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Aclaraciones
Paquita
No es que yo hubiera cambiado de opinión. Seguía pensando que era mucho mejor desaparecer del mapa con el honor y la decencia intactos, que quedarme allí, enfrentar a Luis y darle las aclaraciones que, sin duda, se merecía. Tragándome el orgullo, el bochorno y la vergüenza infinita.
Una explicación, además, que a mí me cubriría de barro de pies a cabeza.
No era menos cierto, que lo que el instinto de supervivencia me proponía hacer era una cobardía más grande que la catedral de Burgos, un dicho que siempre tenía a mano la señorita Beatriz y que me encantaba repetir.
De modo que, pese a mi enorme hatillo de inseguridades y dudas, tiré p´alante como los de Alicante, me arremangué sacando unas agallas que sabía que no tenía, y ordené a mis pies que marcharan, en orden uno detrás del otro, caminito del parque.
No hizo falta que anduviera mucho, Luis me salió al encuentro. Mirándome con aquellos ojos suyos, cálidos y honorables, que me hacían sentir todavía más sucia. Al llegar a mi altura, intercambiamos una sonrisa timorata.
—Pensé que no venías, de manera que me fui adelantando.
—Y no iba a ir —repuse cortante.
—Mira, María, entiendo que no quieras verme.
—Tú no entiendes nada de nada…
Me puso un dedo sobre los labios y me estremecí. Un dedo que tuve ganas de lamer de inmediato y me hizo perder la cabeza durante un segundo.
—Déjame hablar. Deja que te explique y luego ya tú dices lo que te venga en gana, que seguro que me lo merezco. Pero primero, permíteme soltar lo que llevo tanto guardándome. Temo que, si no lo hago ahora, luego me falte el valor.
Dije que sí y echamos a andar. Nuevamente en dirección al Buen Retiro.
—Entiendo que con todo lo que has visto, pienses mal de mi familia. No te culpo. Cualquiera en tu lugar haría lo mismo. Mi madre te humilló sin necesidad, pero luego, cuando le convino, bien que se apoyó en ti porque le hacías falta.
—Luis…
—Un hombre de mi familia violentó a mi madre cuando joven.
No un hombre cualquiera, el primo que más quería mi padre, se criaron casi como hermanos.
La baronesa abandonó a un bebé inocente que ninguna culpa tenía.
Mi hermano resultó ser un maleante de poca monta y por si todo eso fuera poco, lo asesinan en nuestra casa, delante de tus ojos.
No te culpo, María. Entiendo que quieras escapar y no volver a saber de mí.
Ni de nada que te recuerde a los Benavente.
—¿Has terminado?
—Pero yo te quiero.
—Luis.
—No es que te quiera, es que me muero si no te tengo al lado. No me interesa lo que la vida pueda ofrecerme si no estás tú en ella. Sé que suena egoísta, que te pida que te quedes solo porque a mí me falte el aire si te vas. Lo único que espero…
—Luis, permite que te…
—Lo único que espero es que tú también me quieras.
Si no tanto como yo a ti, un poco, que sirva de punto de partida.
Te juro que te haré la mujer más feliz de la tierra y que conseguiré que ese amor tuyo pequeñito se multiplique por veinte hasta que no nos quepa en el palacio.
Si así fuera, ya no sería tan injusto, ¿verdad?
Porque no renunciarías a irte solo por mis intereses, también por los tuyos…
—Luis, frena.
—Te quiero. ¿Te lo he dicho ya?
De no haber estado tan devastada, os juro que me habría reído.
Luis no atendía a razones y resultaba cómico que yo, con tanto por lo que hacerme perdonar, estuviera allí oyendo cómo aquel bendito hombre, el más noble de todos los que pisaban suelo español, pedía disculpas por los pecados de otros, solo porque compartían sangre.
Sus palabras salían en tropel, atropelladas como de una ametralladora, sin dejarme meter baza. Así que no tuve más remedio que ponerme de puntillas, agarrarlo fuerte de las solapas, tirar y besarlo.
—¡Que te calles, leñe!
Mudo lo dejé.
—Te quiero. Eso no te permito que lo dudes —arranqué—. Y perdono todo lo ocurrido. Lo que hayas hecho tú y lo que han hecho los demás. No me importa un rábano. Tú eres increíble. Honrado, apuesto y bueno. Ninguna mujer sensata podría esperar que le cayera del cielo algo mejor.
—Apuesto a que hay un pero .
—Pero…
—¿Lo ves? —se desesperó.
—Luis, yo no soy quien tú piensas. Quien te he hecho creer que soy. Ni siquiera la pariente pobre que tu madre sospecha. Es cierto que la baronesa me visitó, que me puso al corriente de lo que había averiguado y que me prohibió que volviera a verte. Por mentirosa.
—Pues se equivocó; y está muy arrepentida.
—Tu madre hizo lo correcto. Lo que haría yo si fuese ella. Defender a su hijo de una fresca aprovechada y sinvergüenza.
—Esa no serás tú, imagino.
—Peor, Luis. Tu madre se quedó muy corta en sus sospechas.
Anonadado, dio un paso atrás y me miró con una mueca de terror pintada en la cara.
—Ni siquiera soy la pariente pobre de los marqueses de Bonagua. Ojalá fuese la recogida de la familia, con eso me conformaba.
—María, que me estás asustando.
—Soy… soy la doncella.
De perdidos al río, me dije. Pero habría dado lo que no tengo por no ver el desencanto en el gesto de Luis. El asombro primero, la incredulidad a continuación, para rematar con un brillo de apagada decepción en las hermosas pupilas.
—La doncella.
—La doncella personal de la señorita Beatriz, condesa de Monarca, futura duquesa de Altolaguirre, por más señas.
Con esto lo dejé de piedra.
Toda su verborrea imparable cortada de repente. No le salían las palabras.
—¿Podemos sentarnos?
—Sí, mira, ahí está tu banco de siempre.
Donde todo dio comienzo.
Caminamos mudos y a trompicones hasta el banco. Como si nos empujasen. Acomodamos nuestros cuerpos demasiado rígidos y mi mano voló sin pedir permiso hasta su mejilla rasurada. Una última caricia que me tomaba la libertad de regalarme.
—Eres tan buena persona.
—La doncella de doña Beatriz. En… ¿en serio?
—Y tan en serio. Ella se encargó de educarme y refinar mis modales.
—Pues lo hizo muy bien.
—No te burles, Luis.
—¿Y tu nombre es…? —Algo pareció caer de golpe y porrazo en su memoria, como un foco que ilumina un cuarto oscuro— ¿Paquita?
—María Francisca Valladares —silabeé—. Sin el «de».
—Al menos por ahí no andamos muy lejos.
—Luis, te estoy haciendo la confesión más dolorosa que haré en mi vida, ¿quieres hacer el favor de tomártela en serio?
—No puedo.
—¿Cómo que no puedes?
—No puedo porque a mí tampoco me importa. Un rábano o la verdulería completa. Quien seas, lo que seas, a lo que te dediques. Eres única e inigualable, María Francisca Valladares, ángel mío.