Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 34
79%

34

Ecos del pasado

Paquita

Se le abrió la boca, como un moribundo que no consigue respirar, y no dijo nada. Tampoco es que lograra cerrarla.

—¿Luis? ¡Eso es absurdo! ¡Más que absurdo!

Me encogí de hombros, más triste que satisfecha.

—Es lo que hemos averiguado, señora. No crea que no lo siento. Ojalá no fuera cierto.

—¡Porque no lo es! ¿Y tú? ¿De qué conoces a Eduardo?

—Es el que tuvo la feliz ocurrencia de raptarme. No crea, tres mil pesetas que le ha sisado al prometido de mi amiga en el rescate.

—¿Tres mil? No te han vendido por mucho —calculó desdeñosa.

Sonreí tirante. No lo sería para ella; para cualquiera mínimamente en sus cabales, aquella cantidad de dinero era inimaginable.

—Muchas gracias, doña Magdalena, usted siempre tan dispuesta a recordarme lo poquito que valgo. Le echa mucho valor, le reconozco el mérito de despreciar a los demás tan alegremente, teniendo dos hijos que con suerte acabarán en el cadalso o a cadena perpetua.

Se hizo un silencio tan pesado, tan desagradable y espeso, que recordaba al lodo. Los ojos de la mujer estaban vidriosos, acumulando lágrimas que no tardaría en derramar.

—Para perdonarme la vida, puso como condición que intercediera ante usted de cara a conseguir que se vieran.

Doña Magdalena sacó despacio un papel del bolsillo más escondido de su falda. Lo manoseó frenética sin llegar a desdoblarlo.

—Esta carta llegó ayer mismo. La trajo un mozalbete para que me la entregaran en mano.

Si te has figurado algún reencuentro romántico entre una madre y su hijo pródigo, siento desilusionarte: Eduardo solo quiere dinero.

El suficiente como para huir a América y ponerse a salvo de la justicia y de los criminales que lo persiguen.

—¿Y se lo piensa dar?

—¿Qué remedio me queda?

La forma en que me miró, la manera y el tono en que lo dijo, me rompieron el corazón.

Toda sombra de soberbia y poca amabilidad desaparecidas de su bello rostro clásico.

El llanto silencioso de las grandes damas que saben comportarse y sufrir sin aspavientos.

Era una madre con el alma hecha pedazos.

Me inspiró una compasión horrorosa. Casi estuve por correr a tomarle las manos y consolarla.

—No es lo que te piensas —repitió como ida—. Supongo que Luis nunca te ha comentado que tuviera un hermano. —Negué con la cabeza—. Eso es porque no lo sabe. Mi marido también lo ignora. Yo abandoné a ese bebé nada más nacer para que otra familia lo cuidara.

—Quiere… ¿quiere hablar, doña Magdalena? —le ofrecí.

Arrimé mi asiento al suyo para confortarla y le ofrecí mi pañuelo de señorita. Ella lo aceptó con una media sonrisa.

—Fue durante la ausencia del barón. Intervino en el conflicto armado de Cuba y Filipinas, estuvo fuera un total de dos años. Luisito acababa de nacer.

—¿Y usted se enamoró de otra persona?

Negó escandalizada.

—Yo amaba a Francisco con todo mi corazón, igual que lo amo ahora.

No le habría sido infiel por nada del mundo.

Su primo Alberto, que no fue llamado a filas por su cojera de nacimiento, quedó al cuidado de la casa.

Mi bondadoso y siempre confiado Francisco le encomendó que cuidara de nosotros.

Y ese miserable malnacido… ese… ese indeseable…

Lo comprendí todo sin necesidad de más detalles. Y me horroricé. Por lo que ella había sufrido, por la lealtad traicionada de san José.

—¿Cuánto tiempo ha callado esto, doña Magdalena?

—Toda mi vida, María, es la primera vez que se lo confío a alguien. Me tienes en tus manos.

—Pierda cuidado con eso, mujer, en nombre del cielo.

—En cuanto se enteró de que me había dejado encinta no volvió a entrar en mi alcoba de madrugada como solía.

En cuanto el embarazo se empezó a notar me enclaustré en nuestro palacio de Triana y no puse un pie en la calle hasta que nació el niño.

Con una excusa pobretona, el desgraciado de Alberto regresó a su casa, de la que nunca debió salir, y mi ama de llaves encontró a alguien que, después de asistirme al parto con toda la discreción requerida, buscaría una buena familia para el pequeño.

—Un niño inocente, que ninguna culpa tenía de los pecados atroces de su padre.

—En efecto. Pero ¿cómo me enfrentaba yo al mundo con un hijo en esas condiciones?

¿Cómo se lo explicaba a Francisco a su vuelta?

Es un hombre pacífico, pero habría buscado a su primo para hacerle pagar su maldad.

Contárselo habría arruinado su vida por completo.

—Se secó una lágrima díscola—. Me consolé pensando que mi hijo había ido a parar a una casa honrada donde nada le faltaba y crecería rodeado de amor.

Se desmoronó por completo.

La recibí en mis brazos abiertos y abrazarla curó también un poquito mis heridas rotas. Muchas cosas empezaban a clarificarse.

Era posible que los sicarios no buscaran a Luis, sino a Eduardo. Que al identificarlo como «hijo de la baronesa» se hubiera generado aquella equivocación.

—Si ese dinero le salva la vida, tengo que dárselo, es lo mínimo que le debo.

—La comprendo, doña Magdalena —susurré ofreciéndole consuelo con unas palmaditas en la espalda—. Yo en su lugar haría lo mismo.

De repente se separó de mí y me miró con dureza.

—¿Se lo contarás a Luis? ¿A mi marido? Lo que acabo de revelarte.

—Por nada del mundo. Eso le corresponde a usted, y solo si desea hacerlo. Seré pobre, doña Magdalena, pero sé lo que es el honor.

Su llanto arreció.

Me rodeó con sus brazos como si fuera su propia hija y balbuceando sin parar la palabra «gracias», nos pasamos los siguientes cinco minutos. Era una buena mujer carcomida por los remordimientos, que solo buscaba asegurar el mejor partido para el hijo que le quedaba.

Una madre que sufría sus errores.

Si no era capaz de entenderlo, no me merecía el amor de Luis.

—María —murmuró pasado un rato, todavía ahogada en lágrimas.

—Dígame, baronesa. —Le pasé un segundo pañuelo, este más chiquito, por los pómulos sonrosados.

—¿Estarás aquí conmigo cuando él venga?

Sin necesidad de hurgar en más detalles, supe que se refería a Eduardo.

—Si le hago falta, aquí estaré. Ande, repóngase, que no hay mal que cien años dure. No vaya a venir san… su señor esposo y la pesque con la carita descompuesta. Hay que ver la de plantas preciosas que tiene este invernadero. ¿Las cría usted?

Me dijo que sí con un hipido. Yo continué hablando de naderías con aire relajado, arrastrándola poco a poco conmigo al reino de la calma.

—¡Qué de flores! ¡Y lo sanas que se las ve! Tiene usted muy buena mano con las plantas, doña Magdalena. Yo una vez tuve una maceta de margaritas, que dicen que son bien resistentes, y ni por esas, se me murió también, la pobrecilla. Se llamaba Abundia…

—María —volvió a interrumpirme.

—Dígame, señora.

—Gracias.