32
Viajeros que regresan
Paquita
Por poco me caigo del susto al suelo.
Abandonamos el tugurio, ofuscados perdidos y dando traspiés.
No solo yo, todos. Hasta el infeliz de Federico que, conocer no conocía a la baronesa más que de oídas, pero de sobra le constaba su alto rango y su procedencia noble.
La posibilidad remota de que un maleante como el que le acababa de birlar sus tres mil pesetas fuera realmente su hijo, le provocó taquicardias.
Eso, suponiendo que el tal Eduardo no mintiera. A mí me parecía todo tan traído por los pelos…
Muy cerquita nos aguardaba un carruaje de buen ver, propiedad del pretendiente despreciado de la Petri.
Nos subimos a toda prisa. Una vez dentro, sintiéndome a salvo por primera vez en muchas y ajetreadas horas, se ordenaron mis ideas y las palabras se despegaron de la campanilla para empezar a brotar.
Todo entre un mar interminable de lagrimones.
—Muchas gracias, muchísimas gracias, Federico, le debo la vida. Yo…
—No hay que darlas, señorita María, encantado de poder ayudar.
Miré desconcertada a Petri.
—¿Cómo es que lo has traído? ¿Por qué él?
—Ay, amiga. —Se retorció agobiada las manos—. Se presentaron dos gorilas en la mansión, exigiendo un rescate o si no, te cortarían en pedacitos y nos los irían mandando por paquetes. Yo… no sabía a quién acudir mejor que a Federico.
—Hiciste muy bien, querida mía —la consoló él, tomándole con ternura una mano temblorosa.
—Creí que de verdad iban a matarte.
No me cabe duda de que lo habrían hecho. Y de pronto recordé algo que había dicho.
—¿Por casualidad la ha llamado usted prometida? ¿A mi amiga?
Petri se puso roja como una sandía. La sonrisilla timorata de Federico se ensanchó hasta alcanzarle las orejas.
—Sí, llevamos viéndonos varias semanas…
—Lo cierto es que nos echábamos de menos —admitió ella dedicándole un pestañeo embelesado—. Yo lo echaba de menos.
—¡Me alegro mucho! —palmoteé.
—Contentísimo de haber participado en la aventura, de que todo se haya resuelto satisfactoriamente y de poder contarlo, señorita María. Verla aquí, libre, es todo un regalo del cielo…
—¿Por qué sigue llamándome señorita María?
—En cuanto a lo suyo, lo de las dos, pierda cuidado. Lo sé todo, Petri me ha puesto al tanto. Su secreto vendrá conmigo a la tumba y esté quien esté delante, para mí usted será la señorita María. Para los restos.
Me entraron ganas de arrodillarme y besarle los botines. ¿Dónde había ido a encontrar la sosa de la Petri un ángel semejante? Y peor aún, ¿cómo fue tan cretina de dejarlo ir? ¡Que había estado a punto de perder aquella lotería hecha varón!
Me contenté con agarrarle las manos y acercármelas a los labios, en un torpe intento de besuqueo. Federico se sintió abrumado.
—Un millón de gracias, Federico. Dos millones. Tres. Le debo la vida. Es usted la mejor persona que he conocido. Van a ser ustedes muy felices.
Ea . Pues ya estaba.
El carruaje zigzagueó un poco más sobre los adoquines de las calles para detenerse, finalmente, ante la puerta de la mansión.
Todavía me esperaba otra sorpresa.
Doña Beatriz, futura duquesa de Altolaguirre y su flamante esposo, don Gustavo. Actualmente, condes de Monarca.
Me salieron al encuentro, pálidos y demudados.
—¿Estás bien? ¿Te han hecho algo? ¿Cómo ha sido? ¿Qué querían? —La señorita me sacudía y no se paraba a respirar.
Intervino don Gustavo.
—Calma, querida, que la atosigas, las preguntas, una a una.
—Estoy bien, señorita… señora Beatriz. Estoy bien, no se preocupe. Si no llega a ser por el señor Federico aquí presente…
Todos se saludaron con más o menos nervios y pasamos en tropel al salón de recibir, que era el que más cerca pillaba de la puerta.
Me desplomé sobre el sofá, rendida, exhausta y otra vez con unas ganas de llorar que me consumían.
Pero era turno de preguntas y yo estaba obligada a responderlas todas.
—¿Cómo es que han regresado tan pronto?
—Hemos hecho la mitad del viaje, veníamos a cambiar la ropa de los baúles y nos volvemos a marchar. Y al llegar, hemos encontrado a doña Úrsula y a Salvador descompuestos y nos han relatado lo del secuestro.
—Ha sido espantoso, señorita…
—¿Y cómo a ti? ¿Por qué a ti?
—Se pensaron que era muchacha de posibles… Figúrese usted.
—Pero ¿cómo iban a pensar eso…? —Reparó en mis ropas lujosas, provenientes de su propio armario y lo entendió todo—. Ah, ya.
—Mientras llegábamos, se ha presentado en la puerta un tal don Luis preguntando por una tal señorita María… —repuso don Gustavo. Di un bote sobre el tresillo—. Muy educado, tanto como insistente, el muchacho. ¿Saben de quién puede tratarse?
—¿Y qué le han dicho?
—¿Qué íbamos a decirle, sin saber quién era? Pues nada de nada.
Me puse en pie de un salto que más parecía una cabriola.
—Tengo que ir a visitar a la baronesa.
—¿Qué baronesa?
—La de Belmonte. Es una exigencia de los raptores. O volverán a por mí y esta vez no tendré tanta suerte.
Los ojos escrutadores de la señorita Beatriz, ahora señora, me repasaron de pies a cabeza.
—Tú primero te vas a comer un buen filete. Todos repondremos fuerzas y me vas a contar hasta el último pelo de lo que nos hemos perdido, Paquita, que me huelo que aquí hay mucho que revelar.
Y lo dijo mirando de reojo a Petri, que también iba vestida de señorita.
—Se lo cuento a la vuelta, señora Beatriz, se lo juro por mi madre, ante la Biblia. Se lo contaré todo. Ahora déjeme marchar…
—¡Doña Úrsula! —llamó sin hacerme el menor caso.
—¿Señora?
—¿Está lista la comida?
No recordaba yo haber visto a la cocinera tan radiante ni con una sonrisa tan luminosa.
—A punto de emplatar, señora.
—Pues vamos todos al comedor. Usted también, don Federico. No sabe lo agradecidos que le estamos. Permítanos devolverle el dinero y, como mínimo, invitarle a comer.
Así fue como me vi tragando pedacitos de carne que se me atascaban como bolas de hierro sobre la lengua, cuando lo que quería era salir corriendo cual liebre hasta el palacio de Amboages, a cumplir con mi cometido.
Y desembuchando delante de todo el mundo el magnífico y bochornoso plan de casamiento que había ideado, y con el que también envolví a la Petri.