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Un final de novela
Paquita
—Lo siento. Lo siento de verdad. —Me atraganté.
Ahora era yo la incapaz de contener las palabras saliendo en tromba—.
No imaginas cuánto lamento haberte mentido.
Casi sin querer me convertí en un nido horrible de falsedades.
Empezó con una minucia, pero fue creciendo y creciendo como una bola de pelusa que corre y se esconde debajo de la cama. Y ya no la puedes barrer.
—María.
No lo dejé hablar. Era mi turno. Mi oportunidad de resarcirme. No pensaba desperdiciarla.
—Pero que sepas que he mentido acerca de lo que tengo, no acerca de lo que soy. Ni de lo que siento. Aunque también comprendo que estés furioso y decepcionado. Que no quieras volver a verme. Lo entiendo.
Como se me acabó el sermón, tomé aire, todo el que antes me había faltado, y me lo quedé mirando un poco histérica.
Aguardando el veredicto que daría al traste con mi destino.
Sus ojos grandes, castaños y luminosos seguían conservando aquella calidez de oro que los hacía especiales.
No había ni rastro de frialdad o ira en ellos.
—Me debes un final —me dijo.
—No comprendo.
—Un final feliz. Al conocerte, empecé una novela de amor con nuestra historia. La obra que me encumbrará a la fama. Habrá que terminarla, ¿no?
Balbuceé algo incoherente y solo dejé de flotar por encima de nuestras cabezas al sentir el roce de sus dedos sobre los míos.
—Parece que los dos tenemos torpezas que el otro debe perdonar.
—No compares, Luis, ¡no compares! —me solivianté.
Se encogió de hombros con un gesto que me pareció encantador y gracioso. Tal y como era él. Tierno, adorable de pies a cabeza.
—Como los besos se roban, no se piden, voy a robarte uno antes de que salgas corriendo. Que nos conocemos, María Francisca.
Inclinó la cara, buscó mis labios y los atrapó con habilidad.
¡Vaya si los atrapó!
Fue tocarme y sentir que me derretía como un helado en la Puerta del Sol en pleno agosto.
Supe con certeza que lo quería, lo quería para mí.
Que por complicado que pareciera, por lejana la posibilidad de que aquello acabara como Dios manda en lugar de como el rosario de la Aurora, si estaba en mis cabales, sacaría valor y fuerza de debajo de las vías del tren, si era preciso, para pelear por aquel amor desenfrenado.
Por aquel hombre cautivador que había llegado para cambiar mi vida.
Nos excedimos con el beso, dado que estábamos en un lugar público. Pero es que una vez lo profundizamos, la pasión nos arrolló con tal ímpetu que no era posible parar.
Algunas madres, acompañadas de niños pequeños, desviaron escandalizadas la trayectoria de su paseo para no pasar cerca y que sus hijos nos vieran.
Sin embargo, tal cual las divisaba el rabillo de mi ojo, volvía a bajar los párpados para concentrarme en aquella dulce tortura sin igual que me causaba su lengua.
A regañadientes, pasado un rato, nos separamos. Ya que la hoguera que habíamos prendido no tenía pinta de sofocarse, todo lo contrario, iba camino de convertirse en incendio y allí, en mitad del parque del Retiro, no era cuestión.
—¿Te casarás conmigo? —preguntó sin aliento, debido al ardor de los besos.
—¿Es una proposición seria, señor de Benavente, o una promesa en el aire?
—Benavente. A secas, sin el «de». Una proposición formal, formalísima. Acompañada de la advertencia de que, si no es aceptada, caeré muerto a tus pies aquí mismo, con las correspondientes inconveniencias que te tocará resolver.
—Mover muertos es algo muy enojoso.
—Muchísimo. Casi lo peor que puedo imaginar.
—Máxime uno tan alto y fornido como tú.
—Noventa kilos, señorita. Uno encima de otro como los meses del calendario.
Suspiré dramática, atando corto una sonrisa de felicidad que se me salía por todos los poros.
—En fin, supongo que no me queda más remedio que aceptarlo como esposo, señor, no sea que se me muera y el día se vuelva desagradable.
—¿Me pongo de rodillas?
Ahí sí, se me escapó la carcajada. Burbujeante y dichosa. Con un corazón que bailaba enloquecido de felicidad bajo las costillas.
—Claro. Pero no aquí, por Dios. Luego, más tarde, cuando estemos solos.
Cuatro meses después…
Luis
Cuando entré al dormitorio, la encontré delante del espejo de cuerpo entero, terminando de colocar el cuello de encaje de su vestido celeste, exquisita y preciosa, como siempre que la miraban, la veían mis ojos.
En cuanto me vio, giró a repasarme por encima de su hombro, sonriendo con dulzura.
—Antes de que me regañes —me adelanté—, vengo a que le des el visto bueno a mi atuendo. ¿Te parece que voy bien?
Me abrí la chaqueta para que pudiera contemplar el conjunto de camisa fina y chaleco bordado a juego con la levita. En lugar de alabarme el aspecto, María me examinó con severidad.
—Luis, no deberías estar a solas con una señorita en su alcoba. Resulta muy indecoroso.
—Tú no eres una señorita cualquiera, eres mi prometida.
—No juegues con las palabras, don habilidoso.
Di un paso más hacia ella.
—Entonces, ¿qué? ¿Me ves a la altura? Desde que Federico me pidió que fuera su padrino estoy histérico.
Sus manos blancas revolotearon un instante y se posaron sobre mis solapas.
—Estás guapísimo. Para comerte aquí mismo.
—Debo decir otro tanto de usted, futura señora Benavente.
—¡Válgame la virgen! Qué bien suena.
—No veo la hora de que entremos por esa iglesia cogiditos del brazo… Y de lo que vendrá después. Y…
—Ten paciencia, querido.
—No entiendo por qué no nos hemos casado ya. Antes que ellos.
Como ya no podía decirle en más idiomas a mis manos que se quedaran quietas, empecé a acariciarla.
Primero con discreción, pasando el dorso de la derecha por su mejilla, recorriendo después la línea de su mandíbula con las yemas de los dedos.
Luego fue su pelo sedoso y brillante el que atrajo mi atención y jugueteé con un bucle suelto.
—Me estás despeinando.
—No va a ser lo único que te desbarate, te lo advierto.
Mi boca se apoyó en su cuello para succionar un par de veces y recorrerlo con la lengua. El gemido brotado desde el fondo de su garganta hizo que mi entrepierna se pusiera firme a la voz de «ya».
—Apenas faltan cuatro horas para la boda…
—Cuatro horas es muchísimo, nos da tiempo a vestirnos de nuevo. ¿Quieres que te demuestre lo que soy capaz de hacer en todo ese tiempo?
Sin encomendarme ni a Dios ni al diablo, sin pensarlo dos veces, empecé a desabrochar los botones en la espalda de su vestido, sin dejar de besarla. Ella no opuso resistencia, al contrario, me rodeó el cuello con sus brazos y permitió que el fuego de las caricias creciera hasta descontrolarse.
—¿Aquí? ¿Ahora?
—Algo me dice que no tendré otra oportunidad de colarme en tu alcoba sin que me eches a patadas.