Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 39
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Los planes de mi futuro

Luis

Cuando regresé a la sala, impaciente por volver a verla, molesto por haber tenido que dejarla siquiera unos minutos, María había desaparecido.

​ No fue preciso preguntar a nadie, aunque más tarde me confirmarían que la habían visto salir disparada y muy dispuesta por la puerta principal, sin despedirse. Entendí que estuviera hondamente traumatizada por todo lo vivido.

No me extrañaba en absoluto.

Para nadie es plato de gusto contemplar las amenazas que allí se vertieron y más aún una muerte dramática y espantosa como la de mi hermano.

Cuanto más para una joven dama sin experiencia en la vida, más allá de la compra de vestidos y libros y los bailes.

Pese a ello, María había resistido sin desfallecer, convertida en el principal sostén de mi madre, cuyas manos vi entrelazadas con angustia.

En ese momento, dadas las circunstancias, no fui consciente del significado de lo que contemplaba.

Fue más adelante, cuando nos quedamos solos en aquel saloncito, aguardando la llegada de las autoridades, respetando la privacidad de la baronesa, con su confesión en marcha ante el barón, cuando la evidencia y la certeza me golpearon a dúo como la pala de un verdugo.

La muchacha Valladares me tenía fascinado.

Su entereza, su compasión con alguien que la había ofendido de todos los modos imaginables. Su valentía, su generosidad siempre dispuesta a ayudar. Mi mente y mi corazón enamorados se sabían incapaces de encontrar otra mujer que cumpliera de mejor modo mis extravagantes expectativas.

Sería María o no sería ninguna.

Ojalá todo en mi existencia estuviera tan claro y meridiano como lucía aquello ante mis ojos. Mi voluntad, mis sentimientos, mi esperanza de futuro, la construcción de una familia feliz, todo le pertenecía a ella, empezando por mi persona.

Y en aquella sala donde esperábamos, a pesar de las turbulentas emociones que acababan de sacudirnos, por encima de no ser, con toda seguridad el momento apropiado, de que podría rechazarme, sentí la urgente necesidad de abrazarla y cubrirla de besos, de confesarle mi amor desesperado.

Si el trato injusto que le había dispensado mi madre era el motivo de su rechazo y de que se negara a verme, ese escollo lo daba por salvado.

En parte, al menos, viendo cómo se comportaban la una con la otra durante el suceso.

Entonces, ¿por qué no pensar que había llegado nuestro turno?

El instante que tanto había esperado. Dar el paso y declarar todo lo que me crecía dentro gracias a ella.

María había logrado que el chico melancólico y solitario que siempre fui, ese en quien sus padres depositaban mil y una expectativas cuando él solo quería escribir y se ahogaba pensando que las frustraría todas, renaciera fortalecido, lleno de energía y proyectos. Rebosando ganas.

Porque eso era lo que María me contagiaba con solo acercarse: ganas de vivir.

No la abracé, claro. Mucho menos la besé.

Mi atrevimiento no llegó a tanto. Pero mis dedos inquietos volaron una y otra vez alrededor de sus muñecas queriendo apresarlas.

De sus manos, anhelando enredarse. De los mechones desordenados que caían sueltos desde su cabeza y que me atraían de un modo hipnótico.

Tuve que hacer uso de mi escaso autocontrol para no romper el fino hilo que me ataba a la cordura. Para no atropellarla o resultar inapropiado.

Dejaríamos que pasara aquel terrible episodio. Que las aguas se calmaran y volviesen a su cauce. Enterraríamos a mi hermano en el panteón familiar como uno más, cruzaríamos el mar del duelo. Y entonces, solo entonces, la buscaría y le haría saber que no estaba dispuesto a renunciar a nuestro amor.

Todo eso fue antes de salir a por el vaso de agua y volver para encontrarme la sala vacía. Entonces me arrepentí de no haber sido más temerario, de no haberme lanzado al precipicio confiando en que las alas de la devoción me sostendrían.

Una cosa más de la que arrepentirme.

Paquita

—¿Tú estás segura de lo que quieres hacer?

—Segura, segura del todo no estoy, Petri, ¿por qué mentirte?

—¿Entonces? ¿ Pa qué lo haces?

A veces envidiaba la simpleza en la forma de razonar de mi compañera y amiga. Detuve la frenética actividad doblando ropa interior y acomodándola en mi vieja maleta, y le dediqué unos minutos de atención plena.

—Lo hago porque es la única salida que tengo, Petri. Porque si me quedo, al final todo saltará por los aires y sentiré tal vergüenza que preferiré estar muerta.

—Suena muy dramático.

—Porque lo es, Petri, lo es. Imagina que la baronesa me ha perdonado ser la pariente pobre de los marqueses.

—Debería. Parece que quedasteis en buenos términos.

—De acuerdo. Pues supón qué pasaría si de repente va y descubre que ni siquiera soy esa pariente pobre, que soy una criada con una ristra interminable de embustes, haciéndose pasar por señorita. ¿Tú piensas que me perdonará dos veces? ¿Una ofensa tan grave?

—Yo no lo veo…

—Tú no lo ves porque estás en el ajo, igual que yo. Pero es gordo, amiga. Muy gordo. No sé cómo podría decírselo, son cosas que no se pueden confesar.

—¿Y a dónde irás?

—Ya le he escrito a la señorita Beatriz. Se encuentra en Venecia, disfrutando de los canales y los palacios. Ella me encontrará una buena casa lejos de aquí. Mientras eso ocurre, me vuelvo al pueblo, a esperar.

—Y a vivir, ¿dónde?

—Con los ahorros he alquilado un cuarto en la fonda de la plaza mayor.

—¿Qué se te ha perdido a ti en el pueblo? Si ya no te queda nadie.

«Gracias por recordarme lo sola que estoy en el mundo, Petri, muchas gracias. Estaba necesitando que alguien lo hiciera».

Se me saltaron las lágrimas y se me encogió la patata que tengo por corazón.

—No sé a qué otro sitio podría ir.

Con una zancada adelante, Petri tomó mis manos entre las suyas y las apretó con afecto.

—Paquita, el señorito Luis ha venido un millón de veces a verte y no lo has querido recibir. Se merece una explicación, tienes que dársela al pobre hombre.

—¿Igual que tú se la diste en su día a Federico?

Tocado y hundido.

—Eso ha sido un golpe bajo, amiga. Que yo metiera la pata no quiere decir que aplauda cuando tú haces lo propio.

—Esa explicación de la que hablas, no puedo dársela.

Si voy a desaparecer de su vida igualmente, ¿para qué empañar el recuerdo que tiene de mí?

Que todo lo más, piense que la mentira ha sido pequeñita, que soy la prima recogida de los Bonagua y punto final.

Al menos, suena más respetable que la doncella imprudente que se viste con los ropajes de su señorita, pretendiendo ser algo que no será jamás.