la fortaleza. Tenéis que huir.

Por un momento, no entiendo lo que está diciendo.

—¿Cómo? —atino a preguntar.

Me levanto y abro. Él no espera, entra con la premura del que no tiene un segundo que perder. Nunca lo hace así, sin pedir permiso, así que la sensación de irrealidad se acentúa.

Sujeta una antorcha y su luz muestra unas facciones desencajadas.

Cierra la puerta detrás de él con un movimiento rápido. Su pecho se agita con violencia.

Sin poder evitarlo, mis ojos se deslizan hasta la mancha oscura que humedece su capa de soldado.

—Tenéis que marcharos —dice—. Ahora.

—¿Qué pasa, Lucian?

Se acerca y me sujeta por los hombros. El gesto me sorprende porque no estoy acostumbrada a esa rudeza.

—Nos atacan.

Parpadeo. No tiene sentido.

—¿Cómo…? —balbuceo—. ¿Quiénes?

—El Norte.

El nombre me atraviesa.

Contengo un gemido mientras me llevo las manos temblorosas a la boca.

—Tenéis que huir —insiste.

El miedo me paraliza. ¿Huir? ¿Dónde? La fortaleza de Taurenhold está en mitad de un desierto blanco. El pueblo queda a pocos kilómetros, pero es noche cerrada y hay ventisca. Siento que me desmorono y las lágrimas llegan sin aviso.

Miro a Lucian, cuyo gesto sigue expresando horror y urgencia.

—Ven conmigo —le suplico—. Salgamos juntos. Los dos podemos…

—Camila —dice mi nombre y todo se detiene, igual que siempre.

Su mano sube hasta mi rostro. Está fría, aunque el gesto es suave. Dejo de pensar.

—Bajad al patio y salid por la puerta de las cocinas. Desde ahí parte un sendero hacia el bosque. Seguidlo y no os detengáis.

Intento entender lo que me está diciendo, pero me siento incapaz.

—No prestéis atención a nada. Simplemente, no miréis atrás.

—No sé si seré capaz…

—Lo seréis. —Sus ojos no se apartan de los míos—. Escondeos donde podáis y yo iré a buscaros más tarde.

Eso sí lo entiendo, es lo único que comprendo.

—¿Lo prometéis?

Duda. Es solo una fracción de segundo, pero lo veo.

—Lo prometo.

Asiento. Quiero creerlo, necesito hacerlo.

Ancla la antorcha en la sujeción de la pared y envuelve mis manos con las suyas. Son grandes, ásperas. Firmes. Afuera empiezan a escucharse los primeros ecos de la lucha, aunque ahora mismo solo puedo prestar atención a este contacto.

—Siempre he querido deciros algo —susurra.

El corazón me da un vuelco.

—¿Ahora? —Nada tiene sentido.

—Puede que no haya otro momento.

Mi pulso se me acelera y reconozco esta sensación. Es la misma que siento en los pasillos, en las miradas, en las frases a medias que callan más de lo que dicen.

—Camila… —Su voz se rompe—. Os amo.

Todo se queda en blanco. El latido acelerado de mi corazón es lo único que escucho en mi cabeza. No sé qué decir…

Si se enterara el duque, nos mataría a los dos.

—Yo… —Lo intento, pero no sale nada.

Nunca he tenido que decir algo así.

Apoya su frente contra la mía y siento su respiración muy cerca.

—No hace falta que digáis nada. —Su mano asciende por mi espalda y me acaricia el cuello.

Sí hace falta, porque lo siento aquí, en el pecho. Pero no sale…

—Vuelve a por mí —susurro en su lugar—. Por favor.

Cierra los ojos.

—Lo haré —exhala.

Y entonces se aparta y todo se desvanece.

* * *

Abro los ojos y tomo consciencia de nuevo de dónde estoy: el bosque, la nieve, la noche… Y hay algo más. Un sonido que no estaba antes. Un susurro que se arrastra sobre la nieve y se acerca.

Me pongo en movimiento. Las piernas se quejan, pero sigo.

He de seguir las instrucciones de Lucian, buscar un sitio para esconderme y él vendrá a buscarme cuando toda esta locura pase. El valiente soldado sabrá encontrarme.

Algo cruje muy cerca y me giro por instinto.

—¿Hola?

En cuanto lo digo, sé que no debería haberlo hecho.

Algo se mueve, pero no lo veo bien.

Una sombra se acerca demasiado rápido y no me da tiempo a reaccionar.

Una mano me tapa la boca y aprieta. No puedo gritar. Intento zafarme, pero me agarra con fuerza y me levanta del suelo. El mundo se descoloca.

Pataleo. Trato de morder… pero no sirve de nada.

—No lo empeores, niña —oigo decir a una voz ruda.

No puedo respirar bien, el pánico inunda mis pulmones.

Niego con la cabeza.

No. No. Por favor.

Miro hacia el tenue resplandor de la fortaleza y espero verlo venir corriendo, que cumpla con lo que ha dicho. Sin embargo, no hay nadie, solo nieve. Solo oscuridad.

Una tela cubre mis ojos y el mundo desaparece.

Y yo con él.