Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 36
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El reencuentro

Paquita

Sujeté a la baronesa, que se tambaleaba al borde del desplome.

—No es preciso ser cruel —le reproché furiosa.

Eduardo compuso una mueca de absoluta inocencia, imposible de creer.

—No es mi intención ofenderla, madre, no es que la odie ni nada parecido. Simplemente, a estas alturas ya no siento nada. Y he de añadir que, después de tan largo tormento, es toda una liberación.

—De verdad que lo lamento —repitió la señora en una lúgubre letanía.

—He sufrido mucho. Me he sentido abandonado y solo. —De repente, una máscara de extrema felicidad sustituyó su rostro abotargado y me provocó terror—. Por fortuna todo eso ya pasó. Los dolores se amortiguan con el tiempo.

—No puedo borrar el pasado.

—Desde luego que no. Pero puede usted construirme un brillante futuro. Al otro lado del océano. Lejos de todos esos impacientes cobradores de deudas de juego y del desquiciado Antonio de Cifuentes que me persigue empeñado en vengar la muerte de su hijo.

Pensé que doña Magdalena se derrumbaría como un saco lleno de piedras.

—¿Has matado…?

Eduardo reaccionó como si le hubieran pinchado con un alfiler en el cuello.

—Me he criado en la calle, desamparado, me tocó aprender a sobrevivir. Soy un jugador, borrachín y pendenciero, pero no soy un asesino.

—¿Cuánto…? ¿Cuánto dinero necesitas?

—Todo el que pueda darme.

—No he podido reunir mucho con tanta premura y a espaldas del barón. Hay suficiente para el pasaje, los gastos y para que te instales. Con más tiempo podría conseguir una abultada suma de dinero y enviártela a donde me indiques…

—Prefiero no dejar direcciones ni rastro alguno cuando abandone Europa. Entiéndalo, así evitaremos que los molesten. A ustedes. Del mismo modo que han incordiado a mi hermano buscándome a mí. Tengo entendido que la cosa pudo ser grave, ¿no?

Que Dios me perdone.

Me inundó tal oleada de alivio al escucharlo, que estuve a punto de echarme a llorar. Ahí estaba. La prueba definitiva de la inocencia de Luis. No jugaba ni debía dinero a nadie. No había matado.

Entonces fui yo la que osciló con una tiritera muy poco aristocrática. Y la baronesa quien me sujetó. Formábamos un buen equipo proporcionándonos sostén la una a la otra.

Eduardo empezó a impacientarse.

—Bueno, esto se alarga innecesariamente, madre. ¿Me da el dinero?

Doña Magdalena asintió y echó mano de un voluminoso maletín de cuero oculto tras unas plantas. Lo colocó en el suelo, junto a sus pies, y fue él quien se alargó a cogerlo. Era ciertamente pesado, si nos fiábamos de la sonrisa de complacencia que se le dibujó a Eduardo en la cara.

Palpé en el ambiente crispado que la pobre doña Magdalena aguardaba una palabra de afecto de su hijo. Por insólito que pudiera resultar.

—Supongo que después de esto, madre —fue su reacción—, tardaremos en vernos. Más o menos lo que hemos tardado hasta hoy, puede que multiplicado por dos.

—Eduardo…

—No está en mi ánimo importunarla, puede creerme. Si lo que teme es que después de esta entrega haya otras fechorías para reclamar más, como raptar de nuevo a la enamorada de nuestro mimado Luis, quede tranquila. Soy el primero a quien no le interesa permanecer en España…

Calló de repente, porque el barón acababa de aparecer en el invernadero por sorpresa y sin que nadie lo esperase.

—¿Qué clase de reunión social…? —empezó con buen ánimo, convencido de haber sorprendido a su querida esposa compartiendo un refrigerio.

Sin embargo, cuando sus ojos se posaron en el rostro de Eduardo, no solo enmudeció. También se le retiró el color, como si se hubiera muerto. Boquiabierto.

—Alberto —dijo por fin.

La tensión se dispersó en el aire. Gruesa e imposible de cortar. La baronesa tragó saliva y me apretó el brazo con los dedos de la mano izquierda. Finalmente, el que ya había demostrado tener más tablas de todo el grupo, sonrió y dio un paso adelante con la mano extendida.

—Usted debe de ser el tío Francisco. Encantado.

—¿Tío? —Estrechó confuso la mano que le ofrecían.

—Sí, soy el hijo de su primo Alberto.

—Que en paz descanse —agregó el barón—. Sois como dos gotas de agua, él a tu edad tenía… tenía ese mismo aspecto.

Eduardo se encogió de hombros con un halo de desenfado alrededor.

—Ya sabe, cosas de la genética.

El barón se volvió a mirar a su demudada esposa.

—¿Tú sabías que venía?

— Mea culpa , no anuncié visita. Solo he pasado un instante a saludar, tío —se apresuró a responder Eduardo por ella—. Hasta pensé que tendría que marcharme sin llegar a conocerlo. Llevo toda la vida en el extranjero y mi intención es volver a América mañana mismo, si es posible.

—Te quedarás a cenar, supongo…

—Hemos tomado el té. Lamento no poder dedicarles más tiempo. Prometo solemnemente que en mi próxima visita ustedes y su fabuloso palacio serán los primeros en mi lista.

Yo contemplaba la escena entumecida de puro nervio.

Con los músculos en tensión, paralizada la lengua.

Ya ves, con lo parlanchina que soy y lo difícil que es hacer que me calle.

Pues bloqueada la tenía. La notaba como una piedra dentro de la boca.

Supe que doña Magdalena no sabía cómo quitarse de encima al barón, que hubiera dado la mitad de su fortuna porque aquel temerario encuentro no se hubiera producido.

Pero allí estaban. Frente a frente y sin saber muy bien qué decir, pese a que Eduardo había salvado con arte y desparpajo la situación.

En ese momento, la figura del mayordomo del palacio recortada en la gran puerta doble del invernadero, atrayendo la atención de don Francisco, fue como ver aparecer a la mismísima virgen.

—Señoría, sería tan amable de dedicarme unos minutos. Hay un asunto urgente que debo tratar con usted.

No podría decir si al barón le fastidió la interrupción o le supo a maná llovido del cielo. Esta vez fue él quien adelantó primero su mano a modo de cortesía final.

—Vaya, parece que el deber me llama y que tampoco podré ofrecerte una despedida como Dios manda, sobrino.

—Está todo bien, tío. Les prometo volver a visitarlos.

Un intercambio de las palabras amables de rigor, y para alivio de la baronesa, don Francisco salió por la puerta con el mayordomo pisándole los talones. Bendito don de la oportunidad.

—No tema, madre, lo he dicho por ser cortés, no pienso volver en lo que me queda de vida.