Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 37
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Un juicio justo

Paquita

—Seguramente para no rendir cuentas por tus pecados, malnacido —rugió otra voz masculina que nos sobresaltó a todos por la espalda—. No te preocupes, yo mismo borraría mi existencia si no pudiera evitarlo.

Eduardo identificó al recién llegado, un hombre de edad similar a la del barón, elegantemente vestido, con el rostro congestionado de furia. Lo miró con una especie de cansancio, quizá aburrimiento, que no llegué a entender.

—Por Dios, don Antonio, ¿todavía sigue con esas?

—Hasta el instante de mi último suspiro, debo hacerte pagar por el quebranto que le causaste a mi familia.

Eduardo volvió a posar el maletín en el suelo, con aire resignado. El caballero enfadado empuñaba una pistola pequeñita, con mano temblorosa. Con un gemido de pavor, doña Magdalena se apretó contra mí.

—Mi hijo. Mi heredero, mi primogénito. Lo mataste. No eres más que un vil asesino…

—¡Yo no asesiné a su hijo! Fue un duelo justo. Y por más que le escueza escucharlo, si uno de los dos violentó las leyes del honor, desde luego no fui yo.

—¡Cierra esa boca venenosa! No sueltas más que mentiras.

—Digo la verdad —se defendió Eduardo—. Su hijo no respetó la cuenta atrás, se giró antes de que terminara y me disparó a traición. Sus nervios o su mala puntería fueron las causantes de una herida engorrosa, que me tuvo meses en cama, pero no mortal.

—¡He dicho que te calles!

—Y cuando fue mi turno —prosiguió sin inmutarse—, la cobardía lo empujó a salir corriendo. Disparé, sí, queriendo acertar en una pierna, o un brazo, y dar por resuelto aquel comprometido y absurdo enfrentamiento. Una partida de cartas no merece una vida.

—¡Pero lo mataste!

—No esperaba que saliera corriendo, no esperaba aquel movimiento suyo tan brusco. En este caso, la mala fortuna quiso que la bala lo alcanzara en la cabeza.

—Maldito…

—Por lo que más quiera, señor Cifuentes —imploró la baronesa—, guarde el arma, respete esta casa.

—No moriré en paz si no consigo vengar la memoria de mi hijo.

—La memoria de un cobarde, que además forzó la celebración del duelo.

—Don Antonio, baje esa pistola ahora mismo.

La orden fue tan rotunda, tan certera y regia, que el tiempo pareció detenerse alrededor de aquella frase. Nadie esperaba que Luis se presentara en el invernadero, en medio de todo el caos, tratando de imponer cordura.

Se colocó como parapeto protector entre el padre enajenado y Eduardo.

—¡Apártese! —gritó el caballero— ¡Quítese de en medio! No quiero herir a nadie, tiene mi palabra. Solo a ese miserable.

—Si usted afirmara que no conozco a este hombre —apuntó a Eduardo— estaría en lo cierto, ya que es la primera vez en mi vida que lo veo.

Pero si dice la verdad y es hijo de mi madre y por lo tanto mi hermano, pertenece a esta familia.

Y le aseguro que haré lo imposible por garantizarle un juicio justo.

Don Antonio de Cifuentes apretó con fuerza los labios sin despegar las pupilas brillantes de su objetivo.

—Entienda que también para mí es una cuestión de honor familiar —agregó Luis con gravedad.

—No habrá juicio que valga. No lo permitiré —rugió fiero don Antonio.

—Debe de haber testigos de ese duelo, alguien estaría presente y podrá confirmar la versión que él da de los hechos, ¿no es cierto? ¿Hubo testigos?

—Los padrinos del duelo. El doctor… Un sacerdote —corroboró Eduardo con voz rota.

​ —¿Lo ve, don Antonio? Cálmese. —Alzó las manos y las movió en vaivén—. Todavía estamos a tiempo de saber qué sucedió en realidad sin causar nuevas pérdidas humanas. Se lo ruego…

​ El hombre estaba a punto de echarse a llorar.

Debía de ser espantoso vivir con el puñal de la venganza urgente clavado en el corazón y, cuando la tienes al alcance de la mano, aceptar que puede ser que estuvieras equivocado.

No tuve la impresión de que aquel hombre atormentado estuviera dispuesto a dar su brazo a torcer, ni siquiera parecía estar en sus cabales.

​ —Atienda —continuó Luis con tono sosegador—. Localizaremos a esos testigos, aclararemos las cosas, pondremos el caso en manos de la autoridad. Que se aplique la ley sin excusas. Pero no se tome la justicia por su mano, don Antonio, será algo de lo que se arrepienta siempre.

—Lo juré. Lo juré sobre el cadáver caliente de mi hijo. ¡Apártese, si no quiere resultar herido!

—¡Luis, por Dios! —La baronesa se impulsó hacia adelante.

Apenas si tuve oportunidad de retenerla.

En aquellos escasos segundos en que todos nos movimos y varios cambiaron de posición, Eduardo trató de escapar, maletín en mano.

Un alarido de Cifuentes le ordenó parar.

Apuntó de nuevo y Luis se interpuso en la trayectoria del disparo.

Cuando el estallido ya había ensordecido nuestros oídos, la figura de Eduardo se atravesó para proteger a Luis de la bala y con un gemido agónico y una mancha de sangre en el pecho, cayó al suelo.

Tanto Luis como doña Magdalena se arrojaron sobre él.

—Está… —tartamudeó el responsable del tiro— ¿Está muerto?

—¡Márchese! —le gritó Luis. El hombre de repente se había quedado como petrificado. La mano, lacia, el arma resbaló hasta estamparse contra el suelo—. Coja la pistola y márchese. Salga de esta casa y olvide que nada ha sucedido. ¡Váyase, le digo!

A duras penas consiguió el caballero cumplir con lo que se le mandaba.

—¿Llamo a un médico? —pregunté sin saber cómo ayudar.

Fue Eduardo quien hizo una señal inequívoca con la mano empapada en su propia sangre.

—No valdría para nada. Sé distinguir cuándo una herida es mortal.

—No digas eso —lo contradijo Luis con brío—. María, avisa a los criados, que traigan a un médico cuanto antes.

Me giré a toda prisa buscando la puerta que don Antonio había dejado abierta de par en par tras su huida. Todavía dispuse de oportunidad para escuchar las últimas palabras de Eduardo.

—Qué felicidad, marcharme de este mundo con mi madre y mi hermano preocupándose por mí. Quién me lo habría dicho. Nunca tuve a nadie que le importara si vivía o moría.

—¡María! —me reclamó doña Magdalena sumida en llanto una vez estuve fuera—. Quédate, hija. Ya no es necesario que vayas a ninguna parte.