Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 38
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En todas partes cuecen habas

Paquita

Por desgracia, sí, fueron sus últimas palabras.

Con una dulce sonrisa entre los labios, Eduardo abandonó el mundo de los vivos, aferrado con una mano a la madre a la que tanto necesitó muchas veces, y con la otra, al hermano que tanto habría deseado disfrutar.

Puede que feliz por primera vez en su vida.

Los tres lloramos en silencio mucho rato, sin saber bien qué hacer más allá de ahogarnos con nuestro dolor y no armar alboroto para no soliviantar al servicio ni al barón hasta tener claro cómo proseguir.

¿De qué manera le explicábamos aquello a san José? ¿Que un perturbado deseoso de venganza había irrumpido sin que nadie fuera capaz de frenarlo, descerrajándole un tiro en el corazón a su sobrino Eduardo? ¿En mitad de una visita casual? Era demasiado complicado salir indemne de aquel atolladero.

—Podríamos decir que don Antonio de Cifuentes venía siguiéndolo —sugirió Luis sacándose las lágrimas con el revés de la manga.

Doña Magdalena movió la cabeza a uno y otro lado.

—Eso es lo que le diremos a la policía, hijo. A tu padre no. Tu padre tiene derecho a saberlo todo. Ahora los dos están muertos. El propio Alberto, Eduardo. Francisco no podría ponerse en peligro, aunque quisiera. Es lo que siempre traté de evitar.

—Pero madre…

—Quizá sea hora de que los secretos más oscuros salgan a la luz. Gracias por tu apoyo, María —se dirigió a mí—. Te has portado como una verdadera hija.

—Ya ha sufrido usted bastante, doña Magdalena.

—A las autoridades le diremos que el asesino era un rufián desconocido. Nadie ha de nombrar a don Antonio de Cifuentes ni por asomo.

En eso convinimos.

Luis avisó de la desgracia a su padre, que llegó al invernadero descompuesto, flanqueado por el mayordomo y dos lacayos. Se acomodó el cuerpo de Eduardo en una de las alcobas, se dio aviso a la policía, y mientras llegaba, los barones se retiraron a un salón aparte a parlamentar.

Luis estaba ausente. Mortificado y más triste de lo que jamás hubiera podido figurarme que estaría un ser humano.

—Ha sido un duro golpe. Enterarte así de que tenías un hermano.

—Peor aún ha sido oír de boca de mi madre cómo sucedió todo.

—Lo entiendo. Para ella es un fantasma del pasado que la ha atormentado sin tregua y sin poder desahogarse con nadie.

—No te haces idea de cuánta falta me hizo ese hermano durante toda mi niñez, incluso en la juventud temprana.

Alguien de mi sangre en quien apoyarme. Un cómplice con el que entenderme sin necesidad de hablar.

Entiendo que a mi madre le espinara la idea de verlo, entiendo el daño que le hacía, pero de haberlo traído…

Sufrió un estremecimiento que no lo dejó proseguir. Sentí el impulso de tomar su mano, pero lo dejé correr sin caer en la trampa.

—El muchacho no tenía culpa de nada.

—De haberlo traído, entre todos, con amor y comprensión la habríamos ayudado a olvidar. A darle a ese otro hijo desafortunado el mismo amor que yo recibía a raudales.

—La familia es… importante.

Súbitamente, Luis levantó la cara y me taladró con los ojos.

—¿Cómo he podido ser tan insensible? Yo aquí, lamentándome, hablando de parientes y familia cuando tú la has perdido toda.

Como de la sarta de embustes que le llevaba contados eso era lo único que olía a verdad, me emocioné y rompí a llorar. Luis se me acercó como si fuese a abrazarme sin acabar de atreverse.

—Son los nervios, los nervios —lo tranquilicé—. Lo mejor será que regrese a casa. Han sido muchas emociones, necesito descansar.

Hice amago de levantarme. No podía resistir un instante más estar allí, a su lado, sin abrazarlo y besarlo, sin decirle cuánto sentía haber desconfiado de su honestidad.

Que era el hombre más bueno y amable que había conocido.

Que lo amaba desesperadamente y que jamás lo tendría porque no estaba a su altura.

Y además era una mentirosa. Las mentirosas van al infierno.

Luis me agarró por la muñeca. Fue un gesto brusco, involuntario, que hizo sin pensar. En cuanto se percató de su falta de delicadeza, me liberó.

—Disculpa. Yo… vendrá la policía, fuiste testigo, querrán hablar contigo.

Asentí y, sumisa, acepté sentarme de nuevo.

—Esperaré entonces. ¿Podría tomar un poco de agua?

Era un burdo pretexto para que saliera de aquel salón que empezaba a parecerme demasiado pequeño.

Para poner tierra de por medio, verme libre de su influencia maligna.

El modo intenso en que me miraba y me rogaba con los ojos se me hacía insoportable.

Luis había ido hasta Barquillo 10 tantas veces intentando verme…

Desde que Eduardo había insinuado su inocencia, mi cabecita loca había hecho tantas cábalas soñando con un final de cuento de hadas.

Mientras estuve convencida de que Luis no era quien yo pensaba, sino un desgraciado canalla, la culpa de no estar juntos recaía sobre él. Sufrí, sufrí mucho, pero eso me hacía sentirme mejor, más ligera. Ahora, la responsabilidad se desplazaba nuevamente sobre mis espaldas.

Nuestra categoría desigual, mis engaños, mi desparpajo mintiendo. No tenía perdón de Dios y desde luego, Luis no iba a concedérmelo tampoco. Yo misma no era capaz de perdonarme, tan avergonzada como estaba.

De haber podido elegir, habría suplicado que la tierra me tragara. Al menos así desaparecería dejando un dulce recuerdo antes de que Luis lo descubriera todo y me odiase, recordándome el resto de su vida como su peor equivocación.

Puede que me hubiese ganado el favor de doña Magdalena, aunque no bastaba. Ella sabría guardar mi secreto. Y eso que me pensaba una simple parienta pobre. Me mortifiqué preguntándome cómo se tomaría la noticia de que era la doncella de la mansión. Por muy agradecida que estuviera…

Me escapé.

Mientras Luis iba a por mi vaso de agua, hui del palacio. Si la policía preguntaba por mí, siempre podía adoptar el papel de frágil damisela impresionable y admitir que, dadas las circunstancias, tuve que retirarme antes de colapsar.

De nada sirvió que llegara deshecha en lágrimas. Peor. O que rogara e implorase a la señora Úrsula y a Petri que me dejaran descansar a solas. Viéndome tan desquiciada, ninguna quiso retirarse sin antes atenderme y conocer al detalle lo que había vivido, impactándome de aquella forma.

Se lo conté.

Entre lágrimas y sollozos, pero se lo conté. No iban a rendirse. Además, tarde o temprano aparecerían las autoridades a tomarme declaración como testigo y prefería que estuvieran advertidas.

—Es como una historia de novela —murmuró la cocinera muy impresionada.

—¿Quién se lo habría figurado? Pobre baronesa.

—Si es que uno no puede fiarse ni de los más nobles. Para que veas que en todas partes cuecen habas.