Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 35
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En el invernadero

Paquita

A partir de ahí, solo cabía esperar. Que la nota que la señora baronesa había entregado al pilluelo que vino reclamando respuesta llegase a su destino, y que el «bueno» de Eduardo hiciera el siguiente movimiento. Podían pasar uno o dos días. Quién sabe.

​ Tanto doña Magdalena como yo, íbamos a contener el aliento hasta entonces.

Me volví loca dándole vueltas al perol, preguntándome si los crímenes de los que habían acusado a Luis pertenecían a Eduardo en realidad, y todo no había sido más que un singular y desafortunado embrollo.

Rezando para que así fuera. Sintiendo el remolino de esperanza subirme desde el vientre al pecho iluminándolo todo, para a continuación, bajar de nuevo, desinflarse y tumbar mis ilusiones.

Todavía podía suceder que tanto el uno como el otro fueran buenas piezas de las que cuidarse. Y entonces, no solo existiría una razón muy poderosa que nos separaba a Luis y a mí, mi condición social inferior envueltita en mentiras, sino dos: yo jamás aceptaría a mi lado a un indecoroso delincuente.

La señora Beatriz y su guapísimo marido se montaron en un tren y desaparecieron de la faz de la tierra, rumbo a la lejana China, y una relativa paz regresó a la mansión de Barquillo 10, mejor ahora, que mi señorita ya estaba al tanto de nuestro embuste y nos cubría.

Me hizo sentirme menos culpable, su perdón le quitó mucho peso a los remordimientos que me impedían dormir a pierna suelta, como había hecho toda mi vida.

Desde que mi historia con Luis se había truncado, los vestidos me quedaban anchos y la señora Úrsula me sermoneaba y me llamaba flacucha para que comiera más.

Tenía el cutis más pálido y deslucido. No lo olvidaba, no era capaz de sacármelo del pecho, ni del pensamiento ni del alma por más empeño que pusiera.

Aquello me iba a costar la vida.

Pasados tres días, la baronesa me envió una nota citándome en el palacio a las cinco de la tarde.

Estaba claro lo que pasaría, Eduardo acudiría a la cita y recibiría de su madre una fortuna con la que poner pies en polvorosa, dejando atrás crímenes y estafas.

Una desconfiada Petri me ayudó a vestirme.

Salvador me llevaría en el carruaje de la mansión. Pero ninguno estaba conforme.

—¿Estás segura de que quieres ir sola?

Asentí con un cabeceo.

—¿Completamente segura?

—No me queda otra, Petri. Es una petición de la baronesa y ya me dirás cómo le explico que aparezco con escolta en un asunto tan íntimo.

—Lo que no sé es cómo se atreve a pedirte nada después de como se ha portado contigo —refunfuñó colocándome un mechón tras la oreja.

—Está sola en esto, Petri. Hay cosas que no puede contar a nadie, ni a su marido, ni a su hijo.

—Cosas como, ¿qué?

Me giré con tal de darle la espalda, fingiendo que buscaba el espejo del tocador.

—No te entrometas. Son cosas de ella, secretos de familia.

—¿Y contigo sí las ha compartido? —Puso los brazos en jarra y me observó incrédula.

No la saqué de dudas. Acababa de cogérseme un pellizco tremendo en la boca del estómago.

—Entonces… si tienes a la suegra de tu parte, lo tuyo con el señorito Luis es pan comido. Siempre que no sea verdad lo de que es un maleante…

Me retorcí bruscamente para clavarle los ojos.

—¡Petri! ¿Qué es lo mío con Luis? ¿Olvidas la familia a la que pertenece y que yo no soy más que una vulgar criada que encima miente como una bellaca? ¡Que no soy la señorita de buena familia y educación exquisita que él se piensa!

—Educación sí tienes, Paquita, más y mejor que muchas damitas. Bien se esmeró la señorita Beatriz en que eso ocurriera.

—Bueno, ya me entiendes.

—Lo entiendo, pero no por eso voy a darte la razón como a los tontos. Si al final él resultara ser inocente y pese a todo lo que has armado te quisiera, ¿qué? Punto en boca y a aprovechar. Que el amor es un potro indomable y no hay cerca que lo detenga.

—Eso es lo malo, Petri, eso es lo malo. Imagina lo que pensará de mí cuando lo descubra: me odiará, no querrá verme ni pintada en un cuadro. Será el final.

Doña Magdalena convenció a su esposo para que echara la tarde en el club de caballeros con el pretexto de que le convenía socializar, hacer amistades en Madrid y reforzar lazos.

El pobre san José, que más bueno y no nace, siguió a pies juntillas las sugerencias de su esposa y le dejó vía libre con la casa vacía.

En cuanto a Luis…

Había vuelto a escribir, cada tarde en el parque del Retiro. Se ausentaba durante horas de forma regular y ese lapso de tiempo era el que la baronesa debía aprovechar para despachar con su otro hijo.

Me moría de impaciencia. Llevaba el corazón alborotado como un cohete de verbena.

La encontré muy desmejorada, casi como ella me encontró a mí.

Traté de reconfortarla con un cálido «ya verá como todo sale de guinda» y nos sentamos en el invernadero a esperar a Eduardo.

En completo silencio. Rodeadas por una tensión que no hacía más que crecer y crecer, siempre a punto de reventar.

Cuando estaba a punto de darnos algo malo, apareció un lacayo anunciando «su visita, señora» y, acompañándolo, Eduardo Castellanos vestido de forma impecable.

Ni la sombra del tipo andrajoso que se me había presentado en la covacha durante el secuestro.

Al entrar, su mirada y la de doña Magdalena quedaron enganchadas de un modo casi físico.

Con una sacudida brutal por ambas partes.

¿La primera vez que se encontraban tras el nacimiento?

Los ojos de los dos eran idénticos. La misma mirada.

Hubiera deseado no estar allí, que la baronesa y su hijo perdido vivieran el reencuentro en total intimidad. Sin embargo, la señora aferró mi mano y la apretó con desesperación. Superada la primera impresión, Eduardo fue el primero que habló.

—¿Por qué me mira de ese modo, madre? Parece que ha visto al mismísimo diablo. ¿Acaso no soy tan atractivo como mi hermano Luis y la he decepcionado? No sabe cuánto lo siento.

—Eres la encarnación misma de… de… —balbuceó torturada.

—Mi padre, supongo. Y eso no debe de hacerla muy feliz a juzgar por el espanto que leo en sus ojos. —Se abrió una pausa de tenso silencio—. Ya sabía yo que la vida de la enamorada de mi hermano no le sería indiferente —añadió señalándome casi con desgana.

—Lo siento —murmuró la dama en un tono tan débil que apenas se la oyó.

Soltó mi mano y avanzó unos pasos hacia Eduardo. Quedaron frente a frente, mirándose, conteniendo la respiración.

—Siento todo lo que pasó. Lo que hice, las decisiones que tomé de las que tú no eras culpable. Siento que hayas tenido que buscarme en contra de mi voluntad, que parezca que no me importas.

—Y no le importo. Usted solo tiene un hijo, baronesa, su adorado Luis, el dechado de virtudes.

No obstante, no tema, no me duele, ya no.

Me dolió siendo niño, cuando descubrí que la gente que me criaba no eran mi familia y la pregunta de por qué mi verdadera madre había decidido abandonarme me desvelaba por las noches.

Doña Magdalena agachó la cabeza y enjugó unas gruesas lágrimas.

—Ya no —prosiguió él—. Ahora solo necesito el dinero suficiente para poder huir. A las Américas o a la China. Y da la casualidad de que a usted le sobra.