Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 40
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La fortaleza del amor

Paquita

—Paquita…

Traté de que su gemido lastimero no me afectara. Me liberé de su carantoña dándole un pellizquito en el moflete.

—No insistas, Petri. No pienso cambiar de opinión.

—No estarás aquí para mi boda… —hipó enfurruñada.

Suspiré y agarré otra camisa para doblarla.

—Todo se andará, amiga. Te lo prometo.

—Lo que no puedo comprender es que la idea de todo esto haya sido tuya, la pusieras en marcha, yo te copiara por las bravas y ahora yo tengo marido y tú tienes que salir huyendo como una fugitiva.

—Porque me he enamorado, Petri. Y Luis no se merece todo lo que le he ocultado.

Para ocultar el llanto, hice como que miraba por la ventana.

—¡Uy! Parece que está como para llover, ¿no? —Me enjugué un lagrimón—. Qué cielo tan feo.  ¿Lloverá?

Petri chasqueó la lengua con impaciencia, dio media vuelta y salió de mi cuarto murmurando maldiciones entre dientes. Considerándome un caso perdido. Tampoco es que ella tuviera mucho aguante cuando se trataba de convencer a alguien.

—Mi Fede se lo tomó bien cuando le descubrí la farsa —dijo por encima de su hombro cuando ya casi estaba en la puerta—. A lo mejor deberías de tener algo más de fe en la fortaleza del amor del señorito Luis.

Me quedé sola. Apreté contra el pecho la prenda que tenía en las manos y me desmoroné.

Me dejé ir en un llanto desesperado, sentada en el borde del camastro, repasando todo lo que me negaba, las cosas preciosas que me quedaría sin vivir.

Mi cuartito estaba repleto de flores, ramos que Luis había ido enviando a diario sin que yo respondiera ni siquiera con una nota dando las gracias, que es lo que habría hecho una señorita educada.

Yo no lo era.

Iba siendo hora de que se percatara.

Sentía tanta, tantísima vergüenza de mí misma, que no sabía qué paso dar a continuación que no fuera desaparecer para los restos de la faz de la tierra y que se olvidaran hasta de mi nombre.

En esas estaba, cuando doña Úrsula apareció golpeando suavecito la puerta abierta, con su mandil y su cofia de cocinera. Observándome de lejos con cautela.

—¿Se puede? Tienes visita.

—¿Otra vez el señorito Luis? Dígale que se vaya, señora Úrsula, por favor.

—No es él. Ha venido la baronesa. Se ha apalancado en el salón de recibir y dice que de ahí no se marcha hasta hablar contigo. Así tarde días.

Desvié mis pupilas angustiadas hasta la mujer que a ratos veía como una madre sustituta. La señora Úrsula pudo leer sin dificultad el tormento que estaba atravesando.

—¿Qué hago, doña Úrsula? ¿Qué hago?

—Bajar y escuchar lo que tenga que decirte.

—Pero… —Eché una ojeada al vestido sencillo de algodón que llevaba puesto.

—Al fin y al cabo, es ella la que ha venido a verte.

En efecto, no me equivocaba. El día estaba raro, nublado y destemplado, como si quisiera romper a llover en cualquier momento. Y la luz que se colaba a raudales en la sala de recibir me pareció más mortecina que nunca.

Allí me encontré a doña Magdalena. Sentada con la espalda recta en el sofá de terciopelo ocre, con un servicio de café por delante, que no había tocado. Desmejorada, pálida a causa del sufrimiento. Al verme entrar se puso de pie para recibirme, algo que me hundió en el abismo de la miseria.

—Por Dios, señora, no se levante, siéntese, siéntese.

Para mi asombro, colocó sus manos enguantadas en mis hombros y me estampó dos sonoros besos en las mejillas. Acto seguido, las dos nos sentamos.

En mi caso, sería más correcto decir que me desplomé.

—¿Cómo se encuentra? —pregunté, porque no podía dejar quieta la lengua.

Ella hizo un movimiento de vaivén con la cabeza.

—Imagina. Impactada, dolida, confusa…

—¿Cómo se lo tomó don Francisco?

—Entendió que se lo ocultara hasta ahora, no obstante, le ha costado digerirlo.

Quería mucho a su primo, confiaba en él a ciegas.

Jamás se le habría pasado por la tela del juicio que hiciera algo tan reprochable.

—Alzó los ojos y me miró de frente—. Necesitará su tiempo.

Todos necesitaremos un tiempo para recuperarnos después de esto.

Asentí despacio.

—Fue usted muy valiente.

—Ha sido un consuelo tenerte a mi lado como compinche.

La palabra, tan inapropiada en labios de una dama como ella, me arrancó una sonrisa a la fuerza.

—María. ¿Por qué no quieres ver a Luis? ¿Sigue siendo culpa mía?

Tardé en entender a qué se refería.

—Oh, no, no doña Magdalena. Nada de eso.

—Mi Luis te ama con todo su corazón. Después de lo que ha sucedido, si algo tengo claro hasta el día en que abandone la tierra, es que dedicaré mis esfuerzos a labrar la felicidad del único hijo que me queda. Es como si la vida hubiese decidido darme otra oportunidad que no pienso desperdiciar.

—Yo… señora, yo… —tartamudeé sin concretar nada.

—Haré lo que esté en mi mano por convencerte. Es un buen muchacho. Un poco tímido y despistado a veces, pero tiene un alma noble. Y te quiere —insistió—. Doy fe de que no puede vivir sin ti.

—Es que… Doña Magdalena, he pensado marcharme.

Abrió los ojos con sorpresa.

—¿Marcharte? ¿A dónde?

—Al pueblo donde me crie y luego… ¿quién sabe?

—¿Hemos hecho o dicho algo que te haya ofendido? Te juro que no voy a interponerme. Y mi marido te adora, eso ya lo sabes.

—Ustedes son maravillosos. Es más simple que eso: soy muy poca cosa para Luis.

—¿Quién lo dice?

—Yo lo digo. Lo siento aquí. —Puse la mano en el corazón—. Aquí dentro.

—Muchacha…

—Usted no lo sabe todo, doña Magdalena. Hay cosas que no he contado…

Levantó una mano indicándome que callara.

—Y que no es a mí a quien debes revelar.

Habla con Luis, está deseándolo. No des la felicidad por perdida.

Pelea, eres más que capaz, ya he visto de qué pasta estás hecha.

Solo quería una buena mujer para mi hijo, el título y los cuartos ya los ponemos nosotros.

Y en verdad, María, eres el mejor ángel que ha podido toparse.

Se puso en pie y temí que se fuera. Me miró con unos ojos brillantes y bondadosos, dedicándome una sonrisa maternal que no me habían regalado en toda mi vida.

—Pero…

—Lo que tengas que contar, cuéntaselo a él. Te está esperando en el Retiro, donde siempre.