Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 33
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Una charla en privado

Beatriz

—¿Qué hacemos, mi amor?

​ Gustavo me lo preguntó conteniendo a duras penas la risa.

La situación era tan rocambolesca, pero el mismo tiempo tan propia de Paquita, que no podíamos dejar de carcajearnos.

Mi doncella ya se había ausentado de Barquillo, con muchas prisas, apenas después de darse un baño que le quitara la mugre de la aventura y cambiarse de ropa, eligiendo vestido con mi consejo.

Iba hecha un pincel, bonita como una mañana de primavera y aunque mis indagaciones solo se toparon con evasivas, en los ojos le leía que andaba enamoriscada.

Suspiré.

Entregué la copita de Jerez a Gustavo y yo me senté en el sofá, a su lado, frente a la chimenea, con la mía. Mi marido me rodeó los hombros con un brazo y me atrajo hacia su cuerpo. Cuando le reposé la cabeza sobre el pecho, él me recompensó besándome el pelo.

—¿A qué te refieres exactamente?

—A Paquita. ¿Le seguimos la corriente?

—¿Y engañar a ese pobre hombre?

—Paquita es una mujer fabulosa, el que se la lleve se lleva un tesoro.

—Llegas tarde. El tesoro ya me lo llevé yo.

—Paquita lo hará feliz, tenlo presente.

—Es una farsante sin una perra chica en el bolsillo.

—Si él no es un cazafortunas, le importará poco.

—Sigue siendo una farsante. —Me besó los labios—. Ay, cariño, no te engaño, me cuesta entenderos a las mujeres, pero te tengo por la más inteligente, de manera que haremos lo que tú digas.

—Entonces seguimos adelante con nuestros planes. Mañana nos marchamos y que Paquita siga siendo un rato más la señorita de Barquillo 10.

—Saldremos escaldados, amor —replicó tras pensárselo un instante—, oye lo que te digo.

Se me escapó la risa. Aquella risa juguetona, traviesa y burbujeante que a Gustavo le gustaba tanto. Giré en sus brazos y en menos de un parpadeo estaba sentada a horcajadas en su regazo. Besándolo como si el mundo fuera a explotar en pedazos dentro de la siguiente hora.

—Al cuerno lo que pase —zanjó Gustavo entre gruñidos de placer—. Yo me quedo contigo.

Paquita

Llegué al palacio de los barones con la lengua fuera y una retahíla interminable de razones en mente, por las que doña Magdalena se negaría a recibirme. Unos jardineros me franquearon el paso de la verja, pero me quedé atorada en la puerta principal.

Después de que el mayordomo me la cerrara en las narices con un escueto «los señores están ocupados, vuelva otro día», conseguí que una doncella que ya había visto otras muchas veces, en mis visitas al convaleciente, volviera a descerrajarla.

La muchacha me miró con una mezcla de terror y vergüenza infinita.

—Señorita María, se lo ruego, márchese.

—Es que necesito verme con la baronesa. ¡Y a solas! Es cuestión de vida o muerte.

—Usted nos cae muy bien a todos, señorita, hasta el último mono del servicio está de su parte, pero la baronesa ha dejado claro que no quiere recibirla. Por Dios, no me ponga en un aprieto…

—Es muy, muy, muy importante que la vea —repetí con ansia.

—Va a conseguir que me despida, señorita María, no insista…

—Dígale que vengo de parte de Eduardo.

—¡Almudena!

Era la voz de la baronesa. ¡Cónchale! ¿Dónde estaba? ¿Escondida tras los cortinones espiando?

La cara de la doncella se desfiguró con la llamada. Me indicó por señas que aguardara allí mismo y atrancó la puerta sin más tardanza.

Segundo portazo del día en plena cara.

No fueron ni treinta segundos. Enseguida se abrió de nuevo y la muchacha salió algo más recompuesta.

—Acompáñeme al invernadero, señorita María. Enseguida viene la baronesa.

Me condujo por los jardines hasta un pequeño palacio de cristal a rebosar de plantas verdes y de flores.

Una construcción tan esbelta y bella al mismo tiempo, que parecía sacada de un cuento de hadas.

La doncella caminaba a saltitos y parecía muy turbada.

Me abrió la puerta y me hizo señas para que entrara.

—Les serviré un té.

No respondí. ¿Qué podía decirle? Yo también estaba nerviosa. Preguntándome cómo me recibiría la baronesa después de haberme pillado casi encima de su hijo y haberme llamado desvergonzada y de todo menos bonita.

También me retumbaba en la mente la confesión del tal Eduardo Castellanos. ¿De verdad era hijo de doña Magdalena?

—Ya veo que en cuanto he nombrado a cierta persona, se ha dignado a recibirme —ataqué nada más verla.

—Bobadas. Te he recibido porque estabas formando un escándalo. Un minuto más y se hubiera enterado hasta la última mosca en palacio. ¿Se puede saber qué se te ofrece? Te dije que no volvieras a aparecer por aquí.

La pregunta sonó como un trueno en mitad de un día calmado. Allí estaba la señora de la casa, cargada de joyas, como de costumbre, con un fabuloso vestido azul que hacía juego con los iris de sus ojos.

—No he venido por mi gusto, señora, puede apostar y ganaría. ¿Me permite preguntarle por la salud de Luis?

—Don Luis —me corrigió áspera—. Ahí lo tengo, como alma en pena por culpa de lo que cree sentir por ti. —Señaló una silla para que me sentara y ella ocupó con elegancia la de enfrente—. Se le pasará. El tiempo todo lo cura, hasta lo más profundo.

Me mordí los labios para no aullar.

—Hasta ahora habías cumplido tu palabra con bastante decencia…

—Cumplo una petición, baronesa. Hay una persona que quiere entrevistarse con usted. A solas.

Se hizo la desentendida, arqueando solo una ceja.

—O accede usted a verlo o me matará. Ha amenazado con hacerlo después de secuestrarme.

Doña Magdalena torció la cara en un mohín de incredulidad, sin saber si creerse toda aquella fantasía.

—No podría importarme menos.

—Pues debería. Todo tiene que ver con usted.

Suspiró como si se le acabase la paciencia.

—Suponiendo que decida creerte… Ya me dirás de quién se trata.

—Eduardo Castellanos. ¿Sabe de quién le hablo?

—¿Por qué habría de conocer yo a ese señor?

—Quizá porque según él mismo afirma… ¿es su hijo?

Pude ver cómo se le envaraba el cuerpo y se ponía rígida tal que si fuera a sufrir un ataque.

Tuve la prudencia de cerrar el pico, dado que dos doncellas cargadas de bandejas se acercaban con los servicios de té y no era cuestión de permitirles oír más de la cuenta.

Para distraerme y no mirar a la baronesa, me entretuve observando cómo se conducían con la tetera y las tazas, convenciéndome de que en Barquillo 10 lo hacíamos con mayor exquisitez.

Gracias a la educación de la marquesa, doña Eugenia, mucho más al estilo inglés.

—¿Lo es, doña Magdalena? —la presioné en cuanto nos dejaron solas, a puerta cerrada.

A la mujer se le había retirado la sangre de la cara. Estaba pálida como una muerta, a pique de echarse a llorar.

—No es lo que te piensas.

—Yo no me pienso nada, baronesa, ¿qué me iba a pensar? No soy de las que juzgan. Solo le advierto que, de ser cierto, sus dos hijos son dos delincuentes, cada uno por su lado, a cada cual más peligroso.

—¿Luis delincuente? ¿Qué majadería acabas de decir?

—El atentado fue un encargo. Por deudas de juego y por… haber matado a alguien.